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Carlos Antonio López era Presidente en aquel tiempo, y bajo su administraccion habla poca ó ninguna probabilidad de que la paz, que hacia años se disfrutaba en el Paraguay, fuera interrumpida. Me aseguraron además sus agentes en Inglaterra, que el pais progresaba y que el pueblo era civili- zado. Aparentemente, tal vez, lo que me decian era verdadero ; los paraguayos tenian maneras agradables, una conversación fácil, y la clase superior se presentaba por lo general bien vestida ; pero la civilización de un pueblo consiste en algo mas que esto. Los paraguayos eran ciertamente civilizados si se les comparaba con sus vecinos, los indios del Chaco, con los Payaguás ó con los Guaycurús, y seria injusto juzgar de ellos ó de sus actos por la norma europea y por reglas sola- mente aplicables á naciones que han gozado largamente de una civilización absoluta. Digo esto, para demostrar que no me espuse voluntariamente al peligro, así como para evitar que se juzgue con demasiada severidad á un pueblo que es- timo y compadezco. Debe recordarse que la población del Paraguay se compone de dos clases relacionadas, pero distintas ; á saber : los descen- dientes de los colonos españoles, mas ó menos cruzados con los guaranís y otras tribus indias indíjenas del Paraguay, y los - 4 - descendientes de los mismos indios. Esíos últimos, por ser los mas numerosos, formaban la gran masa del pueblo y se hallan solamente un grado mas arriba de la escala social que los salvajes de las pampas. La primera clase, que era la su- perior, fué casi eslerminada durante el primer año de la guer- ra, lo que fué un motivo mas para que las otras prestasen á López una obediencia ciega, una obediencia casi tan insensa- ta como la de un buey para con su amo, pero que en la Eu- ropa ha sido tomada por la adhesión y el patriotismo. A causa del sistema adoptado por los jesuítas, que fueron los primeros que los reunieron en comunidades y les dieron el conocimiento suficiente para sentir la inconmensurable supe- rioridad de sus maestros ; sistema que puso desde luego en mano de los amos toda la dirección de sus negocios, y aun los mas minuciosos detalles de la vida, los paraguayos nunca han procurado pensar ú obrar por sí mismos, y la obediencia ciega es en ellos casi un instinto. Privados de la protección de los únicos hombres que hubie- ran podido resistir con éxito la tiranía de López, habían adqui- rido por la educación, por el hábito, y por muchos años de un despotismo férreo, la creencia de que toda oposición á la vo- luntad del gobernante era el peor de los crímenes ; y no du- dando jamás la fábula de que los brasileros deseaban redu- cirlos á la esclavitud, han peleado sin esperanzas ni probabili- dades de éxito por cuatro largos años. Y aun ahora, reduci- dos como están á la centésima parte de su primitivo número, continúan peleando en defensa de un hombre, que recompensa su adhesión con la ingratitud, y su obediencia con inauditas crueldades. La admiración del mundo por su coraje y sufrimiento reci- be un rudo golpe, cuando se conoce la verdad de los hechos ; un pueblo que pelea valientemente y sin esperanza en defen- sa de su libertad, y en que sucumbe hasta el último hombre antes que rendirse, es un espectáculo que despierta nuestras mas nobles simpatías ; pero una cuadrilla de esclavos, que resiste locamente á los hombres que les ofrecen la libertad y la independencia, y que, sin conocimiento de su propia degra- i j 5 dación, se asen de las cadenas que los ligan, es un cuadro que no se contempla sin lástima é indignación. López ha sido para algunos un gran general, un patriota sin tacha. No es ni una ni otra cosa. La lastimosa incapaci- dad de los generales enemigos, y no su talento militar, ha si- do lo que ha postergado tanto su destrucción; y cuando se considera la obstinación y tenacidad indo-española que posee tan notablemente, no cabe duda de que no se rendirá jam¿is, aunque sepa que su causa está irremediablemente perdida, mientras tenga un solo hombie á su lado. En cuanto á su pa- triotismo, la guerra misma prueba suficientemente que no co- noce siquiera este sentimiento. Un tirano jamás encontrarla una policía mas dócil que los mismos hombres que han peleado por él con tanta abnegación. La inhumana crueldad con que ejecutaban sus órdenes, puede ser atribuida en parte á la ferocidad natural y en parte al pla- cer que hombres tratados con inusitada severidad, sienten en pisotear á lo,s que les son superiores en nacimiento ó fortuna. Es digno de observar que los indios sud-americanos acen- túan casi siempre la última sílaba, como por ejemplo en Tuyu- ti, barro ^ agua (un pantano). Tuyucué, barro que fué, (un pan- tano desecado.) Tatámé,í¿n fueguito, (dame fuego). Yaguáté, W7i perro grande, un tigre; mientras que los del norte colocan el acento generalmente sobre la penúltima, v. g., Mohícan, Po- tómac, Hamópe, etc. La palabra Paraguay quiere decir una red de pescar ó un balde de cuero para llevar agua, y debia escñh'irse para gudeú. Sin embargo la última sílaba eú (agua) no puede ser repre- sentada por ninguna combinación de letras conocidas de los españoles; en efecto, los europeos la pronuncian con dificul- tad, de manera que la escribieron como hemos visto. Pero fué un error craso. Los descubridores del rio bajo las órdenes de Gabot encontraron á algunos naturales pescando, y cnse- — 6 — ñándoles el rio, les preguntaron su nombre ; los indios cre- yendo que indicaban la red, conlestSiYon paragud-eu, y el error no se descubrió sino cuando ya era tarde para corregirlo. J. F. M. Croydon, Agosto de 1869. SIETE ANOS DE AVENTURAS EN EL PARAGUAY CAPITULO I. El Paraguay. — La navegación del rio aguas arriba.— El paisactE. — Una historia de Rui Díaz de Guzman. — Los MESTIZOS. Desde el principio de la desastrosa guerra entre el Bra- sil, las Repúblicas aliadas, y el presidente López, la atención pública se ha ocupado tanto del distrito de La Plata, que es innecesario ya definir con exactitud la posición jeográñca del Paraguay. Cinco años ha, los europeos en general no tenían ideas muy claras sobre su localidad; sabian que estaba situado mas ó menos entre los innumerables rios que parten del Paraná y que estaba vecino al Brasil. Hoy dia, sinembargo,la situación de esta República absoluta- mente cerrada para el estranjero,es bien conocida y el nombre de Humaitá, el Sebastopol de Sud América, es familiar á todos los lectores de diarios. Puedo pues decir en pocas palabras, que el Paraguay es un territorio que tiene cerca de cuatrocientas cincuenta millas de largo y doscientas de ancho ; su forma es la "de una cuña ob- tusa, y está situado casi en el centro de la gran península del Sud. — 8 — Está limitado al Este y al Sud por aquel rio de islas, el Pa- raná, y al Oeste por el Paraguay. Su frontera Norte no puede definirse bien porque no está separada do la provincia brasi- lera de Matto Grosso, ni por un gran rio, ni por una cordillera continua de montañas, y la cuestión de límites en estas regio- nes está siempre pendiente. El Paraguay reclamaba también algún territorio al Sud-Este del Paraná, pero este pertenece claramente ala provincia de Corrientes ; y una parte considerable del gran Chaco, distrito inesploradoal Oeste del rio Paraguay, que es aparentemente un desierto de lagunas y esteros, atravesado por rápidos tor- tuosos y turbios ríos. Este reclamo no tenia otro objeto que dar al Paraguay el dominio de la embocadura del Bermejo, rio caudaloso, que partiendo desde Bolivia puede llegará ser la via natural de un gran tráfico, y la mas importante sa- lida para los productos de aquel pais ; hoy dia, ni una canoa flota sobre sus turbias aguas. El Sudoeste del Paraguay, que es el lado por donde jene- ralmente penetra el estrangero, es bajo y llano, y por una distancia de muchas leguas pantanoso é intransitable ; esto es loque se llama el distrito de los esteros ó parajes inundados. El terreno por ser arcilloso y lleno de selenites, retiene el agua sobre su superficie, aun mas allá de estos lugares, y en la estación lluviosa se forman inmensas pero bajas lagunas, pa- recidas á los mismos esteros. Cuando se aproximan los grandes calores se van secando poco apoco, dejando luego en pos de sí una tierra gris llena de grietas y cubierta de un pasto resistente, y de pequeños arbustos. Cuando el rio sale de madre, las aguas se estienden á gran distancia de sus márgenes, sin dejar nada que indique su curso ó que señale la navegación de las cenagosas lagunas, si- no los tristes palmares cuyas cabezas dominan apenas la pers- pectiva. Estos distritos son muy mal sanos como es de suponer, pero no dejan de ser de gran importancia para la cria de ganado. Antes de la guerra, inmensos rebaños los poblaban, pero si — 9 — se esceptúa los pocos guarda costas, los únicos sores humanos que se veianeran uno que otro vaquero solitario. Al Norte del Tebícuarí el país es más elevado y vanado; se puede divisar una larga serie de colinas distantes, que terminan cien millas mas arriba en la cordillera de Cerro León. El paisa- ge también es mas accidentado, siendo casi pintoresco. Vastas selvas cada vez mas estensas y densas á medida que se adelan- ta en dirección setentrional, varian el cuadro y ocupan por últi- mo todo su centro, y una piedra arenosa y rojiza, resolviéndose á la vista en granos relucientes^ reemplaza la arcilla gris de los esteros. La división Sud-Este de la Piepública, llamada las Misiones, ó sean los antiguos, establecimientos délos Jesuítas, que se lla- maban antiguamente las «Reducciones de los Indios », es talvez la parte mas fértil y valiosa de todo el pais. Antes de la guerra vivian allí las mas ricas y antiguas familias del Para- guay. Con un clima fresco, caaipos elevados, terreno profundo y fácil de labrar, esta provincia era célebre por su salubridad y producciones. Grandes iglesias, confortables hogares, é inmen- sas tropas de ganado se veian entonces, en lugares donde hoy existe un desierto completo, sin sombra de habitantes. De la división oriental limitada por el Paraná se sabe muy poco, toda esploracion por el lado de tierra es imposible ; los montes vastos é intransitables presentan obstáculos invenci- bles, mientras que las cascadas y torrentes de Guritubá cierran por completo la navegación del rio. El Norte dej Paraguay es montañoso; pero habiendo sido apenas esplorado, solo puedo describir la vecindad del gran pueblo de la Concepción. A altura de esta, el gneiss y la pie- dra de cal reemplazan el basalto, la piedra arenisca , y la ar- cilla del Sud, y aquí se debe buscar, si la tiene el Paraguay, la riqueza mineral con que están eternamente soñando los sud- americanos, Pero el gobierno y el pueblo en general, se mos- traban sumamente celosos y reservados siempre que se men- cionaba este asunto. Recibí muchas muestras de guijos de cobre, para analizarlas por orden del gobierno, pero nunca pude saber de donde venian, sino que eran de x( aguas arriba.» — 10 — Diciéndoles un dia que ni la mica amarilla, ni las piritas romboides de fierro contenían oro, suponían que los engaña- ba con propósitos maliciosos. En prueba de su mucha desconfianza, siempre que se hablaba del metal preciosos puedo relatar el siguiente suceso, que por el momento me in- comodó grandemente. En 1866 el hospital carecía de azufre y yo escribí al señor Carlos Twite, ingeniero de minas del gobierno, que entonces recorría el país desesperadamente buscando minas de carbón, que me mandase algunas arrobas de las piritas arriba mencio- nadas, lasque sometidas aun buen fuego, dan azufre en abun- dancia. Logró encontrar unas cien libras del mineral y lo envió al comandante del partido, con órdenes de despacharlo ala capital sin demora. Encontrando sin embargo este fun- cionario la caja muy pesada la abrió, y las relucientes y ama- rillas piedras despertaron al instante sus sospechas. Dio parte al ministro de la guerra de lo que había visto, de modo que cuando llegó la caja á la capital, se levantó una investigación, y se envió una muestra del mineral á un boticario italiano, que vivía en la plaza, para que lo examinara. Concluido el análisis, el boticario declaró que era una mezcla de hierro con azufre y de muy poco valor. El parte no fué satisfactorio, y le enviaron otra muestra con la indicación, de que á no dudarlo contenía oro, el cual intentaban robar á la república el «señor boticario inglés » y Mr. Twite. Contestó como antes, que no contenia ni una sola partícula de oro ; supe todo esto depues por conocer al italiano. Había empezado á separar el azufre de las piritas por medio de la destilación, pera dejé de traba- jar apenas supe que sospechaban de nosotros, y pasé luego á ver al ministro de la guerra para pedirle satisfacción. Se- gún el sistema paraguayo, tuvo la audacia de decirme, que no sabia nada de la investigación, que él mismo habia ordenado, aunque se veía sobre su mesa una muestra del mineral en el momento de mi entrada. Dicho esto, vuelvo á tomar el hilo de mi narración. Un carácter dominante de los ríos paraguayos, y que no deja de impresionar tristemente al estranjero, es el aspecto inanima- — lí- elo y desierto de sus márjenes. Navegando aguas arriba, se pasan leguas sin que se vea indicio alguno del hombreó de su industria, sin que se presente á la vista un ser vivo de ningu- na clase. Algún solitario caimán, que toma tranquilamente el sol, desaparece al proximarse el bote, sumerjiéndose pe- rezosamente en el agua ; una que otra melancólica cigüeña, que espera con ojos soñolientos la oportunidad de cojer algún desprevenido pez ; un buitre espiando con las alas cerradas los destrozados restos de algún carpincho, son talvez las únicas cosas que se ven en el trascurso de un largo dia de viaje. Guando los rios están bajos, sus altas márjenes de arcilla ofrecen un muy triste aspecto, y cuando salen de madre no se ven sino lagunas limitadas por inmensas praderas cubiertas de un pasto seco y corto, que vistas de cerca son apenas verdes, salvo cuando ha llovido, grises y luego azules á medida que se va perdiendo la llanura en el horizonte, y sin interrupción alguna en este cambio gradual de colores, sino cuando pasa la sombra de alguna nube perdida : y tan silenciosas é inhabita- das, como cuando se levantaron por primera vez desde el fon- do del mar. Guando se sube el Paraguay en el tiempo de las inundacio- nes, no se ven sino interminables esteros cubiertos de camalotes y otras plantas acuáticas, ó árboles, cuyas cimas apenas domi- nan el agua, sostenidos solamente por cables de lianas, que los unen sólidamente ó que flotan aguas abajo como balsas, suje- tas y amarradas por los mismos cordones. El agua tibia que circula entre estos, se pierde casi de vista bajo los lirios blancos y azules ó las anchas hojas y nevadas flores de su reina, la Victoria Rejia. Se ven, es cierto, bandadas de pequeños pá- jaros acuáticos pescando entre las enredaderas y las ramas, pero no dan vida á la escena, porque no emiten ningún soni- do, salvo un grito bajo de alarma cuando sienten la aproxima- ción del viajero. Este silencio de muerte solo es interrum- pido ai ponerse el sol, cuando los loros vuelven á sus nidos después de un malón sobre las naranjas. Sus ásperos chilli- dos, suavizados por la distancia, suenan en los oidos casi como — 12 — una música, y la luz y la vida parecen desaparecer junto con el rojo disco del sol y el vuelo del último tunante. En la costa del gran Chaco, márjen derecha del Paraguay y en ambas márjenes desde Humaitá en adelante y por cente- nares de millas, hay una sucesión interminable de palmas, cuyos troncos no se levantan como columnas delgadas y en forma de flecha hasta el follaje, semejante á una cresta de plumas, tal cual nos imajinamos este árbol, el mas esbelto de todos— sino que son gruesos, hinchados, espinosos, en tanto que la copa, rala y desgarrada ostenta las grandes hojas del año anterior, murmurando con un sonido seco y marchi- tas bajo los nuevos retoños, hasta ser dispersadas por el viento. Guando el rio está muy crecido, psrece que corriera en un canal elevado sobre el nivel jeneral del país; porque, no siendo visibles las márjenes, y no estando contenidas las aguas que se estienden entre los árboles, la tierra en ambos costados presenta á la vista una declinación gradual. No es solo en el Paraguay donde se nota esta monotonía y falta de actividad ; la perspectiva que acabamos de describir caracteriza todo el rio desde Buenos Ayres arriba. Las escasas y tristes poblaciones, situadas sobre el Paraná, interrumpen apenas su fastidiosa uniformidad, y sirven mas bien para au- mentarla. Las selvas silenciosas son bellas, pero los pueblos silenciosos son melancólicos. Salvo una que otra ave, ó cabra estraviada, no se encuentra ni se vé en sus calles nada que las anime. Los transeúntes, cuando los hay, andan pesadamente y al parecer sin rumbo ni objeto. El espíritu comercial no los preocupa jamás. Las poblaciones mismas están singularmente concentradas, lo que indica que hubo una época en que esta- ban rodeadas de palizadas, y en que los habitantes se reunían para defenderse mutuamente contra los indios de las Pampas. Además de esto, están completamente aisladas, y solo las cúpulas de las iglesias, vistas desde lejos en estas vastas llanuras, hacen comprender al viajero su existencia. Se ven ciudades de cinco á diez mil almas, en medio de un desierto inhabitado, sin caminos y ni siquiera rastros de - 13 - arrabales. Me parecian siempre mas bien los antiguos centros de una civilización abandonada hacia largo tiempo á los bu- hos y los zorros, que los hogares de una numerosa pobla- ción en via de progreso, pero desgraciadamente entregada á la siesta (1). Después de dejar á Corrientes, ciudad calorosa, triste, are- nosa, presa de abominables olores y miasmas, no se ve pueblo alguno por cerca de trescientas millas de distancia. Entre Humaitá y la Asunción existen ó existieron, porque la guerra no les ha dejado sino los nombres, unas pocas aldeas ó ran- chos, con la comandancia y la iglesia, jeneralmente en el cen- tro, porque estando limitado el comercio á la capital para fa- cilitar la cobranza de los derechos de Aduana, no podían pro- gresar mas allá do lo que exigían las necesidades de sus pocos habitantes. [i] Esta aserción no es del todo exacta respecto de la costa argentina; hay en ella numerosos pueblos que tienen un comercio activo y puertos habiUtados al efecto. La sola provincia de Buenos Aires tiene en la costa del Paraná, entre otras poblaciones, la ciudad de San Ni- colás de los Arroyos, pueblo de gran importancia comercial, y al cual vie- nen directamente buques de ultramar, y bacen en él sus cargamentos de retorno. Goya, en la provincia de Corrientes, es otro punto comercial de importancia ; y el Sr. Masterinan debia saberlo, aun cuando no fuera sino por el gran botin que enviaron al Paraguay los soldados de López. El inmenso cabotage de nuestros puertos, y sus numerosas compañías de vapores, demuestran á todo el que no es ciego, la importancia de los numerosos pueblos de la costa, que son á su vez, centros del co- mercio interior de sus respectivas provincias. Como loa libros de es- ta clase son leidos con curiosidad en el esterior, hacemos estas rectifica- ciones para el lector estrangero, á quien parece se propusieran estraviar casi todos los viajeros, que nos recuerdan en Europa. Otro error del autor, consiste en decir que estos pueblos son fundados en tiempo de la conquista, pues la mayor parte son muy posteriores, y algu- nos apenas cuentan pocos años. Ademas, su población, que según puede deducirse del texto, es nacional cuando no indígena, está completamente mezclada con estrangcros ; la inmigración es sumamente numerofa ; en Goya por ejemplo, casi todas las casas de negocio son üalianas— y aun cuando nacionalesy estrangeros duerman la siesta por el intenso calor de ciertas horas del dia, no por eso dejan de reunir sendos patacones al amparo délas leyes protectoras y liberales déla República, de las que no parece tener conocimiento el Sr. Masterman. {N. del E.) — 14 — Las primeras colonias en el Paraguay fueron fundadas por los españoles en 1536, poco después de la destrucción de sus primeros establecimientos en el Plata, donde está situado hoy dia el pueblo de Buenos Aires. Por mucho tiempo los espa- ñoles se contentaron con un fortin cercado con empalizadas, y recibían del esterior sus provisiones y todo lo necesario para la vida, porque los indios vecinos eran tan guerreros é intra- tables, que todos los trabajos de la agricultura — á la cual no parecen haberse aficionado jamás los colonos españoles — eran absolutamente impracticables, ylasguarniciones por falta de ví- veres, se vieron reducidas muchas veces á los mayores estremos. Un amigo mió, hijo del pais, me prestó por unos dias un libro intitulado « La Historia de la Conquista, por Rui Diaz de Guzraan, Conquistador. « Habia sido impreso, por órdenes de Don Carlos López, finado Presidente del Paraguay, vahéndose del manuscrito orijinal que estaba en su poder. Me hubiera gustado traducirlo todo, porque presenta un cuadro muy ani- mado de los sufrimientos y dificultades de los primeros colo- nos; y esta historia, por ser de un testigo ocular, es relati- vamente de muchísimo valor. En un capítulo nos cuenta una historia que Parish cita tomándola de Azara, pero es tan cu- riosa, que la doy tal cual se halla en el orijinal. « En este tiempo padecían en Buenos Aires cruel hambre, porque faltándoles totalmente la ración comían sapos, culebras y las carnes podridas que hallaban en los campos : de tal ma- nera, que los escrementos de los unos, comían los otros ; vi- niendo á tanto estremo de hambre, que como en el tiempo que Tito y Vespasiano tuvieron cercada á Jerusalen comieron carne humana, así sucedió á esta miserable gente, porque los vivos se sustentaban de la carne de los que morían, y aun de los ahorcados por justicia, sin dejarles mas que los huesos : y talvez hubo un hermano que sacó las asaduras y entrañas á otro que estaba muerto para sustentarse con ellas. Finalmente murió casi toda la gente, donde sucedió que una mujer española no pudiendo sobrellevar tan grande necesidad, fué constreñida á salirse del real, é irse á los indios para poder sustentar la vida, y tomando la costa arriba llegó cerca de la Punta Gorda - 15 — en el Monte Grande, y por ser ya tarde buscó donde alber- garse; y hallándose con una cueva que hacia la barranca de la misma cosía, entró por ella, y repentinamente topó una fiera leona que estaba en doloroso parto ; la cual vista por la afljida mujer quedó desmayada, y volviendo en sí se tendia á sus pies con humildad : la leona que vio la presa, acometió á ha- cerla pedazos, y usando de su real naturaleza se apiadó de ella, y desechando la ferocidad y furia con que la habia acometido, con muestras halagüeñas llegó hacia á la que hacia poco caso de su vida, con lo que cobrando algún aliento la ayudó en el parto en que actualmente estaba, y parió dos leoncillos en cuya compañía estuvo algunos dias, sustentada de la leona con la carne que de los animales traia : con que quedó bien agradecida del hospedaje por el oficio de comadre que usó ; y acaeció que un dia, corriendo los indios aquella costa, topa- ron con ella una mañana al tiempo que salia á la playa á satis- facer la sed con el agua del rio, donde la cojieron y llevaron á su pueblo, y tomóla uno de ellos por mujer; de cuyo suceso y de lo demás que pasó, adelante haré relación. «En este tiempo sucedió una cosa admirable que por serióla diré, y fué, que habiendo salido á correr la tierra un caudillo en aquellos pueblos comarcanos, halló en uno de ellos, y trajo en su poder aquella mujer de que hice mención arriba, que por la hambre se fué á poder de los indios ; la cual como la vio Francisco Ruiz, la condenó á que fuese echada á las fieras para que la despedazasen y comiesen ; y puesto en ejecución su mandato, cojieron á la pobre mujer, y atada muy bien á un árbol, la dejaron una legua fuera del pueblo, donde acudiendo aquella noche á la presa numerosas fieras, entre ellas vino la leona á quien esta mujer habia ayudado en su parto : la cual conocida por ella, la defendió de las demás fieras que allí esta- ban y la querían despedazar; y quedándose en su compañía la guardó aquella noche, y otro dia y noche siguiente, hasta que al tercero fueron allá unos soldados por orden de su capitán á ver el efecto que habia surtido de dejar allí aquella mujer ; y hallándola viva, y la leona á sus pies con sus dos leoncillos, la cual sin acometerles se apartó algún tanto, dando lugar á que — i6 — llegasen, lo cual hicieron, quedando admirados del instinto y humanidad de aquella fiera, y desatada por los soldados la llevaron consigo, quedando la leona dando muy fieros brami- dos, y mostrando sentimiento y soledad de su bienhechora, y por otra parte, su real instinto y gratitud, y mas humanidad que los hombres ; y de esta manera quedó libre la que ofre- cieron á la muerte echándola á las fieras : la cual mujer la conocí y la llamaban la Maldonada, que mas bien se le podía llamar la Biendonada, pues por este suceso se ha de ver no haber merecido el castigo á que la ofrecieron, pues la necesi- dad habia sido causa y constreñídola á que desamparase la compañía, y se metiese entre aquellos bárbaros. A.lgunos atri- buyeron esta sentencia tan rigorosa al capitán Alvarado y no á Francisco Ruiz ; mas cualquiera que haya sido, el caso suce- dió como queda referido. » Se deduce de esta historia que no era permitido á las mu- jeres españolas casarse con los indíjenas ; pero los hombres lo hacian comunmente, aunque con funestos resultados. Los españoles cometieron dos grandes errores en Sud-Amé- rica, á saber: esclavizar á los naturales y enlazarse con ellos. El primero fué una gran crueldad inflijida á los indios, y el segundo un mal irreparable hecho á si mismos, porque en vez de mejorar la raza con que se vinculaban, se rebajaban á su nivel. Las interminables guerras civiles de los turbulentos, indo- lentes y desenfrenados mestizos, sus tremendas y mutuas car- nicerías, que han despoblado provincias enteras, son la conse- cuencia de aquel fatal error, y hay razón para temer que el reinado de paz solo se iniciará cuando haya desaparecido toda la raza mista, cuando los descendientes de los opresores y los oprimidos hayan sido igualmente aniquilados por la terrible venganza exijidapor las atrocidades de los conquistadores. (1) [ij El autor comete un error al sostener que la diferencia de las razas ha sido la única causa de la guerra civil, y se muestra mal infor- mado del estado de la cuestión, cuando predice que esas guerras solo ter- minarán con la extinción de una de ellas, dando á entender al parecer, que estamos en lo mas crudo de la lucha. Respecto á las causas de la guerra civil, ellas reconocen móviles de otro orden y que responden á — 17 — Si hubieran obrado á este respecto con la misma cautela que nuestros colonos en la América del Norte, y se hubieran abs- tenido de lodo «comercio con los paganos», cuan diferente hu- biera sido el resultado. CAPITULO II La Asunción — Los edificios públicos— Las calles- La RELIGIÓN. La Asunción, capital del Paraguay, está situada en 25° 16' 29" latitud sud, y 57" 20' 53" lonjitud oeste. Se halla edificada sobre una suave pendiente, que elevándose desde el rio por la distancia de una milla, pierde gradualmente su declive hacia el sud, pero que pasando el pueblo, en dirección opuesta, ad- fmes elevados— la lucha entre la civilización y la barbarie, y so- bretodo, la luciía entre las malas Ideas arraigadas por la colonia y que en general son comunes á la raza latina, y las ideas verdaderas del buen gobierno. Si las campanas han luchado contra las ciudades, no toda la culpa es de aquellas ; quizá estas son los mas criminales, por que no se han cuidado de educarlas, y sobre todo, por no haber tratado de refor- mar la mala conformación territorial legada por la conquista, que plan- teaba pueblos separados por enormes distancias, haciéndolos por consi- guiente, casi estraños entre si. En cuanto al estado de la lucha, mas puede decirse que es necesario estinguir una parte de nuestra pobla- ción, pues para todo el que habita en este pais, es manifiesto que la lu- cha puede darse por terminada. Los últimos movimientos de las pro- vincias, apenas pueden llamarse sublevaciones ó montoneras, y la fácil lidadcon que han sido dominadas, demuestra que son las últimas esca- ramuzas de la batal'a. En cuanto á la provincia de Buenos Aires, para to- dos 63 una verdad que las revoluciones son imposibles. Si el Sr. Master- man, conociera la opinión argentina, manifestada por su prensa, sabría que no hay razas en lucha, y que la discusión de intereses materiales versa al presente, sobre las ideas mas ó menos adelantadas del derecho federal, sobre los intereses materiales del pais, sobre ideas administrativas, sobre todo aquello en fin, que engrandece á, los pueblos y los impulsa á la paz y la felicidad. (N. deí E.) — 18 — quiere una elevación mayor. Antes de la guerra tenia una po- blación de cerca de veinte mil almas. Debido á la escasez de grandes edificios, presenta desde el rio un aspecto mezquino, y como las casas, por lo jeneral, po tienen sino un piso, apenas se ve á la distancia otra cosa que techos de teja rojiza, con uno que otro mirador blanco que los domina. El único edificio hermoso en aqael pueblo era el palacio edificado por D. Francisco López, para su pro- pia residencia, el que nunca llegó á ocupar. La estación del ferro-carril, y la iglesia nueva no están tampoco terminadas. El muelle, que era lo que el viajero veia primero, no tenia ni el aire, ni el bullicio de los negocios, y esceptuando algunos soldados haraganes, ó mujeres que iban cigarro en boca al mer- cado, estaba por lo jeneral desierto, y los buques en vez de cargar ó descargar parecían podrirse en sus fondeaderos. Sin embargo, no dejaba de hacerse un tráfico considerable, á pesar del aspecto indolente del país. . Estando los muelles construidos en la estremidad de una curva, que forma el rio enfrente del pueblo, el agua los va de- jando en seco, y por via de compensación, invadiendo la már- jen opuesta, de manera que dentro de poco el canal quedará le- jos de la ciudad. Cien años ha, el desembarcadero distaba mas de una milla de su sitio actual. En el dia queda lejos de la parte comercial del pueblo (porque los negociantes no se han retirado como el rio) del cual lo separa un terreno arenoso, un arroyo bajo y cenagoso, y un puente arruinado. Sobre la derecha del desembarcadero se halla el arsenal, gran edificio terminado á medias, que ocupa el centro de un gran número de galpones que le rodean. Los injenios, las má- quinas, así como los materiales eran todos ingleses, y las obras eran dirijidas y ejecutadas en su mayor parte por ingleses también.— Mr. W.Whylehead, injeniero en jefe, era un hombre notablemente capaz y un administrador de primera clase ; su muerte, durante el primer año de la guerra, fué una pérdida irreparable para López. Pasaudo el arsenal y sobre una pequeña emioencia se Jialia - 19 - el hospital, que es un cdiñcio largo y bajo, con un peristilo do columnas muy pesadas al frente y un techo de tejas rojizas. En línea con este hospital y sobre el rio, se levanta una ba- lería d3 ladrillo, que estaba jeneralmentca artillada con ocho piezas y que fué atacada por los encorazados en 1868; mas abajo existe un formidable terraplén. El hospital está tan mal situado', con respecto á estas defensas, que difícilmente deja- rla de penetrarle una bala que errase á una ú otra de aquellas. En la otra eslremidad de la muralla se halla otra batería, que es una casamata bien y sólidamente construida. Al lado de esta se halla la aduana, que como todas las otras obras del país, queda sin terminarse, yes ademas tan espantosamente fea, que lio puedo menos de lamentarse que haya sido principiada. El terreno en que está edificada forma un declive de cerca de diez grados, y como los paraguayos no conocen la belleza de las líneas, ni la necesidad de los planos, todo el frente del edificio, que es muy largo, sigue la forma natural del declive. Para empeorarlo todavía, no hay una sola interrupción ó proyección que oculte el defecto, y la columnata con sus veintidós arcos, y pesada cornisa, parece que quisiera zambullirse en el río. Un inglés, que no puede ver ni un cuadro mal colgado, en- cuentra muy curiosa esta indiferencia de los paraguayos por el nivel y la simetría, la que se demuestra en todas partes, tanto en sus casas como en las calles. En una hilera de ventanas hay siempre una ó dos mas altas ó anchas que las demás, y las cornisas de los cuartos, los dibujos de los empapelados y aun los entrepaños, presentan á la vista el mismo defecto chocante. Por otra parte, las calles están tiradas á cordel, cruzándose siempre en rectángulos y á distancias iguales. Las manzanas así formadas, están edificadas solo sobre la calle, ocupando el cen- tro los patios de las casas, y algunas veces sus jardines. Las mejores calles, que se hallan sobre el río, aunque arenosas son bien construidas, y la vereda por lo jeneral bastante buena ; las casas tienen un aspecto decente, y se han hecho algunos esfuerzos para probar que el paraguayo no ca- rece de conocimientos arquitectónicos. Sin embargo, la parte alta del pueblo está entrecortada por barrancas, que solo han sido — 20 — compuestas en algunos parajes ; y cuando csías se convierten en lagunas ó canees de torrentes, no es fácil visitar por muchas horas al vecino de en frente. Con pocas escepciones, las casas tienen solamente un piso, y por lo jeneral están construidas con adobes mas ó menos de la misma forma y tamaño que la teja romana. Guando en- tré por prim.era vez en la Asunción, no dejó de sorprenderme la semejanza que tienen sus casas con las de Pompeya, Los en- trepaños de las paredes esteriores, decorados con pilastras en bajo relieve, y pintados de amarillo claro ó violeta ; sus anchos y elevados portones, que no dan sobre el interior de la casa sino sgbre un espacioso zaguán, dejando ver mas adelante sus patios adornados con una sucesión de columnas, que com- pletan la semejanza ; los techos cubiertos de dos capas de tejas semi-cilíndricas ; sas hermosas salas, y sus tristes alcobas, las mas veces sin ventanas ; lahoUinienta y ennegrecida cocina con su fogón de tierra; en fin, todas estas disposiciones para una vida casi campestre, y la falta de esas comodidades do- mésticas que hacen parecer tan tristes las antiguas habitacio- nes romanas— todo, todo esto, me presentaba una idea exacta de lo que eran las casas, hace mil ochocientos años. El aljibe de los Moros, ha reemplazado el compluvium romano ; fallan las hermosas decoraciones, y las pinturas con que se adornaban las paredes; son unas casas pompeyas, saliilas de manos de arquitecto, y en las que nunca ha entrado el artista. Pero como los tonos sonoros del idioma español, estas obras nos recuerdan losdias del antiguo mundo, que, sin violencia alguna del espí- ritu, podríamos imajinarnos en toda su terrible realidad. He pensado también frecuentemente, que el adulterado ro- manismo observado en el Paraguay (y por lo jeneral en toda Sud-América) debe parecerse al antiguo culto pagano, tal cual podría verse tal vez en alguna aldea de montaña ó distrito re- moto del imperio; en donde imájenes rudas eran adoradas con ritos mas rudos todavía, por rústicos que habían olvidado á me- dias, ó no comprendido nunca su primitivo significado. La relijion en el Paraguay es la cristiana, aunque solo en el nombre ; prácticamente no es sino una vergonzosa idolatría ó — 21 — feüquismo. Los sacerdotes son ignorantes é inmorales, aficio- nadísimos á la riña (le galios, y jugadores; poseen una gran influencia sobrejas mujeres, de las cuales abusan escandalosa- mente ; pero de parte délos hombres son muy poco respetados. El ídolo favorito es la vírjon, forma incongrua de Venus y Diana, pero que tiene apenas un vestijio de la belleza poética de sus antetipos. Una madre vírjen, con aires de cortesana, una pobre reina de madera sentada sobre una medialuna, coro- nada de estrellas y vestida con oropel y otras miserias lujosas es la divinidad que adoran y que celebran con jenuflexiones, mientras no se oye jamás el nombre de nuestro Salvador, sino en forma de saludos é interjecciones. Tengo la convicción ín- tima de que si no recordaran las palabras del catecismo, con-^ testarían en caso de sor preguntados, que la Yírjen Maria hizo el mundo y todo lo que contiene. Nuestra Señora de Dolores reemplaza á menudo y bajo todos aspectos á la reina de Pafos ; una Friné paraguaya en vez de mendigar un collar para su Venus, pide amorosamente un ro- sario de oro para la imájcn de la Santísima Vírjen . (1) Dicho esto, sigamos con la descripción del pueblo. Los edi- ficios públicos son numéricamente pocos y de muy pobre apa- riencia, si se esceptúa una inconclusa iglesia, cuyo arquitecto era italiano. El frontispicio de la catedral, y el de la iglesia de San Roque han si lo elevados á una gran altura sobre el techo, con el objeto de darles una elevación ficticia, la que vista por atrás desaparece y le da un aspecto ridículo. El Cabildo es un cdi- [1] Suponemos caritativamente que el autor solo quiere atacar el es- tado lamentable ;i que se vnía reducido el cristianismo en el Paraguay, apesar de que con el poco criterio que demuestra respecto á los pueblos de la América del Sud, que no conoce,y entre los que incluye como es na- tural á la República Argentina, dice que casi en todos ellos sucede lo mis- mo. Si no supiéramos esto, refutaríamos su idea estensamentc ó supri - miriaraos estepirrafo que vendría á herir profundamente el sentimiento religioso y la suave y poética ligara de Maria. La verdadera escuela cató- lica, á que per:enece la República Argentina, rechaza y protesta contra los absurdos atavíos y las falsas prácticas, precisamente porque conserva un santo respeto por la madre de Jesu-Cristo. (iV. del E.) — 22 — ficio de dos pisos, sin gusto alguno y que sirve para los Lesa, manos ó levées del Presidente. Un teatro nuevo, diseñado por el arquitecto italiano ya mencionado, estaba medio concluido cuando llegué al país, y queda todavía en el mismo estado ; en realidad es muy grande para la población y es necesario que pase un siglo para que le cuadre; el arquitecto declar¿ con toda injenuidad á Mr. Wiiytehead que no se hallaba capaz de concluirlo. López emprendía con el ardor febril y el entu- siasmo de una criatura, toda clase de proyectos nuevos, pero cansándose pronto, se aplicaba á alguna otra cosa que le era mas atractiva. De este modo, hizo comenzar un palacio, una iglesia nueva, un ferro-carril, un nuevo arsenal, una nueva aduana, un correo, un plan para una hermosa casa da gobierno y una esplanada, sin concluir ninguna de estas obras; en efecto, dos de ellas á la vez habrían sido mucho para él; de ahí re- sulta que el frente de la estación del ferro-carril , cons- truido á gran prisa, se está derrumbando ya ; las macizas cornisas de la aduana fueron casi demolidas por una tormenta de granizo, y el teatro es un desierto completo de arcos y ele- vadas murallas. Habíalo que se llamaba la Biblioteca pública; pero siendo teolójícos casi todos los libros, nunca supe que hubiese quien los leyera. López, sin embargo, los utihzó con su buen tino de costumbre. Hizo cortar los inmensos tomos para convertirlos en cohetes y fuegos artificiales. Vi practicar un dia esta operación sobre una biblia hebrea y latina — modo muy sud-americano de difundir los conocimientos útiles. (1) En todo el país, las ventanas de las casas están protejidas por fuertes rejas de fierro, que les dan la apariencia de cárceles; y los postigos, las puertas y sus cerraduras son macizas, por- que los paraguayos son hábiles ladrones y rateros incurables. Me gustan las antiguas casas españolas con sus murallas ma- (1) Es verdaderamente criticable el uso que de los libros se hacia en el Paraguay, pero es ridículo que el jefe de la fábrica de los cartuchos que se quemaban contra la civilización, lanze un apostrofe tan rudo ú los sud- americanos. La razón que puede disculpar al Sr. Masterman, es la ignorancia pro- - 2 «A cizas de inas de una vara de ancho, con sus altas habitaciones,' y sus portones tan anchos y elevados, que si á uno se le antojase podría entrar <á caballo sin agacharse ni apearse hasta la sala misma. Sus pesados techos, sostenidos por vigas de enorme tamaño, las pequeñas ventanas casi perdidas en el grueso de las paredes, el espacioso corredor, todo conviene perfectamente al clima, disminuyendo el calor y suavizando la luz de una manera indeciblemente grata, sobre todo después de un paseo á caballo en las horas de sol, por caminos arenosos, ó calles en cerradas, y casas cuyo brillante color blanco lastima en estremo la vista. Pero desgraciadamente uno de los resultados de la ostenta- ción y eetravagaucia introducidas por Francisco López, fué la predilección por un estilo meretricio de arquitectura, del carác- ter mas estravagante y pretencioso. Los frentes de las casas fueron edificados á una gran altura sobre los aleros; se pusie- ron á la moda unas inmensas ventanas con la inevitable reja para el solo objeto de ostentar á los transeúntes los muebles, la alfombra de la sala, y todas las comodidades domésticas, y hasta la solidez fué sacrificada para presentar á la calle un lu- joso frente. CAPITULO III Los PARAGUAYOS— El TRAJE NACIONAL— La EDUCACIÓN. Los paraguayos son de oríjen indo-español y descendientes de las varias tribus que habitaban el país antes de la conquista fantla que ostenta en todas las partes de su libro, que se refioreQ á la his loria y estado de los pueblos del Plata, y aun al Paraguay, sobre todo en la <^poca de Francia. Decir que la destrucción de los libros es una manera sud-americana de difundir los conocimientos útiles, porque esto se hacia en el Paraguay, es como si dijéramos que la manera europea de introducir la civilización en América es poner sus hijos al servicio de los tiranos, y contribuir al sosten de la barbarie mas refinada. {N. del E.) — 24 ~ y de sus invasores españoles. Tienen hoy dia mucho de lo que caracteriza ambas razas. Es singular, sin embar¿^o, que el len- guaje de los vencidos, que es el guaraní, ha prevalecido, y en la campaña hay pocos que sepan otro. Los hombres son en jeneral de estatura mediana, robustos y bien formados ; su tez es morena ó aceitunada. Han here- dado de los indios la pequenez de los pies y las manos, y sus largos y lisos cabellos negros. Son pocos los que tienen barba y patillas, y los que las tienen, se las afeitan siempre. Sus bi- gotes son cortos y escasos. Las mujeres cuando jóvenes son á menudo muy bonitas ; sus finas y graciosas formas, sus grandes y brillantes ojos negros, á los que sus largos párpados dan un aire de languidez orien- tal, y sus largas y densas trenzas intensamente negras, produ- cen una clase de belleza que se armoniza bien con las brillantes flores y el hermoso cielo de su patria. Pero como las mismas ño- res, se marchitan pronto, y careciendo completamente de edu- cación ú otros adornos del espíritu, sus encantos desaparecen rápidamente y para siempre. Esta prematura decadencia se apresura á menudo por la temprana edad en que llegan á ser madres. Su tez es por lo jeneral oscura aceitunada ; pero he visto mu- chas veces á paraguayas puras, quiero decir, nacidas de padre y madre paraguayas, singularmente blancas; á estas las llaman rubias : he visto á otras tan blancas como nosotros mismos, con ojos azules y cabello rubio descendientes de vascos según creo. El traje de los hombres es parecido al de los gauchos arjen- tinos, que consiste en un par de calzoncillos blancos con cribos, un chiripá de algodón blanco, un ciníuron ancho de cuero, una camisa blanca, á menudo hermosamente bordada, y un pon- cho. Completa el traje un sombrero de paja y enormes espue- las de plata, que pesan por lo regular dos libras cada una ; je- neralmente no usan calzado. En la capital, todos los que podían hacerlo se vestían á la europea, siendo apasionadísimos de las botas de charol, porque este artículo indicaba el estado de] que Jo llevaba, y Ja frase — 25 — jcnie calzada ó la contraria, se empleaba á menudo para dislin- guir á los ricos y los pobres. El vestido de las mujeres, aunque sencillo es muy gracioso. Forman su toilete, una larga camisa da algodón, llamada tupoi, que llega apenas al cuello, con una ancha franja de lana negra ó escarlata bordada, y cosida á la estremidad superior, unas mangas sueltas de malla, y faldillos de muselina ó seda, abul' tados como si fueran forrados en crinolina, por la cantidad de almidón que llevan las enaguas, y aseguradas á la cintura por una ancha faja. Escepto eii la capital muy pocas andaban cal- zadas. Su tocado consiste en dos largas trenzas que, á veces circun- dan la cabeza en forma de guirnaldas y otras caen sueltas so- bre sus hombros, aseguradas con un enorme peine de carey engastado con oro y piedras preciosas. Bastaba para completar, su muy bonito tocado una rosa, o una pluma suave y sedosa, lánguida y coquetamente colocada. Endiasde fiesta ostentaban sarcillos de escesivo tamaño, trabajados en el país y tan largos que descansaban en los hombros, uno ó dos collares de oro macizo y sortijas suficientes para tapar todos los dedos de la mano. Este traje, sin embargo, está casi fuera de moda entre las fa- mihas de tono, y una peineta de oro significa hoy dia una mu- jer de la clase inferior. Este cambio debe echarse de menos, porque el antiguo traje es notablemente pintoresco y adaptado al clima. He dicho que algunas de las casas me recordaban las de Pompeya; el recuerdo se convertía casi en ilusión, cuando sen- tado al anochecer en un estenso, silencioso y sombrío salón, veia pasar á lo largo del peristilo una criada, que con paso si- lencioso y felino, llevaba en su cabeza un cántaro , con sus torneados brazos pendientes á los costados, y su blanco tu- poi realzado por sus negros ribetes, cayendo de los hombros en pliegues graciosos y hasta tentadores. Parecia una cariátide, que cansada y relevada de su enorme carga, se deslizaba viva á nuestra vista. i Los niños de ambos sexos andan por lo jeneral hasta la — 26 «- edad de ocho ó diez años, enteramente desnudos. A las mu- chachas de la clase inferior, se les enseña desde el momento en que caminan á llevar cántaros en la cabeza. Cuando son grandes, raras veces llevan su carga de otra manera. Muchas veces he visto mujeres haciéndose camino á travez del mer- cado en las horas de mas bullicio, con una botella de vino balanceada en la cabeza, llevándola con la misma seguridad que si estuviera en un canasto. Un dia presencié un cuadro encan(ador: una criatura de cercado ocho años de edad, ve- nia de la fuente sin su cántaro, pero evidentemente creyen- do que lo traia, llevando en su lugar un largo penacho de nardos blancos ; los últimos rayos del sol, y el vasto desierto de ardientes arenas que se estendia á su espalda, formaban una áurea perspectiva á la graciosa í3gura de la niñita cuan- do pasó cerca de mí, mientras que sus grandes, melancólicos y distraidos ojos iban tristemente fijos en una cabana que estaba á su frente. No recuerdo haber visto jugar jamas á los niños paraguayos, al menos algún juego conocido, y aun los juguetes les parecían cosas casi desconocidas. Obtuve de Inglaterra algunas muñe- cas y otros juguetes para distribuirlos entre algunos de mis amiguitos; á primera vista estos últimos les parecían muy bonitos « epoinaeté», pero pasado el momento de sorpresa los hicieron pedazos ; las mayores se apoderaron inmediatamente délas muñecas y las convirtieron luego en lujosos y fashio- nables Santos. Vi en la Catedral, un dia de la Natividad, un altar en la nave lateral, adornado en la forma del Pesebre, es decir, una cuna, con todo lo conLenido en una (nArca de Noé » dispuesto de manera que representasen la adoración de los Magos, y en que figuraban Sem, Jam y Jafet, vestidos de paltos cilindricos de madera, haciendo los honores de la casa á los tres reyes. Las criaturas de ambos sexos aprenden á fumar apenas ca- minan solos, y los muchachos á jugar, tan pronto como pue- den hablar. Estos vicios de sus padres reemplazan los entrete- nimientos mas naturales de la niñez. Una vez encontré un número de niños muy ocupados enter- - ^7 — rancio viva una criatura ; habían cavado un pocito en medio del camino y tapado el chiquiío hasta el pescuezo. Parecia algo asustado, como era natural, pero se mantenía bastante tranquilo en las arenas calientes. Dos ó tres de sus compañeros que tenían cerca de 5 años de edad, muy viejos supongo para diversiones tan pueriles, — estaban sentados en el borde de la vereda, fumando sus cigarros y contemplando el procedimiento cou la mayor gravedad. Después de fumar y tomar mate, el mayor entretenimiento de los paraguayos es el baile, al que se entregan como nunca he visto á nadie. Talvez una de las razones porque las señori- tas gustan tanto del bailo, es que no tienen otra oportunidad para escuchar libremente á sus novios; en todos los demás momentos son espiadas con suma rijídez por las madres ó las lias — siento decirlo, que con motivo— y tan es así, que an- tes de casarse apenas puede hablarse un minuto á solas, y nunca se pasean por las calles con sus amigos, ni aun con sus hermanos. Pero en los bailes públicos, las dueñas se sientan solas en la antesala. A menudo me daban lástima las pobres viejitas : no podían ni aun fumar, tal era la vijilancia que des- plegaban sobre las chicas. Sínembargo, tenían su desquite en la cena, donde no solamente comían todo lo que podían, sino que escamoteaban cuanto cabía cómodamente en sus vestidos. Fui testigo ocular de un merodeo cometido por una rolliza matrona, que sustrajo una pagoda entera de alfeñi- que, de unos dos pies de alto, y en jeneral todas se embolsa- ban pollos asados con una calma encantadora. La manera de comer de los hombres es muy primitiva ; habiéndose introducido recien los tenedores, su maniobra es un tanto peligrosa. El modo correcto, por ejemplo, de comer asado, es meter entre los dientes cuanto quepa, y cortarlo en seguida raspando los labios con un largo y bien afilado facón. Las señoritas, por supuesto, no siguen la moda públicamente ; pero tengo muchos motivos para creer que la seguían en su casa, porque eran siempre muy reservadas en la mesa, cuando habían eslrangeros presentes. Me pareció bastante gracioso un rasgo de la urbanidad para- — 28 -- guaya. En un pic-niG, al cual fui invitado poco después de mj llegada, las señoritas que tenia á uno y otro háo ele- jian los mas tentadores bocados do su plato y diciendo en seguida « Toma Señor yi me rellenaban la boca con ellos. A su vez, esperaban que les cortase la carne. He dicho que las mujeres carecen completamente de toda clase de educación, al punto que es muy raro encontrar una que sepa leer y escribir. Sinembargo, los hombres casi todos saben hacer ambas cosas. En cada pueblo ó aldea habia una escuela primaria, costeada por el gobierno, en donde se ense- ñaban á los niños estos sencillos conocimientos y los rudi- mentos de la aritmética. Pero nunca encontré un hijo del pais que supiera resolver con propiedad una cuenta de partir denominados, y la facilidad con que nosotros los estrange- ros, al servicio del pais, resolvíamos los diferentes problemas' era para ellos una fuente inagotable de admiración. Poco después de mi llegada á la Asunción tuve motivo de ir á la tesorería para percibir mi sueldo ; siendo la primera vez que vcia al señor colector, llevé conmigo una traducción de mi contrato, y una anotación de la suma que necesitaba. Le en- contré en la oficina de pago, habitación que tenia como diez pies cuadrados, pero que era muy alta, con paredes blanquea- das, y cielo raso de palmas, adornado con col gaduras de tela raña, y en uno de los rincones con un inmenso hormiguero de hormigas blancas. Ocupaba el centro una mesa cubierta con una bayeta verde, muy sucia y manchada con tinta; detras, estaba sentado el habilitado, viejo poco pretencioso al parecer, muy moreno, y que tenia el aire de vivir eternamente perple- jo. A su lado estaban dos oüciales vestidos á la moda del ciu- dadano del pais. Sobre la mesa se veia un montón de papel moneda, un tintero lleno de moscas, algunas plumas vetera- nas, y el inevitable arenillero ; en el fondo se hallaba un baúl de cedro americano que estaba abierto, unos cuantos libros, un montón de pesos plata, y una bandeja llena de sucios do- blones de oro. En la puerta^ cuidando todo, estaba un centi- nela, vestido de bayeta colorada, con un ridículo sombrero, compuesto de cuero y bronce, que no podria compararse con - 29 — oirá cosa que con un (ambor de niño. Al principio me echó una mirada feroz, y luego, porque no le quité el sombrero como lo hubiera hecho un paisano, me saludó muy humilde- mente. Di la mano al colector, le presenté los documentos, acepté un cigarro y una silla, y esperé que se enterase de mi solicitud y me pagase el dinero. Apenas es creíble, pero pasó mas de una hora antes que pudieron dividir cierta cantidad de pesos y reales por doce. Difícilmente podia contener la risa viéndolos tan perplejos y cubriendo desesperadamente de nú- meros pliego Iras pliego de papel oficial. Para hacer la escena mas cómica todavía, unos holgazanes les ofrecieron sus servi- cios gratis, exhibiendo asombrosos y complicados sistemas de cálculo, que ni el mismo Gocker conoce 1 Hasta el centinela, arrastrado por la generosidad y el entusiasmo, depositó su triste fusil de chispa, y dibujó tremendos números con los restos de una pluma, para esplicarles como calculaba él su sueldo, es decir un peso por mes, cuando el pobre lo obte- nía, lo que no sucedía muy frecuentemente. Me senté con la silla ladeada, á la moda de los paraguayos, escuchando la música de la plaza, y cuando me decían, adivinando, que la suma era tanto, lo que hacian de rato en rato, les contestaba tranquilamente, que yo necesitaba tantos pesos, y que no me iba sin llevarlos. Por último, vi cruzar la plaza al Dr. Stewart, él que fué bastante bueno para venir en mi protección diciéndo- les que podían tener toda fé en mis cálculos, y recibi la suma que habla pedido. CAPITULO IV. Bosquejo de la historia del Paraguay, — Francia. — Carlos López. — La historia de Garlos Degoud. — De los emplea- dos oficiales. Bajo el gobierno de los monarcas españoles, la provincia del Paraguay abrazaba todo el territorio al Este de los Andes, y al Sud del Brasil. Pero cuando los colonos arrojaron el yugo español, toda el país al Oeste del Paraná y Paraguay se separó, formándose un Estado llamado el Estado de Buenos Ayres — 30 — ó la Confederación Argentina ; el territorio entre el Paraná y el Uruguay se llamó la República de Enlre Rios, y el resto al Este de esta última, la República del Uruguay, ó la Banda Oriental; dejando al Paraguay como estaba entonces cons- tituido, solo la pequeña zona que se ha descrito en el primer capítulo. (1) Los españoles y los mestizos del Paraguay, así llamado, fueron los últimos en rebelarse contraía madre patria, y cuando la nueva República del Plata envió un ejército para « invitar- los» á cooperar con ellos á este fin, y en caso de negativa imponerles la libertad, los paraguayos atacaron y derrotaron á los mismos hombres que iban á ofrecerles la libertad y la independencia. Con la ceguedad de siempre, han hecho la misma cosa durante la presente guerra defendiendo á López á todo trance, cuando su destrucción les hubiera traído una ventaja inestimable, dcándoles la oportunidad de formar un gobierno suave y liberal, en lugar de una tiranía, que no tiene paralelo en los tiempos modernos. Sin embargo, algunos meses después el Paraguay siguió el movimiento liberal, y habiéndose negado á formar parte de la Confederación Argentina, se declaró en 18H república hbre é independíente. En el año siguiente, se elijieron dos cónsules con poderes iguales, llamados Francia y Yedros. El primero era un hombre muy notable, de orijen francés, pero nacido, según creo, en la provincia de Córdoba. Estudió en la Universidad de este pueblo la teología y la jurispruden- (1) Gomo este libro está destinado ácírcu'ar en Sud-América parece in- necerario reparar este error del Sr. Mastcrman. Las provincias que forma- ban el virreinato del Plata, inclusive el Paraguay y Alto Perú (lioy Bo- livia) fueron comprometidas en el movimiento revolucionario de 18i0. La independencia del Paraguay no fué declarada hasta 1840 y la de la Re- pública Oriental hasta el tratadlo de 1828. El territorio de Entre-Rios y el de Corrientes se separaron de la Provincia de Buenos Aires en el curso de la guerra civil, pero no para constituir naciones, sino provincias inde- pendientes relativamente y exentas del gobierno local de Buenos Aires, pero integrantes de la Confederación Argentina. (Nota del traductor.) - 31 - cia, recibió el grado de doctor, el cual, digámoslo de paso, es muy común en Sud América, y luego se dirigió á la Asunción, donde abrió su estudio de abogado. Su colega^Yedros, era imbécil é ignorante. Francia se des- hizo de él muy pronto, y dos años después, estando su auto- ridad firmemente establecida, fué nombrado cónsul y mas tarde dictador. Al principio gobernaba con justicia y moderación ; se esforzó en mejorar la condición del pueblo, fundó escuelas, y redujo por un proceder muy espedilivo las calles de la ciudad á la re- gularidad que hoy tienen. Entre tanto, hablan empezado sus reyertas las repúblicas vecinas ; no se oia hablar do otra cosa sino de tumultos, y matanzas, conspiraciones y revoluciones ; y con el objeto de impedir que se reprodujeran en las rejiones pacííicas que gobernaba, Francia determinó aislar completa- mente al Paraguay del resto del mundo. A pocos permitía en- trar en el pais y á nadie dejarlo. (1) Reunió y disciplinó personalmente un ejército poderoso; estableció fueites y guardias á cortas distancias á lo largo de los rius fronterizos y derrotó á los indios del Chaco, que le molestaban. Aisló tan completamente al pais, que no lo podia dejar un solo paraguayo, y los pocos estrangeros que logra- ban visitarlo, se velan en grande dificultades cuando querían salir. A uno que otro buque mercante le permitía subir hasta Ñembucú, pueblo situado un poco mas arriba de la emboca- dura del Paraguay ; examinaba el manifiesto de su cargamen (i) El Sr. Maslerman no ha penetrado evidentemente del carácter de Francia. El Presidente del Paraguay cerraba los puertos del país al ccmercio eslranjero, no por las reyertas de los pueljlos vecinos, como dice, sino sistemáticamente como lo han hecho los chinos y los japoneses hasta hoy dia. Recomendamos al Sr. Masterman que lea las ohras de nuestro célebre literato Carlyle, que sin haber estado jau)ás en Sud-Amórlca conoce mucho mejor las razones políticas que tenia Francia para fundar un sistema de gobierno como no se ha visto entre jcnte civilizada. £1 íUüSofo desde el fondo de su gabinete vó á menudo mas lejos que el hoEobre de negoQios on el teatro mismo de los heclios. (N. del T.J - 32 - to, elejia lo que necesitaba, armas y municiones sobre todo, las pagaba con ycrba-male y los despachaba en seguida. En mi opinión, esta medida era buena, en vista de las circuns- tancias, y creo, que si la raza hubiese sido de mejor tipo, hu- biese hecho un admirable gobernante. Pero siendo hombre de talento y de ideas propias, no tenia paciencia para soportar su charlatanismo é incapacidad. Descubrió, que solo el temor y no el respeto, influia sobre semejante gente, lo que le hizo adoptar por sistema de goÍDÍerno la mas espantosa tiranía. Le disculpo en parte, sabiendo por esperiencia, cuanta pa- ciencia se necesitaba para vivir en el Paraguay, tenien- do que enseñar hombres que no hacian esfuerzo alguno para aprender, que hablan bien, casi elocuentemente y que todavía no parecen tener el poder de raciocinar ni de ad- quirir conocimientos úliles; y ademas, cuan difícil era con- tenerme de usar y tal vez de abusar del poder que tenia, de castigarlos. Francia no tenia ni mi paciencia ni mis escrúpulos, y se ha hecho la fama de haber sido un cruel y desapiadado tirano. Espoliaba á los ricos levantando dinero por contribu- ciones forzadas, y fusilaba á los que apelaban contra la tasa- ción de sus fortunas; pero no se quedaba con un solo cuar- tillo y murió pobre, aunque pasaba por sus manos toda la renta de la República. Logró crear al pais recursos propios y suficientes, y la pobreza no era conocida dentro de sus límites. Siendo muy inteligente para temer á los corrompidos é igno- rantes sacerdotes, que administraban los oficios de la iglesia, refrenó su poder, se rió desús dogmas y los despojó de sus ri- quezas. Quedó abolido el diezmo que era un impuesto desigual y opresivo, y los indolentes chacareros fueron obligados á adop- tar un sistema mejor de agricultura. (1) Hizo mucho bien, pero (i) Estos rasgos sobre el gobierno de Francia y los fines y causas de su pohtica parecen escritos por el autor durante su residencia aun en el Paraguay, cuando los López prohibieron que se liablararaal del dicta- dor— Deciv que Francia hizo bien en aislar á su país del estranjero, que le creó recursos propios, disculparlo de sus crueldades, contar como una cosa natural y casi racional que despojaba á los ricos y asegurar que la pobreza — 33 — fué estremadamenle severo é iracundo ; estando siempre ator- mentado con el temor del asesinato y la rebelión, se hizo en su vejez un tirano caprichoso, áspero, cruel, sin amigos y sin poder gozar de una sola hora de tranquilidad. no era conocida en un país en que el trabajo libre no era posible, porque estaba monopolizado por el gobierno, y porque el comercio no existia; donde la fortuna como la vida se hallaba á disposición del tirano — y sostener que el gobierno mas absurdo y bárbaro, era el conveniente para un pue- blo digno de otra suerte, es una verdadera aberración. El Sr. Masterman debia saber, que la tiranía de los López es hija de la de Francia, que quien corrompió aquel país, fué Francia y que si su tira- nía fué intelijente, fué precisamente porque mató las ideas y hasta las espe- ranzas de aquel pueblo. — Guando persiguió la relijion, no lo hizo por la ignorancia de sus Ministros, que quizá entonces no eran tan ignoran- tes como hoy — lo hizo porque matando y persiguiendo los principios re- lijiosos por el terror, como destruyó la familia por medio de la aboli- ción del matrimonio, mataba los dos centros que sirven siempre de refu- jío á las ideas perseguidas por él— y á cuyo calor, tarde ó temprano, se tnjendran las grandes revoluciones. Destruida la fé y el hogar, absor- vidos por el terror todos los derechos políticos del pueblo, cortada toda comunicación con el esterior, Francia destruyó en el pueblo paraguayo todas las ideas políticas y morales que ennoblecen á los hombres, des- truyendo por su base la sociabilidad. Amontonar dineros robados en las arcas del Gobierno, no es lo que se ha llamado nunca crear recursos para un país — ^y considerar como bueno este sistema económico, cuando á las puertas del Paraguay estala Repii- büca Argentina, con 14 millones de pesos fuertes de renta nacional y cer- ca de 8 millones de rentas provinciales, es un error verdaderamente sin- gular. Diremos con verdad que no creiamos existiera un inglés que profe- sare las ideas económicas del autor. tíl sistema de Francia lejos de crear recursos para el Paraguay se los quitó, y aquella rica tierra es uno de los pueblos mas pobres de América gracias á su sistema. Los tiranos, en general, matan la riqueza pública ; las guerras son menos perjudiciales al trabajo que las tiranías; donde la li- bertad existe, el trabajo fructifica, el hombre adelanta y la sociedad pro- gresa ; donde reina la tiranía, reina la muerte y la pobreza pública. El Paraguay ha gozado de la paz de la muerte durante 60 años— ha gozado del buen sistema de gobierno dadas las circunstancias de sus vecinos (tngwrra cipí/j— compare el Sr, Masterraau el estado finauciero de aquel s — 34 — El gobierno de Francia fué un despotismo puro ; murió des- pués de un reinado de veinte y seis años, el 25 de Diciembre de 1840 á la edad de setenta y ocho años ; lo enterraron en la iglesia de la Encarnación, la mas antigua de la Asunción, en una tumba construida en el piso del coro. Al dia siguiente los la- drillos se veian desparramados en todas direcciones y su ca- páis con el de la República Argentina á pesar de sus guerras, y díganos cual de los sistemas lia dado mejores resultados. Daremos los siguientes dat^s tomados del Rejistro estadislico de la Aduana de Buenos Aires, correspondiente á 1868-para que sirvan de comparación con los que el au!or debe tener sobre el Paraguay : Valor oficial de las mercaderías importadas por esta Aduana, siendo de notar que el avalúo de la tarifa, es inferior á los precios en plaza, pesos fuertes. . 66039712 Calculada la diferencia de los precios de plaza sobre los de tarifa, lo que escapa á la vijilancia fiscal, y los artículos libres de derecho, en un 20 por ciento sobre las cifras demostradas, lo que ciertamente no es exajerado, el valor del comercio de importación y esportacion en 1868, fué de pesos fuertes. . . 79247654 La renta recaudada por la Aduana de Buenos Aires, pesos fuertes 1024260S El número de paquetes á vapor entrados al puerto de Buenos Aires en 1868, ascendió á 1083 Salidos en el mismo año 1083 2166 El numero total de buques de vela entrados y salidos 2502 Total de entradas y salidas de buques de japor y devela 4668 No siendo conocido el tonelaje de los vapores, solo podemos dar el de los buques á vela, que ascendió á toneladas 691663 Para mayor ilustración del autor, le daremos datos particulares sobre el comercio de la Aduana de Buenos Aires con su propio pais. El valor oficial de la importación de Inglaterra á la Aduana de Buenos Aires en 1868, fué de fuertes . 979S005 La exportación de la misma Aduana para Inglaterra ascendió á, .,..,. ....... 3872240 Total de importación y exportación. . 13(367345 J — 35 — dávcr había desaparecido. No se sabe su deslino, pero dijeron los curas á las personas que los escuchaban temblorosos, que el diablo lo habia llevado en cuerpo y alma durante la noche. Sinembargo, imajino que si pudieran hablar los caimanes po- drían aclarar el misterio. No murió con él el terrible temor que inspiraba su nombre. Un paraguayo nunca hablará voluntariamente de « el muerto » como le llaman ellos; y aun hoy dia, cuando lo mencionan, miran temblando al rededor de sí, para decir á sus mas ínti- mos amigos, y solamente con voz ahogada y misteriosa, las historias de sus crueldades y sobrenatural sabiduría. Después de un corto interregno, se elijieron otra vez dos Cónsules, D. Garlos A. López y D. Mariano]Alonzo,'que se insta- laron en Mayo de 1840. Se cuenta, que tres años después D. Garlos propuso á su colega que optase entre la muerte y su retiro ; este tomó prudente la última alternativa ; y D. Garlos A. López fué nombrado luego por un Gongreso estraor- dinario, primer Presidente de la República. Este acto tuvo lugar el 13 de Marzo de 1845. En la navegación de Ultramar los buques ingleses á vela entrados al puerto de Buenos Aires, fueron . 231 con 79774 tons. Salidos con carga 177 « 55262 « Total. . . 408 135036 « Buques ingleses salidos en lastre 81 Total general. . . .489 Buques á vapor ingleses entrados y salidos, llegaron á 213 Procedentes de Inglaterra 46 4 Este movimiento comercial ha aumentado en 1869, y va aun en vía de progreso en 1870, sobre todo el número de vapores y paquetes — toma- mos solamente datos de la provincia de Buenos Aires porque su aduana es la única que lia publicado una estadística minuciosa. Esperamos que esta lección de números aprovechará, A los que creen que la paz que Francia dio al Paraguay, era conveniente y que su sistema le creó recursos propios, y que hizo bien en aislar su nación para evi- tar el contajio de sus vecinos. (^. del E.) — se- para aclarar todas las dudas seria bueno mencionar, que el Presidente nombra á los oficiales, que elijen á los diputados que lo nombran, de suerte que terminado el periodo no- minal de diez años de presidencia, no solo vuelve á hacerse reelejir, sinoá asegurarse su apoyo, en todas las cuestiones da lejislacion. Sin embargo, su administración no se manchó con mucha sangre ; fueron casi abolidas las restricciones para la libre navegación de los rios, introdujo al pais artesanos eu- ropeos, fundó el arsenal, y estableció entre la Asunción y Buenos Aires una línea quincenal de vapores ; en una pala- bra, su gobierno fué de los mejores que se han visto en Sud América. La administración interna presentaba pocas dificultades, porque habiendo sido bien disciplinado el pueblo por Francia, para recibir ciegamente las órdenes superiores, y considerada la reverencia con que miraban los paraguayos sus facultades, obedecían humildemente sus decretos por mas severos que fueran. En conversación, López hablaba del supremo poder del go- beirno como de una abstracción vaga y terrible, que él no lo era, sino que lo representaba solamente, y por esta razón reci- bía cubierto y sentado á todas sus visitas, hasta las mas dis- tinguidas. Jamás contestaba un saludo, porque esta prueba de respeto no se hacia á él como individuo, sino al gobierno supremo de que él no era mas que el símbolo vivo. En el año 1859 se descubrió, ó á lo menos se dijo, una conspiración contra él. Fueron presos muchos paraguayos y un subdito inglés llamado Ganstatt. Sin embargo, debido á la actitud enérjica de Mr. Henderson, cónsul de S. M. B. en la Asunción, le soltaron pronto de la cárcel ; pero los para- guayos permanecieron por muchos años encarcelados, y dos de ellos fueron fusilados. Es tan trájica la historia de una de las víctimas, que la voy á narrar. Empezaré diciendo, que se vén comunmente en los cami- nos del pais, cruces rudamente talladas, pintadas de negro y envueltas en una faja de encaje. Un pequeño cerco las pro- teje de los animales, y en una jarra de loza metida en la -«^7 - tierra, y á cubierto del viento, se coloca una vela, que Be enciende de noche. Los estranjeros creían jeneralmente, que marcaban el paraje en que se habia cometido un asesinato ; pero esto no es cierto, el pueblo no era sanguinario, y el asesinato, como la yerba mate, era casi un monopolio del gobierno. Eran simplemente recuerdos á amigos, que des- cansaban pacíficamente en las tumbas de un distante cemen- terio. Una de estas cruces, que llamó á menudo mi atención, se hallaba en el camino de la Asunción á la Recoleta. El encaje que la rodeaba era finísimo, hermosas y frescas las ñores esparcidas á su pié, y por temprano ó tarde que pasase des- pules de anochecer, veia constantemente brillar desde el enterrado cántaro la luz de una vela. Nunca encontré á nadie que la cuidara. En el fondo, y á corta distancia se divisaba una pequeña cabana, con algunos campos cercados ; pero si se esceptúa un anciano, que labraba la tierra de* vez en cuando, no vi indicio alguno de vida, ni dentro ni fuera de la casa. Admirado de esto, preguntábame á menudo, quien podría traer las flores y arreglarlas tan esmeradamente. Aquellos cuidados eran demasiado delicados para que fueran del an- ciano ; pero pasó mas de un año antes que descubriera este misterio. Algunos paraguayos amigos mios residían entonces cerca de la Recoleta, y algunas veces me demoraba en su compañía. Una noche me retardé mas que de costumbre, y seria ya la media noche cuando llegué á este sitio, y con gran sorpresa vi una joven vestida de luto, hincada delante de la cruz. El camino era tan mullido y arenoso, que se ahogaban comple- tamente los pasos de mi caballo, y como iba al tranco, habia llegado casi bastante cerca para oír las oraciones que mur- muraba, antes de ser apercibido. La joven medio hincada, medio postrada en tierra, sollozaba amargamente, y sus bra- zos pendientes, y la postura de su cabeza revelaban una incu- rable tristeza. Horrorizado de violar y hasta de presenciar un tan sagrado - 38 — dolor, me apartaba lentamente con el objeto de tomar otro camino, cuando desviándose repentinamente mi caballo, mi espada chocó con las espuelas, y la desconocida, lanzando un grito de terror, se puso instantáneamente de pié. Nunca olvidaré su hermoso rostro, hermoso aun, á pesar del dolor que le agotaba la vida ; muda é inmóvil me miró ; su rostro iluminado por la brillante luz de la luna era es- trañamente bello, si no hubiese hablado, hubiera creido que era una visión de un mundo mas triste aun que el que habi- tamos. Le demostré en pocas palabras mi vergüenza y pesar por haberla perturbado. «No es nada; quédese con Dios, adiós, señor, » me contestó, y desapareció por una abertura del cerco, en dirección á la cabana. Después de haber an- dado una cuadra ó dos, miró hacia atrás. Habia vuelto y estaba arrodillada como antes, siempre en su desoladora ac- titud. El día siguiente fui á caballo hasta lo de mis amigos para preguntar quien pudiera ser aquella doliente solitaria de la noche. Las burlonas é incrédulas miradas con que escuchaban al principio mi historia se convirtieron cuando hube concluido en lástima y compasión, y la señorita á quien interrogaba dijo: «¡ay de mí!» es un mal augurio : habéis visto á Carmelita ; pobre niña, está loca. » La rogué me contara su historia, porque me despertó curiosidad la inacostumbrada gravedad de la vivaracha paraguaya. « Unos años ha, empezó, sentán- dose á mi lado, Carmelita R. era la mas bonita niña de la Asunción, la mas entusiasta en los bailes, y la mas alegre en la conversación. Habia perdido á su padre, siendo niña, mas su madre era rica ; la niña tenia muchos pretendientes, pero favorecía solamente á D. Garlos Decoud. Debia casarse con ella unas semanas después, cuando en mala hora la vio D. Francisco S. López, entonces coronel del ejército; se ena- moró de ella, y le hizo las mas vergonzosas proposiciones que fueron rechazadas con desprecio. La dejó jurando vengarse. (( Pocos dias después, Carmelita supo con indecible terror que su novio, junto con un hermano hablan sido arrestados y -. 39 -^ metidos en la cárcel; nadie sabia la razón, y pronto Íes tocó á muchos oírosla misma suerte. Pasaron semanas: uno de los presos, paisano suyo, señor, fué puesto en libertad y entonces se supo que se habia descubierto una conspiración. » Dicho esto, la niña se detuvo, miró al rededor de si para ver si nadie nos observaba, y luego continuó en voz baja : « los demás permanecieron largo tiempo presos, y por ultima dos de ellos fueron fusilados. La sentencia se ejecutó en la plaza de San Francisco. Uno de ellos fué Carlos; y, ¡oh horror! su cadá- ver fué arrojado desnudo delante de la puerta de su madre ! (1) Carmelita estaba entonces en la casa ; oyendo el ruido sa- lió corriendo y cayó exánime sobre el mutilado cadáver de su amante. Pasó muchas semanas, presa de la fiebre y el delirio ; por último, dejó su cama salvándose apenas de las garras de la muerte. . . mejor le hubiera sido morir porque estaba incurablemente loca. Poco después perdió á su madre; y quedando huérfana, vive del trabajo de un anciano esclavo, que labra la tierra por donde vd. pasa tan frecuentemente. No se la ve jamás de dia, y vive solamente para adornar la cruz que levantó en memoria del pobre Garlos, para rogar por el reposo eterno de su alma, y por aquel feliz dia, en que la muerte y nuestra Señora de Dolores enjugarán sus lágrimas para siempre. » Durante la administración del finado Presidente no queda otro acontecimiento que merezca mencionarse, si se esceptúa la visita de la espedicion esploradora norteamericana en 1854. Era mandada por el capitán Pago, bajo cuya hábil dirección fué completamente esplorado el rio Paraguay, como lo hubiera ífido el Paraná, á no ser por una desgraciada desavenencia con el Paraguay, que no permitia á otros buques que los suyos penetrar cierto canal bajo las piezas del fuerte de Itapirú. Los (1) Garanto la verdad de esta parte de la historia. (Nota del Autor.) - 40 -^ paraguayos hicieron fuego sobre el Water- Witoh y un hombre fué muerto. Por el mismo tiempo, una compañía establecida en la Asunción por Mr. Hopkios, cónsul de los E, U., con el objeto de trancar en tabaco y otras yerbas, se vio en conflicto con el gobierno. La compañía se disolvió, le casaron al Cón- sul el exequátur, y por algún tiempo parecieron inminentes las hostilidades. Sin embargo, se arregló amistosamente el asunto; pero la manera de hacerlo, no fué honorable para una ni para otra parte* El Sr. D. Garlos López era bajo de estatura y sumamente grueso; las facciones eran buenas, pero no dejaban de mostrar á primera vista vestijios de la sangre guaycurú que heredaba de su madre. No le hablé jamás, y creo que no le gustaba entenderse directamente con estrangeros. Gomo empleados del gobierno, teníamos que vernos con su hijo D. Francisco. Sus maneras eran imperiosas ; y para con los de su nación era altivo y dominante. El siguiente incidente dará á entender como trataba á sus propios ministros de gobierno. Guando Mr. Doria, Ghargé d'affaires de S. M. B. fué al Paraguay, con el objeto según creo, de arreglar los reclamos Canstatt, dirijió una nota oficial al Ministro de Relaciones Esteriores : « A Su Escelencia D. F. Sánchez, etc. » como es costumbre. El dia siguiente éste fué á verlo privadamente, y le dijo balbuceando, que no debia darle el título de Escelencia, por temor de que se diera por ofendido el Presidente. Mr. Doria contestó, que era el título oficial de los hombres en su posición, y que no podia comprender como habría de ofenderse por ello el Escelentísimo. El Sr. Sánchez respondió que temia no poder aceptarlo, y le pidió que la próxima vez que viera al Presidente se lo mencionase. Lo hizo, y López le contestó con brusquedad : « Llámele como quiera, no por eso dejará de ser un zopenco. » Don Garlos López murió el 10 de Setiembre de 1862 á la edad de setenta y dos años, y fué enterrado con gran pompa en la Iglesia de la Santísima Trinidad, tres ó cuatro millas fuera de la Asunción. — 41 - CAPÍTULO V. Pon Francisco López elegido Presidente— Arrestos — Fiestas. DoD Francisco Solano López, hijo mayor del último Presi- dente del Paraguay, habia sido nombrado por este, Vice Presidente de la República, y entró luego en el desempeño de BUS funciones. Un mes después de la muerte de su padre decretó la reunión de un Congreso estraordinario de los diputados del Estado para elegir un nuevo Presidente ; todos sabian perfectamente bien ya quien seria elegido, ó mas bien pateado por su futuro amo y presidente. La elección no pasó de una farsa: se reunieron en la capital los diputados por los noventa y dos partidos de la República y se instalaron en el Cabildo, que fué rodeado por un gran nú- mero de tropas mandadas por el mismo hombre que solicitaba sus votos ; y esto porsupuesto coarlaba la libertad de obrar y aun de discutir. Es cierto, que un miembro tuvo la audacia de decir que la presidencia no podia ser hereditaria por la ley or- gánica del país y que López, por consiguiente, no era elejible : otro opinó, que el presente caso ofrecía una buena oportunidad para modificar las leyes del país ; procedía á esplicar su teoría cuando López le dijo bruscamente que se callara, que los dipu- tados estaban reunidos con el objeto de elejir un nuevo presi^ dente y no para considerar las leyes del país. Ambos desapare- cieron aquella noche y hasta hoy dia no se sabe nada de ellos. (1) Es inútil añadir que al dia siguiente « el ciudadano Francisco Solano López fué unánimemente elejido jefe supremo y jeneral de los ejércitos del Paraguay.» Fué investido el 16 de Octubre 1862, y uno de sus primeros (1) Las personas á que alude el autor son sin duda el padre Gorbalan y el padre Maíz. Aquel, como se verá luego, fué fusilado en 1868, mientras que Maíz fué puesto en libertad en el mismo año, y llegó á ser un instrumento ciego de lopez. (Nota del traduclor.f — 42 — actos faé pedir se aumentara su sueldo hasta la suma dü ^ 50,000. Su padre se habia contentado con la quinta parte de esta cantidad. Sin embargo, debe convenirse en que la de- manda era todavia moderada, porque tenia absolutamente á su disposición toda la renta de la República ; allí no se discutía jamás un presupuesto, ni se dio cuenta de los ingresos y gastos anuales, y la memoria del ministerio de hacienda constaba de un informe mensual de los derechos de entrada y salida, y de la renta de la aduana. Pero López siempre quería hacer creer que gobernaba constitucionalmente, y el estranjero que leyera sus discursos en el «Semanario», le hubiera tomado sin duda por el mas justo y liberal de los hombres, y por el mas celoso defensor de las libertades de su país. Su elección fué seguida de una sucesión de suntuosos ban- quetes, bailes y espectáculos, y por mas de un mes se prolon- garon las procesiones y felicitaciones hasta dejar medio arruina- dos los negociantes y tenderos, y cordialmente cansada á toda la población. El nuevo presidente nació el 24 de Julio 1826 y tenia por consiguiente treinta y seis años cuando fué elejido. No es un hom- bre de gallarda apostura ; tiene cinco pies y cuatro pulgadas de estatura; es sumamente grueso, y en los últimos tiempos ca- recía de flexibilidad. Su cara es muy chata, y las facciones poco nobles ; su cabeza medianamente buena, es deprimida en la frente, y muy desarrollada en la parte posterior. La parte inferior de la cara tiene una anchura y solidez muy siniestra, peculiaridad que heredada de sus abuelos los guaycurús sirve de indicio para conocer su carácter — una cara cruel y sensual, que no ennoblecen los ojos, por estar sumamente juntos. Guando estaba de buen humor sus maneras eran notablemente simpá- ticas ; pero cuando tenia un acceso de ira, como los que le he visto en dos ocasiones, su espresion era verdaderamente feroz: el indio salvaje se manifestaba á través del escaso barniz de la civilización, así como el cosaco se revela en un ruso ira- cundo. Su palabra , tanto en publico ,como en privado , era fácil, aunque su articulación era imperfecta por la falta de los dientes inferiores, y hablaba tan bajo, si se esceptúa en ^ 43 — una memorable ocasión á la que me referiré luego, que solo las personas inmediatas podian entender lo que decia. Hasta el momento en que fué á Humaita me recibía siempre muy bondadosamente, levantándose cuando entraba, y dándome la mano (honor rara vez concedido á un hijo del país) con mucha familiaridad. En 1854, partió para Francia é Inglaterra, con el objeto de negociar un tratado de paz y comercio entre estos estados y el Paraguay. Permaneció en Paris largo tiempo, de donde intro- dujo dos novedades— el uniforme francés para los oficiales, y una querida para sí mismo ; esto último fué el paso mas fa- tal que dio en su vida : y puesto que esta señora ocupó por fin un lugar muy importante en los negocios del Paraguay, y que, por sus malos consejos fué, según ci eo, la causa remota de la terrible guerra que ha arruinado completamente al país, me veo en la obligación de consagrarle unos renglones. Sus padres eran irlandeses, pero nació en Francia, donde se casó con un cirujano del ejército, que entiendo vive todavía, de suerte que suprimiré su verdadero nombre para llamarla madame Eloisa Lynch, apellido por el cual se la conocía en el Paraguay. Era, cuando la vi por primera vez, una alta, rolliza y hermosísima mujer, y aunque la edad y los muchos hijos que tuvo, habian deteriorado su belleza no tengo dificultad en creer la historia, de que los pobres paraguayos se quedaron pasmados de admiración cuando llegó, creyendo ver desem- barcar en la Asunción un ser del otro mundo, á tal punto los conmovió su fausto y encantos. Su educación era lucida, ha- blaba igualmente bien el inglés, el francés y el español, daba magníficas comidas, y podia beber, sin que la marease, mas champagne que ninguna otra persona que yo haya visto jamás. Se comprende, desde luego, que debia ser inmensa la influencia que ejercía esta iníelijente, egoísta y desapiadada mujer, sobre un hombre como López, que por ser arrogante no dejaba de ser también débil, vanidoso y bestial. Con un admirable tino, le trataba aparentemente con suma deferencia y respeto, mien- tras que en realidad hacia de él lo que le daba la gana, y era bajo todos respectos la soberana del Paraguay. Tenia en vista - 44 — dos ambiciosos proyectos: el primero era casarse con él; el segundo era hacerlo «el Napoleón del Nuevo Mundo.» El pri- mer proyecto era difícil, porque su marido, en calidad de fran- cés, no podia demandar un divorcio; pero si lograse el segundo, no seria muy difícil talvez obtener una dispensa, y su posición equívoca llegarla á ser segura y envidiable. Por eso es que la muy astuta empezó á iiacer creer á López que era el mas fa- moso guerrero del siglo, y con estas adulaciones, el crédulo, vanidoso y codicioso tirano, se convenció de que estaba desti- nado para levantar el Paraguay y hacerlo la primera potencia sud-americana. Para realizar este ambicioso proyecto era necesa- rio emprender una gran guerra ; y con vecinos, uno tan usurpa- dor como el Brasil, otro tan turbulento y desenfrenado como la República Arjentina, no fué difícil encontrar un pretesto para la guerra; ni se hizo tardar la oportunidad. Entretanto, todos los preparativos estaban hechos. Aun durante el tiempo de su pa- dre que decia : prefiro perder una cuarta parte del territorio an- tes que hacer la guerra en su defensa, — López habia juntado una inmensa cantidad de materiales y municiones, y durante el pri- mer año de su majistratura formó en Cerro León (hermoso va- lle cerca de la cordillera del misno nombre, -al sud-este de la Asunción y como cincuenta millas distante de ella) un Tasto campamento de instrucción, y en Junio de 1863 tenia reu- nido un ejército de 80,000 hombres. Estos preparativos produ- jeron entre los estranjeros y los mas intelijentes paraguayos, una gran inquietud ; y algunos de estos debian haberse espre- sado con demasiada franqueza, porque un gran número fué arrestado en esta época. Volviendo tarde á casa, he visto en dos ocasiones un grupo de hombres de la policía con bayonetas caladas, llevando á gran prisa á la cárcel jente bien vestida— que tal vez no vol- vieron á ser vistos nunca por sus parientes, y cuyos nonibres se mencionaban "apenas por el peligro que esto acarreaba. Raras veces se conocía la acusación verdadera contra los prisione- ros políticos ó su sentencia— y nunca el nombre de su delator ó testigos, y su familia y amigos eran evitados como si fueran apestados, porque toda persona sospechada era persona conde- — 45 — nada, y pocas veces se incurría en el odio del gobierno sin comprometer al mismo tiempo la mitad de los parientes. Los primeros que cayeron fueron dos sacerdotes de la capital, el padre Gorbalan ^¡ el padre Maiz, el primero pertenecía á una de las primeras familias del Paraguay, y el otro tenia un gran talento y mucho saber. Debo escepluar á ambos del cargo que hice á los sacerdotes, porque eran muy respetados y no sin razón. Sin embargo, habiendo hablado desdeñosa- mente del Presidente (todas las antiguas familias españolas le miraban con desprecio por su oríjen bajo y su sangre india), fueron delatados y metidos poco después en la cárcel pública. El padre Gorbalan permaneció preso muchos años y fué tra- tado bárbaramente, y muerto por último en la carnicería jeneral que tuvo lugar á íines del año 1868. Su compañero, según corda, habia sido denunciado por un sacerdote lla- mado Palacios, quien por este y otros servicios fué nombrado Obispo del Paraguay. Maiz permaneció preso tres años, hasta que fué puesto en libertad, y se hizo muy pronto uno de sus grandes favoritos. Fué nombrado capellán del ejército, y después miembro del terrible tribunal destinado para juzgar las personas acusadas de conspirar contra López en aquel año. En este carácter, condenó al mismo Obispo, que cinco años antes le habia metido — imprudente pero inocenie— en la cár- cel pública. No puedo garantir la verdad de la parte ante- rior de esta historia; pero si es verdadera, Palacios encontró una terrible retribución : fué juzgado, atormentado y decla- rado culpable de un crimen que no pudo haber cometido. Ni su carácter sagrado, ni su mucha edad (1) pudiera salvarle y cayó con una bala en el corazón en los campos sangrientos de Villeta. (1) El señor Masterman parece no conocer al obispo Palacios, que no «ra el anciano que nos pinta, sino un joven recien elevado á su puesto. Según el señor Thompson, que tuvo muchas ocasiones de verle, Palacios era un hombre joven, nervioso, y tímido; estremadamente obsequioso para con López, de quien era compañero constante, y como muchas suponen, cómplice en sus crímenes. (Nota del traductor). — 46 — Los arrestos fueron mucho mas numerosos y se notaba una indescribible ansiedad por saber cómo terminaria todo esto. Sin embargo, para el recien venido, la Asunción ofrecía el aspecto de un pueblo próspero y feliz. El Semanario, único diario del pais, bajo la inspección inmediata de López, estaba lleno de entusiastas elojios sobre el progreso del Paraguay, y sobre las virtudes y sabiduría de su « provi- dencial gobernante, » que le hacia la mas grande y envidia- ble de las repúblicas. Toda fiesta y todo dia notable en la historia del país se aprovechaba para dar banquetes y bailes y para hacer discursos públicos ; así es que las personas que no podían ver las cuerdas, ni la mano que móvia los títeres, hubieran creído al Paraguay la nación mas feliz del mundo, y á López el mas benéfico de los presidentes. Con motivo del primer aniversario de su elección, se gastó una inmensa cantidad de dinero en adornar las plazas públi- cas, en fuegos artificiales y en banquetes. Se construyó en la calle principal un hermosísimo arco de triunfo, y en la plaza del gobierno un inmenso salón de madera. El Estado corría con los gastos principales, pero maclios ricos ciudadanos die- ron también su parte. H(3 dicho que el río se retira gradual- mente de la Asunción, y que ha dejado en dirección norte una serie de lagunas poco profundas, y en las que abunda la Victoria réjia. Cuando el rio está bajo, una ancha playa de arena, llamada Riheria, se estiende por millas entre la márjen de las lagunas y las altas barrancas de la costa. Allí se construyó una inmensa plaza de toros, tan grande que cabían paradas y sentadas varios miles de personas. La arena, que estaba descubierta, tenia cincuenta yardas de diá- metro, pero con el objeto de poner á los espectadores á cu- bierto de los rayos del sol, la rodeaba una ancha zona de tela, bordada con coronas de flores, banderas y ramos de palma. En frente del corral en que se hallaban los toros, se veia una sucesión de palcos adornados de paño escarlata y cortinas de muselina ; el que ocupaba el centro pertenecía al presidente y á los ministros de Estado, los otros estaban destinados para — 47 — la gente de íono, mientras que el resto quedaba libre para el pueblo, que desde las barreras hasta la cima de las vigas lle- naba todo el circo. El panorama, visto desde una elevada posi- ción, se asemejaba á un jardin de crisantemos, y la compara- ción es muy admisible, si se considera los ñamantes colores que preseiita siempre una muchedumbre paraguaya. Aquella zona viviente, que reflejaba el rojo, el verde el amarillo y el celeste, era rodeada por un disco de arenas relucientes, y aquellos vivos calores realzaban mas la nevada blancura de los tiipois y cherifes á la luz de los ardientes rayos del sol, que reflejaban sin cesar el movimiento de los abani- cos y el relucir de las piedras preciosas que adornaban las cabezas. El sitio, que eraimmejorable, se hallaba cerca de laslagunas, entonces adornadas con lirios y verdes camalotes, en un lugar, donde la igualdad de la arena y la suavidad del césped, se es- tienden desde las barrancas hasta el rio, en cuyas aguas van á perderse imperceptiblemente ambas cosas. La barranca del frente cortada á pique, se levantaba como una muralla hasta ia altura de cuarenta ó cincuenta pies, la dominaban sinem- bargo la catedral, y el antiguo y arruinado cabildo, y mas allá aun, se veian casas igualmente viejas y una parte de la ciudad. El paisaje en la dirección de las lagunas era muy hermoso. La anchura y rapidez del rio, su tortuosa corriente, que se perdía á la vista en el lejano horizonte, su márjen hermosamente bordada de selvas, que entonces se levantaban soberbiamente sobre las aguas, y ocultaban en su sombra, una que otra habi- tación, que vista á travez de un lijero vapor purpureo, parecía magnificar el paisage, ofrecía al espectador el mas suave y el mas alegre de los cuadros. Allí se había reunido para lucirse toda la población de la Asunción ; porque ademas de la corrida de toros hubo carreras, música y la sortija, entretenimiento moro al cual son muy afi- cionados todos los sudamericanos. Puede suceder que el nom- bre no sea familiar á todos, pero el juego se hace de la siguiente manera. Se cuelga una sortija de oro asegurada con una cinta desde el alto de un arco y la persona que la ensarte pasando á — 48 ^ todo galope, en la punta de su espada, ó en una varita pintada si no es militar, es declarado vencedor y la sortija es suya. El vencedor es recibido con músicas y vivas. Se abrieron tam- bién dos pipas de vino, que fué distribuido liberalmente así como la caña, á todos los que quisieron beberlo. El espectá- culo adentro del anfiteatro, sise esceptúan los espectadores, era muy pobre. Los picadores y matadores no eran sino vaqueros con su traje de costumbre ; no dejaban de ser pintorescos, pero no eran bastante lucidos para la arena. Los toros eran muy mansos, y se mostraban poseídos de un gran terror. Los que contribuyeron mas al entretenimiento fueron los Cambá '^an- ^diS ó imágenes negras, máscaras grotescas que bailaban, sal- taban, y hacian mil cosas absurdas en el circo. Pero todos per- tenecían á la policía, é imajino que el dinero que les tiraban era mas bien para atraérselos que para recompensar su des- treza. Las carreras fueron un poco mejores ; pero la manera de correr debe parecer muy estraña á los ingleses. Una sucesión de postes y barandillas que se estendian por la distancia de doscientos varas, señalaba el curso. Solo dos caballeros de uno y otro lado de las barandillas partían á la vez y á no ser por las muchas partidas, cada carrera se hubiera terminado en un minuto. Los Joekeys solo tenían en vístala salida, la que debido á la corta distancia corrida, decidía la carrera. Los jinetes no calzaban espuelas, sino que partían, con consentimiento mutuo, animando á los caballos con el pié descalzo ; pero la salida solo se consideraba limpia cuando ambos se servían de sus reben- ques. De esta manera, si uno de los caballos partía bien, el jinete del otro, dejaba de levantar su látigo ; y su adversario muy contrariado, lo que no dejaba de mostrar con palabras guaranis, tenia que volver de nuevo al punto de partida. Esto ocurría tantas veces, que á menudo se perdía una hora y pico en peleas é enjurias antes que la carrera se hubiese decidido. No había mucha animación entre la muchedumbre, ni muchas apuestas. Se levantaron en la plaza dos enormes tiendas que fueron espléndidamente adornadas con siempre-verdes y banderas. - 49 — Allí día y noche por cuarenta y ocho horas tronó sin cesar la fjomha — inmenso tambor indio que no podia oir sin estre- mecerme — la tocaban alternativa y voluntariamente cen- tenares de personas; al son de ella bailaba incesantemente el pueblo como solo bailan los salvajes (1); girando, chillando y gesticulando como energúmenos á los golpes del tambor, que resonaba cada vez mas rápido, hasta que por último sahan tremblorosos, cansados y agotados, después de aquella feroz escitacion, pero solo para dar lugar á otros deseosos de reem- j)Iazarlos. Pero en aquella muchedumbre de cerca de diez mil personas, á pesar de los ojos chispeantes y frenéticos ahullidos, á pesar de la caña, de que todos podían participar, no hubo ni riñas ni accidentes hasta el último dia, en que un peón que habia sido bolseado por una muy coqueta morenita, la mató junto con su rival de una puñalada, y tirando luego su ensan- grentado puñal, se entregó voluntariamente en manos de la policía para ser fusilado inmediatamente. CAPÍTULO VI. El carácter del pueblo— Las manufacturas— La yerba-mate. A pesar de haber estado largo tiempo aislados del resto de mundo, da su falta de educación, y de pensar siempre en un idioma que no tiene palabras con que espresar «gracias» ó « si vd. gusta )), los paraguayos son notablemente políticos, tanto en su maneras como en su modo de hablar. (1) El espíritu con que está escrita esta obra es muy diferente del que caracteriza el libro del Sr. Thompson. El Sr. Masterman ha sufrido sin duda, pero sabiendo por esperiencia hasta donde alcanza la mano del tirano podia y debia ser mas moderado en su lenguaje. Como traductor rechazamos pues los epítetos y el lodo que arroja aquí y en otras partes sobre un pueblo taa sufrido y valiente como el paraguayo. (ífota del traductor). — 50 — Francia proclamó una ley obligando á todos los hombres á que llevasen un sombrero ó algo que se le pareciera, aunque no fuera mas que una ala, (lo que se suele ver á menudo) con el objclo, decia, deque pudieran descubrirse y mostrar su res- peto para con sus superiores. Y un ciudadano, cualquiera que sea su posición social, nunca encuentra á un oficial; aunque sea del mas ínfimo rango, sin hacerle el saludo de costumbre. Esta es la llave maestra que descubre en el Paraguay todo su sistema de gobierno. Los militares se distinguen sobre todo, y son tratados mucho mas respetuosamente que los sacerdotes ó los empleados civiles del gobierno. En la campana si uno pide un fósforo para encender su ci- garro (tatáme) ó un vaso de agua (eumé) el vecino siempre le invita á bajar del caballo y tomar asiento. Entonces le convi- dan con uu cigarro, y si la casa es de una familia de la clase media, la que con todo seria considerada en Inglate- rra como muy pobre, le ofrecen también un refresco de limón ó de naranja. Es de muy mal tono rehusar un cigarro, pero el convidado no está en la obligación de fumarlo. ¡Sin embargo, la costumbre de fumar es casi universal, porque hombres, mu- jeres y criaturas se entregan desenfrenadamente á este vicio ; sin embargo, últimamente las mujeres de la alta sociedad se avergonzaban de hacerlo, y solo fumaban en secreto. Como DO quiero pasar por un ingrato, no hablaré de la mora- lidad de las paraguayas, observaré solamente, que no se reputa por crimen uno que otro desliz antes del matrimonio, pero nunca oí hablar de una mujer infiel en todo el tiempo que estuve en el pais. Los paraguayos son apasionadísimos del lujo, y se aprove- chan de toda ocasión para lucir su traje, pero muestran una indiferencia suprema por el bienestar doméstico. Gomo mé- dico pude conocer la vida íntima en todas sus faces, y este pri- vilegio me causó mucha pena. Era como entrar entre bas- tidores durante un ensayo. No dejaba de ser un espectáculo muy curioso de las costumbres paraguayas, aun cuando poco agradable, encontrar, por ejemplo, en el bailo del Club, á la esposa de un coronel vestida á la última moda de París, y luego al día bi^uicule ver á la misma muy pobre y escasamenlc vestida de algodón, sin nieclias ni zapatos, sentada en medio de sus esclavas, con los cabellos sueltos, riñéudolas ásperamente en í^uarani, mientras sus hijos sucios y abandonados, se revolca- ban con el cigarro en la boca, entre las cabras y gallinas de la casa. Después del cigarro, el mate es sin dada la mejor escusa para desperdiciar el tiempo. El tiempo legítimo para beber este brevaje eran las primeras horas de la mañana, y después de la siesta ; pero las personas que tenian bastante yerba y también poco que hacer, pasaban todo el tiempo que no dor- mían con el mate en la mano. La yerba es la hoja seca y pul- verizada del Ilex Paraguayensis, árbol que por su tamaño y follaje se parece al naranjo (es decir, al naranjo paraguavoljue tiene á menudo treinta pies de alto) y cuyas flores son blancas, pequeñas y se presentan en forma de racimos. Pertenece ú la familia llcx, pero contiene un principio amargo parecido y casi idéntico á la teina, alkali encontrado en el té y el café. El modo de servirle es original: el mate, que es una calabaza ennegreci- da, conteniendo de tres á cuatro onzas de agua, se llena de yerba rudamente pulverizada ; dentro de él se mete una bom- billa ó tubo de plata terminado por una estremidad en un globito lleno de agujeritos, entonces se llena de agua, y la infusión es chupada inmediatamente por el tubo y exactamente lo mismo que si fuera un Sherry-cobbler, con la diferencia deque el agua se echa diabólicamente caliente. Algunos lo toman con azúcar, pero los verdaderos aficionados lo prefieren amargo. Cuando nos instalamos en la legación, lo usábamos en lugar de té, lo preparábamos de la misma manera, y nos gustaba bastante. Mas tarde, en mi viaje á los Estados-Unidos, me encontré con un americano que lo habia estado cultivando en el Paraná, al Sud del Brasil, y que viajaba para Nueva York con el objeto de introducirlo en aquel mercado. Estaba muy en- tusiasmado y confiaba en el éxito, creyendo que una vez pro- bado el articulo, habia de reemplazar al té y al café. Lo habia tomado por años y me gustaba, pero no soy de la misma opi- nión que el yankee. El modo do tomarlo es ciertamente UNIVERSITY OF llllNniS LIBRARY - 52 - singular, y se ha aseverado en una obra científica inglesa de bastante fama, que se toma así por el color negro y des- agradable que adquiere cuando se espone al aire libre. Esto no es cierto ; la infusión tiene un color verde oscuro, y no se ennegrece ciertamente hasta que se descompone. La razón porque es preferible este modo de tomarlo, provie- ne de lo menudo de la yerba, que la bombilla detiene y filtra en su camino á la boca. He visto algunas veces el hueso de una gallina con una estremidad tapada con algodón haciendo las veces de una bombilla; la yerba como el té, es estimulante y astringente, y si la teoría de Liebig sobre la acción de aquella planta es exacta, esta seria también indirectamente nutritiva y retardaría el gasto de las fibras. Muchas plantas medicinales crecen en el Paraguay, y los habitantes creen que toda planta ó flor sirve de remedio para alguna enfermedad; menosprecian sus propias flores sil- vestres, aunque tienen en mucha estimación las rosas, cla- veles, pensamientos y otras exóticas, y creian, siempre que me velan cojerlas, que lo hacia para la medicina. Un dia cojia algunas espléndidas verbenas escarlatas, que crecían al lado del camino, cuando se me acercó una paisanita que llevaba una caña de azúcar, y después de observarme un rato, me dijo tími- damente : « ¿ Para qué enfermedad sirve de remedio aquella flor? «Para ninguna, según creo.» « Entonces por qué las cojeVd. ? me preguntó asombrada. «Porque como Vd.es brillante y bonita. » / Nai-nah, che carai ! no me fastidie Vd. señor, dijo y se dio vuelta media ofendida, porque pensaba que me reia de ella. Los paraguayos.tenian ideas muy raras sobre lá jeograffa, debidas en parte á que pocos habían dejado su país y á que no podían comprender los mapas. La representación de un vasto territorio sobre un papelito, era para ellos una cosa tan in- concebible, como lo, es para un rústico una cantidad abs- tracta. En efecto, apenas lograban comprender el significado de los dibujos, si se esceptúan los grabados de santos. Una vez que terminaba un cuadro al óleo, de la montaña Lambaré, me observaba muy atentamente un sacerdote ; en el primer tér- - 53 - mino del cuadro se veían dos figuritas, que él encontró « muy lindas, » y me preguntó luego con cierta desconfianza, quie- nes eran aqviellos santos y por qué los achicaba tanto. El Para- guay les sirve de norma para determinar la posición y distancia de otros países, y todos, según los paraguayos, estaban ó arri- ba, ó abajo del rio. Imaj izaban que llegaba hasta la Europa misma, y no podían concebir la existencia de otro continente con un océano de por medio. Un anciano me hizo una vez la muy común pregunta, de sí yo estaba muy distante de mi país nativo. Le dije que sí, mas de dos mil leguas. « ¡ Qué bar- baridad ! » esclaraó, como si dijese, que es cruel madre la tierra para separar así sus hijos. Siempre confundían á Londres con la Inglaterra ; y aun el padre Román, que tenia una biblioteca, que para esta parte del mundo debe considerarse muy grande, es decir, cerca de cincuenta volúmenes, y á quien encontré leyendo una traduc- ción españoia de la vida del cardenal Wiseman, me preguntó muy confuso, si Londres estaba en Inglaterra ó Inglaterra en Londres, y si esta última lindaba con la Francia ! Por estar aislados, abrigaban como es de suponer, una muy alta idea de su país, y de la vasta importancia política que debe poseer entre las naciones ; su odio y desprecio por los estranjeros, provenía también del enorme sueldo que, según ellos, per- cibían, y á causa de haber venido de tan lejos para el servicio del gobierno de la República. Como se comprende en un pueblo como este, las ciencias y las artes son naturalmente primitivas, especialmente laí que pertenecen á la agricultura y á las manufacturas domésticas. Aquella tierra rica, arenosa y pulverizada exíje poco trabajo; el mas rudo de los arados, que consiste solo en una rama gruesa con dos vastagos diverjen- tes sirve para todos los procederes de la labranza. Este instru- mento, tiene como fres pies de largo, es puntiagudo, la parte que hace las veces de reja es endurecida por medio del fuego, y los dos brazos laterales sirven de manijas. Completa el ins- trumento, una yunta de bueyes que tirando una guasca asegu- rada á un yugo, al que se uncen los animales. Cuando se en- vejece ó descompone una rama cualquiera del aparato arriba - 54 — mencionado, se le reemplaza. Se ignora del todo el uso del abono ; la basura de la capital era depositada en la plaza y en frente á las oficinas públicas, con el objeto de echarla después al rio. El algodón es indijena y el arte de hilarlo, que es tal vez el mas antiguamente conocido en el país, es muy sencillo. Las hilanderas loman en la mano izquierda un puñado de algodón y revuelven la hebra con una rueca ó pequeño huso, que aseguran con la derecha, haciéndolo jirar rápidamente con el índice y el dedo pulgar ; no han adelantado un paso sobre el método seguido mil años há. Tí hilar precisamente de la misma manera á los á tártaros en la Crimea, que tenian también la misma afición que los paraguayos, por la manufac- tura de toallas con bordados y ribetes del mas esquisito trabajo. Pero los tártaros mostraban preferencia por modelos sencillos, que ejecutaban con seda ó lana de vivos colores, mientras que los paraguayos, despreciando los colores, hacian sus trabajos de aguja con el mas intrincado encaje. El hilo asi manufacturado es notablemente fino, liso y fuerte. Re- corrían el país tejedores que llevaban al hombro su sencillo te- lar ; he visto montarlo, muchas veces, y al obrero empeñado en su trabajo, bajo un naranjo, al lado del camino ; aseguraba el rodillo en una rama, y lo balanceaba por abajo con piedras, que colgaba también con huascas para levantar las careólas. Allí, sentado tal vez en una cabeza de caballo, producía una obra tan hermosa como durable. Es mas sencilla también su manera de hacer los ponchos de lana y los mandiles. Se de- vana la urdiembre sobre un marco de madera poco mayor que el poncho, y se pasa con la mano entre los hilos una ruda lanzadera en forma de bote. Se producen de este modo muy buenos modelos cuyos colores son, por lo jeneral, negro y blanco, ó un hermoso color azul que se saca del añil del país. Después de hilar y bordar, las mujeres son habilísimas para hacer cigarros, de los que fabrican una inmensa cantidad. Los cigarros, si se esceptúa los que fuman las mismas fabricantes, son mucho mas pequeños que los que se conocen en Europa ; - 55 - los « fuertes » tienen mas ó menos el diámetro de un lápiz y el tabaco se eslima en razón de su fuerza. Una clase, que se obliene quitando las hojas inferiores de la planta y dejando maduras solamente las mejores, so llama « para hobi » ú hoja manchada y vale cinco ó seis veces m;'.s que el tabaco ordinario. He visto producirse en personas que no acostumbran á fumar- lo, síntomas alarmantes de conjestion al cerebro. La caña de azúcar crece abundantemente, pero como todo lo demás no saben callivarla. Su sementera es escesivamen_ te densa, y he visto crecer las plantas, como el trigo en Ingla- terra; resulta de esto que el jugo del az Jcar es muy pobre, la manera de condensarla es también sumameníe ineficaz. For- ma todo su injenio un marco maciso de madera, colocado per- pendicularmente con dos cilindros de madera dura, que so disponen para este fin con dientes de madera; el eje del cilindro superior sobresale, y en el se asegura un palo largo, cuya estremidad contraria, se ata á las astas de una yunta do bueyes; estos marchan en un círculo trazado y de esta ma- nera ponen en movimiento los cilindros. Entre estos cilindros se introduce la caña poco á poco, pero como no están bien ajustados y no tienen otro sostén que los rudos agujeros en quejiran, se pierde, como es natural, la tercera parte del jugo. Un paño ordinario sirve para colar el producto que se evapora en seguida en una honda olla de cobre, colocada sobre el fuego, á campo abierto. La cmrificacion no se hace con cal, cuyo uso es desconocido, y como el jugo por lo jcneral es ácido, y largo tiempo hervido, el procedimiento de la cristalización se hace muy difícil, de lo que resulta una deli- ciosísima aunque costosa miel de caña. Este producto es almacenado en sacos de cuero atados como se ataría un budín dentro de un paño. A veces obtienen una escelente azúcar granulada oscura, pero esto es casi siempre casual. El azúcar brasilera, á pesar del largo viaje por agua, que suele durar tres meses, y del impuesto de VO p.§ que la recarga, es mas barata en el Paraguay que la manufacturada en el país. La melaza se llama allí simplemenle miel, y por esta palabra nosotros entendemos solamente la de abeja, lo -se- que sin duda hizo incurrir á M. Parish en el error de asegurar que la bebida principal de los paraguayos se hace de la miel de abeja, que abunda en el pais, lo que no es cierlo: la miel de abeja [que diremos de paso es elaborada en el pais por una verdadera avispa] es sumamente escasa y cara. La manteca, que no se usa sino como remedio ó pomada, es reemplazada con la melaza que se toma á menudo con pan ; pero se fermenta y se destila muchísima para hacer caña^ ó licor que tiene generalmente, por no estar purificado, un olor asqueroso y que contiene una peligrosa cantidad de aceta- to de cobre por ser de este metal el condensador. Los habitan- tes en general son moderados y beben poco, pero los artesanos ingleses en la Asunción, con el descuido y temeridad conocida de los de su clase, bebían enormes cantidades de caña, y puede atribuirse directa ó indirectamente á este esceso la muerte de la mitad de ellos. Los alambiques eran casi todos hechos de cobre, pero en prueba de su atraso vi en la aldea de San Lo- renzo, uno hecho de tierra que daba la corriente mas reducida posible de licor fuerte. Esta vasija no era otra cosa que un jarro de arcilla rojiza que tenia como cuatro pies de alto y cuya tapa era hecha de madera ; cerca de esta se introducía un tubo de estaño que pasa oblicuamente por otro jarro parecido lleno de agua. El primero contenía el licor fermentado y se hallaba en tierra en medio de un gran fuego. El producto que probé era detestable, y me asombro de que hubiera perso- nas que pudiesen beberlo. Una clase de caña llamada sustancia, se purifica con estraor- dinarios ingredientes : para entonar el licor, según dicen, se meten adentro de algún alambique pollos desplumados, espi- nazos de vaca, y carne. Se mejora ciertamente tanto la fuer- za con el gusto, pero la carne quemada la deja impregnada de amoniaco. Solía hacer para mi propio consumo un licor inmejorable, é hice montar á la europea un pequeño alambi- que como su correspondiente hornaza y chimenea, y procuré á menudo seducir álos habitantes á seguir mi ejemplo. Admi- tían que era «muy lindo, maravilloso », pero que no valia la pena. Un destilador francés, llamado Lasserre, tenia un buen — 57 — aparato que le dio mucho dinero ; el ahorro de combustible no mas le dejó pingües ganancias. El ingeniero encuentra abundantes y aun tentadores arroyos con que mover molinos de agua que servia para atizar las fun- diciones en Ibicuy. Me dijeron algunos ancianos que los Je- suítas hacian andar su maquinaria con agua, pero apenas que- da el recuerdo del hecho. Todo el pan se hace pulverizando el maíz en morteros de madera ; esto lo hacen las mujeres dos ó tres á la vez, machacándolo con gruesos y pesados palos en el mismo mortero, que es el tronco de un árbol cavado; pe- gan rápida y sucesivamente, llevando tan buen compás que el incidente me recordaba el ruido de un batán. Se oye por todos lados en las aldeas, largo tiempo antes de amanecer, el rápido pero sordo golpe de las maizeras preparando la harina que necesitan por el dia. Se lanza en el aire la ordinaria y pe- sada harina asi producida para que se lleve el viento la cascara. Dos mujeres trillarán un almud, que es medio pié cúbico de maiz, por un medio, ó dos peniques y medio de nuestro dinero. CAPÍTULO VIL Un paseo á las cordilleras — El paisaje — Las selvas — Una fiesta en Paraguari. Durante el año 1864 el estado de la capital era aparente- mente muy bueno; y se prolongaban tanto las numerosas fiestas, que todos los dias parecian feriados ; pero se acercaba yaá su fin este breve intervalo de la prosperidad del Para- guay, y estaban próximas á estallar las tormentas y las tem- pestades con que debia iniciarse aquella noche de espantosa desolación. Los sufrimientos del pueblo, encubiertos bajo una engañosa y farsaica alegría, ó revelados en algunos pocos por un pesar reducido al silencio, habíanse empezado. Llena- ban las cárceles personas de las mejores familias, y la flor y nata de la juventud del país, era arrancada por millares de sus hogares para hacerla sentar plaza en los ejércitos. Coa el mas profundo pesar concurría á los brillantes bailes que se daban semanalraente en honor de López, porque sabia cuán- tos habia, que obligados á asistir como yo, lamentaban la pér- dida de seres queridos, y que finjiendo alegría y entusiasmo, procuraban granjearse la buena voluntad del tirano, á quien temían tanto como odiaban. (1) Entre muchas otras conocía á una señora, doña Dolo- res Carísimo, esposa unos meses antes de D. Bernardo Jove- llanos. Esía infeliz mujer, que era una excelente y tímida criatura, se v.eia obligada á mezclarse con un rejimíento de ver- gonzosas rameras, disciplinadas y encabezadas por madame Lynch, que cantaban un himno patriótico en honor de López, mientras que su maridO; cargado de grillos, yacia preso «n el « Colejio. » Sin embargo, antes de empezar la descripción de las peno- sas escenas y episodios de la guerra, séame concedido el placer de hablar, aunque sea por un momento, de algunos felices dias que pasé esplorando las inmensas selvas del país y gozando del hermoso panorama de las cordilleras. Habia obte- nido una Ucencia de quince dias, con un pasaporte especial, en que se ordenaba á las autoridades de todo pueblo ó aldea por donde pasase, que se me suministraran caballos y todo cuanto necesitase. Llevé conmigo mí sirviente, y un alemán que iba á comprar tabaco nos acompañó en una parte del viaje, y nos indicó jenerosamente el camino que nos convenia mas seguir. No partimos hasta muy tardo, y ya se había pues- to el sol cuando pasamos los límites de mis acostumbrados paseos á caballo. Los caminos eran buenos, pero como te- (1) Estas y otras observaciones del autor dan iug^ir á creer que la estraordinaria adhesión qua los paraguayos desplegaron por la causa de López, se limitaba, por lo jeneral, á la raza mista. La cuest'on es bas- tante curiosa, y nos gustaría verla tratada filosóficamente por personas competentes, porque incluye, según nuestro modo de pensar, un proble- ma ílsiolójico muy importante. (JSnta del traductor). — 59 - níamos que mudar caballos cada dos legua?, en las postas del gobierno, perdimos tanto tiempo que era ya de noche cuando llegamos al pueblito de Gapiota, aldea cuyas casas hechas de adobes, con techo de caña, ocupan los (res costados de una manzana; el cuarto lo llenaba todo la iglesia, edificio en forma de galpón, con un campanario de madera. Cenamos con el comandante, pero no gustándome el sofocante cuartito que me tenia preparado, dormí al aire libre en mi hamaca, que colgué en un árbol vecino. La brillante luz de la luna me despertó á las 2 de la mañana, y llamando á los sirvientes los hice ensillar los caballos, y después de bañarme en el arroyo que corria ruidosamente por una pedregosa quebrada al pié del pueblo, me fui á toda prisa, considerando el estado del camino, que en aquel lugar era pantanoso y lleno de angostos y profundos cañadones. En la primera posta, mi sirviente, que llevaba todo cuanto poseia en un poncho que le rodeaba la cintura, sufrió una caida atroz del caballo, pero salió ileso, gracias al inmenso bulto en que iba envuelto. Aunque viajábamos á principios de la estación calorosa, hacia un fresco delicioso de noche, y la luna llena, arrojando benignamente su luz májica sobre árboles, rocas y campos, iluminaba nuestros pasos suficientemente para evitar las zan- jas y pantanos, tanto mas peligrosos, cuanto que estaban cu- biertos en muchas partes del camino, que era por si mismo bastante malo, de una magnífica vejetaciou verdosa. Sinera- bargo, pronto llegamos á un terreno mas elevado ; pasamos interminables campos de mandioca, con su hermoso follaje verde y rosado, y muchas sombreadas sementeras de tabaco, hasta llegar al pueblo de Itaguá, en el momento que se toca- ha la revcillé. Después de tomar un vaso de vino con bizcochos, encendimos nuestros cigarros y partimos al galope. En la próxima posta supimos la desagradable noticia de que las lluvias habian destruido una parte del antiguo camino y que seria necesario hacer una larga vuelta. Por una legua, tal vez, anduvimos por el cauce de una pequeña pero rápida cor- riente, que en países tan densamente poblados de árboles ~ 60 — como el Paraguay, forman á menudo el único camino practi- cable en las selvas, donde las sendas apenas se hacen, vuelven á cerrarse por lo prodijioso de la vejetacion. El agua nos llegaba á veces hasta las cinchas, y las copas de los árbo- les eran tan tapidas y enlazadas, que la via parecía un túnel de hojas. Kecorriamos frecuentemente centenares de yardas tendidos "en el lomo del caballo para evitar las ramas de los árboles y las redes de las parásitas y enredaderas. La atmósfera era sofocante y calorosa, y casi podria decirse animada por la multitud de espléndidas mariposas, que navegaban lenta y lánguidamente en los rayos oblicuos del sol, que lograban penetrar acá y allá la densa vejetacion, é iluminar el fondo lejano y recóndito de la selva. Nuestros caballos se detuvieron varias veces aterrorizados por los caimanes que se zambu- Ilian en las aguas. El terror del caballo por los yacarés no es esplicable, porque nunca atacan animales grandes. Con mas razón los asustaban las boas, que eran mas gruesas que mi brazo y se refujiaban en el follaje, señalando su camino con la luz trémula de sus ondulantes escamas bruñidas como la plata. Mucho me alegré cuando se estendieron á nuestra vista, á medio dia, las vastas llanuras de Gaacupé, pueblo que, como todos los demás, consta de una plaza. Elplan que los Jesuítas introdujeron en las reducciones ha sido fielmente copiado por toda la República, de suerte que basta ver un pueblo cual- quiera, para tener una idea exacta de los demás, porque todos son iguales. Llamaban mucho la atención los dibujos que saca- ba de los paisajes ; los habitantes formaban un ancho semi- círculo á mi alrededor, se asomaban tímidamente por sobre mis hombros y retrocedían en la mayor confusión si echaba una mirada hacia atrás. Invité á uno de ellos á que pasara al frente para sacarle el retrato; pero pareció poseído de un susto tan exajerado, que tuve que abandonar mi idea, por no poder coqtener la risa. Pasando adelante, el paises muy montañoso, y toda la co- marca me pareció rica en maderas. Vi por primera vez crecer in sitiiel Guayacum y la Copaiba, hermosos y elevados árboles. En el camino había gran abundancia de naranjas dulces; mi — 61 — sirviente añadió cerca de media fanega á la carga que llevaba ya, é hizo con ellas un espléndido almuerzo. Gomo no seguía- mos Lacia tiempo el camino, los chacareros por cuyos ranchos pasaba, me suministraban voluntariamente y con urbanidad los caballos, aunque yo tenia poder para tomar cuantos quisiera. Era ya mas de la una, y la cordillera que debiamos atravesar presentaba un aspecto azulado por su mucha distancia ; con este motivo, antes de pasar mas lejos, crei conveniente almor- zar y echar una siesta, porque los rayos perpendiculares del sol nos obligaban á ello. La próxima fonda á que llegamos nos invitaba por su aseo, é hicimos una escelente comida compuesta de asado y mandioca. El viejo sárjenlo, á quien pertenecía la casa, hacia él mismo el servicio de la mesa con suma bondad, y miraba comer al estranjero teniente, con uQ respeto que no dejaba picar en curiosidad. Guando concluí la comida, la hija del patrón, rubiecita muy bonita, nos trajo agua y toallas hermosamente bordadas, y luego nos dio cigar- ros. El patrón y mis compañeros se durmieron pronto, pero yo pasé el tiempo mas á mi gusto charlando como podía con la chica. No sabía ella hablar el español ni yo el guaraní ; y nos reimos tanto que despertamos al « taita » quien sumamente escandalizado la echó inmediatamente. El camino en adelante recorría los mas hermosos campos que había visto en mí vida. El pasto llegaba hasta el lomo de los caballos. Yí un tujujuó grulla blanca, con cabeza negra que tenia cinco pies de alto. A las cuatro de la 44rde comen- zamos á subir la Cordillera Oscura; No presentaba obstácu- los tan formidables como los que yo esperaba encontrar, hasta llegar muy cerca de la cima, donde el declive se hacía tan es- carpado, que se habían construido calzadas con troncos de árboles fuertes colocados trasversalmente, de manera que for- man casi una escalera. Nuestros caballos treparon sin acci- dente alguno ; y aunque la distancia era corta, no me pesaba haber llegado á la cumbre, porque no se podía mirar atrás sin estremecerse. El nivel del paso sobre el valle puede tener 1500 pies, pero es difícil calcular á ojo la altura de colinas tan densamente poblada» de árboles. — 62 — La perspectiva desde la cima era magniQca; las cordilleras, el lejano rio, y las inmensas llanuras presentaban un espléndido panorama. A nuestros pies se estendia el hermoso lago Ipa- carai, que tiene como cuatro leguas de largo y tres de ancho; los rizos de sus aguas lavaban los troncos de las palmas, que cubrían la playa y deshacían la profunda sombra de su plu- mado follaje, que obedecía entonces como siempre al dulce impulso de la brisa. Se vela en los potreros uno que otro rancho, con paredes blancas y techo de paja ; mas aliase le- vantaban otros palmares, luego cedros, y altos árboles silves- tres adornados con tapices y colgaduras de orquisos y lianas, que de oleada en oleada llegaban hasta la misma cumbre. Llenaba el claro un vivido color verde, que se reduela gra- dualmente con la distancia hasfa convertirse en un suave co • lor gris purpúreo, que con no bien definidas márgenes se fun- día en el nebuloso horizonte. La misma senda era encerrada por murallas de cactus, cubiertos de espinas, cargados de blancas y rosadas flores, y reforzados con formidables eufor- bios, cuyas espinosas ramas no solo hieren sino que son ve- nenosas. Reemplazaba al pasto, el anana silvestre ó caraguaytá que cubria el suelo y cuyas dentelladas hojas con su centro escar- lata, cortaban el paso á todo el que quería apartarse del ca- mino. Esta última tendrá algún dia un gran valor comercial ; desde los mas remotos tiempos los habitantes se han servido de su hebra para hacer redes de pescar, cuerdas, y un paño muy fuerte y ordinario. El Capitán Page habla de ella en tér- minos calorosos, pero la llama equivocadamente aloes ; per- tenece á la familia Bromiliaceas. En los últimos años de la guerra, Mr. Yon Truenfeldt fabricaba con ella el papel en que se imprimía el Semanario. Mientras descansábamos en la cumbre de las cordilleras gozando déla fresca brisa y de la hermosa perspectiva, se me acercó el vaqueano y me contó la siguiente leyenda, que doy masó menos con sus propias palabras. « En el sitio en que vemos ahora la gran laguna, se hallaba muchos años há un espacioso y fértil valle ; y cuando los bue- — 03 — iiüs padres jesuilas plantaron por primera vez la cruz cu el Pa* raguay, encontraron en aquel lugar una gran aldea india con sus campos de maíz y mandioca. Predicaron el evanjelio *como de costumbre, pero los habitantes rehusaron convertirse y á mas de esto, no quisieron tener trato con ellos ; prefirien- do comer mandioca, lomar mate, fumar sus cigarros y vivir en deplorable ignorancia antes que recibir la civilización y el cris- tianismo— es decir, preferían antes que adorar ídolos rendir culto al sol naciente, antes que hincarse en templos lujosamen- te pintados hacerlo en los solemnes y seculares bosques, don- de sus padres habían orado y temblado en presencia de un misterio que no podían comprender, ni se atrevían á nom- brar sino con una esclamacion de asombro. « ¡ Tupa, que! » (¿qué es esto?) y en fin á que sus buenos amigos los padres los convirtiesen en bestias de carga. Como es de suponer una conducta tan mala y perversa no podía sino atraerles un casti- go ejemplar. Los padres, indignados con su impiedad y dis- gustados con su obstinación se retiraron maldiciendo amarga- mente álos paganos. La misma noche el agua del único pozo del pueblo se levantó rápidamente, corriendo cada vez mas lijero hasta lanzar una caudalosa corriente. Un loro pertene- ciente á un hombre que habia dado á sus huéspedes un pedazo de chipá, voló alrededor suyo gritando, ¡ Terri-ho ! ¡ terri-ho ! (idos, idos). El hombre se levantó y huyó aterrorizado delante de la inmensa creciente, pero los demás infelices dormían profundamente en sus hamacas, y jamás volvió á vérseles. Al dia siguiente al salir el sol, las profundas aguas de la azulada laguna corrían por encima de la maldita población, y hasta los mismos pies del fugitivo, que habia caído enteramente des- fallecido en la pendiente de las cordilleras ; «i Sigue crecien- do la laguna, le pregunté? -No mi teniente. Los buenos padres regaron la margen con agua bendita : se detuvo al ins- tante y desde aquel tiempo hasta hoy día, ha permanecido como lo vé vd. ahora. » La noche estaba muy avanzada cuando llegué al pueblo « Barrero Grande » — ciudad grande y notablemente aseada. Me recibió admirablemente el comandante Don Justo Fran- — 64 — co, y según la costumbre paraguaya, me aseguró con un em- peño que era casi ridículo, que me pertenecía su casa y todo lo que contenia, y que él, su esposa é hijos eran mis muy humildes esclavos ! La jornada habia sido larga, talvez veinte leguas ; después de una inmejorable cena y de un buen cigarro, me envolví en mi poncho y apenas mi hamaca se habia columpiado doce veces, cuando me hallé profundamente dormido. Sin embargo, me despertó una serenata dada en honor mió, por el coro del pueblo, apoyado con las armonías de un clarinete, una flauta, un triángulo y un tambor. Los niños tenían unas voces atrozmente agudas, y un diablo de muchacho se plantó en la puerta, y por el ojo de la llave, me soplaba frenética- mente versos cumpliméntanos, que me llegaban envueltos en una nube de tierra; sus intenciones eran buenas, pero es- tando muy cansado me dormí como un ingrato en medio de la sinfonía. Apenas habia apuntado el sol, me levanté para bañarme en el arroyo, que pasa por el pueblo, y en se- guida de tomar un mate, salí á cazar hasta la hora de almor- zar : el resto del dia lo pasé sacando bosquejos y estudiando la botánica de la vecindad. Me habia comprometido con un amigo á llevar una carta á un chacarero de cerca de Barrero, y partí solo al dia si- guiente para cumplir con mi promesa. Encontré que cerca quería decir la distancia de tres leguas, entre las colinas. Llegué á tiempo para cenar, y en aquel remoto lugar, mi vi- sita fué recibida con gusto. Consistía la familia en un estan- ciero, su esposa, dos niñas crecidas y varios hijos menores. Hablaban muy poco el español, pero me encontré muy pronto á mis anchas en la casa. Era muy tarde para volver, de manera que me quedé por la noche. Cuando me desperté la mañana siguiente, llovía á cántaros, y continuó lloviendo por tres días ; los caminos, como que seguían la base de las mon- tañas eran intransitables, mientras durara la tormenta. Sin embargo, el tiempo se me deslizó rápidamente, hice bosque- jos de cuanto había por la casa, figuritas de papel para las criaturas, estudié el guaraní con las niñas, que se intere- ^ 65 — saban mucho en mi progreFo, famé muchos cigarros y tomé un sin número de mates. Por último, se despejó el tiempo y volví á Barrero. D. Justo vino ansiosamente á recibirme, y me dijo mi sirviente, que mi larga ausencia lo liabia inquietado mucho, « ¡ Santa Virjen ! » continuaba repitiendo, «qué puedo haberse hecho el in- glés. » Al dia siguiente cruzé el campo en dirección á Peribebuy, pueblo que llegó á ser notable por la resistencia que Ló- pez hizo allí, después de su derrota en las Lomas Valenti- nas en Diciembre 1868, y en donde juntó el triste resto de su pueblo, para hacerle perecer por el hambre y las enfermeda- des. Vestido de gran parada, D. Justo me acompañó algunas millas á caballo, y adelantó uno de sus hombres para enfre- nar los caballos en la próxima estancia, que estaba muy dis- tante del camino. Partí sin almorzar, esperando llegar hasta Peribebuy antes de medio dia, porque el camino recto solo tiene siete leguas. Pero erramos el camino y tuvimos que apartarnos mucho para mudar caballos ; *era ya de noche y estábamos todavía en las selvas. Habia estado ocho horas sobre el caballo, y casi en ayunas, porque si se esceptúan unas naranjas silvestres, no habia comido nada en todo el día. No teniendo ya paciencia, y estando mejor montado que mi sirviente, me adelanté á galope en busca de una casa en que pudiéramos mudar caballos y obtener un baqueano. A poco rato vi un gran rancho, con varios caballos ensillados á la puerta ; me acerqué á él sin esperar al sirviente. Una docena ó mas de peones indios se hallaban en el espacioso zaguán, armados con sus formidables facones, y un pájaro de mal agüero fumaba en la puerta. Yo estaba vestido de ciudadano, con escepcion de la gorra de teniente, y habia dejado mi es- pada en casa, pero llevaba un revolver á la cintura. Les di las buenas noches, pero con gran sorpresa mia no contestaron al saludo, y entonces cometí el error de pedir caballos en vez de exijírselos. Un gruñido guaraní fué su única contesta- ción ; contrariado, cansado y con hambre", les mostré mi revolver, y les dije bruscamente : « tráiganme tres caba- -« 66 — líos. » El cambio de tono hizo un efecto instantáneo, y cuando llegó mi criado, estaba ya montado y listo para partir, con un mucbacbo por guía ; pocos minutos después corríamos al galope en las tinieblas de la noche. El camino era detestable y Ja noche tan nebulosa, que ape- nas se veía la oscura y elevada muralla de árboles que se le- vantaba á ambos lados del camino. Sin embargo, nuestro baqueano iba á todo galope, le seguíamos como mejor podía- mos, y en una hora nos llevó al pueblo. Estoy por decir que el jefe de Peribebuy no había visto antes á ningún estranjero. Era un hombre muy grueso, mo- reno, con una nariz que no merece mencionarse, unos ojitos pequeños, redondos y negros como cuentas, que tenia cla- vados en mí incesantemente, y repetía de vez en cuando, como si fuera una cosa inesplicable para él, « vuestra señoría es realmente inglés ! ¡ María Santísima ! un inglés vivo en esta mi pobre comandancia ! ^ Peribebuy es un pueblo grande, pero muy pobre, ediBcado en una desnuda colina rocallosa, y rodeado de campos es- tériles. Me parecía uno de los parajes mas áridos de todo el Paraguay. Se considera muy pobre el que no tiene cinco vacas, y allí nadie, por lo que me dijo el jefe, las tenia, es- cepto él mismo. Al pié del pueblo corre un hermoso arroyo ; su cauce consiste en una especie de pizarra, y forma un sitio excelente para un molino de agua. Al dia siguiente muy temprano me bañé en él con gran asombro de las jentes, que, aunque muy aficionadas al agua en verano, nunca se atreven á lavarse cuando hace frío. « ¡ Qué guapo ! » decía uno — « j Qué loco ! » decia el otro. Dejé esta aldea en viaje para Garaguatay, que significa el rio de los Ananas silvestres. Este pueblo, entonces grande y próspero, fué el término de mi viaje ; pero á fin de aprove- char bien el tiempo, me dirijí hacia el Sud, haciendo un largo circuito de casi cien millas en mí vuelta á la capital. Encontré allí á un inglés, llamado Robert-Emery, que era ladrillero y curtidor. Hacía diez y ocho años que estaba en - 67 — el Paraguay, se había casado con una hija del país, y él mismo parecía enteramente paraguayo. El camino volvía á pasar por entre las selvas, y la belleza pintoresca de los bosques, se veia allí en toda su perfección. Tenemos todavía en Inglaterra muchas arboledas ; excitan aun nuestra admiración los numerosos « monarcas de los valles, » que hace muchos siglos eran hermosos árboles, y un paseo por los verdes bosques, encantan siempre al anciano y al niño. Pero en los ilimitados bosques del Nuevo Mundo, un sentimiento de pavor que llega hasta la reverencia, templa el placer con que se les contempla. Son sublimes por su enor- me estension, y casi opresivos por su profundo silencio. Por ser tantos j tan agrupados se olvida casi su estraordinaría altura ; pero llaman forzosamente nuestra atención sus enor- mes y sólidos troncos nudosos, torcidos y envueltos en jigantescas enredaderas hasta la punta de su mas elevada rama, ó canos y podridos con la vejez, pero siempre brillantes con el tierno follaje de las parásitas que aun los tienen abrazados. Aquellos enormes cedros y lapachos son estraña- mente bellos, pero me impresionaba mas el eterno silencio interrumpido solo por el silbido de la cigarra, y el eco de los vasos de mi caballo. Apenas habíamos salido de la selva, cuando el camino se hizo malísimo y por mas de una legua, chapaleamos el agua y los pantanos á través de los esteros, esperando por momentos que los caballos quedasen enterrados en el barro : el ca- lor era escesivo en campo abierto. Me causó placer llegar al próximo pueblo, y descansé á la sombra de las macisas bó- vedas del corredor del antiguo colejio de jesuítas «Yaguaron.» El pueblo es una tristísima aldea, pero el colejio, que es hoy la residencia del comandante, es un hermoso edificio con grandes cuartos y espaciosos y sombríos claustros. En el centro del patio se halla un cuadrante de piedra hábilmente labrado. La iglesia, una de las pocas que quedan de las que edificó la Compañía, se parece por fuera á un inmenso granero, porque la torre se ha caído y las campanas están aseguradas á una viga del frente. El interior es muy curioso ; los arquitectos — 68 — evidentemente pretendían producir mucho efecto con escasos medios. Con tablas delgadas, se representan de perfil en el coro arcos y columnas macisas, pintadas para imitar piedra. El techo está lujosamente pintado de verde y colorado, y se disimulan las vigas con esteras muy bien tejidas. El pulpito es sostenido por una figura de mujer vestida á la romana, y adornada muy artísticamente con pequeños medallones. Las paredes tienen cuadros toscamente ejecutados, que representan de un lado escenas de las Escrituras y del otro las vidas de los santos. Pero se ha prodigado la mayor finura y labor en" los altares y relicarios. El primero es una vasta construcción de madera labrada y dorada, con una escalera detras, que da acceso á las hileras de candeleros que se levantan una sobre otra hasta la bóveda. Sobre la puerta occidental, se halla una galería para el coro y un órgano. Me sorprendió mucho de que hubiera semejante instrumento en tan remoto lugar; quise examinarlo pero se habia perdido la llave de la galería, y me dijo el comandante que no se oia hacia siglos. El jefe estaba muy orgulloso de su antigua iglesia ; entretanto no la cuidaba nada y estaba medio arruinada. El dia siguiente, me hallaba de nuevo en las colinas, y volví á cruzar la cordillera por el Paso Ivie (el paso malo) que bien merece su nombre. Me hablan dicho que estaba intran- sitable para carretas de bueyes, y por lo mismo esperaba en- contrarlo malísimo, porque estos rudos vagones, con sus enor- mes y anchas ruedas, logran pasar caminos que á nosotros nos parecerían enteramente intransitables. Formaba el paso una angosta y escarpada quebrada, destro- zada por las lluvias y tan precipitada, que mirando desde arriba abajo (una profundidad de mas de mil pies) parecía no haber otro descenso posible que el de irse de cabeza. Sin embargo, habia adquirido la forma de unos escalones á veces anchos, otras veces estrechos, de piedra arenisca, á la que las aguas habían llevado su capa de tierra dejándola desnuda ; descen- dimos este declive como mejor pudimos. Confieso que hubiera preferido desmontarme, pero no haciéndolo el baqueano no lo hice yo tampoco, sino que seguí su ejemplo: mi criado cerraba -. 69 — la retaguardia, llevando mi fusil. Guando llegamos al fondo, afortunadamente sin descalabro, supe que el jefe de Yaguaron habia cargado, sin avisarme, ambos cañones de mi escopeta, y que los gatillos descansaban en los fulminantes: nuestro escape fué pues milagroso, porque si se hubiese disparado el tiro, aun- que DOS hubiese errado, se habrian asustado los caballos, y probablemente nos hubieran precipitado al fondo del abismo. Hicimos otra jornada larga por arbustos y praderas, costeando las cordilleras hasta llegar á su terminación en cerro Santo Tomás, montaña cuadrada, de aspecto imponente y casi per- pendicular, sobre el costado occidental. En el tiempo en que el Atlántico ostentaba sus olas en las bajas y arenosas llanura» de La Plata, este promontorio áspero y rocalloso debe haberse adelantado audazmente sobre sus aguas. El cerro consta de mica, y le da su nombre una pequeña cueva ó gruta en que residió largo tiempo Santo Tomás, cuando emprendió su notable viaje para la América, muchos siglos antes del pretendido descubrimiento por Colon y de que no nos dicen palabra los historiadores seglares. Sin embargo, no cabe duda de que el buen santo vivió allí; porque queda de recuerdo una cruz rústicamente hecha, asegurada con clavos parecidos á los que se hacen hoy dia en Sheffield — prueba ine- quívoca de que no se han hecho grandes adelantos en la manu- factura de clavos desde el tiempo en que el santo visitó la América. La gruta sirve de capilla, y eldiade Santo Tomás la frecuenta mucha jente que trepa la roca para oir misa : la ocupan lo de- mas del año los buhos y los murciélagos, porque en el Para- guay no hay hermitaños. Al pié del cerro se halla la aldea Paraguarí, que como Ya- guaron fué fundada por los jesuítas, quienes edificaron allí un colejio y una iglesia. Esta última estaba en ruinas, y cuando vine, la estaban reedificando ; del primero se hizo la residencia del comandante (hombre de importancia, porque el pueblo es una estación militar) y del cura del partido. Guando dejé mi hamaca, al otro dia muy temprano, en- contré señales esfraordinarias de vida, en el soñoliento pue- — 70 — Lllto. Los dueños de las dos tiendas, que representaban el ele- mento comercial del distrito^ estaban muy ocupados abriendo varias cajas de madera y ostentando el coníeaido á un alegre grupo de señoritas acompañadas de dos ó tres ancianas vesti- das de negro, que examinaban las brillantes telas y cintas, mirándolas con los brazos abiertos, ó colocándolas desde la cintura abajo, pruebas con las que demostraban su regocijo por los trajes nuevos. Las acompañaban algunos mozos del campo, que envueltos en sus ponchos de color chocolate se apo- yaban ociosamente, cigarro en boca, contra la puerta ó cami- naban afeminadamente en la punta del pié, porque las inmen- sas rodajas de sus espuelas de plata les impedían el uso de los talones; me paré del otro lado de la plaza mirándolas, admirado de la razón que pudieran tener las niñas para venir en busca de vestidos lan temprano. Por último, una de ellas con quien habia fumado el dia anterior, me hizo seña para que me aproxi- mara: fui y le hice conocer mi curiosidad. « Oh señor! esclama- ron todas á la vez, «mañana Garlos Fernandez da un baile en' su quinta, y todas vamos. ¿Vd. irá porsupuesto ?» — «Tendría mucho gusto, pero no he sido invitado.» — «Qué importa! no se necesita invitación : Vd, los conoce y basta.» Habia tenido el placer de encontrar varias veces en la capital á doña Eusebia Fernandez, hermana de don Carlos, y por esto resolví que- darme para ir con ellas. El dia siguiente se levantó el sol con su brillantez de siem- pre, pero por la tarde el viento cambió de rumbo y sopló del sud. Una garúa seguida do nieblas, que bajaban de la mon- taña en forma de grandes y macizas columnas envolvió la triste aldea en un manto de oscuridad, que le daba un aspecto su- mamente melancólico. Sin embargo, este accidente no bastó para detenerme en casa, y partí en busca de mis bellas ami- gas. Las encontré muy moriií^cadas por el chasco ; me dijeron que no podían ir porque el tiempo estaos tan malo, y hasta sus hermanos, por salvar sus trajes de gala, no querían ¿moverse de la casa; entonces determiné irme solo. La quinta distaba como tres leguas, pero se me dijo, que no era difícil encontrar el ca- mino. Por mi parte, le hallé muy jntricadO; porque después - 71 — de haber andado una horn, no hallaba rasiro de la senda. Siendo rocalloso y casi estéril el terreno, no dejaban huellas las rue- das de las carretas, mientras que los jinetes cortaban el campo por donde mas les convenia. Pronto me convencí de que el viaje seria inútil. El cerro que hasta entonces me servia de guia, se me perdió de visla en las tremendas ráfagas y en la copiosa lluvia que, descendiendo bravamente de la cordillera, me azota- ban ferozmente en la cara, y solo pude calcular mi posición rela- tiva por la dirección de la tormenta. La noche se acercaba y determiné volverme, mientras quedaba todavía suficiente iuz para avilar los obstáculos del camino. No habia andado mucho, cuando se me presentó un hombre que venia á toda carrera, con el poncho flotando al aire. «¿Adonde va Yd. amigo?» le grité.- «Voy al baile,» me con- testó.— «¿Quiere enseñarme el camino?»— «Con mucho gusto, señor;» y partimos juntos á todo galope. Al desaparecer el sol en el horizonte Se despejó el cielo, y cuando llegamos á la casa hacia un hermoso tiempo. La quinta era un edificio doble, con una sucesión de cuartos á ambos costados que tendrían treinta pies de largo y quince de ancho. El espacio entre los dos costados, estaba cubierto á la manera de una era, según me pareció. Una de las estremidades estaba cerrada con tablas y cueros de vaca, dejando lugar para formar un buen salón de baile. De las vigas pendia una ruda araña de madera, y las numerosas velas pegadas á las paredes, daban una luz brillante pero inconstante por no estar ¿cubierto del viento. Un grannúmero déjenle al airelibre miraba á los qnebailaban, y castañeteaban al compás de las guitarras y arpas que forma- ban la orquesta. Después de bajarme, y agregar mi silla á muchas otras amontonadas en la puerta, solté mi caballo y me diriji, previa una corta pausa, al baile, donde estaba doña Eu- sebia, que era una alia y bella joven, vestida con un hermoso tupoi de encaje, y una faldilla de seda. La música calló momen- táneamente con la entrada del estranjero y quedáronse fijas en mi las miradas de todos, porque la presencia de un oficial del gobierno no era bien recibida; pero mi amiga me reconoció in- — 72 — mediatamente, y dándome ambas manos en seña de agasajo, esclamó: «Oh! señor don Federico, qué sorpresa me da Vd.; solo faltaba Vd. para completar nuestra felicidad.» Después de esto siguió el baile. Me presentó á sus hermanos, lindos y hermosos hombres yá su sobrinita, en cuyo honor, por ser el día de su santo, se daba el baile. Charlamos unos minutos en la sala y ■volvimos después á juntarnos con los convidados. El espectáculo era muy iñntoresco y especialmente calculado para llamar la atención de un inglés. En el momento en que entrábamos, cercado veinte parejas ejecutaban « el cielo» danza complicada, medio minué, medio valz, que como muchos bai- les españoles se efectúa haciendo figuras y dando majestuosos pasos. Los bailarines cantan al mismo tiempo que llevan el compás de la música, y los espectadores, con intervalos, toma- ban parte en el coro. Si mal no recuerdo, los cinco músicos tenian dos arpas y tres guitarras con cuerdas dobles metálicas, y tocaban una melodía salvaje, cuyas notas como el viento entre las coUnas, cambiaban caprichosamente de altas en bajas, y cuya clave variaba con el cambio del significado de las palabras que can- taban: á veces era melancólica, triste y bajo como cuando bai- laban lenta y lánguidamente al son de la lúgubre queja : «Ay Cielo ! ay Cielo ! este cruel amor,» y luego se avivaba cuando con el entusiasmo de la marcha prorrumpían llenos de gozo en estas palabras: «Es mía, es mia, Cielo soy feliz.» La cadencia que habia sido lenta hasta aquí, se hizo rapidísima ; las parejas castañeaban con los brazos estendidos, y un Valz ádeuxtemps, terminó la danza entre los aplausos de Jos espectadores. Tuvi- mos varias otras danzas, el grave Montonero, la Media caña, el gracioso Pishesheshe, que deriva su nombre del sonido que hacen con el pié derecho al restregarlo suavemente en el piso, y otras muchas que no recuerdo. Los que bailaban eran muchoS; llegarían á cíen : y el espec- táculo era realmente encantador. Todas las muchachas lleva- ban el traje del país— el clásico tupoí y faldillas de muy vivos colores. Este traje tiene también la ventaja de que con él se creen — 73 — vestidas las Diñas (pero revela talvez unpeu irop sus encantos) y el ribete negro ó escarlata del blanco iupoi produce un nota- ble efecto, y sienta á las mil maravillas á su color aceitunado. Las paraguayas han heredado de sus madres indias talles finos y flexibles, pasos elásticos y liJ3ros, que las hacen in- mejorables bailarinas; me quedé admirado de verlas ejecutar con tanta precisión, lijereza y naturalidad los pasos complica- dos del ttCielo». Todas llevaban peines de oro manufacturados en el pais y algunas tenían los dedos literalmente cubiertos de anillos, bastante grandes para cubrir una coyuntura y en- gastados con crisolitas rudamente talladas. Algunas tenian los cuellos envueltos con cadenas y rosarios, todos de oro ma- cizo, y que representaban por lo jeneral la fortuna entera de lasque los usaban. Ninguna, si se esceptúa doña Eusebia y sus hermanos calzaba zapatos, y sus pies descalzos no retum- baban en el piso de tierra. Los hombres llevaban su traje campestre de costumbre, que consiste en camisas blancas como la nieve, ricamente bordadas, cherifésy ponchos de car- mesí, ó de algún otro brillante color, asegurados á la cintura. Me parecía muy estraña una de sus costumbres; cuando se levantaban para bailar, siempre se ponían los sombreros, y cuando se sentaban los tenían en las manos — prueba de que desconfiaban, y con mucha razón, de la honradez del pró- jimo. Las niñas, que se sentaban sin decirse apenas una pa- labra, esperando reservada y modestamente á que las sacasen, ocupaban dos bancos que se estendian desde una extremidad á la otra del salón. No había ni cuchicheos, ni aquel bullicio de la conversación^ que nosotros creemos el encanto de semejan- tes reuniones ; el baile formaba la orden del día, y no querían saber de otra cosa. Mas tarde llegaron otros músicos y en honor mío tocáronlas cuadrillas; pero no hubo posibilidad de bailar ó seguir la música, porque á los dos pasos ejecutaban de nuevo las antiguas danzas, y las dos orquestas se estorba- ban mutuamente. Por lo tanto, me contenté con mirar á los demás, y charlar con mis amigos, porque no me atrevía á ensayar los complicados pasos que otros ejecutaban con tañía gracia. — 74 - A media noche la concurrencia se desprendía en destaca- mentos para ir á cenar ; la mesa fué espléndida, y hubo durante toda Ja noche á la disposición de todos, cigarros y caña. Se rompió el baile poco después de ponerse el sol, y no se habia terminado todavía cuando amaneció; muchos se ofrecían voluntariamente á relevar á los músicos y las huéspedes nunca se cansaban de bailar. Ahora ¿ quienes eran los convidados? Si se esceptúa la familia y unos cuantos que vinieron de Paraguarí, todos eran chacareros y vaqueros con sus esposas, hermanas é hijas, pero era admirable su compor- lacion, su natural urbanidad y mutuo respeto. E\ ¡natrón, hijo del general Fernandez, era hombre rico y altamente colocado. Hablaban con él y con sus hermanas con respeto, pero sin la menor torpeza ni encojimiento ; las jóvenes bailaban y se movían con mucha gracia, y aunque no logré sacarles otra respuesta á todo lo que les dirijí que líDaí guai castellano ca- ballero» [no hablo español, señor) si hubiera podido hablar su propio idioma, hubieran conversado conmigo con soltura y buen juicio. Procuré esplicarme y frecuentemente me ha sucedido lo mismo, por qué razón la misma clase de gente en Inglaterra es desesperadamente ruda y grosera. (1) No es ciertamente (1) La observación del señor Masterman, que es por otra parte verda- dera, no tiene nada de nuevo. La aspereza del carácter inglés uo se li- mita á la clase mas inferior, ni se funda, como dice el autor, en su in- capacidad para apercibir su brusquedad, sino en el individualismo de la raza. Es un vicio nacional, de que no nos podemos curar, y que no nos pesa, porque en el fondo demuestra el valor, la franqueza y la indepen- dencia del pueblo. Tácito hallaba el mismo defecto en nuestros antepa- sados y Froissart liablando de los Ingleses, sigloá lia, dice, «c'est le plus perilleux peuple qui soit au uionde, et leplusoutrageux etorgueil'eux.» Es un rasgo de un pueblo libre, que se encuentra solamente en los in- gleses y los yankees. La deferencia personal se nota mas entre los fran- ceses que éntrelos ingleses, entre los españoles que éntrelos italianos, entre los griegos que entre los italianos, entre los griegos que entre los turco?, y entie los turcos que entre las naciones bárbaras del Asia como los chinos y japoneses, es decir la independencia de carácter se manifies- ta en razón directa de la civilización del individuo. Por mas pormenores consúltese el «Ncny Araérica» de Hepworth Dixon. (.Vom del T.) — 75 — por falta de instrucción (porque aun nuestros campesinos, la tienen mejor que la mayoría do los paraguayos) sino que parece fundarse en una completa incapacidad para apercibirse, de que sus maneras no son graciosas ; y que por esta razón cceteris paríbus serán siempre inferiores á un español ó á un italiano; porque los paraguayos deben sus maneras distin- guidas á sus abuelos los españoles. El indio del Chaco ó el de las pampas es un salvaje tan brutal como pudieran desear- lo el mas enlusiasta defensor de Ja teoría del desarrollo gra- dual de la especie. Durante la guerra fueron promovidos muchos artesanos in- gleses, y en su carácter de oficíales fueron invitados á los bailes públicos; pero me avergonzaron profundamente la rudeza, los escesos, y la brusquedad de mis paisanos. Les eran infinita- mente superiores en buena crianza y buen gusto los pobres paraguayos á quienes despreciaban con toda su alma. Dicho esfo volvamos á nuestra fiesta: bailamos hasta las seis de la mañana, hora en que se fueron casi todos los con- vidados, entonces se sirvió el mate y entró un gran número de peones vestidos de cdmba-ranghás, algunos de tigres, otros de cabras, ó de gran bestia, y otros de demonios. Ni aun en sueños había visto un espectáculo tan horriblemente grotesco. El caballo se me fué, pero me prestaron otro mejor, y por la tarde volví á Paraguarí. Hacía bastante frió, en efecto, dicen que aquel es el pueblo mas fresco del Paraguay. Los elevados y casi verticales costados del cerro dan otro rumbo al viento del Sud, que pasando por encima del lugar, disminuye consi- derablemente la temperatura. Por la tarde continué mi camino hasta Itá, pueblo grande, en donde se manufactura con una arcilla azulada ordinaria, la mayor parte de la loza que se usa en el Paraguay. En Itá vivia entonces un inglés que habia es- tado preso muchos años en el tiempo de Francia ; tenia mas de ochenta años de edad, pero parecía muy sano yestrema- damente rolDusto ; murió como dos años después. Dormí, como de costumbre en la comandancia, y partí á las tres de la mañana para llegar á la Asunción antes de medio-dia, hora en que espiraba la licencia. - 76 - Mas encantado que nunca del hermosísimo pais en que me hallaba, este paseo me determinó á no volver todavía á Ingla- terra, porque estaba muy lejos de pensar que dentro de algu- nos meses todas mis esperanzas se habrían desvanecido, y que aquel pais seria teatro de sufrimientos tan terribles, que la mas pálida descripción que de ellos se haga, parecerá exajerada ; y aun yo mismo que los he presenciado, apenas creo en mi memoria cuando los relato. CAPÍTULO VIH. Las causas de la cuEnRA— El General Flores— La Toma DEL « Marques de Olinda » — La espedicion de Matto Grosso. Los que creyeran que el orijen de la guerra entre los aliados y los paraguayos, tenia por base la antipatía de razas, ó que se hacia por la voluntad del pueblo paraguayo, irían á buscar sus causas en razones de masiado lejanas ; es decir, en los remotos tiempos del establecimiento de las colonias españolas y portu- guesas en el nuevo mundo. Si la guerra hubiese sido entre los arjentinos ó los orienta- les y los brasileros, entonces sí podria hablarse de aquellas antiguas querellas y reyertas, que han inundado de sangre la gran península del Sud y enjendrado un odio intenso y eterno entre pueblos íntimamente ligados por su orijen y su lenguaje. Pero no ha sucedido esto, porque los paraguayos, á causa del largo aislamiento á que los sometió Francia, ha- bían olvidado completamente que los brasileros eran « sus enemigos naturales, » y aun ahora mismo los miran mas bien con desprecio que con odio. Los paraguayos merecen nues- tras mas ardientes simpatías por su valor é infortunios ; pero no se debe olvidar que la guerra que han hecho es injusta, pues fueron ellos quienes la provocaron. Podré, sin embargo, demostrar que la guerra es esencialmente personal ; López ambicionaba adquirir fama y poder, y los aliados procuraban — 77 — aplastarlo antes que obtuviera la peligrosa supremacía quo buscaba. Creo que el oríjen de la guerra puedo remontarse hasía la época en que López hizo su viaje á Francia en el año 1854. Salia de una república semibárbara, remota y casi des- conocida, y las paradas, la pompa, la falsa gloria y los esplén- didos recuerdos de guerras y guerreros de que se vio rodeado, le ofuscaron. El ambicioso sabia que un dia no remoto go- bernaría un pueblo valiente y entusiasta, é imajinaba no encontrar obstáculos para levantar su prestijio entre las na- ciones sud-americanas, hasta el punto de hacerse temible y solicitado. Muy luego sus ambiciosos proyectos tomaron cuerpo y for- ma ; una voluntad superior á la suya le dominaba fatalmente, y solo le faltaba que muriera su padre y adquirir el poder absoluto, para precipitarse en una guerra con la primera nación que le ofreciera un pretesto, ó á falta de esto creár- selo él mismo. Pero con vecinos tan pendencieros como las repúblicas revolucionarias del Sud y del Oeste del Paraguay, no necesitaba de la última alternativa ; no tenia mas que hacer causa común con un partido cualquiera y la guerra era inminente. A pesar de todo lo que he sufrido, á pesar de las terribles crueldades con que he visto martirizar á otros por López, á pesar de todo en fin, y de la manera severa con que le he juzgado, me causa pena y lástima, el pensar en este período de su vida. Estoy cierto, por lo que vi después, que era en- tonces tan fácil de amoldar como la cera, y si hubiera tenido un fiel consejero, uno solo siquiera, que hubiese desarrollado en él lo que tenia de bueno, y no lo que tenia de malos habríase hecho un celoso, aunque débil gobernante, y hu- biera continuado introduciendo mejoras de igual valor y utilidad á las muy importantes que llevó á cabo durante la vida de su padre. Pero en el Paraguay no existia un Mentor semejante, ni era posible que existiese, á causa del aislamiento en que siempre vivían en el país las personas altamente colocadas. La amiga que escojió en el estranjero, la ambi- ciosa y desapiadada mujer á quien confiaba todos sus secretos, -, 78 — fué su mayor enemigo, y su deseo de adquirir fama de guer- rero, que no hubiera pasado tal vez de un capricho pasajero, llegó á ser, por sus malos consejos, la pasión dominante de su vida (1). He aludido al estado febril é inquieto do las repúblicas del Plata ; en efecto, su condición normal puede decirse que es revolucionaria, y esta es tal vez la razón porque hablan eter- namente de la libertad, del patriotismo y del progreso, sin saber lo que es la primera, sin tener la segunda y deu- dores á los estranjeros de la tercera, que los adelantan á pesar suyo (2). Un inglés hallaría tan difícil como inútil todo esfuerzo (1) Nos parece que el autor exagera la influencia de M. Lyrcb, y que su juicio sobre el carácter del tirano no es exacto. Si López hubiera encerrado en su corazón un solo resto de sentimien- to humano y racional, alguna vez en el transcurso de mas de cinco años se hubiera abierto paso en las tinieb'as de aquel error constante. D. Manuel P. de la Peña, que había conocido profundamente á Francisco Solano López, y que acompañándole á Buenos Aires en tiempo de D.Juan Manuel Rosas, cuando lo mandó su padre en Comisión repella á menudo, antes de la guerra, y á principios de ella, cuando nadie imajinaba los crímenes que habia de cometer después: «Este muchacho tiene un co- razón de tigre; Francia y su padre eran santos á su lado— esperen ustedes á que tenga la ocasión y me dirán si este juicio es exacto». La realidad ultrapasó el pronóstico. Las atrocidades cometidas por su orden se bre niños, viejos, mujeres y hasta sobre su propia madre, sus hermanas y hermanos, y su cobardía sin límites— prueban la crueldad de su carácter, y es sin duda una ilusión de M. Masterman , creer que nadie habria podido reformar las negras entrañas de aquel monstruo. (2) El señor Masterman con su manifiesta falta de conocimientos respecto á la República Argentina, le lanza este sangriento insulto con toda la petulancia y magostad del que habla sobre lo que no entiende. La República Argentina ha pasado por la via-crucis de la guerra civil, indispensable á las naciones que conquistan sus derechos y libertades pal- mo á palmo, y es quizá uno de los pueblos del mundo que la ha recorrido mas rápidamente, si se considera que en 50 años ha conseguido el triunfo de la forma y de las ideas mas adelantadas de gobierno, mientras que mu- chas naciones de la Europa después de luchas mas prolongadas están aun por conquistar lo que nosotros poseemos ya, y la gran mayoría de sus — 79 — que hiciera para comprender los principios y disciplina de sus partidos políticos. Tenemos los blancos y colorados ; los crudos y cocidos, los confederados y unitarios. Este último no es una secta relijioso, ni entra la teolojía en sus reyertas, pero ni aun siéndolo podrían odiar mas intensamente á sus ad- versarios, ni tener menos conocimiento de la cosa por la cual pelean, que si se tratara de la cuestión mas abstracta. En hombres políticos, £i esceplúan los ingleses, mas atrasados que los nues- tros en la inteligencia de la libertad y de su gobierno. Dice el señor Masterman con una seriedad encantadora por su rudeza, que debemos nuestro pr'ogreso á los cstrangeros que nos adelantan á pesar nuestro; y esto después de haber asegurado, que no sabemos lo que es la libertad y el patriotismo. Respecto ala libertad, nuestra constitución, y nuestra prensa, demues- tran el error; del patriotismo responde lalargasórie de nuestros mártires y en cuanto al progreso del pais,lo remitimos á la estadística del comercio de su propia tierra y si lo desea de la Europa entera, y fuera de las estadís- ticas, á las numerosas empresas, que tienen su residencia en la misma In- glaterra, y que esplotan telégrafos, ferro-carriles y empréstitos en la República Argentina. En cuanto al progreso que, según su opinión, nos injertan violenta- mente los inmigrantes debemos hacerle algunas observaciones. La emigración es sin duda una palanca poderosa en el rápido adelanto de este país desconocido para el señor Masterman, pero está muy lejos, como no escapará al espíritu menos investigador, de ocupar la posición que le atribuye. La emigración por si sola, sin libertad, sin leyes protectoras, y sin gobiernos hábiles y progresistas, ni es numerosa, ni influye en nada en la civilización de ios pueblos. El señor Masterman y muchos estrangeros han vivido en el l^araguny, y sin embargo no han dejado rastro de su misión civilizadora. Las ventajas que la inmigración produce á este país, son hijas de sus leyes, de sus libertades, de sus riquezas naturales. Las conveniencias para el país > para el inmigrante son reciprocas, y el bien general resulta de esta conveniencia individual délas partes, que teniendo solo en vista tra- bajar para si mismas, producen el progreso para todos. Ni la República es un hospicio de beneficencia, ni los inmigrantes son misioneros abnegados de la civilización. La primera busca el progreso, los segundos el trabajo y la fortuna. Pero si estos intereses dan por resultado el progreso — esto se debe á las sabias leyes del país, á la amplia protección acordada al cslranjero, que es recibido cariño- — 80 — una palabra, derrocaron el gobierno despótico de la España, sin saber gobernarse ; han ganado la libertad y no saben ser- virse de ella. (1) Gomo dije, López no tenia nías que hacer causa común con alguna de aquellas infelices facciones para encender la guerra y producir la confusión en toda la parte oriental de Sud América ; porque su poder era tan conocido, su persona tan odiada de todos, que su alianza con un partido cualquiera bastaba para levantar los otros contra él. Para demostrar que esta esposicion mia del estado polí- tico de las Repúblicas del Plata no es exajerada, consúltese la relación que hizo Darwin del viaje del « Beagle. » Declara el naturaHsta que cuando visitó á Buenos Aires en 1850, (2) se hablan instalado y desterrado diez Presidentes en doce meses, y que ocurrieron, mientras se hacia la guerra, cinco insur- samente, y á quien la República Argentina concede todos los goces y prerogativas del ciudadano, sin imponerle sus cargas, liberalidad exajera- da y desconocida hasta en la libre Inglaterra. El progreso no se hace á pesar nuestro, sino que mas bien se hace á pesar del inmigrante, que contribuye á él sin sospecharlo, porque solo busca su bienestar personal, aun cuando produce un beneficio inmenso á la tierra que lo recibe como hijo. En cuanto á la aseveración de que se nos han civilizado, onalgré tout, debemos observarle, que las ocho décimas partes de la inmigración, no traen mas contingente civilizador que sus puños y el legitimo deseo de mejorar su suerte, y por consiguiente que muchos.tienen que aprender, y muy raros que enseñar. (N. del E ). (i) Nos parece escusado entrar á refutar al autor sobre este juicio de los partidos; baste decir que no sabe bien ni sus nombres, para demos- trar que no puede comprender sus tendencias. Los crudos y los cocidos no han dividido jamás á la República; eran simplemente una clasificación pasajera, que se aplicaba á dos fracciones de un mismo partido en una lucha electoral. Algún diario de esa época habrá caido en manos del autor, y le ha suce- dido como se dice vulgarmente, que ha oido repicar sin saber donde. (N. del E.) (2) Darwin llegó á Buenos Aires en 1833, cuando Balcarce era gober- nador déla provincia. (N, del T.) — 81 — rccioncs y una revolución. (1) Y cuando se considera que el partido que ocupa el poder compra jeneralmenlo á los jefes insurrectos para que licencien sus tropas, no hay por qué admirarse de que continúen los embrollos. Este modo de proceder sirve para fomentar la insurrección. En 18G3 los blancos eran el partido dominante en la Banda Oriental; los colorados se hallaban en el destierro. El jefe de aquellos era el Presidente Berro, y sus adversarios solo esperaban un momento oportuno para echar á ambos ; porque los colorados, aunque aplastados momentáneamente no ha- bían perdido el ánimo, ni olvidado la terrible carnicería de Quinteros, en que .500 hombres de su partido, que se hablan rendido con los honores de la guerra, fueron bárbaramente asesinados. El jeneral Flores, que era entonces Presidente, era un colo- rado ultra, pero no era ni mal hombre, ni mal gobernante (2), Sin embargo, le echaron cuando no se había terminado aun la mitad del tiempo presidencial. Se refujió en Buenos Aires y entró al servicio militar de aquella república, que entonces hacía la guerra á los Confederados, mandados por Urquiza. Permaneció allí casi olvidado hasta principios del año de 1863, en que determinó atacar una vez mas á sus antiguos enemigos los blancos. El tiempo le era favorable ; se inani- festó contra Berro y su gobierno de facto un sentimiento muy (1) Si el señor Darwin, es tan verídico en todas sus relaciones co- mo en esta, puede juntarse con Santiago Arago, que cuenta, que los gauchos enlazan un caballo, le sacan un matambre, y lo largan luego al campo para que retoce. Este dato es parecido á la compra de los gafes en la guerra civil; quizá el señor Masttrman se refiera al conocido negocio del soborno del Almi- rante de la escuadra de Urquiza en 53; le recomendamos que pregunte como se llamaba para que se cerciore que no era arjentino. (N. del E.) (2) El presidente de la República Oriental cuando Quinteros era el señor Pereira, hombre anciano y débil ; el que ordenó aquella massacrc fué su ministro el Dr. Carreras, á quien el autor conoció en el Paraguay. (N. del E.) G — 82 - hostil, que tomo cuerpo no sólo entre el pueblo que gober- naba, sino también entre los Estados vecinos, y de que parti- cipaban igualmente los estrangeros y sus representantes (1). Seria largo esplicar las causas de este descontento, pero con- tribuyó á aumentarlo mucho, el poco ó ningún respeto por la vida y la propiedad, y las atroces crueldades de que eran víc- timas los estancieros de las fronteras. Se habian cometido, sobretodo en la frontera brasilera, algunas escandalosas tro- pelías, en las que es difícil decir quien llevaba la palma de la barbarie, si los portugueses ó los españoles. Sea como fuera, se habian distinguido por sus violencias algunas tropas per- tenecientes al gobierno oriental, y el imperial pidió satisfac- ción é inmediata reparación de sus agravios, la que le fué ne- gada con una insolencia raras veces vista en el lenguaje diplo- mático. Entretanto, Flores tenia sus planes maduros, y el 17 de Abril de 1863 desembarcó en la márjen izquierda del Rio Uruguay acompañado solamente de dos personas ; pero su nombre valía un ejército, y pronto vio reunirse á su estandar- te miles de gauchos. Un gaucho, debo decirlo de antemano, es un vaquero ó pas- tor, pero cuyo tipo es enteramente desconocido en Europa. Es una raza salvaje de mestizos, dotada de una destreza estraor- dinaria en el caballo, yañcionadísima á la vida errante, al jue- go y á la guitarra ; el gaucho tiene el mayor desprecio por las leyes sociales y morales, y una marcada tendencia á degollar á sus vecinos por la menor provocación. Tales son los gauchos, los Ismaeles del Nuevo Mundo, y de tales constaba el ejército de Flores que pronto llegó á ser mu- cho mas numeroso que las tropas del gobierno ; pero su gene- (1) Esta aseveración es también inexacta. El gobierno del señor Berro pudo ser combatido por su política, pero su administración es reconoci- damente respetada por todos, y tuvo gran partido especialmente éntrelos eslranjeros. (N. del T.J - 83 — ral parece haber sabido manejarlos y contener sus escasos coa eficacia. El dia en que se desembarcó apareció la siguiente proclama en Buenos Aires, en donde sus intenciones eran Lien cono- cidas : — ¡ Soldados del Ejercito Libertador ! Las puertas de la patria que os habia cerrado la tiranía se han abierto, y vamos á libertar á nuestros compatriotas de los vejámenes que sufren. Nos hemos armado en su suelo, para combatir al gobierno de los déspotas, (¡uc vencidos siempre, han aplaudido y continuado los escándalos originados de la bárbara hecatombe de Quinteros. Soldados!! !— Ya que habéis corrido presurosos al clamor de tanto buen ciudadano perseguido, espero con entera con- fianza que al desempeñar la noble misión confiada á vuestro valor, jamás desmentido, os mostrareis dignos do vuestros antecedentes, sin olvidar en el ardor de la lucha, que com- batís contra hermanos, y fuera de ella, que debéis respeto y protección á sus familias y á sus propiedades, así como á las de los demás habitantes nacionales y estranjercs, porque solo debéis considerar como enemigos á los que os combaten con las armas. Soldados ! Al abrir esta memorable campaña dad un grito entusiasta de Viva la patria ! ! Viva la libertad ! ! Vivan las instituciones ! ! VENANCIO FLORES. El gobierno de la Banda Oriental se alarmó mucho, y el de la República Argentina hizo ostentación de celo en defensa de la ley y del orden, prohibiendo á todos los orientales emigrados la salida del pais ; pero permitiéndoles que salie- sen cuando y como se les antojaba, los dejaba mostrar su desobedencia por esas mismas órdenes. En Agosto de 1864, quince meses después de estallar la re- volución, el Brasil envió á su Ministro Saraiva, cuya primera — 84 — nota (fecha 18 de Mayo del mismo), había sido muy mal re- cibida, para instar las demandas del gobierno imperial sobre la reparación de los agravios que antes he mencionado. Fué muy mal recibido, y sus reconvenciones rebatidas con lenguaje tan anti-diplomático, como el que caracterizaba los despachos del año anterior. Esto dio oríjen á que el plenipotenciario brasilero pasase un ultimátum con fecha Agosto 10 de 1864. El gobierno oriental declaró, que estando la República ocupada en sofocar una revolución en que tomaban parte mu- chos brasileros, las exijencias del Brasil eran inoportunas y las rechazó. López prestaba mucha atención á estos sucesos y se ofreció como mediador entre las partes contendentes; pero ambos declinaron terminantemente aceptar sus servicios, y la prensa argentina trató sus ofertas con menosprecio y sarcasmo. Hasta aquí estaba en su derecho, y acertó todavía mejor cuando protestó contra la intervención brasilera en la revolu- ción oriental, negando al gabinete imperial el derecho de intervenir en las querellas de los poderes vecinos, y declaran- do que no permanecería de simple espectador cuando se tra- taba de violar el derecho internacional. Esta protesta tuvo la misma suerte que su oferta de mediación : fué recibida con risas, y los colorados aconsejaron á su autor, que se ocupara del estado de su toldería, y que mediara en las pendencias de sus chinas. Después de esto, el Brasil se alió con Flores y dio principio á la guerra libertadora con el bombardeo del desgraciado pue- blito de Paisandú, y con el degüello del gefe enemigo des-^ pues de la rendición de la plaza. En seguida el mismo Mon- tevideo fué bloqueado por la escuadra imperial ; lo que de- terminó la fuga de Berro y sus ministros, quedando FJores dueño de la situación. Sinerabargo, rehusó aceptar la pre- sidencia hasta no estar regularmente elejido ; arreglado esto, recibió al mismo tiempo poderes estraordinarios en considera- ción á la condición anómala del país. Si se supone que las intenciones de López eran honorables, — 85 - no puede haber duda de que fué muy mal tratado por todos en aquella circunstancia y que los orientales desconocieron sus propios intereses cuando declinaron aceptar sus servicios. Pero la verdad es, que el nombre mismo del Paraguay era odiado de todos en los Estados del Plata, y que no habia habido un solo estrangero que hubiera penetrado en el pais, que no hubiese sido mal tratado (1). Los forasteros iban allí ha- lagados con la esperanza de hacerse pronto ricos; algunos lo consiguieron y partieron en el acto contentos de haber logra- do escaparse, otros continuaban permaneciendo en el pais por no poder liquidar sus negocios, pero no dejaban de hacer conocer á sus amigos, su triste condición y las vejaciones á que se hallaban espuestos. Para estos hombres López era un tirano altanero, y su pueblo se componía de ignorantes y su- misos salvajes. López, sinembargo, no declaró la guerra contra el Brasil, y el « Marques de Olinda, » vapor mercante que hacia la carrera entre Rio Janeiro y Matto Grosso, partió pai-a este punto como de costumbre (Noviembre de 1864). Hizo escala en la Asun- ción ; pero no se le permitió por tal ó crual razón comunicar con tierra. Después de una demora de algunas horas continuó su viaje aguas arriba. López estaba evidentemente indeciso : no habia declarado la guerra, y sabia que no podia apode- rarse del buque sin incurrir en un acto de piratería. Por otra parte, la tentación era grande. No tenia un buque igual al « Marques de ülinda, w y este habia caido en una trampa, por- que estando desarmado rio podia hacer resistencia. La misma noche determinó darle caza y la cañonera Tacuarílo persiguió (1) Esto no es exacto, los paraguayos no eran odiados por sus vecinos del Plata, y la guerra misma ha dado ocasión para probarlo muchas ve- ces. Lo que hay de cierto es que la opinión estaba enteramente equivo- cada respecto al poder militar del 1 ar-jguay, casi todos, nacioDales y cstranjero", creían que aquel poder era una farsa, que al primer empuje de las tropas aliadas se desvanecería, y por otra parte, se consideraba irrisorio que el mas bárbaro déspota de la América, tomara parte en cues- tiones de derecho, que no entendía ni practicaba. — 86 - ^ y volvió trayéndole al muelle de la Asancion. El nuevo gober- nador de Matto Grosso se hallaba abordo, con una fuerte su- ma de dinero que llevaba para pagar las tropas de la provin- cia, pero desgraciadamente para López, la traia en papel mone- da. El gobernador fué preso, y el buque se convirtió en cañonera, para cuyo objeto fué armado inmediatamente. Con el ñn de que la noticia no fuera conocida pronto aguas abajo, embargó to- dos los buques que babia en el rio y se pasaron doce dias antes que nadie tuviera conocimiento del hecho, fuera del Paraguay. Esta notable hazsña fué el primer paso fatal que dio López; los pueblos del plata estallaron de indignación, y este hecho le enajenó los pocos amigos que le quedaban alli ; su pró- xima operación fué la invasión de Matto Grosso, donde las plazas indefensas y las habitaciones privadas, á pesar de ser declaradas inviolables por las leyes ordinarias de la guerra, fueron saqueadas y quemadas con inauditas crueldades. Todo el mundo por último se convenció de que no podia fiarse en un hombre tan traidor, y tan bárbaramente cruel. Las fuerzas enviadas aguas arriba iban bajo el mando del general Barrios, cuñado de López y constaban de cerca de 300O soldados, del «Tacuarí»yde dos pequeñas coñoneras, que llevaban dos piezas lisas de á 68 y cuatro de á 32 ; el 14 de Noviembre, los buques fondearon frente á Gcimbra sobre el Rio Paraguay á 19" 50" de latitud Sud. Las cañoneras anclaron á alguna distancia del fuerte, pequeña plaza, que contenia una guarnición de cerca de 200 soldados y que estaba defendida por seis pieza? de bronce de á 12 y dos de á 32 ; después de un nutrido fuego que duró ¿"^s dias, ninguno de los beligerantes habia sufrido serios perjuicios. EntonC:"=i se desembarcaron las tropas y se pusieron á abrir por entre los cactJo, bromelias, y otras plantas espinosas un camino que condujera al fueriC. Mientras los sitiadores se empeñaban en este trabajo, un pe- queño vapor fondeado al Norte de la plaza logró calcular su distancia, y les causó graves pérdidas ; pero cuando los asal- tantes llegaron hasta las murallas, fueron recibidos con un fuego tan nutrido de mosquetería y granadas que se retiraron después de haber perdido 100 hombres entre muertos y heri- — 87 — dos. Por la tarde, los paraguayos comenzaron á desembarcar sus piezas y á montarlas en la cosía, operación que debían haber hecho antes. Sinembargo,el enemigo les ahorró la mo- lestia de abrir brechas en las murallas escapándose en la no- che á bordo de un pequeño vapor, que partió antes de ama- necer. Efectuaron su retirada con tanto sigilo, que los para- guayos no supieron hasta después de muchas horas, que la plaza estaba abandonada. La fuga debia ser precipitada por- que los cnñones no fueron desmontados, ni clavados, y los al- macenes estaban bien provistos ; se encontraron en ellos al- gunos objetos partícula! es de mucho valor, especialmente una caja de instrumentos de cirujía, la mas costosa que yo haya visto jamas. Este suceso, mientras infundía ánimo á los paraguayos, pa- rece haber desanimado completamente á los brasileros, porque apenas hicieron un simulacro de resistencia en Alburquerque, Gurumbá, Dorado, y Miranda, que cayeron sucesivamente en ma- nos del enemigo. De este último lugar se retiraron sin siquera hacer fuego con las piezas que tenían cargadas. La conducta de las tropas brasileras fué vergonzosa; solo desplegaron acti- vidad en la retirada, huyendo lo mas pronto posible y lo mas lejos que pudieron. Debe recordarse, que el general Barrios tenia solamente pequeños buques de madera, y piezas lisas, y que al principio estuvo tan cobarde como sus enemigos. Llegó á Coimbra en un estado tal de embriaguez, que no podia dar órdenes inteligibles, y muchos de los oficiales se hallaban en el mismo caso. Los soldados atropellaron el fuerte sin método ni plan ; un sargento y siete hombres de tropa treparon inme- diatamente la muralla, pero fueron hechos pedazos en el acto; si los hubiesen sostenido los demás, no tengo duda de que la plaza hubiese sido tomada el primer dia. En Gorumbá ocurrió un accidente serio : cuando se embar- caba la pólvora, voló por algún descuido y mató cerca de treinta hombres, y entre ellos a! teniente Herreros, el mejor oficial que tenia López. Aquel pueblo indefenso fué tratado con gran crueldad, y entregado al mas atroz pillaje. Algunos ricos estancieros, -se- que no entregaron todo el dinero que Barrios exijió, fueron atados desnudos á las piezas de bronce, en donde queda- ron varias horas espueslos al sol; otros fueron fusilados ó azotados por la misma razón. Dos hijos del barón de Villa María fueron degollados por querer escaparse; su padre debió la vida á la lijereza de su caballo. Después de un penoso viaje llegó á Rio Janeiro salvo y sano, llevando la noticia de que el Brasil habia perdido una de sus mas ricas provincias. Fueron tomados prisioneros todos los estranjeros que caye- ron en sus manos, y los llevaron á la Asunción después de robarles todo lo que tenian. Fran principalmente alemanes, italianos y franceses. Yí á muchos infelices que unas sema- nas antes habian sido ricos comerciantes, ó propielarios, tra- bajando de peones ó D.endigando su pan por las calles. Los paraguayos volvieron llevando consigo setenta piezas, tres vapores, quinientos prisioneros y una numerosa cantidad de armas y pertrechos de guerra. Entre tanto se procedía rápidamente á la concentración de las tropas en Cerro León y Humaitá, y á principios de 1865 López tenia bajo su mando 100,000 hombres, hermosos, ro- bustos y aguerridos, que bien mandados y con buena oficia- lidad, no hubieran sido inferiores á las mejores tropas del mundo. Al principio estaban mal armados ; una quinta parte solamente tenia fusiles fulminantes, un número igual, tal vez, estaba armado con fusiles de chispa, y los demás llevaban lanzas y facones ; pero los brasileros fueron bastante buenos para suministrarles pronto y gratis todo lo que les hacia falta: en una palabra, creíamos que los cambas tenian miedo á sus propias armas y que las arrojaban por temor de que se les reventasen. López cometió un error fatal retirando á la vez ú tantos hombres de su industria y ocupaciones. La población del pais antes de la guerra consistía en cerca de un millón de almas, y un décimo, la ñor y nata de los hombres, se convirtieron inmediatamente de productores en consumidores ; por mucho tiempo el alimento fué abundante, sobretodo la carne de vaca, que era su único comestible. Pero los paraguayos no son como — so- los argentinos y los orientales, csclusivamente carnívoros; en realidad, se consume poca carne on el interior, donde los artículos principales de consumo, son : el maiz, la mandioca y las naranjas. Estos hombres fueron enviados de golpe y en medio del invierno á Humaitá, lugar húmedo y mal sano, en donde no se encontraba una partícula de alimento veje- tai ; de lo que resultó, como era de esperarse, una muy obs- tinada clase de diarrea, pneumonías y fiebres gástricas. Los miserables galpones que servían de hospitales, estaban llenos de enfermos, y se hicieron pronto el foco de muchas enferme- dades ; y aquel hermoso ejército se fundió rápidamente y des- apareció sin gloria de la faz de la tierra : el sepulturero tuvo pronto mas ocupación que el instructor. Entretanto Flores, ayudado por sus aliados los brasileros, había derrocado á Berro, se había hecho nombrar « Director Discrecionario» de la República del Uruguay, y de acuerdo con ellos había declarado la guerra al Paraguay. No estando satisfecho López con tener estos dos poderosos enemigos, determinó emprenderla con los argentinos, y con este objeto pidió permiso para cruzar el territorio de Corrientes. Estando los argentinos en paz con el Brasil se lo negaron como es de suponer, y López tomó inmediata posesión de la ciudad de Corrientes, capital de la Provincia. Se dice que madame Lynch le instó á tomar esta medida, porque el Redactor de un diario de este pueblo, que era el Siglo si mal no recuerdo, habja publicado una biografía de aquella señora. La obra no era muy satisfactoria, y ella fuera de sí, indujo á su amante, á dar este paso fatal. Sea de esto lo que fuera, Corrientes se entregó á los paraguayos sin ofre- cer ninguna resistencia, el 14 de Abril de 1865. Dos pequeños vapores, el 25 de Mayo y el Gaaleguay, estaban fondeados ea el puerto. La tripulación del primero cargó las piezas, pero se echaron al rio sin hacer fuego ; desde la playa hicieron uno que otro tiro, pero una bomba ó dos de los invasores, los redujeron al silencio; á bordo de estos dos buques so encon- traban trece ingleses, maquinistas y foguistas, y los paraguayos los tomaron presos y los enviaron á Humaitá. Se les propuso — 90 — que entrasen en el servicio de López; dos aceptaron la pro- posición, los demás se negaron á hacerlo, y fueron metidos en los calabozos de la capital, donde murieron pocos meses des- pués de hambre y de enfermedades. Tres dias después, los argentinos declararon la guerra, y el primero del siguiente mes se firmó la famosa «triple alianza» entre el Brasil, la República Argentina y el Estado de la Banda Oriental, en el apéndice se encuentra una traducción de este documento, por Ja que se rerá, que aparentemente los aliados solo buscaban la destrucción de López, y la libre navegación del rio y que la libertad é independencia del Paraguay estaban perfectamente bien garantizadas. Dos meses antes se habia reunido en la Asunción un con- greso estraordinario, y López informó á sus miembros de lo que habia hecho, y de lo que tenia la intención de hacer. Hubo por supuesto una gran demostración patriótica, y las vidas de los habitantes con todo lo que poseían, le fueron con- fiados — oferta, digámoslo, supérflua, puesto que podia ya disponer de ellos á su antojo. Le dieron el título de mariscal de campo, y aumentaron su sueldo hasta 60,000 duros al año. Las mujeres también quisieron dar prueba de su patriotismo porque se les sujirió que le ofreciesen la décima parte de toda la joyería que poseían. Desgraciadas aquellas que no lo pa- gasen en género ó dinero, hasta el último cuartillo. Se hacian constantemente y con varios pretestos, cobranzas de estos re- galos, una vez fué una estatua erijida en honor de su finado padre, que produjo cerca de 30,000 pesos fuertes ; otra, una espada de oro, después una caja de oro para guardarle, y joyas para adornarla — no se aceptaban sino brillantes; las crisolitas no servían, aunque los dueños no las volvían á ver; algún tiempo después fué una guirnalda de oío para ceñir su heroica frente ; este regalo le fué ofrecido en los últimos años de la guerra, cuando se escondía cobardemente en una casa- mata á prueba de bombas, que no abandonaba jamás ni de dia ni de noche. Ademas de todo esto, los infelices habitantes estaban en la obligación de cantar himnos patrióticos, y de presentars- en masa delante de él, vestidos de gala para el deleite de su vis- — 91 — tay de su oído. Presencié muchas de estas tristes exhibiciones, en que los miembror^ de las mejores familias del Paraguay tenian que asociarse con el populacho ; los vi cantar y bailar para entretener al vil y egoísta tirano, sin atreverse á mani- festar su pesar, porque el lufo era prohibido ; su bajeza llegó hasta el punto de robar á las mujeres del mercado sus cade- nas, zarcillos, y chiches del bolsillo, que fueron arrancados por agentes de la policía, en nombre del patriotismo y de la li- bertad. Partió para Humaitá el 8 de Junio de 1865, para mandar el ejército en persona y llevó consigo toda la moneda de oro que quedaba en la tesorería, junto con los regalos que se le hablan hecho. Tres dias después tuvo lugar la batalla del Riachue- lo, la primera de una larga serie de derrotas y desastres par- ciales de los que cualquiera habria sido decisivo, á no ser por la cobardía ó ineficacia del enemigo. En prueba de que no hablo sin razón, copio el siguiente despacho de Mr. Gould á Lord Stanley con fecha 10 de Setiem- bre de 1867. « Cuando López comenzó la guerra; estaba al frente de un hermoso ejércilo. . . . Desde entonces debe haber perdido de una manera ú otra, mas de 100,000 hombres, porque mas de 80,000 han perecido de enfermedades solamente. «Si ha podido prolongar su resistencia, es debido solamente á la lentitud con que proceden los aliados, y á su faltado ener- jía. Si la escuadra hubiera llegado á tiempo al Paso de la Patria y ocupádolo después de la rendición de una parte de las tropas paraguayas en Uruguayana, ni uno de los 25,000 hombres con que López invadió la provincia argentina de Cor- rientes hubiera podido escapar al otro lado del Paraná. « El '24 de Mayo fué rechazado con pérdidas tan tremendas que los aliados hubieran podido penetrar al dia siguiente en su campamento sin el menor obstáculo. Él mismo confiesa que empleó tres dias en la reorganización de una parte de su eiército. Perdió en aquella jornada de 12,000 á 15,000 hombres. «Si los aliados hubiesen marchado directamente sobre Cu- — 92 — rupaity el 2 de Septiembre, dia en que tomaron áCuruzú, hu- bieran podido hacerse camino con muy poca resistencia. Desperdiciaron quince dias, tiempo en que logró atrincherarse fuertemente, y los aliados fueron después rechazados con una atroz carnicería .... permanecieron mas de seis semanas en una total inacción, cuando un movimiento bien apoyado sobre la derecha habría cortado completamente la comunicación con el interior, y le habría obligado muy pronto á rendirse á discreción. Mas adelante haré un resumen de estas operaciones. Anti- cipo mi narración, pero el lector puede convencerse comple- tamente desde luego, de que la prolongación de la guerra es debida solamente á la inepcia de Gaxias. Creíamos á veces que lo hacia de intento y con fines políticos, que tenían por objeto esierminar á los paraguayos. CAPÍTULO IX. La batalla del Riachuelo— La capitulación de Estigarri- BiA — El jeneral Robles— Su deshonra— Los Corbalanes. A principios de Junio de 1865 los brasileros habían roto las hostilidades, bloqueando el rio con siete navios y dos encora- zados (i) ; no solo no se habían atrevido á penetrar en la embo- cadura del Rio Paraguay, que estaba defendida solamente por el fuerte Itapirú, artillado con tres piezas de ¿i 32, sino que se habían eslacionado en el Paraná, tres leguas al Sud de Cor- rientes, en frente á un arroyo llamado el « Riachuelo » . López determinó atacarlos en su posición, augurándose una (1) El autor padece una equivocación, debida sin duda, á los datos adulterados que se iiacian circular en el Paraguay, los brasileros no tuvieron su primer buque encorazado, que fué el «Brasil,» basta mu- chos meses después de la batalla del Riachuelo. - 93 — fácil victoria. En efecto, solo le preocupaba el temor de que se le escaparan antes que pudiera batirlos. Con el objeto de cortarles la retirada, hizo adelantar una pequeña columna alas órdenes del Coronel Bruguez, y esta- bleció en Bella Yista, punto ventajoso, situado algunas millas á retaguardia de los brasileros, una pequeña batería que cons- taba de seis ú ocho piezas rayadas de á doce. (1) Con el mismo fin, ordenó al Capitán Meza, que mandaba la escuadra paraguaya, que pasase por el enemigo á todo vapor, sin hacerle fuego, y que dando vuelta en seguida, lo tomase ó arriase aguas arriba. Esta precaución, considerando la co- bardía de los brasileros en Matto Grosso, no parecía del todo descaminada, y estoy cierto que el enemigo hubiera preferido cortar sus cables, antes que pelear, si no hubiese sido tan des- proporcionada la fuerza que lo atacó. La escuadra paraguaya constaba de ocho vapores de madera y fierro, construidos para hacar la navegación de los rios ; (2) cuatro median de 300 á 600 toneladas, los otros tenian mas ó menos el tamaño y construcción de los vaporcitos que lle- van pasajeros del puente de Londres á Westminster. La si- guiente enumeración de su fuerza, los-dará á conocer: el Ta- cuarí tenia seis piezas, el Marqués de Olinda cuatro, el Igurey cinco, el Paraguarí cuatro, el Salto de Guaira cuatro, el Jejuy dos, el Iporá una, el Pirabe bé una, y ademas cinco cha- tas, que constituían la parte mas formidable de la escuadra, llevando cada una una pieza de á 6 8. Los cañones de los (1) La batería establecida por Bruguez, estaba colocada sobre la bar- ranca del Riai huelo, y constaba de i8 cañones el mayor de estos de 18. Esta batería existia el dia del combate naval, en ese día combatió vale- rosamente, y fu6 la misma por donde pasó la escuadra el 13 de Junio. La de Bella Vista, solo la estableció cerca de dos meses después, ha- biendo sido reforzado ya con 2 piezas deá32— El pasaje déla escuadra por esta segunda batería tuve lugar el 22 de Agosto. Bella Vista distaba muchas leguas del Riachuelo. (2) Del.e esceptuarse al « Tacuari, » que era un veríadero boque de guerra, mandado construir por D. Carlos A, López en 1852. - 94 — vapores eran en general piezas de á 14, pero habia dos de á 32 una de las cuales se inutilizó al primer tiro. La escuadra brasilera constaba de nueve navios de los cua- les dos eran encorazados, y llevaba cerca de sesenta piezas, entre las que hablan algunas Whitworth de á 70, y dos de á 120. Todos tenian su guarnición completa, y fuertes redes de bordaje. El 11 de Junio muy temprano, el capitán Meza se dirijió aguas abajo al frente de su pequeña escuadra, y llegó al costado de sus formidables enemigos, un poco antes de medio dia. Te- nia que andar despacio, porque las chatas que llevaba de re- molque retardaban mucho la marcha de los vapores; sin embargo, ejecutó Ja maniobra preliminar sin sufrir grandes averías. En efecto, los brasileros pasaron un terror pánico, y se hallaban tan consternados al ver que los vaporcitos seguían su marcha, y que tendrían después que recibir su fuego, que si los paraguayos hubieran tenido un Dundonald, en lugar de Meza, habrían tomado toda su escuadra. Mr. Watts el inje- níero del «Salto de Guaira,» le sujirió un escelente plan ; que consistía en echar á pique á retaguardia del enemi- go dos desús propios vaporcitos, y entonces atacarlo con las grandes piezas de las chatas, hasta que se levantara una batería en la costa y á vanguardia de los brasileros. No hay duda de que este plan hubiera tenido un éxito completo, pero Meza estaba demasiado exilado para comprender nada, y se perdió una espléndida oportunidad (1 ). Casi toda la oficiahdad estaba embriagada, los soldados peleaban como querían ó como po- dían, y las maniobras las ejecutaban en realidad, los maqui- nistas ingleses que iban á bordo. (1) Si se hubiera ejecutado el plan de M. Watts, es probable que el resultado de la batalla hubiera sido muy dudoso, pero de todas maneras habría sido el combate naval mas curioso de que se haya tenido noticia hasta el dia. Indudablemente M. Watts no era un hombre vulgar; si él hubiera mandado la escuadra, quizá la habría dirijido m.ejor que Meza — y sobre todo, nos habría dado el espectáculo de combatir y asaltar una escuadra con hateas elevadas á la categoría de máquinas de guerra. — 95 — Después de mantener por largo ralo un fuego irregular, y de hacer á los brasileros un darlo considerable, los paragua- yos volvieron á subir, llevando las chatas todavía á remolque, y los marineros hicieron esfuerzos desesperados para abordar á sus jigantescos antagonistas. El Tacuari se plantó al costado del encorazado Pamna/í!//í«. La superficie de su tambor ape- nas llegaba hasta la obra muerta de esta; un sarjento con una docena de soldados lograron penetrar y deshacer las redes de bordaje con sus machetes, y lanzándose sobre la cubierta, la lomaron sin dar un solo golpe. Su tripulación, oficiales y to- dos en fin desaparecieron bajo cubierta sin reparar en el número de sus enemigos, ni apercibirse que su buque, no habiendo podido contener su marcha habia pasado de largo. El vapor hubiera sido tomado, si los paraguayos eTi su entu- siasmo hubiesen cerrado inmediatamente las escotillas ; pero el sarjento de puro contento, se entretenía en marchar de una eslremidad á otra del buque, tocando dianas en un tambor que encontró. El toque sirvió de llamada, y una multitud de soldados con bayonetas caladas subieron á toda prisa del in- terior del buque y con sin par heroísmo cargaron á los invaso- res. Viendo estos que su salvación dependía de una inmediata retirada se echaron al rio y escaparon á nado, ganando la costa. Este mismo sarjento estuvo algún tiempo después bajo mi inmediato cuidado, y le he oído á menudo contar este epi- sodio, y que sus compañeros se morían de risa al ver caer uno sobre otro á los cambas^ tal era la prisa y el terror con que entraban á la bodega (1). (1) Esta relación no es tan exacta, como la del señor Thompson, que está de acuerdo con todas las que se han hecho de este episodio, y aun con lo que podía inferirse de los mismos partes. El autor equívoca al «Tacuari » con el « Salto. » El « Salto, » vapor á hélice, se aparejó á la « Paranahiba, » y al pasar por su costado saltaron dentro de ella, treinta paraguayos, los que, dando golpes á derecha é izquierda crrollaron á los jjrasileros, que se echaban al agua, y aterrorizados se metían bajo cubierta. Los paragua- yos eran dueños de la c» Paranahiba » desdo la popa hasta el palo mayor. Arriaron la bandera brasilera y lomando el timón dieron dirección al — 96 — Este éxito momentáneo fué el único que obtuvieron los pa- raguayos ; los brasileros dejaron de hacer fuego, se lanzaron á todo vapor sobre los pequeños buques del enemigo, y aplas- taron á cuantos pudieron alcanzar. El «Tacuarí» habia pasado adelante antes que se hubiese practicado esta maniobra y el « Igurey » aunque llevaba la «Ipora» á remolque logró escaparse. La «Ibera)), afortuna- damente para su tripulación, no habia pasado la escuadra enemiga por haberse descompuesto momentáneamente su máquina, y juntándose con sus tres consortes, los cuatro na- vegaron lentamente aguas arriba. Los brasileros no deseaban otra cosa que ver desaparecer á la distancia á sus atrevidos enemiguitos ; y no tomaron ningu- na medida 'pQ.va. detenerlos ó seguirlos. La historia de los de- mas es breve. El « El Marques de Olinda », hermoso y bien construido buque, con cámaras á prueba de agua, no se fué á pique, pero cayéndose de costado fué llevado aguas abajo y embicó por último en la costa del Chaco donde naufragó com- pletamente. El «Salto de Guaira» se hundió inmediatamente, pero el rio era tan poco profundo en aquel punto, que una parte de su cubierta quedaba fuera del agua. Su comandante yacía entonces en la mesa de su camarote mortalmente herido, los demás oficiales hablan muerto, y su cubierta parcialmente su- merjida estaba llenado muertos y moribundos. La « Belmon- te» que lo echó á pique, volvia á la carga, cuando Mr. Gibson su maquinista, subió sobre el puente y gritó á la tripulación que no hicieran fuego. Un oficial se adelantó y le intimó que arrease la bandera ; obedeció y los brasileros enviaron botes para sacar á los heridos ordenando á los demás que se queda- ran donde estaban. El «Paraguarí » baró, se prendió fuego y buque. En ese momento llegaron, el «Amazonas)» y otro vapor, y haciendo fuego sobre la « Paranahiba y> mataron las tres cuartas partes de los paraguayos, que quedaban á bordo : viendo los brasileros que sobrevivían los cargaron y mataron tres ó cuatro, logrando el resto escaparse á nado— Thompson— Guerra del Paraguay— Imp. Americana. — 97 — se consumió, no quedando de él sino el casco y las máquinas. El «Jejuí» fué complelamentc nplaslado. Los paraguayos perdieron según ellos mismos 750 hombres, pero tuvieron do- Lle número de bajas, y dos de los maquinistas ingleses pe- recieron. Los brasileros sufrieron grandes pérdidas, que no bajarían de 500 á 800 hombres y sus navios recibieron serias averias. La « Belmonte )) estaba acribillada de balas; baró después en la costa y fué abandonada por los brasilero?. Sin embargo no estoy muy cierto sifué esta ola «Jequitinhonha» laque ba- ró y no pudo sacarse á tiempo ; porque habiéndose establecido una batería en la costa, Bruguez obligó cá los brasileros á reti- ra'^se precipitadamente sin pegar fuego a! polvorín, ni clavarlas piezas, que cayeron inmediatamente en manos de los para- guayos (I). Así terminó la batalla del Riachuelo, y no creo muy aventu- rado decir, que esa batalla, que duró cuatro horas y medía, de- cidió la suerte de la guerra, porque dio á los aliados el dominio del rio. Si aquellos nueve buques hubiesen sido capturados, estoy cierto que López hubiera triimfado, porque se habría pre- sentado inmediatamente en Buenos Aires y Montevideo, y con la amenaza de un bombardeo, las habría obligado á entrar en arre- glos. El fuerte de Martin García no habría acobardado ni con- tenido á un hombre, que se habia atrevido á atacar una escua- dra semejante con fuerzas tan inadecuadas (2). Mr. Gibson permaneció á bordo délos restos del «Salto» hasta la noche, y entonces como no le venían á socorrer, se puso á construir una balsa con algunos paraguayos que sobrevivían ; terminada su obra se embarcaron y dejándola correr aguas abajo (1) El Jiuqnc íibandonado fuú la « Jcquitinhonlia. » (2) El Eiitor (Ifíbia decir, « que se liabia atrevido á mandar atacar» y no A atacar, porque López no era capaz do liacerlo. En cuanto á la intimidación de Mcntevideo y Dueños Aires, por el IjoniLardeo, el autor debia recordar, que esta ciudad no ss lia intimidado eu las diversas veces en que lia sido amenazada ó atacada. (N. del E.) 7 — 98 — en las tenieblas, llegaron á la costa del Chaco. Hicieron su ca- mino á través de mil obstáculos en dirección del Paso de la Patria ; estaban casi muertos de hambre cuando se encontraron con un buen estanciero, que les suministró cuanto necesita- ban ; desde este lugar pasaron á Humaitá. Gibson fué preso apenas llegó, y declarado traidor por haber arriado la bandera, en vez de ser recompensado por haber salvado las vidas del resto de la tripulación con su presencia de ánimo. Permane- ció tres meses engrillado, al fin le pusieron en libertad, pero murió poco después (1). > El capitán Meza fué herido muy gravemente por una bala de fusil que le atravesó el hombro y el pulmón izquierdo. Llegó á Humaitá moribundo. López le mandó decir para con- solarle, que si sobrevivía lo fusilarla por cobarde, pero creo que murió al dia siguiente. El dia de la batalla hice una visita al jeneral Barrios, cu- ñado de López, que acababa de ser no mbrado Ministro de Guerra y Marina, para felicitarle por su nombramiento; mientras fum.aba con él, vino un telegrama diciendo, que se habla ganado una gran victoria. Esto sucedió á las 11 de la mañana, y debió haberse enviado antes de empezar el com- bate. Estaba muy entusiasmado, y se hicieron preparativos para un banquete y un baile esa misma tarde ; pero como no se recibió la confirmación del mensaje, fueron postergados. Al dia siguiente por la mañana, ya se vislumbraba algo de lo que habla pasado, y las personas quetenian parientes en la escuadra, anticipaban el desastre por la gran ansiedad y tris- teza que revelaban. Debia haber mencionado antes, que dos injenieros alema- (1) El ejemplo de este valiente, cuya vida se estinguió consumida por la herida inferida á su dignidad, debia haber Iluminado á los demás oficiales eslranjeros que servían al tirano, ya que los ioíelices paragua- yos vivian ofuscados por el fanatismo y la ignorancia. Otro maquinista inglés, M. Watts, que se portó tan brillantemente como Gibson en el com- hate del Riachuelo y que propuso á Meza un curioso plan de ataque, fué fusilado sin causa tres años después, N. del E. — Ü9 — nes, Mr. Yon TruenfekU y Mr. Fischer, hablan construido una línea telegráfica enírc Ja capital y la Asunción. Mis amigos de llumaitá me hicieron una descripción gráfica de la ansiedad que allí se sentía, mientras las dos escuadras se batían. Por la tarde, temprano todavía, llegó un bote de la re- serva, con la noticia de haberse ganado una completa victoria, y todos se dispusieron á recibirá los vencedores, con grandes de- mostraciones. Pero pasó hora tras liorasin saberse nada de nue- vo, y los temores do un desastre llegaron á ser casi una certeza ; pero la verdad no fué conocida enteramente hasta el día si- guiente, cuando entraron en el puerto los buques destrozados. Hacía mucho frío al amanecer ; cubría el rio una densa ne- blina, y los grupos de hombres que se formaban en las bate- rías y el cabrestante de estirar las cadenas, se estremecían en aquel aire húmedo, como sí quisieran penetrar con la vista la sombría cortiua que tenían por delante. Muy luego aso- maron los mástiles de los buques, con el cordaje despeda- zado y las jarcias y la motonería colgando como los trapos de las destrozadas vergas. La multitud descendió rápida y an- siosamente los resbaladizos escalones ; hubo muchos cuchi- cheos, porque le iba la vida al que esparciera malas noticias ; y se principió el desembarco de los muertos y los heridos. El astro de López palidecía ; ya no podía hacer al enemigo presas como las del «Marques de Olinda» y las ciudades de la costa ; obtuvo es cierto triunfos parciales y los aliados pa- garon caras sus victorias, pero el sol del déspota se ponía para siempre entre lluvias y tempestades. Lo que hacia tremenda la derrota del Riachuelo, no era tan- to la pérdida de los cuatro buques, sino la de la oportunidad de hacerse de algunos hermosos vapores y de mucha artillería pesada ; oportunidad que ciertamente no volvería á presen- tarse. He dicho ya, que se había establecido una batería en Bella Vista, otra fué colocada por el Mayor Cabral en Cuevas, seis leguas al sud de aquella. Los Brasileros permanecieron un mes en el Riachuelo componiendo sus buques, y después se dirijieron aguas abajo á toda carrera. Todas las tripulaciones — 100 - escepto los limoneros, se metieron bajo cubierta, se dice sin embargo, que sufrieron grandes pérdidas. (\) Tan pronto como se marcharon, bajaron los paraguayos, procuraron sacar el en- corazado (2) que se habia barado, pero no lográndolo, se lle- varon sus cañones y máquinas. La batería del coronel Bruguez habia rechazado á los brasileros cuando quisieron hacer otro tanto. Levantaron también el casco del «Paraguarí » que habia sido construido en Inglaterra unos meses antes para López por la suma de 50,000 pesos, y lo llevaron á la Asunción con la intención de repararlo, pero nunca lo hicieron. En esta época la mitad del ejército estaba concentrado en territorio arjentino bajo las órdenes del general Eobles, y en Agosto un cuerpo de doce mil hombres, compuesto de la me- jor tropa que López tenia, y bien armado, la mayoría con rifles Enfield, fué destacado bajo el mando del general Estigarribia. Su intención era pasar por territorio arjeníino, brasilero y (1) Labateríade Bella Vista fué establecida por Bruguez a los dos meses del combate en el Riachuelo, despuesde haber recibido refuerzos de tropa y dos piezas de 32. Cuando la escuadra conoció la existencia de esta batería, retrocedió y pasó por ella haciendo fuego, y con toda su tropa sobre cu- bierta. Como la barranca tenia 50 pi6s de altura, el fuego de la escua- dra no causó casi ningún daño á los paraguayos, estos en cambio hicie- ron un terrible estrago en los buques brasileros literalmente cubiertos de tropa. La escuadra fondeó como seis leguas mas abajo, y Bruguez, marchando rápidamente en la noche, estableció una nueva batería en Cuevas. La escuadra retrocedió nuevamente, pero esta vez cerró sus portal* nes y pasó á todo vapor. Solamente el vapor argentino .«Guar- dia Nacional», buque mercante y viejo, pasó las baterías haciendo lue- go, con toda su tripulación sobre cubierta; este fué el ún'co buque que se comportó bizarramente según la espresion del mismo Sr. Thompson. El «Guardia Nacional» era el solo buque argentino que había en la escua- dra. El «Jequitinhonha» no estaba frente á Bella Vista sino en el Ria- chuelo, es decir, en el sitio mismo del combate, muchas leguas arriba de este último punto. Así pues, Bruguez estableció tres baterías; la del Riachuelo, •! día mismo del combate, la de Bella Vista como dos meses después y la de Cuevas al otro dia del pasaje de la escuadra por aquella. (N. del E.) (2) Como ya hemos dicho, no hubo buque alguno encorazado; el vapor barado era la « Jequitinhonha », (N. del E.) — 101 - oriental y marchar sobre Montevideo. Si la audacia fuera un título seguro para el buen éxito, López hubiera sido cierta- mente feliz en sus empresas. Esta pequeña fuerza, jamás apoyada en su marcha, privada absolutamente de los medios necesarios para protejer su reta- guardia ó para tener libre la comunicación con el cuartel ge- neral, sin otras provisiones, que una pequeña tropa de novi- llos suficiente para el consumo de algunos dias, contando con encontraren el camino lo demás, debia adelantarse peleando, encaso de ser atacada, y marchar siempre por un país hos- til, en una distancia de casi ochocientas mijlas, y dudo que hubiera entre ellos, un solo hombre, que entendiera un mapa ó supiera á donde lo ilevaria el camino. Pero la suerte de la espedicion se decidió pronto. Cerca de San Borja, en la márjen izquierda del rio Uruguay, en territo- rio brasilero, chocó con las tropas imperiales mandadas por el Emperador en persona. Puede ser que López sabiendo que los brasileros concentraban tropas en ese punto, pero creyen- do inferior su número, mandara á Estigarribia, con esta pe- queña fuerza, contando con derrotarlas fácilmente, y con que su marcha hacia el Océano, no pasarla de ser un paseo militar. Pero en uno y otro caso Estígarribia no tenia medios de salva- ción ; sus soldados se morian de hambre, y el resultado seria el mismo, ya fuese vencedor ó vencido. Los paraguayos ocuparon el pueblo é hicieron algunas tenta- tivas para atrincherarse; pero habiéndoles enviado bandera de tregua, se abrieron negociaciones y capitularon el 17 de Setiembre [i]. (1) La «spediclon al tJruguay que sucumbió definitivamente en la Uruguayana se componia en efecto de i2,000 hombres. Cruzó un territo- rio desierto y llegó á las márjeneá del Uruguay, donde se dividió en dos cuerpos; una vanguardia de 2,500 hombres bajo las órdenes de Duar- te, y el resto bajo las de Estigarribia, que atravesó el rio y se posesionó de la Uruguayana. Las fuerzas que tenian alli los brasileros, no pasaban de 8,000 hombres de caballería bajo las órdenes de Canavarro, aunque se dice, que se habia hecho creer al gobierno imperial que aquella columna — 102 — Algunos de los prisioneros lograron escaparse y después de andar vagando varias semanas hicieron su camino hasta Hu- maitá y trajeron In.s noticias de este nuevo desastre; du- rante mas de quince dias el Semanario no hizo mención del era mucho mas numerosa. Cuando el Emperador llegó al sitio de la plaza, no trajo sino un reducido número de tropas, también de caballeria. Por este tiempo Canavarro había sido relevado por Porto Alegre. La espedicion del tJruguay fué conocida en Buenos Aires antes de partir parala Concordia el Jeneral en Jefe, y fué en su casa particular donde se reunió la junta de guerra, que aprobó el plan de campaña que presentó, y dio por resultado la pérdida completa de Estigarribia. La columna que se desprendió de la Concordia era compuesta del ler. cuerpo del ejército argentino, de la división Oriental, y de una briga- da brasilera, bajo las órdenes del Jeneral Flores. Es!a columna, cuyo total ascendía á 9,000 hombres, encontró la de Duarte en Yatay el 17 de Agosto de 1865, y la aniquiló completamente, con solo una parte do su fuerza. Atravezando después el Uruguay, pisó en territorio brasilero, llevando á nuestros aliados el continjente de lo que carecían, es decir, de infantería. A causa de las diücultade.-? surjidas entre algunos jefes brasileros y el Jeneral Flores sobre el mando del ejército en el territorio imperial, el almirante Tamandaré vino á la Concordia, y trató de que el Jeneral Mitre marcliara al teatro de las operaciones, para allanar todas las dificultades. Sucedió asi en efecto, saliendo el Jeneral del campamento con solo 4 ayu- dante-:', pues Tamandaré le indicó la conveniencia de que no llevara mas infanterías arjeniinas, pero al pasar por la Federación, encontró dos batallones, uno brasilero y otro arjentíno, y los embarcó con él en el va- por «11 de Junio». El ejército que se formó al frente de la Uruguayana, se componía de infanterías arjentinasen su mayor parte, pues solo había dos batallones orientales y tres ó cuatro brasileros y de una numerosa columna de ca- balleria brasilera, aumentada con la que trajo el Emperador ; el total de estas caballerías ascendería á 10,000 hombres. El ejército aliado frente á la Uruguayana se componía de cerca 20,000 soldados, es decir de 9,000 que formaban el ejército que estuvo en Yatay, los batallones que llegaron con el Jeneral en Jefe, y Ls ocho mil hombres de caballería que tenia el Barón de Porto Alegre, aumentados con alguna fuerza que se le incorporó después. La artillería pertenecía á los tres ejércitos. Aunque el Emperador conservó en el nombre el mando dJ ejército, con arreglo alas prescripciones de la Constitución de su país, el sitio y el — 103 — hecho a pesar de ser conocido de todos, pero nadie conversaba de ello, porque era muy peligroso hablar sobre estas cosas. López estaba furioso, por muchos dias nadie so atrevía á decirle una palabra, y el nombre de Estigarribia solo podia mencionarse secretamente. Por último cuando el Semanario habló de su capitulación, lo hizo solo para maldecirle é inju- riarlo como á un traidor infame. Se decia que se habia dejado seducir por el oro brasilero ; que su ejército tenia víveres de sobra, que los soldados ardian en valor, y desea- ban atacar al enemigo, pero que él los habia contenido ; estas y mil otras mentiras y calumnias se estampaban hasta el can- saacio en las pajinas de aquel periódico. Entonces se dudó de la lealtad de Robles, y con motivo tal vez, porque era un hombre malo y cruel, y los brasileros no sabian servirse de otra arma que del oro. Pero las historias de que se hablan encontrado cartas bajo piedras cerca de su carpa y dirijidas á él son muy dudosas. Desconfio del hom- bre, pero desconfió mas de las pruebas de su traición. Sin embargo, esto bastaba para López y el general fué arres- tado. (1) plan de operaciones sobre la plaza, la dirección positiva, en fin, fué ga- lantemente encomendada por el Emperador del Brasil, al Presidente de la República Arjentina. La L'ruguayana después de algunos dias de sitio y en momentos de ser csaltada, se rindió, coqio era inevitable que sucediera, y es completamente ridicula la suposición de que Estigarribia fu6 sobornado. Como el autor tiene que referiríC á los dalos que corrían en el Paraguay sobre toJos estos sucesos, no lia podido conocer sus detalles verdaderos, lo que no es de estrañarse bajo un gobierno como el de López, y es por esta razón que sus errores respecto á operaciones son disculpables. Por mas pormenores, puede consultarse el libro del Sr. Thompson, pj ji- ñas 96 álli. ^V. del E.) (1) El Sr. Thompson con la severidad que lo caracteriza, cuenta los detalles de esta prisión, que son ciertamente interesantes y dan su colo- rido peculiar á los actos de aquel gobierno, pero él mismo ignora los ?i- gu'enles detalles: Parece qui' la causa de la prisión del Joncral í'ob'eis, fué la siguiente : — 104 — El general Barrios faé enviado para conducirlo á Humaitá, y se comportó para con su antiguo caraarada, antes su intimo amigo, con la mayor insolencia. Siendo un hombre grueso y pesado le hizo andar á pié, á la cola de su caballo, y al rayo del sol hasta llegar al embarcadero que distaba dos leguas. Al llegar á Humaitá, le pusieron grillos, le juzgaron, le conde- naron, y cuatro meses después fué fusilado. Este largo in- tervalo entre la condenación y la ejecución no debe consi- derarse como prueba de compasión y piedad ; por el contra- rio, no tenia nada de humano ; es elantiguo sistema español de tratar á los criminales. Los prisioneros eran á menudo ator- mentados para obligarles á confesar su culpabilidad, ó fre- cuentemente, para que declarándose reos, revelaran á fuerza de nuevos tormentos los nombres de sus cómplices. Por esta razón permanecían engrilladas muchas personas conde- nadas á muerte, con la esperanza de que comprometiesen á algunos de los que no hablan sido sospechados todavía. Inútil es añadir, que mucha jente inocente fué acusada de esta manera, por desgraciados, que se agarraban frenética- mente de todo pretesto con la esperanza de prolongar su vida. Robles no fué fusilado hasta el 8 de Enero de 1866. Poco después del desastre de la Uruguayana pasé tres sema- nas en Humaitá, y con motivo de alguna fiesta nacional, asistí á un hesa-manos en que el Presidente pronunció un discurso, Algunos délos gefes ú oficiales de la Lejion Paraguaya, que hacia parte del ejército argentino, escribieron á dicho Jeaeral, Las primeras cartas fueron devueltas, según creemos sin abrirlas, pero las segundas, quizá con la intención de contestarlas, las guardó en un bolsillo secreto de su carruaje. Como López tenia organizado el mas tenebroso sistema de espionaje, supo inmediatamente el hecho ; y en el acto de prenderse al Jeneral se tomó la galera, y sin vacilar, se sacaron las cartas de donde es- taban. Se dice que el e.-pia del Jeneral Robles era el Coronel Alen, que fué después jefe de Humaitá. La verdal es que si bien Ro])les reci- bió las carias, nadie sabe loque pensaba contestar; la muerte, pues no importaba otra cosa la sospecha del tirano, le sorprendió quizí inde- ciso respecto ¿la conducta que debia observar con sus compatriotas liberales. (N. M E.) — 105 — que jamás olvidaran los que lo oyeron. El Obispo, y noel Ministro de la Guerra como se acostumbraba en estas ocasio- nes, le dirijió la palabra, y después de una larga sucesión de cargados cumplimientos, le habló con reserva de la deserción y traición de Robles y Estigarribia. López le escuchó con gran impaciencia hasta el íin,ycas¡sin mencionar su reco- nocimiento por el exordio del discurso del Obispo, prorrum- pió en un torrente de injurias y amargos denuestos, y conclu- yendo con una voz mucho mas alta que de costumbre, dijo : « Trabajo por mi país, por el bien y el honor de todos, y nadie me ayuda. Me hallo solo— no tengo confianza en ninguno de los aquí presentes, — no puedo fiarme de nadie. » Enton- ces dio tres ó cuatro pasos al frente, y levantando su mano cerrada, y pálida como la de un muerto, á causa de la violenta tensión de sus músculos: — Cuidado! esclamó! Hasta aquí IIE PERDONADO LAS OFENSAS, IIE ENCONTRADO PLACER EN PER- DONAR, PERO DE AQUÍ EN ADELANTE, NO PERDONO Á NADIE !» Y la feroz espresion de su rostro redoblaba el terrible poder de su amenaza. Al salir de la habitación, toda la numerosa oGcialí- dad le saludó muy sumisamente; observé una tristeza gene- ral, porque todos los presentes sabían que el energúmeno cumplirla su palabra. Entonces estableció el sistema de castigará los parientes de todos los desertores, fueran verdaderos ó supuestos, y espar- ció pronto de una estremidad á la otra del pais, la miseria y la ruina. Centenares de personas enteramente inocentes, espe- cialmente mujeres, sufrieron en sus personas las fallas ó las desgracias desús hijos, maridos ó hermanos. Era amigo íntimo de una familia que fué una de las que se persiguieron primero, por culpa de uno de sus miembros, se- parado de ella por centenares de millas. Constaba de una viuda y varios hijos. Aquella se llamaba Doña Olivia Corbalan, espa- ñola pura de oríjen, muy orgullosa de este incidente, algo al- tanera para con los eslraños, pero festiva y alegre para con sus amigos, piadosa sin ser fanática, generosa y caritativa hasta el esceso. Como vivían jeneralmeute en su hermosa quinta poco distanto del pueblo, la señora habla incurrido en el gasto _- 106 — de hacer venir un carruaje desde Inglaterra, pero habiéndole hecho decir el austero viejo Presidente, que «solamente él y su familia podían gozar de aquel lujo, que no era para repu- blicanos,» tuvo que abandonarlo. Su hermano era el padre Corbalan, que he mencionado en el capítulo quinto, porque es una costumbre curiosa del pais, que las señoras casadas, así como las viudas conservan sus apellidos ; su marido se llamaba Garcia lo mismo que los hijos, pero ella se conservaba Corbalan como antes de casarse. Mientras vivia el marido se le llamaba Doña Olivia Corbalan de Garcia. Cuando su hermano fué arrestado, compró una gran casa en la capital, la que habia sido edificada para Mme. Lynch, que no quiso ocuparla, porque Ja incomodaban los gritos de los presos que eran atormentados en el Calabozo, situado á los fondos. Y fué precisamente su posición, lo que la recomendó á la señora, por que con solo sentarse constantemente en un balcón del fondo, podia á veces, echar á su hermano una ojea- da fujiíiva y asegurarse de que vivia todavía. Tenia cinco hijos ; Jaime el mayor era uu muchacho ocioso y relajado que vivia en el pueblo; el segundo se educaba en París ; los menores, niños alegres y delicados, que tenian respectivamente ocho, diez, y doce años, vivian con ella. Te- nia también cuatro hijas, d(»s de ellas mozas, bonitas y bien criadas. Poco después del principio de la guerra, Jaime, que tenia entonces cerca de veintidós años, fué enviado de marine- ro abordo del Tacuarí y Froilan, el segundo, al ejército. Cerca de seis meses después, una hermana de Doña Olivia que acababa de enviudar, fué arrestada por haber, según se decia, hablado irrespetuosamente de López. La conocía muy bien; era una mujer tímida y juiciosa, que estoy cierto no habría hecho semejante cosa. Fué condenada por supuesto, y colocada en un cuartujo detrás del Ministerio de Hacienda, que hacia mucho tiempo servia de perrera de Mr. Skinner. Aquella joven y delicada mujer permaneció seis semanas en ese lugar con un centinela día y noche á la puerta. Durante el año 18Gü, López estaba muy ocupado en llenar — 107 — el rio de unos íorpedos, que fabricaba un americano que le inventó la idea. Cuando este hombre murió, la obra fué conlinuada por un refujiado Polaco, llamado Mischkolfsky, que se había establecido en el pais, y se habia casado con una prima del Presidente. Solia llevar los torpedos aguas abajo en una canoa, qne remaban cuatro muchachos, y se ordenó ó. Jaime Corbalan que le ayudara en este trabajo; uno de los muchachos llamado González, era sobrino del Ministro de Agricultura. Una mañana de Setiembre de aquel año, Mischkolfsky partió como de costumbre con el torpedo. No habia ido muy lejos cuando recordó que habia olvidado algo y dijo á Jaime, que le desembarcase y lo esperase hasta que volviera. Jaime aguardó solamente á que se perdiera de vista su superior, y ordenó á los muchachos que continuasen remando; como es- taban del otro lado de las balerías, su escape fué fácil, y se entregaren á los brasileros con la canoa y el torpedo. Cuando vino el injeniero. buscó en vanóla canoa, y entonces volviendo á Humaitá, dio parte de lo que habia sucedido. Fué arrestado inmediatamente, acusado de haber sido cómplice de los desertores, cargado con grillos dobles, y rebajado luego á soldado raso (habia tenido el rango de capitán) fué mandado á la vanguardia, y muerto poco después. Cuando llegaron estas noticias ala Asunción, me conmovie- ron mucho, porque sabia que los parientes de los desertores serian severamente castigados, y casi todos ellos eran amigos míos. Dos dias después, la señora Corbalan se hallaba en po- der de la policía, todos sus bienes muebles é inmuebles fueron confiscados, y ella y sus hijas desterradas á Cuaguazú, establecimiento indio en la gran selva del mismo nombre, dis- tante ciento cincuenta millas de su feliz morada de otros tiem- pos. Fueron despojadas de cuanto poseían, hasta de los zar- cillos y joyas de las criaturas, y aun de los trajes que vestían. Les arrojaron algunos trapos para cubrir su desnudez, é hicie- ron descalzas su largo y penoso viaje. He sabido después^ que doña Olivia ha muerto, que su hija mayor está loca, y las demás criaturas desamparadas y sin un centavo. El tercer hijo ~- 108 — habia sucumbido ya en la guerra. Sus bermanos fueron envia- dos inmediatamente á la vanguardia; uno murió del cólera, el otro, muchacho anjelical y tímido, mi gran favorito, murió en el campo de batalla. Uno de mis colegas le vio llevar á la retaguardia mortalmente herido; la pobre criatura le reconoció pero nopodia hablar, y dándose vuelta al oir su voz, murió con la sonrisa del reconocimiento sobre los labios. (1) Las familias de los demás participaron de la misma suerte. La madre y las hermanas de González fueron enviadas á una guardia en el gran Chaco, estero pestífero en que solo pueden vivir la grulla y la boa, y murieron muy luego. Su lio, el ministro, un anciano de cabellos grises, fué ator- mentado en el cepo Uruguay ana, y después de haber estado largos meses encarcelado con grillos, fué enviado á pelear como soldado raso. Habían ocurrido varias deserciones antes de estos aconteci- mientos, y álos parientes de los culpables, se les permitió dis- culparse públicamente, maldiciéndolos en las columnas del Se- manario y renegando tener parentesco alguno con los deser- tores. Tengo delante varias de estas miserables publicaciones. En una de ellas, una madre maldice á su hijo; en otra un hom- bre ruega al Cielo que descargue toda su venganza sobre un hermano ; una esposa reniega y vitupera á su marido, quien por lo demás no habia desertado, sino que habia muerto prisionero en la ciudad de Corrientes. Vi á esta señora algunos dias después de la publicación de su carta y conociéndola mu- cho, me atreví á preguntarle como habia podido escribirla. — «Para salvar ámis hijos, me contestó la mujercita mas vivara- cha y alegre del mundo. Toda ella es falsa, Vd. sabe que quiero á mi marido con toda mi alma, — pero señor, qué quería Vd! (1) Hemos conocido iiilimamentc al niüo ú que se refiere el Sr. Mas- terman, era verdaderamente cerno él lo pinta ; vivió en Buenos Aires al- gunos años y durante su permanencia en los Colejíos era querido de todos. Tenía cerca de trece años cuando murió y se llamaba Marcos Gar- cía, muchos le echarán de menos y nadie mas que el traductor de este libro. (JS. del T.J — 109 — qué hiciera ? w Dudo si puede presentarse un cuadro mas horro- roso del oslado del Paraguay que la revelación que nos presenta cualquiera de dichas cartas. A pesar de esto, e! Semanario se ha recibido en Europa, como la mas franca y última palabra en la cuestión paraguaya, un diario cuyas columnas estaban llenas de patriotas cartas como las que hemos mencionado, y cuyos arliculoseran sometidos todos al criterio de López antes de im- primirse ; se han citado comunicaciones al redactor, firmadas por jornaleros ingleses en prueba de que ningún subdito británi- co deseaba salir de aquella morada de la esclavitud, y se creia encontraren sus pajinas rastros de los sentimientos del pueblo. Otra víctima, que padeció á fines del mismo año, fué el señor Acuña, hombre alto, cano y que tenia cerca de setenta y dos años de edad. Habia sido por muchos años director del Correo en la Asunción, y sus buenas y finas maneras, le hablan hecho querido de todo el mundo. Habia nacido en la ciudad deTucu- man,pero vivia hacia mucho tiempo en el Paraguay y se habia casado con una hija del país. Habia incurrido en el odio del gobierno, no sé por qué razón, á no ser que fuera porque una hija suya se habia casado con el ex-cónsul brasilero; aunque con el objeto de no ofender al gobierno no la habia hablado desde el principio de la guerra. Fué metido en la cárcel, y poco des- pués su esposa, mujer anciana, participó de la misma suerte pero no de la celda de su marido. Permanecieron siete meses presos y aislados, y salieron moribundos. Murieron ambos con un pequeño intervalo, poco después de haber sido puestos en libertad. Me alegré mucho cuando lo supe, porque después de tantos sufrimientos en una edad tan avanzada, la muerte no podría ser para ellos sino un huésped bien venido. CAPÍTULO X. La cocina nacional y sus peculiaridades— Visita á Humaitá Escenas en los hospitales. Fatigado mi espíritu con la triste narración que acabo de hacer, buscaré un refujio y un alivio en las reminiscencias de mis dias mas felices de la Asunción. — lio — Tan pronto como hube aprendido el español, fui nombrado profesor de materia médica y de química, y tuve á mi cargo una clase de cerca de cuarenta practicantes. Pero la (área era desanimadora; los estudiantes tenian muy poca memoria, nunca querían pensar por sí mismos, y jamás procuraban seguir hila- cion alguna do raciocinio. Su preocupación constante eran las recetas de sus abuelas, las que constituían siempre un obstá- culo invencible para su adelanto. Una vez que se le£ metia en la cabeza una idea falsa, nadie se la arrancaba ni podia modifi- carla. Eran como los indios de la América Central, que ha- biendo confundido invierno zovl infierno, no pudieron después dejarse persuadir por los jesuítas de que este último lugar era caliente. Poco después del bloqueo, se agotó nuestra provisión de me- dicinas, y me ocupaba principalmente en buscar remedios del país, que las reemplazasen. Hallé entre las mimosas bastantes astringentes, habia mucho carminativo, purgantes euforbiales, y estraje como pude de la cal, varias mixturas absorventes ; en vez de la quinina, dábamos el arsénico, y el calomel lo manu- facturábamos ; pero fué imposible reemplazar el opio que nece- sitábamos mas que nada. Habia plantado una cantidad de ama- polas, pero desgraciadamente todasfueron destruidas una noche por las vacas. La planta del aceite de castor crece silvestre por todo el país ; se llama en Guaraní mbaiubó, y es muy estra- ño que los paraguayos, aunque las semillas les servían de un violento y peligroso purgante, no se imajinaran, que podían hacer de ellas el aceite que compraban tan caro en Buenos Aires. Creo que no he dicho nada todavía sobre nuestro modo de vivir, ó sea loque comíamos. El pan fermentado es poco usa- do ; podía ser comprado en la Asunción, pero los hijos del país preferían el chipa, que se hace de mandioca ó almidón de ca- sava, que los ingleses conocen con el nombre de arroiv-root brasilero y de tapioca cuando está manufacturada en otra for- ma. El almidón se amasa con queso fresco, gordura, sal, agua y un poco de semillas de cilantro, y se coce en unos hornos de tierra, que tienen la forma de un enorme hormi- — 111 — güero, y que se ven detrás de todas las casas. La forma del pan es por lo general de un largo cilindro, pero cuando lo des- tinan para regalo, lo reducen á formas muy grotescas, varia- das, y muchas veces indecentes. Es blanco, abiscochado, y muy agradable al paladar cuando es fresco, pero se le puedo guardar largo tiempo. Si se le agregara un poco de ceniza de huesos, seria un alimento perfecto, un pan, tal cual se lo imaginaría un químico. El maíz es un arfículo muy común y son muy ricos los do- rados bollos que se hacen con su tosca harina. Se usan también á veces de la misma manera las semillas de la Victoria Regia, llamada allí abaH-iru¡)e ó maiz del agua. Los platos ordinarios son simples y buenos ; la vaca á la parrilla es inmejorable; y la mandioca la acompaña admirable- mente, aunque no tan bien como las papas, que digámoslo de paso, son raices apenas mas grandes, que las castañas en su pais nativo. Sin embargo, no me gustan sus mas famosos platos, si se es- ceptúa la carne con cuero, que es deliciosa. Sus pasteles y otros dulces, siempre me traían á la memoria, á pesar mió, el banquete á la moda de los antiguos, descrito en « Peregrine Pickle ». Hay un plato abominable al cual son muy aficionados y que debe haber sido muy estimado en el tiempo de Garlos II en Inglaterra, á saber, el nonato, porque Shadwell en su « Woman Gaptain » entre otras delicadezas menciona el : « Fawns out of their dams' bellies ript ». Les gustan mucho las conservas, y sus frutas azucaradas y dulce de guayaba, son escelentes. Emplean una cantidad escesiva de gordura en sus diferentes platos, y no me halagaba mucho ver á la cocinera derretir una vela para freir costillas ; pero es preciso tener presente, que la vela se hacia de grasa fresca. La grasa sirve también de poma- da. Durante las fiestas he visto muchas veces á una peineta do- rada (1) sentarse en el umbral de su casa aprovechando el último rayo del moribundo sol, para hacer su tocado, con un (1) Véase Thompson pag. 54. — 112 — espejo apoyado en una pierna, un poine en una mano, y debo decirlo, con una vela en la otra, que pasaba alternaliva- menfe por sus largos y abundantes cabellos antes de trenzar- los y de enarbolar su rodete negro como el ala del cuervo ; tenia á sa lado en el mismo umbral, la rosa, los macisos zarci- llos, y el peine de oro. Me entretenía en cojer al vuelo la viva ojeada, que me lanzaba la picaruela desde su espejo cuando pasaba. Una rosa posada detrás do la oreja izquierda, á la cual he visto muchas veces pegar dos ó tres luciérnagas, formaba un artículo indispensable de su toilette. Las paraguayas son amables y sencillas, y tan apasionadas á las flores, que no era posible conservar un ramo intacto, ni por algunos minutos. Si se tenia alguno sobre la mesa y llega- ban visitas, era indispensable ofrecerlas algunas flores, las que siempre debian ser aceptadas; y si se salia de una casa con un ramillete, y se hacia otra visita, era preciso perderlo ó a lo menos cambiarlo por otro. Guando eran estraordinaria- mente bellas, entonces el regalo pasaba de ser un mero cum- plimiento. Un dia me regaló unas hermosísimas cam.elias, una señorita, á quien vi después esposa, madre y viuda en me- nos de un año, y no queriendo perderlas las até á mi silla an- tes de hacer mi segunda visita. Sin embargo, al despedirme de doña Juanita, descubrió desgraciadamente mi tesoro, y después de muchas disculpas por mi descuido, la rogué me hiciera el favor de aceptarlas. Las admiró mucho, me preguntó con aire de indiferencia quien me las habia dado, y en seguida, se despidió de mí con la cara mas risueña del mun- do. Me fui, pero echando de menos un guante volví, y entrando en la casa de improviso, encontré á mi risueña amiga, destro- zando el ramo, haciendo pedazitoslas camelias y pisoteándolas conunaespresionde fisonomía, que no tenianadade angélico. Tenia en mi poder un aparato fotográfico, y deseando sa- car algunos retratos de los indios payaguás, pedí al cacique que solia venderme plumas de avestruz, mates etc., permiso para sacar el suyo, pero me contestó; — que él no quería hacer sacar su fea cara para que se rieran de él los blancos, — y se mandó mudar ofendido. No queriendo darme por vencido ' - 113 - recurrí al capitán Meza, que era entonces capitán del Puerto y le pregunté si tendría la bondad de mandarme dos ó tres de clips. La idea de hacer retratar á los indios le pareció muy graciosa, y me prometió enviarme cuantos quisiera. La ma- ñana siguiente mandó unos cuantos soldados al Gliaco c hizo venir toda la tribu, hombres, mujeres y niños, y para estar seguro de que no se escaparan, montó á caballo y poniéndose á su cabeza los condujo él mismo. Saqué los retratos con suma facilidad ; porque se quedaban tan inmóviles como si fuesen tallados en madera, y tenian un miedo exajerado á la cámara. Entre ellos se hallaba una vieja horrorosa, que tenia, según se decia, mas de cien años de edad; su cara era apenas , humana, sus cabellos grises y blancos le llegaban hasta la cintura, y sus miembros eran mar- chitos y descarnados. No he visto jamás objeto alguno tan espantoso, como me pareció aquella vieja vista patas arriba en el foco del vidrio. Guando acabé, les di dos botellas de rom, io que ocasionó una pelea jeneral, y temo que la vieja, á quien" entregué una de las botellas, bebió demasiado antes de soltarla, porque mientras peleaban los otros entre si por lo que quedaba, ella me besaba locamente las manos, y luego con profundo horror y confusión mia, echó á un lado su frasada, y se puso á jirar y bailar frenéticamente al rededor de la cámara oscura, abso- lutamente desnuda. Poco después de capitular Estigarribia, bajé hasta Humaitá, para inspeccionar el hospital y boticas de campaña, pero no encontré en ninguna parte aquellas formidables baterías que la han hecho tan famosa. Es un tristísimo paraje, llano y pantanoso ; el terreno consiste en un arcilla porosa, de manera que un aguacero lo convierte en una laguna. Se cstienden en todas direcciones funestos esteros atravesados por angostos y malísimos caminos. Se levantaban un poco sobre el nivel jeneral unos campos descuidados, un monte de naranjos ralos y viejos y un pobre ranchito; ninguna otra cosa se vcia entre el bajo parapeto y la línea azulada de las montañas, que se — 114 — destacaban en el lejano horizonte. Dentro de las defensas y las obras, se hallaban una sucesión de cuarteles, galpones he- chos de adobe con techos de caña, una casa de ladrillo de un piso, en una de cuyas estremidades residía el Presidente, y el Obispo en la otra, con madame Lynch en el medio á igual distancia de ambos, y unas cuadras de cuartos con techos de teja, para los oficiales. La iglesia era una buena muestra de la arquitectura paraguaya, pomposamente pintada por afuera y adornada por adentro con una doble hilera de santos de madera, de tamaño natural. La torre habia sido tan mal edificada, que no se atrevieron á servirse del campanario, y fué necesario colgar las campanas en una viga fuera de la iglesia. Una lengüita de tierra cubierta de árboles ocul- taba las baterías, que no podían verse por consiguiente desde las líneas, y á nadie, si se esceptúa á las personas ocupadas en el servicio, se le permitía acercárseles. Eran en jenoral terraplenes, pero habia una casamata de ladrillo, llamada la Balería Londres ; contaban entonces con cerca de 200 piezas, que eran principalmente de á 32. Por el costado de tierra, la defensa consistía en un solo parapeto y un foso con ángulos reentrantes dominados por piezas de campaña colocadas á barbeta y bastiones á grandes intervalos, protyjido cada uno por cuatro piezas de grueso calibre. Pero cuando Mr. Gould, cliargé d'affaires de S. M. B. la visitó en Setiembre de 1867, las defensas habían sido muy aumentadas y era una plaza muy formidable. Él nos dá el siguiente informe: « Las baterías de Humaitá, del lado del rio, presentan en la actualidad, solo cuarenta y seis piezas, á saber : una de á 80, 4 de á 68, 8 de á 32, las demás de diferentes calibres. La batería de Gurupaytí, en dirección del rio cuenta con treinta de á 32, (esta era una obra avanzada al Sud Oeste de Hu- maitá). , « El centro está defendido por cerca de cien cañones. En la izquierda se hallan 117 piezas, de las que cuatro son de 68, una rayada Whitworth de á 40 (sacada del encorazado — H5 - brasilero después del combate del Riachuelo) un mortero de á 32 y muchas piezas rayadas de á 12. (1) « Por el lado de tierra, Ilumaitá está protejida por tres lí- neas de terraplenes, cuyo interior está armado con ochenta y siete piezas. El número total sobre la izquierda, es de 204 cañones. La suma total es, por consiguiente, de 380 piezas. » Los hospitales se hallaban muy distantes de los cuarteles, y á retaguardia de las baterías, de manera que era imposible que no sufrieran una buena paile del fuego, que iba á rom- perse sobre ellas , como sucedió en efecto ; ocurrían fre- cuentemente accidentes en las salas, y en una ocasión, una sola bala mató á trece personas, que estaban acostadas en sus camas. Vi por primera vez en los esteros que rodean tres costados de la fortaleza, la rana tonelero. El canto de este animal es muy singular, y sumamente parecido al sonido que se hace cuan- do se machaca una hoja delgada de fierro. Los batracianos de los trópicos son tan ruidosos como feos, y la manera de es- presar sus sentimientos es muy curiosa. Me he detenido muchas veces en los esteros para escuchar el coro de su canto. Uno dá la clave, con tonos fuertes y solemnes, y entonces cen- tenares toman parte en el concierto, hasta que la tierra misma parece vibrar con el bajo profundo gutural de aquel coro panta- noso. Hacían una pausa de algunos minutos y entonces alguna Lablache, vestida con chaleco amarillo, lanzaba refunfuñando un solo tremendo y el coro doblaba y redoblaba las notas que había recojido, hasta ensordecer al oyente. Por la tarde, después de una tormenta, hora en que las ranas son mas ruidosas, los esteros se iluminan con las luciérnagas, [lam- (1) Los cañones que los paraguayos sacaron de la « Jequitinhonlia » eran piezas comunes. El único cañón Wliitwortli que tuvieron fué lo- mado á los brasileros en el ataque llevado á Tuyuty el 3 de Noviembre de 1867. Véase la curiosa relación de este incidente en la obra de Thom- son, píij. 251 (N. del E.) — 116 — paris occidentaUs), que despiden una luz amarillenta inter- mitente y de notable brillantez; y como no se veian nunca, sino sobre terrenos pantanosos, el ruido y la luz servían de faroles y boyas, y me indicaban á menudo los lugares peli- grosos cuando volvia de noche á mi domicilio. Es en estas silenciosas y húmedas tardes, en que la atmós- fera está casi saturada de humedad, cuando su actividad y brillantez son mas espléndidas. Sin embargo, la lucierna, (pyrophonts luminosus) que despide una luz verde y constante, que puede aumentar y apagar casi á su antojo, es muy supe- rior como lumbrera á la luciérnaga común. Siento no haber examinado este fenómeno mas escrupulosamente. Sometidos ala prueba del microscopio, los iluminadores presentan la apariencia de glándulas conglomeradas, ó de un número de sacos en forma de peras, atravesados por enormes traqueas con varias ramificaciones. Casi diria, que la cantidad de luz es regulada por la admisión graduada del aire que pasa por estos tubos; no es indudablemente un fenómeno vital, porque me he cerciorado que continuaba presentándose largo tiempo des- pués de la nmertC; y aun después de la separación del órgano. Hay otro insecto que produce una luz todavía mas bella, á saber, la larva de un escarabajo, gusano gris y feo de dia, pero que de noche se convierte en un brazalete digno de la misma Titania, cadena doblo de esmeraldas vivas, teniendo por broche un enorme rubí. Pero volvamos á la fortaleza ; habia pensado quedarme una semana, pero fui. detenido tres, y poruña razón tan absurda, que no puedo recordarla sin reírme. El Presidente López habia encargado á Paris ana caja de vistas parecidas á las que se vén en las ferias en Inglaterra,pero en escala mayor, y una hnterna májica. Llegaron sin averias poco antes de la clausura de los ríos, pero desgraciadamente se estravió la dirección del modo de usarlas, asi es que su excelencia ordenó al Capitán [ahora Teniente Coronel] Thomp- son yá mí, las colocáramos y las pusiéramos en exhibición. No nos gustaba mucho semejante tarea, pero le obedecimos. — U7 — Cuando todo estaba listo para la exhibición, López acompa- ñado del obispo y de tres ó cuatro generales, recorrió toda la esposicion al son de una música guerrera, y seguido por nos- otros que hacíamos de cicerones. Tuvimos mucha dificultad para contener la risa : hasta tal punto eran absurdos el encanto pueril y las ideas falsas de nuestro rollizo patrón, mientras se paraba en las puntas de los pies para contemplar en los vi- drios « la Babia de Ñapóles á la luz de la luna » 6 un « Ghas- seur d'A frique combatiendo diez árabes á la vez. » La hnterna májica era más risible todavía; se cerraba con una cortina la estremidad de un zaguán que unia dos patios^ y la otra con un biombo ; la máquina se colocaba en este, y las sillas, para el famoso y su séquito, se colocaban en semi- círculo, mientras que los soldados, para cuyo entreteni- miento, según se decia, estaba princij)almente destinada la esposicion, tenian que contentarse con quedarse parados afuera. Muchos de los cuadros representaban vistas de batallas to- madas en la última guerra franco-italiana, pero nosotros nos tomamos la libertad de bautizar de nuevo á algunas, como por ejemplo : « Batalla de Copenhagen, entre los Persas y los Ho- landeses )) — Ah ! qué horroroso combate fué aquel, decia López al obispo haciéndose el entendido. — «El campo deTrafalgar después de la batalla ; los Mamelukos llevando los heri- dos. ))— -« ¡ Qué humanidad cristiana. Excelentísimo Señor ! » murmuró el obispo. Seguimos con la farsa. «Toma del Jun- fraú en la carga final de Magenta, w dijo Thompson con voz poco segura, dándome al mismo tiempo un pequeño golpe sobre la canilla por debajo de la mesa, y « la muerte del general Ordenes,en el momento de la victoria » fué el título del siguiente cuadro, que sonaba pomposamente en español, y con el que concluía la serie de vistas. Sucedieron á estas ios cuadros cómicos, y con motivo de ellos el obispo casi nos perdió. El biombo reflejaba luz suficiente para poder verle distintamente; sus sacudimientos, cuando trataba de contenerla risa metién- dose el pañuelo en la boca, eran irresistiblemente compromete- dores. No se atrevía á soltar la carcajada, pero no pudiéndose contener, casi murió de convulsiones, sobre todo al ver una - 118 — de las vistas en que ia nariz de un enano llegaba á tomar gradualmente dimensiones colosales. (1) La diversión hubiera sido famosa para una noche, pero ha- blamos trabajado tan bien, que fué necesario continuar con este pasatiempo hasta nueva orden, y la cosa no era broma; sin embargo me enfermé pocos dias después, y se me permitió que volviera á la capital. Me quedé en cama durante una semana después de mi llega- da. Mientras estaba todavía enfermo, murió repentinamente, con muchas sospechas de haber sido envenenado, Mr. Atherton, comerciante ingles, que habla sido escandalosamente injuriado por López, después de haberle robado una fuerte suma de di- nero, con el protesto de que habia tenido negocios con D. Gar- los Saguier, desertor paraguayo. (2) M. Cochelct, cónsul francés, procedió enérjicamente en este caso, como lo habia hecho antes en favor de algunos jorna- leros del arsenal, incurriendo por esta causa en el odio eterno de López. Este caballero merece la mas ardiente gratitud de los ingleses en el Paraguay, por el celo desinteresado y por la actividad que demostraba, siempre que su posición oficial le permitía serles útil. Su majestad no tiene cónsul en aquel pais. Poco antes de esto, murió Mr. Whytehead injeniero en gefe, ocasionando un profundo pesar á sus amigos y una seria pérdida á los paraguayos. Era un hombre de estraordinaria capacidad, y habia levantado el arsenal hasta ponerlo en pié de prestar notables servicios. Guando volvía la Asunción, se habían enviado muchísimos heridos al hospital. Esos infelices estaban colocados de á dos en cada cama, muchos en el suelo de las salas, y algunos cen- [1] Por este tiempo López no permitía á radie que dijera chistes en su presencia, ñique se riera; pues ambas cosas constituiaQ un desacato á su persona. Véase Tliompson, rmabaca la Ccncord a y el general Paunero estaba en Corrientes con unos dos mil b.ombresde li- nea, reuniendo las miliciai, correnlinas. Endjarcámlose con estos dos mil hombres fué á Corrientes donde desembarcó de 600 á 700, tomando la ciudad después de un reñido c •mbate, y reembarcándose en seguida, por- que sus pequcfas fuerzas no eran capaces, ni lleva]:an la inteu ion de batirse con todo el ejército de Robles, fuerte de 25,000 hombres. Los aliadi'S no estuvieron rt.uni 'os sobre el Pa^o déla Patria basta Enero de i86' ; los paraguayos Iiubian e-acuado á Corrientes con mucha anticipación, porque en el acto en que López súpola rendición de Esli- garribia ordenó la retiraila — mal juidieron pues ser cortados por el ejér- cito — fué l.i escuadra brasilera quien debió impedir el pasaje del rio, p;ra dar tiempo á que el ejército aliado avnn/.ára sobre ellos. Los aliados no estuvieron listos para el pasaje bastí ALtíI. Los com- batc3 de Uapirú y las chalas on los encoraza los duraron tres semanas y 9 — 130 — pifal, bajaron hasta Paso Pucú para presentársela, y su suerte debe haber alentado niucho á los demás. Dos de ellos fueron fusilados por falla de patriotismo una semana después de su llegada, uno quedó preso y engrillado, otro murió del cólera, y solo dos volvieron. Los aliados estaban tan desanimados después del rechazo de Gurupaity, que limitaron sus operaciones á un bloqueo rí- jido del rio y á un débil y mal dirijido fuego de los encoraza- dos, hasta el 15 de Agosto de 1867, época en que diez moni- no tres meses ; lo que no es por cierto poco, vista la diferencia de fuerzas El ataque de la isla, no es tampoco fielmente relatado ; la sorpresa se realizó en la noche, los encorazados rodearon la isla, y la matanza de paraguayos fuó horrible, pero cuando el sol salió, su luz solo sirvió para iluminar el horrendo estrago de la metralla, y la fuga de los heridos en sus canoas. Es un error decir que esta operación pudo tener conse- cuencias serias para los aliados ; la toma de la isla, no liabria modi- ílcado en nada las cosas ; fué una de las tantas calaveradas sangrien- tas del tirano López, que no tuvo otra idea que apoderarse de la batería, sin saber por qué ni para qué, como puede verse en Thompson y en las declaraciones deResquin. Los aliados invadieron al Paraguay el 16 de Abril, y esta operación fué una de las mas hábiles y íeüces de la campaña, pues desbarató todos los planes defensivos de López (véanse las declaraciones de Resquin). Los aliados no acamparon inmediatamente en Tuyuti, ó frente al Rellaco, pues este punto estaba aun distante. La primera operación practicada en el territorio enemigo fué contra el campo atrincherado de López en el Paso de la Patria, que este abandonó ; posesionados de él los aliados continuaron su marcha hacia Humaitá, y mientras se llevaba á cabo este movimiento tuvo lugar «el 2 de Mayo» la sorpresa traida por los paragua- yos al campo del general Floros, y su derrota inmediata. El ejército con- tinuó adelantando y recien el 20 de Mayo llegó á Tuyuty, así pues no era posible que existieran el 24, las grandes defensas que el autor supone ; apenas sí habia algunas tijeras trincheras levantadas al acampar. Por consiguiente, los paraguayos no pudieron apoderarse de lo que no existia. La circunslancia de hallarse todo el ejército aliado, formado y listo para un reconocimiento, fué fatal para les paraguayos que perdieron en este día mas de i3,000 hombres. El cargo liecho á los oficiales paraguayos es injusto, estos morían con igual fanatismo que sus estraviados sol- dados. A pesar de esta derrota, las líneas de Tuyuty, que son his mas fuertes - 131 — lores pasaron las balcrias y echaron anclas una milla mas aba- jo do Humaitá, que no se atrevieron á pasar hasta después do descansar y recapacitar seis meses, como do costumbre . En el mes de Agosto del mismo año, un norte-americano llamado Manlovc, que habia sido hacia poco sárjenlo mayor de la caballería Confederada, so presentó de voluntario {\ López; que sostuvo López en esta campaña, eran defcnJiblcs con ventaja, si no impenetrables ; la única operación ventajosa y (pie nos liabria quizá dado un triunfo inmediato, habría sido la marcha de ílauLO liáciaTuyu-cuó, que se llevó á cabo en 1867; pero en ese tiempo no tenia mas partidario que el general en gefe, 'y además el ejército carecía de los suficien- tes medios de movilidad para apartarte de su base de operaciones ; en la batalla del 24, no tuvieron los aliados ni iOOO soldados de caballería montados. La conferencia de Yatayti-Corá no fué entre los brasileros y López, sino entre este y el general Mitre; el general Flores (oiiental) asistió por un momento, pero se retiró á causa de una disputa que tuvo con López por recriminaciones que ambos se dirijieron ; el general brasilero no asistió. López salió de ella furioso, porque el general Mitre le noti- ficó, que no trataría sino sobre las bases de la alianza, y protestó enérji- camente contra la insinuación de tratar' por separado, así pues no tuvo necesidad de mandar al otro dia la respuesta ridicula á que el autor se refiere ; esa respuesta fué dada á M. Gould ea 1867, después de haber con- seguido arreglar con los aliados los priliminares de un tratado, sobre bases aceptadas de antemano por el mismo Tirano. El desastre de Curupayty, no puede compararse con el del 24 de Mayo — Los aliados perdieron cerca de 5,000 hombres, mientras López perdió 14,000. La retirada se hizo en el orden mas completo ; y las tropas de López no se atrevieron ^ salir ni una pisada fuera de sus baterías. El espíritu del cuerpo de ejército que hizo este ataque era tal, que si le hu- bieran mandado avanzar nuevamente, lo habría hecho con lanta gallardía como la primera vez. Además, solo entró en combate la mitad de su fuerza. Las causas de este desastre se hallan estensamcnte consignadas en las notas á la páj. 196 y síg. del libro del Señor Thompson. El general Caxias no vino al teatro de la guerra hasta después de Cu- rupaíty y la primera ascensión del famoso globo tuvo lugar en Junio de 1867— un año después de aquel desastre. La lejion paraguaya, que acompañaba al ejército arjentino, se formó en Buenos Aires voluntariamente por los emigrados paraguayos, y sí cuando estaba en el ejército fué engrosada por algunos prisioneros, estos se alistarían en ella por su voluntad, pues la mayor parle de ellos venia .- 132 — {¡ero fué recibido m)iy friamenlc, porque su rcpulacion le ha- bía precedido. Parece que López (cnia amiíjos en el campa- ip.enlo de los aliados, porque se le enviaban diarios regular- mente, y un peri(3dico hablaba del mayor Manlove como de un excelente tirador al servicio arjenlino, que iba rifle en mano á malar á los oliciales paraguayos. Sin embargo, sometió á López un injenioso proyecto^ el cual si lo hubiera adoptado, podría aun entonces haber cambiado matürialmcnte el aspec- to de la guerra . Solicitó una patente de corso para hacer la guerra á los aliados, y sobre iodo á su comercio, con buques equipados en los Estados Unidos. No pidió dinero, ó solo exigió el suficiente para sufragar los gastos del viaje hasta su pais por la vía de Bolivia y Panamá, y uno ó dos oficiales que le acom- pañasen como jefes subordinados. Declaraba que tenia dos monitores listos, y que partirían tan pronto como recibieran patente para distinguirse de los piratas. López, sin embargo, no quiso fiarse de él; le tomó por es- pía, le tuvo preso largo tiempo, después fué puesto en li- bertad y mandado á la capital en donde percibió sueldo del go- bierno por algunos meses; pero en 1868 fué arrestado ce nue- vo, y murió ó fué fusilado á fines de aquel año. Uno de los rasgos caracteríslicos de López, y que apresuró materialmente, sino ocasionó su caída, fué una desconfianza general de todos los que lo rodeaban, aun de aquellos cuyos propios intereses los ligaban íntimamente á su política. Si á Buenos Aires, ó iba á Montevideo ó Rio de Janeiro. Es liasta ridiculo proponerse contestar al cargo de los fusilamientos. Jamás se pasó al ene- migo un cuerpo de 700 paraguayos porque nunca existió. Lo que liacia imposible los tratados después de Curupayty, no era el amor propio brasilero, sino lo que siempre habia obstado á la paz,— la presencia de López. — Los bochospoiteriores lian demostrado la previsión de los autore.5 del tan criticado tratado do alianza. Aiemis si liabia amor propio brasilero debía baberlo arjentino, puesto que sus tropas con- currieron al ataque en iguales proporciones. Estas tijeras observaciones demuestran la atmósfera de miedo, de mis- terio y de mentira en ([ue se vivia en el Paraguay— y hace mas relevan- te el mérito de la Historia de la Guerra, publicada por el Sr. Tliompson. — 133 - an(cs de empezarla guerra hubioso declarado francamente al injenicro en jefe Mr. Wliylehead y al cirujano mayor Síewnrd, lo que habia de suceder, y pedidoíes su opinión, estoy seguro de que liubiera recibido excelentes y valiosos consejos; el país fuertemente atrincherado por la naturaleza, se hubiera vucKo inespugnable merced á los conocimientos y á los infinitos re- cursos de Mr. Whyíehead, Fobrc lodo, conlra un enemigo (an despreciable como el Brasil; y la terrible morfandad que casi destriijó su ejérci(o antes de entrar en campaña, se habria evi- tado sise hubieran consulíado los médicos y adoptado sus con- sejos. Pero «los Dioses ciegan á los que quieren perder» y el casü- go desús crímenes parecía sa sombra; y con todo esto, nunca dejaba escapar la oportunidad de dar un golpe de mano, y con el apoyo de los artesanos ingleses, que estos le prestaban gus- tosos, sacó el mejor partido que pudo de sjs limitados recur- sos . Una de las mas antiguas defensas de Humaitá, consistía en una cadena tendida de una márjen del rio á la otra, por Don Garlos López; cuando se rompieron las hostilidades, se anadie • ron dos mas, y las tres eran sostenidas por lanchas y estiradas por medio de cabrestantes colocados en la costa. Estas lan- chas servían también de prisiones flotantes, y adentro de una de ellas se hallaba encarcelado el padre Corbalan. Se añadieron también estacadas ; pero estas no dieron el resultado que so esperaba, por la necesi dad de pescarlas cuando el rio estaba crecido. Fueron sumerjidos un gran número de torpedos, de los que algunos tenían enormes dimensiones ; pero la mayor parte voló á causa de his maderas que venían aguas abajo cuan- do el rio estaba crecido, ó de los caimanes que trataban de sa- tisfacer su curiosidad . Guando la guerra estalló, las piezas mas fuertes que tenían los paraguayos eran cañones li^os de á 68, pero los artesanos ingleses construyeron en el arsenal algunas excelentes pie- zas rayadas, sobre todo, dos Whitworth de 150, que fundie* ron con las campanas tic las iglesias. Los brasileroá les luminiütrabun las balas ; pero á pesar do estOi sd futidicron — 134 — para hacer proyectiles varias máquinas, cuyo valor ascen- día á millares de libras. Se hizo también un esfuerzo para convertir el Igurey en encorazado, con rails do ferro-carril, pero el casco no era bas- tante fuerte para aguantar la armadura . CAPÍTULO XII Arresto del Dr. Rhind y del cirujano Fox. — Mi encarcelamiento. Entretanto continuamos nuestras tareas como de costumbre. El hospital estaba siempre escesivaniente lleno á pesar de la terrible mortantad, que no nos era posible contener, aunque trabajábamos dia y noche con este fin. Mi salud sufria por el escesivo trabajo físico y mental, y en varias ocasiones tuve que quedarme en cama durante algunos días seguidos, por es- tar completamente rendido. Ademas de los deberes de mi profesión, me había encargado no hacia mucho tiempo de las mujeres inglesas, esposas de los artesanos, y de sus hijos. Su- frían mucho por el subido precio y la escasez de los alimentos, y muchas se hallaban seriamente enfermas. Estábamos á principios de Octubre, y no nos causaba poca ansiedad el efecto probable que tendrían los calores sobre les enfennos de aquellas pestíferas salas ; ni senos pasaba por la imajinacion que pronto nos veríamos obligados á abandonar- los á su propia suerte. El 6 de este mes había hecho un cor- to paseo á caballo, placer á que entonces me entregaba raras veces, y ámi vuelta encontré al Dr. Rhind bajo la presión de una gran ansiedad. So había recibido un gran telegrama de Paso Pacú ordenando á él y al Dr. Fox que visítase á la señora Presidenta. La orden acababa de llegar, y el Dr. Rhind fué inmediatamente en busca de su colega, pero no pudo encon- trarle hasta las ocho y media. Inmediatamente se presenta- ron á las puertas del Palacio ; pero la vieja estaba muy mal humorada y no quiso recibirles. A la mañana siguiente se — 135 — presentaron de nuevo, pero con el mismo resultado que an- tes. Poco después vino una nota del cirujano mayor Stewart, escriía por orden del Presidente, mandándoles que declarasen terminantemente las razones por qué se ausentaban de sus puestos, y qué liabian hecho en la tarde anterior. Cumplieron la urden , pero la respuesta del Dr. Fox, fué considerada tan poco satisfactoria, que envió órdenes al mayor de plaza Gómez para que los arrestase. El pobre Rhind, que era tisíco, estaba entonces muy enfermo y débil, vino á verme muy aflijido, y me dijo que el mayor lo hahia mandado llamar, y añadió : «estoy cierto que me van á encarcelar. No podré resistir la prisión ; estoy seguro que no saldré vivo. » Procuré darle ánimo, pero no lo conseguí porque estaba tan agitado como él y me imaginábalo peor. Trabajé todo el dia como de costumbre, pero mis pensa- mientos estaban en mi amigo ausente. Por la tarde su ayu- dante vino á decirme que estaba preso, y que yo debia tomar á mi cargo el Hospital General, que entonces contenia ocho- cientos heridos. Quedó encargado de los hospitales del Es- tanco y de San Francisco el teniente Ortellado, antiguo practicante del país, que sabia tanto de cirujía como el hom- bre de la luna. Incluyendo los inválidos había en todo mil quinientos he- ridos confiados á nosotros dos y á unos cuantos practicantes ó estudiantes de medicina. En la mañana siguiente recibí un billete abierto de Dr. Fox, rogándome que fuera á verle y le llevara sus llaves. Fui inmediatamente, vi al mayor de plaza, queme dijo bruscamente: están incomunicados. Le rogué pro- curase obtener una escepcion en mi favor y me prometió ha- cerlo. El Dr. Rhind habia llevado accidentalmente consigo un escalpelo mió, de que necesitaba para la disección ; me serví de este pretesto para mandarle por conducto del Minis- tro de Guerra una carta, por supuesto abierta y en español, pidiéndoselo, pero en realidad para asegurarle que lo enviaría — 136 - cuanto iiecesilaso y que haría cuanto fuese posible para aevle úti!. Pasaron quince dias ; trabajaba liíoralmcnle dia y noche, porque abrigaba el pensamiento que había de seguir pronto á mis cülcijaS; y me afanaba porque quedase lo menos posible que hacer. Ejecuté pues en aquel iiempo mas operaciones serias, que las que jauíás esperé tener la buena fortana de practicar en toda mi vida. Aíbrtunadamente estas ocupaciones distrajeron mi atención, porque cuando reflexionaba en las des- gracias que me rodeaban y pensaba hasta qué punto habrían sido mitigadas sin el arresto de mi ami^^o, apenas jiodia contener mi indiiínacion, cuya manifestación hubiera sido tan [leligrosa para él como para mí. Sin embargo, siem- pre pensaba en mi poljre uliin;'i y en las miserias que debia sufrir. En !a mañana del 52, Mr. Laurent Gochelet, cónsul francés, me envió un paquete de cartas, que había sido introducido por las líneas hasta el Paso Pucú, por el cliargcd'affaircs y que él había llevado consigo hasta la Asunción. Dos de ellas eran para mí, y las demás para el Dr. Rhind. Recibí con gran placer las mías, porqp.e había pasa !o dos años sin tener noticias de mi pais, y me regocijaba también imajináuílome el entreteni- miento y satisfacción qno tendría el doctor, sí pudiera recibir las suyas. Me puso, pues la espada, y fui inmedíalaraente á la mayoría. El ayudante me dijo, que el gran liombrc estaba ocupado. Permanecí dos horas al sol, esperando verle ; eslai)a muy contrariado por la pérdida de momentos tan preciosos, y supe por fin, que el individuo se ocupaba solamente en pre- senciar el juego do la sortija. Estaba seniado con el gefe de policía y otro oficial, cuando me aproximé a él, y le pregunté sí no habia recibido ya la respuesta á mi solicitud pidiendo permiso para visitar á mí amigo. «No, dijo; ¿porqué está Vd. tan ansioso de verlo? » « Porque me dicen que está en- fermo, y él, según sé, desea mucho verme. » Continué dicién- dolé que habia recibido por conducto del cónsul francés algu- nas cartas^ que lo enviaba su familia, y que deseaba mucho entregárselos pergonaUriQnlo, E.ftaba seguro quo el no %^ M's - -^'^y-rX-V - 137 - entregaba yo mismo no las recibí ria. «. Déme á mi esas carias, me dijo el mayor con mucha brutalidad. » « Señor, le dije tranquilamente, no pncilo hacerlo ; las carias son privadas. » a Terriho (vote), me dijo enojadísimo, y no vuelvas á moles- tarme. » Le contestó que era el último favor (jue le pe lia, y me retiró. Pero no me imnjiné del lodo lo peligroso de mi situación, Por la tardo tomó mi caballo y fui al consulado francés para contar á Mr. Cochelet lo sucedido ; es'aba comiendo, y hacién- dole saber que volverla mas larde, pasó adelante con el ob- jeto de visiíar á un amigo del pais. Un oíieial me alc'^nzó en el camino, y me dijo con mucha urbanidad que el mayor do p!aza quería verme, y que podía llevar las cartas. Fui inme- diatamente, creyendo que había venido el pcrmi>o para visitar al t)r. Hhind, pero muy luego supe que me engañaba miserable" mente. Tan pronto, como Gómez me vio, gritó : « Le declaro preso.» «En verdad? lo dijo serenamente, ¿y por qué? ¿y hasta cuando? » « Eso lo sabrá Vd. mañma. ¿Tiene Vd. las cartas?» Contesté afirmatívamento, a Tenga cuidado do ellas » Llegó á la puerta una compañía con bayonetas armadas, y me bicicron marchar para el cuerpo do gur.rilia, atraves del patio, y después por un angosto zaguán hasta llegar á una celda en cuyo suelo se hallaba una vela encendí ¡a. Entonces com- prendí mi posición cu lodo su horror. Estaba preso. Me senté sobro el caire y pedí al oficial que me condujo, un cigarro; me lo dio. Lo dijo f[uo tenia hambre, porque no había comido, y me prometió mandarme alimentos. Entonces examinó el calabozo en cuanto me lo permitía la Ijz ; tenia cerca de doce pies vde largo y ocho do ancho ; las pa- redes e.staban hechas de adobo ; desde una pesada columna en la pared partían dos arcos, encima de los cuales y á una gran altura, se hallaba el techo que consistía en palmas, tierra, y baldozas. El piso era barroso, lleno i\'¿ agujeros, frío y hú- medo. Tenia por muebles un caire y una silla. No había cerrado los ojoe la nocho anterior por babor estado ocupado (in hacer una oparadon tiuirórglija muy complicada, y cuando — 138 -« acabé de cenar me eché vestido sobre la ruda cama, y pronto me dormí profundamente. Me despertó en la madrugada siguiente, á las cuatro, la banda que tocaba la diana á labora de costumbre. Me quedó despierto en cama varias horas : podia oir que llovia fuerte- mente afuera, pero no apercibía la luz del dia. En efecto, descubrí muy pronto que la prisión en que me hallaba estaba situada de tal manera, que no entraba la luz sino cuando el tiempo era muy hermoso. El poríon estaba abierto de par en par ; pero como no daba sino sobre un largo y arqueado pa- saje que unia los dos patios del colegio (porque me hallaba dentro del antiguo colegio de los jesuítas) toda la luz que podia tener era la que reflejaba la pared. El cuarto habia tenido antes una ventana, pero esta estaba ya cuidadosamente tapada; quedaba sin embargo un poyo, que me sirvió muy bien para estante. Cerca de las diez entró un sárjenlo, y me dijo que le siguie- ra. Obedecí sus órdenes, y me llevaron cá un pequeño cuarto al frente del edificio. Me encontré con el capitán Silva, un alférez, un sarjento, y un señor Ortellado, notario público. Este último después de tomarme el juramento sobre la espada, me interrogó muy fastidiosamente durante varias horas. Me leye- ron preguntas escritas y apuntaron mis respuestas en pliegos sueltos, que ponian en lim¡)io sobre papel sellado. Me hicie- ron primero un gran número de interrogaciones de forma,acerca de mi nombre, edad, nacimiento, religión y otras cosas aná- logas y luego me preguntaron si sabia la razón por que estaba arrestado — No. — ¿No sabia que el obedecer era el primer de- ber del soldado? — Sí, por cierto, pero yo no era soldado, mi rango era honorífico. — ¿ Era yo empleado de la República? Si, pero no tenia contrato ; y mi puesto era civil — ¿ No sabia que era prohibida por la ley la entrega de cartas que no habían pasado por el Correo? No, jamas habia visto, nioido hablar de semejante ley, pero á pesar de esto la habia quebrantado aun, puesto que no habi^ entregado las cartas. Las enviarla á su des- tino, si me lo permitían, pagando el franqueo — Me preguntaron entonces, si tenia las cartas, y me ordenaron que las entregase. — 139 — Objeté, poniendo en duda su derecho para quitárrxielas, puesto que no me habían manifestado por autoridad de quien obra- ban. El capitán Silva ordenó al sárjenlo que pusiese un par do grillos sobre la mesa. Comprendiendo lo que esto signifi- caba, entregué las cartas, porque como es de suponer, la resistencia era imposible. Entonces me interrogaron muy minuciosamente acerca de mi correspondencia privada, la gente á quien escribía, donde vivian, y muchas cosas por el estilo. — ¿Por qué rehusé obedecer las órdenes del mayor de plaza?— Porque pensaba que no tenia derecho para quitarme cartas privadas, les respondí, y porque, si lo hubiera hecho, no se las habria entregado al dueño; puesto que habia to- mado ya una carta mia prometiéndome terminantemente en- tregarla, y que no lo habia hecho. — ¿Cómo sabia yo esto? — Porque exigia una respuesta terminante, y no la habia reci- bido, y porque su sirviente á quien veia todos los dias, habia dicho no haberla recibido. Entonces me mandaron de nuevo á la cárcel hasta la tar- de, en que, previo examen del criado arriba mencionado, que negó haberme dicho nada acerca de la carta (temia decir la verdad) me llamaron de nuevo. Ortellado me dijo, que era un embustero, y me preguntó có- mo me atrevía á perjurar. Le contesté que los ingleses nunca mentían, que yo no era paraguayo, y que mi palabra merecía ciertamente mas fé que la de un criado. Pero no que- riendo enredar al sirviente , porque esto causaría mal al mismo Sr. Rhind, dije, que hablando él muy poco español y yo menos guaraní tal vez me habia equivocado. Al volver á mi celda, encontré que la habían mejorado íra- yéndome la cama de mi habitación, un lavatorio y una silla pero era sin embargo una habitación tristísima y sumamente fría. Cerca del umbral, pero en el zaguán se hallaba día y noche un centinela armado de fusil con bayoneta, que era relevado cada dos horas. Quedaba frente á mí, y á ocho pies de la cama; y desde las nueve de la noche hasta el toque de diana gritaba cada quince minutos: «Centinela alerta!» para probar que no — 140 — estaba dormido. Este grito que me tenia sobresaltado lo reco- jian todo?, los centinelas sucesivamente dentro y fuera do la cárcel, de manera que lo tocaba al primero cuando el último acababa. Aquello era terrible! Este repentino alarido me atormentaba sobremanera, me despertaba y ya no me era po- sible dormir pacíficamente, porque me recordaba constante- mente que estaba preso. Nunca podré borrarlo de mi memoria. Pasé raucbas noches enteras paseándome de un lado al otro de la sala, ó acostado con los dedos bien metidos en los oidos para que no me despertara aquel horrible grito. Durante mu- chos meses no dormia sino cada tres noches. Dicho es!o volveré á mi interrogatorio. El dia siguiente me citaron para oir leer la declaración desde el principio hasta el fin. Cuando me la tomaban, había observado que el capitán Silva V el notario sallan frecuentemente del cuarto llevando consigo los papeles y al oiría leer comprendí porqué lo hacían. Mis contestaciones nominalmentc copiadas de las hojas sueltas habían sido infamemente íerjiversndas; se omiiia todo lo que tendía á disculparme, y se había insertado una confesión fal- sificada de culpabilidad, agregando que yo había pedido per- don por mis culpas, y que estaba dispuesto á sufrir cualquier castigo que se me impusiera. Apenas tengo necesidad de decir, que yo no habia confesado ni dichü cosa que se pareciera á una confesión, porque el sen- tido df> aquel documento era enteramente contrario á todo cuanto habia contestado y á >la verdad mísrab. Protesté enérjícameníe contra la falsificación de losliechos, y la manera indigna con que se me trataba después de mJs lar- gos y muchos servicios; y agregué que en vez de interrogarme lealmente, se habían empeñado solamente en declararme reo, rehusándose á escuchar mis espücacíones, y adulterando mis respuestas. I^es dije ademas que sabia, que las leyes no se evadían con no saberlas, pero que no solamente no sabia que existiera seme- jante ley con respecto á ¡as cartas, fdno que todavía no la habia quebrantado. No habla entregado las cartas al Dr. Khind y Gonsld eraba que tsnia pleno derecho para resilnrlag úq Mí Qq"- -/>í » 'í'.H'- ■>..*>*'"■•.. í'-vsví'í-r- ^'' "• ^ ~' — iU — chclel. ; porque le habimsiilo enviadas con bandera de tregua junio con los despachos, por el secrelario do la legación fran- cesa, y llevadas desde Paso Pucú por el címsul en p rsona ; y que en vista de esto, pensaba que no se debía cobrar franqueo ni habia necesidad de mandarlas al correo; que sin embargo, si era necesario proceder de esta manera, era claro que el cón- sul y no yo era quien debia haberlas enviado. Además habia recibido muchas cartas oficiales y privadas de Ilumaitá y Paso Pucú, enviadas a su deslino, algunas por el mayor de plaza mismo, otras por ci capilan del puerto, y nin- guna de ellas habia pasado por el correo ni sido eslanii)ilhida. Sabia muy bien, al defenderme asi, que nada me valdria para prevenir mi condenación; pero es[)oraba que uno do ellos— el capitán Silva especialmente á quien llanió mucho la atención mi argumento — daría parle á l.opoz, que se informaría asi de la injuslicia con que mo trataban. Porque hasta entonces, (ú me habia tratado muy l)ien, y creia que por ser ingles, y por haberlo servido fielmente muchos años, me pondría pronto en libertad. Ortellado me dijo que firmase las declaraciones sin mas réplicas. Me negué diciéndoles, que ellos sabían que eran falsas é injustas. Me hizo presente que podía engrillarme y me aseguró al mismo tiempo que si los dejase de molestar, me pondría en libertad dentro de algunos días. Viendo que con la resistencia no adelantaba nada, y temiendo ios padeci- mientos á que me csponia si me remachasen los grillos— pri- vado de cama y de asiento, y no teniendo sino un cuero para sen- tarme ó acostarme, — firmé los documentos de muy malagana. Añadiré con gran satisfacción, que el capitán Silva no dejó ja- mas de tralarme con urbanidad y respeto, y era evidente que cumplía coníra su volunlad las órdenes que había recibido. Contuvo inmediatamente la insolencia con que me dirijía la palabra el alférez, y me dijo cuan agradecido me estaba por mis servicios á los enfermos ; me dio cigarros, y me apretó amistosamente la mano al separarnos— al partir para siempre El pobre murió del cólera poco después. Tenia pues en perspectiva la vida monótona del prisionero. Al principio contem¡)lnba mi situación con un temor y horror «- 142 - tales, que no me dejaban pensar en la realidad y en cuanto du- raría mi prisión ; pero nunca me entregué á la desesperación: procuró encararla como una faz déla vida, parecida á una en- fermedad ó á la fractura de un- miembro, que es necesario sufrir con paciencia; rogaba á Dios, que me diera fuerza y resignación para soportarla, y me devolviera según su voluntad la libertad. Esta gracia me fué concedida, y salvo cuando estaba momen- táneamente casi fuera de mí, á causa del delirio ocasionado por la fiebre y el abatimiento nervioso, sufrí todo con una calma y paciencia que aún me sorprende. Me acostumbré poco á poco á la débil luz que reflejaba la pa- red del zaguán, y cuando hacia buen tiempo podia leer duranle varias horas del dia. Pero estando el dia nebuloso me veia ro- deado de una oscuridad tan grande, que para el que entraba era una profunda tiniebla. Lo que mas temia era que me afec- tara Ja humedad, porque el piso que era de barro, estaba abajo del nivel del patio, y las paredes, las vigas, y aun el colchón de mi cama estaban cubiertos de un moho verdoso. La celda era estremadamente fría, pero no se me permiíia hacer traer una frazada de mi habitación, y en su lugar no tenia mas que un pedazo andrajoso de bayeta colorada, que por largo tiempo habla servido de mantel. Mis compañeros en la desgracia estaban alojados en el segundo patio. Mr. Fox tenia, según lo que me dijo después, un aposento muy alegre sobre la calle, de donde podia ver á las señoritas ir á la iglesia, y á veces el movimiento de un pañuelo en señal de saludo. El Dr. Rhind se hallaba mas cerca de mí, pero su cuarto estaba mejor alambrado. Supe por un centinela que estaba preso, y un domingo por la mañana á fin de que supiera el local donde se hallaba cantó el Te-Deum de Jackson desde el principio hasta el fin. Al lado de mi celda en un corredor abierto se hallaban muchísimos presos cargados de grillos, cuyo tristísimo crujido se oía todo el dia; por las noches solían rechinar todos simul- táneamente sacudidos por el inesperado alerta de los centi- nelas. De vez en cuando lograba verlo por una abertura de las tablas que tapaban la ventana, y á veces entraban en el gran cuadrángulo por un zaguán situado en frente de ir' puerta. — 143 - Los habia de todas edades, algunos eran ancianos, oíros ni- ños, pero todos estaban reducidos al último grado de, la mi- seria; no les quedaba mas que el cutis y los huesos. Todos llevaban un par de grillos de mucho peso, remachados en los tobillos, afeados por callosidades y cicatrices de antiguas heri- das ; muchos tenian dos pares ; habia uno que tenia en sus piernas de esqueleto tros barras formidables de fierro, que cuando marchaba lenta y penosamente, vibraban como un co- lumpio. Sin embargo estos infelices no eran tan desgraciados como podria imaginarse ; solian reírse, cantar y hacer rui- dosas y penosas carreras en aquella estrecha cancha. Uno de ellos— creo que debe haber sido el de la triple barra de grillos, porque tenia una cara muy cómica — solia contar historias in- terminables (podía oír el débil murmullo de las palabras através de las gruesas murallas) que los otros recibían con gi andes ri- sotadas acompañadas con un feroz crujido de cadenas, queme recordaba aquella terrible escena do «Los Miserables» en que los galeotes locos y desesperados horrorizaban la primera luz de la mañana con su gritería y el rechinamiento de sus fierros. Les permitían esto los centinelas á quienes las historias y chis- tes gustaban tanto como á los presos, y además les avisaban siempre la llegada de los oficiales. Un día, sin embargo, esta- ban todos tan interesados en nigua cuento graciosísimo, que no oyeron el charque de costumbre (cuidado) y el mismo viejo y austero comandante, los sorprendió en lo mas fuerte de su jarana. Se callaron instantáneamente ! Un profundo silencio sucedió al alboroto, y pude ca^i sentir que habían palidecido de terror; el corazón se me detuvo y luego palpitó con violencia, porque temía que fueran cruelmente castigados. El coman- dante no dijo una palabra, pero se retiró para volver en se- guida con una compañia de soldados. El desgraciado narrador fué echado en tierra, y bárbaramente azotado; sus llantos ha- cían resonar todo el edificio: dos ó tres de sus mas grandes admiradores participaron de su suerte. Por toda una semana permanecieron mudos y silenciosos como unas lauchas. To- das las semanas se sacaba al patio uno que otro preso y era atrozmente azotado. Estos eran dias de tristeza para mí; temia - 114 - su llegada, y no recobraba m¡ tranquilidad hasta muchas hora después do terminado el martirio. Creo que los castigos horrorizan mas cuando so oye su apli- cación sin poder verlos. Mo enfermaba casi hasta desmayarme al oir el sordo y pesado sonido del palo, man 'jado por las ma- nos de robustos y crueles cabos, al caer sobre la carne viva que se estrcmccia de dolor al recibir cada golpe. Como ciru- jano, pasaba por ser el mas imperturbable de los operadores y sin embargo, este sonido me enervaba completamente portoílo el día. Estaba muy lejos do pensar entonces, que un dia tendría yo que sufrir un maríirio peor aún. No estaba enteramente solo en mi calabozo, pero mis compa- ñeros perlcnecian á una clase de que me liubiera guslado ma- cho verme lib e, Ilabii cientopies, e3corp¡ones y zapos; eslos úlíimos eran tan grande?, tan fríos y tan liorri[)Iementc feos que la mujer mas guapa hubiera grifado de espanto sin sonro- jarse. Personalmente hablando, no tengo aníipatia á los zapos, y mo he reído amcnudo muy cordialmonte del susto que cau- saba á mis amigos del país, que creen como en Europa que . o i venenosos, tomando cariñosamcnle en la mano algunos, que por su tamaño apenas cabían en mi sombrero. Pero la sensa- ción de pisarlos descalzo en el ac'o do buscar las chinelas en la oscuridad, no es de ninguna manera agradable, y los estraordi- narios sonidos, que hacen á media nocba no son molivos para considerarlos como una buena compañía. Son mucho peores, por ejemplo, los primeros que he mencionado : tongo á los cieníopies y á los escorpiones una aversión positiva, la (]ue [lo se disminuyó por cierto con la presa que hice en una semana de tres de estos interesantes animales. Supe además, que yo no era el único que les tenía miedo. Yí una tarde huir aterro- rizadas de un agujero de la paied una docena ó mas de cuca- rachas. Venían cavéndose una tras otra sin son ni ton, en el paraje ma^ alumbrado del cuarto ; yo las acometí salvaje- mente apenas empezaron á moverse— porque detesto á la cuca- racha, una de las pestes de Sud-América, casi como aborresco á los cientopies — y me aproximé asombrado para ver lo que las ha- bía asustado; esperaba ver asomarse una serpit;nte, pero hó aquí f — 145 que se presentaron dos enormes escorpiones macho y hembra, con los (lardos tendidos; no es posUílc imajinarse dos anima- les mas feroces. A fin de corlarles la retirada metí hábilmente el pucho de mi cigarro en el agujero y eníonces contemplé su manera de maniobrar. Se detuvieron por un momento sobre el borde, y luego buscaron atónitos y apresuradamente las cuca- rachas, recorriendo un gran círculo á su alrededor. No pu- dicndo encontrar rastros de su presa, se asustaron á su vez, y trataron de escaparse, pero la Nemesis en forma de zapatilla . descendió y los hizo pedazos. Me sorprendió mucho, que una araña que se habia acuartelado eu el agujero de un poste cerca de mi cama valiera mas que ellos, y cuan rápidamente inutifizabaásu armado enemigo arrancán- dole su fuerte y nudosa cola. Varios escorpiones pequeños y uno grande fueron presa de mi activa aliada. Después empezó á poner huevos; y deseando probar la fecundidad de las ara- ñas, lequitó^varias veces su depósito (casi tan grande como ella misma) apenas estuvo terminado, y volvió á reponerlo seis veces en algunas semanas. Tenia una gran parentela en mi sombrío alojamiento. En efecto, mirando el estado de las alfa- jias y de las vigas encima de mi cabeza (una larga abertura bajo el alero daba entrada á un débil rayo de luz, qae dejaba ver el techo y las interminables colgaduras de telaraña con que estaba adornado) podía casi decir, que vivía en una inmensa tela ro- deado de una próspera y numerosa familia de arañas. Pero no hilaban todos como el enorme y peludo nyancU, araña que parece superior al pardillo ; habia varias que se servían do su habilidad y ajiiidad para asegurarse la comida. Estas arañas beduinas, no permanecían mucho tiempo en casa, sino que comían casi siempre afuera ; y caían tan repentinamente sobre su presa, que parecían brotar en el lugar mismo en que se les veía. Una sobre todas, araña gris y chata cuyo cuerpo tenía de largo el diámetro de un cheling y de grueso talvez su espesor, y cu- yos miembros de varios colores estaban verticalmente compri- midos, se movía con una rapidez maravillosa, pudiendo lan- zarse en grietas tan angostas, que parecía hundirse en la misma pared. Encontré sin embargo, que podía aprisionarla bajando 40 — 146 — sobre ella lenta y perpendicalarmente el dedo, y una muy grande que cojí así varias veces durante las horas de una larga tarde, dejó por último de resistir y me permitió pasarle la mano cuantas veces quise, con una verdadera satisfacción. Su cuerpo aparentemente tosco, que yo creía estar cubierto de es- camas cartilaginosas, era en realidad tan suave como el ter- ciopelo; causaban la ilusión, las ligaduras de las sepias y con- servaba su forma curiosamente comprimida. Pero me divir- tieron mas las acciones de una clase mas pequeña, que no pasaba del tamaño de las semillas de la nabina. Cubrían todo hue- quito en la pared de pequeñas y sedosas telarañas con abertu- ras ovaladas en ambos costados, por las que escapaban, apenas una cosa cualquiera les tocase los hilos. Salían en momentos de escasez á recorrer los confínes de sus nidos y á hacerse visi- tas, ó mas bien, precipitados malones; así por ejemplo, cuando una se lanzaba por su puerta otra intrusa tomaba su lugar para ser arrojada á su vez inmediatamente. Este entreteni- miento solía durar á veces horas enteras; pienso que es una es- pecie de coquetería de arañaSjCon intenciones serias, peronunca logró averiguar si eran de matrimonio ó de carácter glotónico. Vivía con el temor constante de ser mordido ó herido por al- guno de los insectos venenosos que me rodeaban ; pero si se esceptuan los que pertenecen al género cimex, no me molestó ninguno durante mis muchos meses de cárcel. El lugar era muy húmedo para que existiesen pulgas en él, de suerte que me salvé de una de las pestes de la zona tórrida. Muy amenudo me preguntaba cuál seria la causa de mi arresto, porque sabia perfectamente, que la cuestión délas cartas no pa- saba de un pretesto. Solo después de mi vuelta á Inglaterra, supe por el Dr. Stewart la verdadera razón. He dicho anteriormente, que había fuertes sospechas de que M. Atherton había muerto envenenado. Me seria imposible decir de donde partió este rumor ; pero según supe, yo cargué con la culpa y López solo buscaba un pretesto cualquiera para castigarme por mi secreto delito. La relación intima en que vivia con los Gorvalanes y el cón- jBul francés, lo habían también prevenido contra mí. — 147 — CAPITULO XIII. Vida en las cárceles—La libertad del Dr. Rhind y Mr. Fox — La mía. Al principio no veia á nadie sino al sárjenlo y al preso que me traian diariamente la comida. No me hablaban jamás ; y cuando pedia algo que necesitaba, significaban su beneplácito ó su negativa con un lijero movimiento de cabeza. Un día, cerca de un mes después de mi arresto, un soldado vino ea lugar del preso, lo que comprendí, por no oir el crujido de los fierros al caminar, pues la oscuridad era tal, que era imposible distinguir su traje ni sus facciones. Al dia si- guiente se presentó el mismo individuo, y como el tiempo era hermoso, reconocí con gran satisfacción á mi viejo criado Tomás. Se conmovió mucho al verme ; le temblaban los platos en la mano al ponerlos sobre la cama, que servia de mesa también; y me murmuró ajitadamente en el oido ; « ¿Cómo está vd., mi señor? » c Muy bien, Tomás, gracias. » Iba á añadir algo mas, y deseaba — Dios sabe con cuanta an- siedad—preguntarle algo acerca de mis amigos, pero el sar- jento le gritó brutalmente que se mandara mudar, y que no me hablara. Sin embargo, siguió viniendo todos los días ; cuando cesaba la brillante luz del sol, se encontraba en com- pletas tinieblas, y tenia que caminar á tientas, mientras que yo, acostumbrado á la oscuridad, podia ver á los ratones jugar intrépidamente, en el mas remoto rincón de mi calabozo. Al- gunas veces se nos permitía cambiar algunas palabras, ó mas bien, podia contestarme sin atreverse á hacer pregunta alguna ; el sarjento con la espada desnuda se paraba entre los dos, para que nuestra comunicación se limitase á esto. Era un criado fiel, y me quería mucho; siempre me llamaba taita (tata), y si se esceptúa el azúcar, que ningún indio puedo dejar de escamotear, jamás me tomaba nada ; tenia gran cui- dado de todas mis cosas, y se ponía fuera de sí porque el co- mandante solía montar mi caballo. El mayor Gómez vino á inspeccionarme oficialmente y le regué me dejase recibir libros y vino. Con la lectura acortaría — 148 — mucho aquellos largos dias, y tal vez pudiera estudiar ó leer penosamente alguna pajina muy conocida, por otra parte, me debilitaba y enflaquecía tanto, que el vino me era del todo indispensable. Me concedió ambas cosas. Tenia muchos libros y buena provisión de vinos, y los obtuve, de mala gana al prin- cipio, pero después sin ninguna dificultad. Solia entonces quedarme en cama hasta medio dia ; porque por lo jeneral sufria de insomnios, y solo por la mañana lograba algunas ho- ras de reposo y olvido de mis penas. Mis ensueños, lo que parece singular, no se ligaban jamás ó muy raras veces con las escenas que me rodeaban, (oia confusamente relevar las guar- dias y el movimiento, el alboroto y los martillazos de los artesanos en los talleres, que estaban encima de mi cabeza) sino que asumían otras formas y traian á mi mente estrañas asociaciones de ideas que se referían á otra época de mi vida, y me despertaba frecuentemente, imajínándome lejos^ en mi patria, y riéndome de algo absurdo y cómico que mi fantasía habia fraguado. Después de esto, los fastidiosos y pesados dias de la prisión y sus noches de insomnio, me producían la sensación de un horrible vacío! Me traian el almuerzo á las ocho 5 pero me quedaba en cama, y si me lo permitía la luz, leía hasta las doce, dedicando la mañana á estudiar sería y metódicamente la Biblia, que la leí toda tres veces desde el principio hasta el fin, y los Salmos y parte de los Profetas muchas mas. Además me bañaba á mi ma- nera, porque mi baño era muy grande, y hubiera consumido demasiada agua; tenia solamente una palangana, que afortu- nadamente no era francesa, y un cantarillo con dos golletes, que contenia muy poca cantidad. Esta operación, que tam- bién practicaban mis amigos, producía la mayor admiración entre centinelas y transeúntes. Para ellos, que un preso se lavara era tan estraordinario como si lo hiciera un enfermo, pues cuando lo estaban se guardaban de mojarse la punta de los dedos como de echarse al fuego, pues consideraban que mojarse era como suicidarse seguramente. A propósito de esto, cuando subí el rio por primera vez, á bordo de un va- por paraguayo, no encontré sino una palangana y dos toba- >- 149 — lias, para los treinta y das pasajeros que iban en él— y aun de estas, dispuso yo solo. Los demás me miraban y cavilaban si padecería de alguna enfermedad, que necesitaba frecuentes abluciones, pero por último llegaron á deducir que debia ser algún animal muy sucio puesto que necesitaba lavarme tanto. Dicho esto, volveré á recojer el hilo de mi narración. Este pasatiempo me ocupaba un buen rato ; entonces me traian la comida, que me enviaba muy jenerosa y valiente^ mente una familia del país con quien tenia relaciones Intimas y que me hacía mil otros favores ; en seguida fumaba dos cigarros y entonces volvia á leer hasta que anochecía. Guando estaba cansado de leer y durante el largo intervalo entre el fin del dia y la llegada de la linterna, que anunciaba la entrada de la noche fuera del calabozo, solía pasearme do una estremidad á otra del cuarto, y formé de esta manera una huella profunda. Los centinelas se divertían mucho con mi inquietud, porque á un paraguayo no se le hubiera ocurrido hacer esfuerzos para matar el tiempo ; si obtenía un cigarro, se acostaba y dormía como un lirón : por eso es que gritaban á los transeúntes, Miré que guarió « qué pájaro es este indivi- duo, y No para un momento quieto ; anda de un lado al otro casi toda la noche. Mientras iba y venía de esta manera, me divertía dictando mentalmente cursos peripatéticos, alternativamente en inglés y español, sobre asuntos sociales y científicos, á un auditorio imajinario. Pero encontré, que este ejercicio mental me ex- citaba excesivamente, tanto que cuando había llegado la tan deseada tercero^ noche no podia dormir, y me acostaba cansa- dísimo, revolviéndome de un lado á otro, y escuchando cada cuarto de hora durante aquellas largas horas, el grito maldito de (c centinela alerta. » Abandoné pues mi profesorado fan- tástico, encontrando que para dormir, lo mejor era caminar lentamente y dejar mis pensamientos seguir el rumbo que les pareciese. Pero cuando me había debilitado mucho la lenta fiebre de que padecía (después de seis meses de prisión), no podia dormir ni aun con estas precauciones, y solia pasar toda ^ 150 - la noche paseándome, fatigado y gastado, pero incapaz y sin poder estar quicio ni por un momento. Algunas veces cuando veia el reflejo de la pálida luna en la pared del frente, cubriendo con su arjentina luz un costado del patio (me lo permitía una grieta de los postigos) y los viejos claustros mas lejanos todavía, que se divisaban apeaas en la sombra, me sentía próximo á perder el juicio ; tan grande y tan penoso era el contraste entre la calma y la belleza del esterior, con la sórdida miseria de mi cárcel. Mis colegas permanecieron presos tres meses, al cabo de los cuales, una buena mañana los pusieron en libertad. Ambos habían sufrido mucho. La salud del doctor Fox estaba muy quebrantada. La enfermedad del Dr. Rhind había hecho grandes progre- sos, y nunca se restableció del golpe que le ocasionó su arres- to ; vivió sin embargo por mas de doce meses, y murió tran- quilamente en su casa. Si dijera que vivió umversalmente estimado y murió lamentado por todos, no haría mas que repetir un dicho común, pero que en este caso espresa la pura verdad : era hombre que se hacia amigos sin pensarlo, y jamás perdió ninguno de los que conquistó. Mi criado vino con cara risueña á darme las noticias, esperando que mi liber- tad viniera en pos de la suya, sin pensar que me faltaban todavía ocho meses mas de sufrimientos. En el segundo patio se hallaban varios presos políticos, á quienes conocía mucho. Uno de ellos era el Sr. Gapdevila, arj entino, á quien vi pasar muchas veces por mi puerta ; había sido uno de los mas acaudalados comerciantes de la Asunción, y cuando estalló la guerra contra los aliados, permaneció en ella, pues supuso que siendo una persona tranquila ó inofensiva, escaparía á la persecución ; pero muy pronto lo enviaron preso á Humaitá sin otro motivo que el de ser argentino. Sin em- bargo, su esposa sobornó á Madame Lynch, que interpuso en su favor sus empeños, y con dos ó tres mas fué puesto en libertad. Compadeciendo á sus compatriotas que estaban toda- vía presos, les envió alimentos y ropa varias veces ; este acto de caridad fué considerado como una ofensa contra López y le — 151 — enviaron engrillado al.Colejio. Cerca de un mes después, vi llevar á este anciano, supongo que á la policía, y volver con dobles barras de grillos; le quitaron su catre de cuero y le hicieron acostarse en la tierra desnuda. Tres meses mas tarde pasó de nuevo, lenta y débilmente, y volvió algunas horas después con tres barras de fierro. Me divisó al pasar y en el acto de quitarse el sombrero tropezó y cayó en tierra. Lo piso- tearon brutalmente hasta que se puso de pié. La copa de amar- gura no estaba todavía llena : habia trascurrido un intervalo mas corto, cuando le sacaron nuevamente y como tardó algunas horas en volver, crei positivamente que habia sido puesto en libertad, pero imajínese cual sería mí pena y mí dolor, cuan- do le vi volver, tarde de la noche, en un estado mucho mas lamentable que cuando salió. Llevaba siempre las tres barras de grillos, que eran tan gruesas y largas que se bamboleaba bajo su peso ; empleó mas de media hora para cruzar el patio, pulgada por pulgada ; por último cayó en tierra y pasó por mí puerta arrastrándose en cuatro pies. A pesar de este largo martirio no murió hasta muchos meses después ! Pero había crueldades todavía mayores. Vi frecuentemente conducir á ese abominable patio, hombres bien vestidos, se- guidos de un grupo salvaje de policiales ; y sabiendo de lo que se trataba, me tapaba los oídos con los dedos ó metia la cabeza bajo la ropa de mi cama, para no oir los terribles gritos y jemidos de agonía, que tarde ó temprano me revelaban las crueldades infernales de los verdugos. Algunas veces oía los golpes, pero frecuentemente solo los llantos de las víctimas me indicaban hasta que punto se les atormentaba. Una tarde, un pobre individuo fué estaqueado— horizontalmente crucificado, bajo mi ventana. Nunca olvidaré lo que sufrí aquel día ima- ginándome sus espantosos sufrimientos al escucharle gemir unas veces, ahuUar otras frenéticamente, ó pedir piedad á sus verdugos. Después de atormentarlos asi por horas enteras los veía pasar unas veces con paso vacilante, y otras cargados por los sicarios que los conducían á sus calabozos, pálidos, sangrientos, y moribundos ; el espectáculo era desgarrador. Se me puede preguntar, si no formó jamás proyectos para — 152 ^ escaparme. La idea me occurrió á menudo, pero sabia que no tenia esperanza de lograr mi intento. No habiéndome además notificado mi .sentencia, cosa que sucedia allí á me- nudo, esperaba que cada ^lia seria el último, y que me veria libre á la mañana siguiente. A prim.era vista el escape pa- recía fácil. La puerta de mi calabozo estaba abierta de par oa par, el centinela á menudo no pasaba de ser una criatura, que apenas podia echar el fusil al hombro, y que con frecuencia dormia profundamente tendido en el umbral ; pero las paredes del patio eran altas, habia otro centinela en la estremídad dei zaguán, y la única salida era el cuerpo de guardia que estaba siempre lleno de jeníe. Pero suponiendo vencidas estas dificultades, no se lograba otra cosa que pasar de una prisión estrecha á otra mayor; iodo el pais era una inmensa jau- la, los aliados estaban á doscientos millas de distancia, el rio estaba cubierto de guardias y era imposible viajar por tierra. Mi trajej mi cutis, mi lenguaje, ó mi silencio, me hubieran traicionado en el acto, y no habria hablado con hijo de mujer que no me hubiera denunciado, porque asilo exigia irremedia- blemente su propia salvación. Me hubiera sido imposible hasta obtener ahraentos, y no podia ni pensarse, en cruzar á pió los fatales esteros en que abundan las culebras de cascabel y los leones ó atravesar las. pampas y colinas sin ser visto. Una prueba evidente de esLa verdad, es que no hubo un solo prisio- nero que lograra escaparse, y si se esceptuan unos guaicurús, no hubo quien lo intentase entre tantos centenares de presos. Dudo que el mismo Barón Frenk lo hubiera logrado. Creo que los centinelas deben haberme envidiado muchas veces, porque el arqueado zaguán en que hacian el servicio era estremadamenlo írio. A menudo se introducían de noche furtivamente en el mismo calabozo y se acostaban tiri- tando de frió, sin otro cobertor que sus tristes ponchos y un par de calzoncillos. Estando despierto algunas noches he oido llorar amargamente á los mas jóvenes, niños íalvez de doce y trece años de edad, que temblaban de frió y hambre ó de miedo al hallarse solos en la oscura bóveda. Vi una vez un muchacho rubio y bonito, que sostenía su fusil corneo si fuera — 153 — un palo, derramando abundantes lágrimas, y tratando de llo- rar silenciosamente, poro un profundo sollozo le agitaba do vez en cuando y le descubría. Le pregunté en voz baja lo que tenia. « Quiero irme á lo de mama, me contestó este la- crimoso héroe ; y tengo miedo de la oscuridad. » Pobre que- rubín, me decia á mí mismo, tú eres mas desgraciado que yo. Durante el dia pasaba constantemente mucha gente y veia á veces á algunos de mis antiguos enfermos caminando penosa- mente con una pierna de palo, y dirigiéndose talvez á los talleres, quo estaban en el fondo. Uno de ellos me saludaba siempre que podia hacerlo sin que lo vieran, ó espresaba su simpatía por una especie de pantomima, manifestando el apre- cio que me tenia de una manera tan escénírica, que debo refe- rirla. Vino desde Paso Pucú poco después de mi nombramien- to de cirujano ayudante y habia sufrido tonto, que tenia muy poca esperanza de poder salvarle ; era ademas loco, y lo habia sido hacia muchos años. Le hice alimentar bien, y después le amputé una pierna debajo de la rodilla, le saqué una bala de la cadera opuesta, y le cosí varias heridas en el cuerpo. Con gran sorpresa mia, sanó muy rápidamente, y se puso tan gordo y fresco, que nunca podia verle sin que mo causara risa, porque empingoratado en la pierna que le que- daba, parecía un enorme trompo ; y cada vez que pasaba por stt cama gritaba uChc-nesi-etó, taitayi (estoy muy bien, padre) y metia la cabeza debajo de su poncho para que no le examinara. Poco después de mi arresto fué enviado al Colegio para trabajar de zapatero. Una noche oí á alguien murmurar en voz baja á la puerta de mi calabozo, pero siendo muy débd la iuz do la linterna no podia decir quien era el que lo hacia ; algunas no- ches después ocurrió la misma cosa; me sentó en la cama para escuchar, y reconocí que era mi enfermo loco. El centinela estaba profundamente dormido, y él habia llegado arrastrán- dose hasta el umbral, donde arrodillado y con sus manos le- vantadas oraba por mi, «por su querido padre, el buen doc- tor» como me llamaba, rogando á la Virjen santísima, que me protegiera y salvara. La manera con que este infeliz espro- saba su gralilud y compasión me conmovió en estremo. - 154 - Perdí por último la salud ; una lenta fiebre me dejó tan postrado que mis carceleros se alarmaron temiendo matar- me sin orden; y Ortellado, médico paraguayo del hospital de San Francisco, fué enviado á verme. Le dije lo que necesi- taba; me contestó que nunca habia oido hablar de semejan- tes remedios, que solo podia recetar purgas y varias decoc- ciones de yerbas que rehusé tomar, prefiriendo morir de muerte natural ; él dio parte á López de que yo habia pedido drogas para envenenarme ! Afortunadamente recibí tres ó cuatro botellas de cognac, justamente cuando mas las nece- sitaba. Este regalo me fué enviado por mi buen amigo La- serre, destilador francés de la Asunción, y creo que á él, des- pués déla voluntad de Dios, debo mi salvación. Tenia la gar- ganta tan hinchada y relajada por la humedad de la prison, que no me atrevía á acostarme de miedo de sofocarme, y no tengo duda de que hubiera muerto á no ser por el cognac, que recibí tan oportunamente ; porque aunque sabia que ne- cesitaba tónicos, estaba tan enfermo y me habia puesto tan indeferente al ver burladas mis esperanzas, que dejaba cor- rer los dias sin decir á Tomás que me lo trajera. Es inútil prolongar esta parte de mi historia que es ya esce- sivamente larga. Permanecí encarcelado once meses sin ver jamás la luz del sol, ni salir una vez siquiera del calabozo, su- merjido en una oscuridad parcial ó completa y rodeado de una atmósfera fétida y de presos que morían incesantemente del cólera asiático. Salí de la prisión débil, enfermo, casi ciego y tan cambiado que mis mas íntimos amigos apenas me conocieron. En la tarde daÍ22 de Setiembre de 1867 se me presentó un sar- jento, y me dijo, que me aprontara para ir á ver al Mayor de Piaza; media hora después se me conducía á través del gran patio, á la misma hora en que lo habia pasado hacia tanto tiempo. El sol se habia puesto y se veían ya velas encendidas en los cuartos de los oficiales; pero aquella luz era demasiado fuerte para que la pudieran resistir mis ojos, y encandilado y bamboleante, dudando de la realidad de lo que veía, entré len- tamente en el cuerpo de guardia. Allí estaban reunidos todos los oficiales. Esperaban sin duda, verme pasar humillado y V % — 155 — descubierto como ellos lo acostumbraban ; pero si mi suposi- ción es cierta, se engañaron miserablemente. Con el Mayor de Plaza estaba el señor Ortellado, que me leyó la orden en que se me ponia en libertad, con la condición sin embargo, de que nosaliese del ejido del pueblo; de suerte que todavía no estaba del todo libre. La firmé, y entonces Gómez hizo una pausa, esperando evidentemente que espresara mis acciones de gracias al magnánimo Presidente. Pero me hubiera creido rebajado espresando uua gratitud que no sentia, y se pasmó de asombro cuando le dijo en pocas palabras, que me habían tratado injusta y cruelmente. Dicho esto salí del cuarto saludando á ambos muy fríamente. Me proporcionó cuatro sol- dados que me llevaran la cama y otros efectos; y como mi criado no había llegado y no sabia donde vivía el Dr. Rhind, fui á lo de Mr. Taylor, el arquitecto, que era la casa mas próxima. Guan- do entré, él y su familia cenaban con la puerta abierta. Llamó y pasé adelante. Apenas me vieron se levantaron asustados de la mesa, y tenían razón, porque yo mismo me asusté, cuando poco después me miré en el espejo. No es posible imajinarsc una figura mas espectral. Estaba descarnado y mortalmente piUído, parecía mas bien un cadáver que un ser viviente. Mié cabellos, que no había hecho cortar hacía trece meses, caían sobre mis hombros y se entretejían con mi barba ; ambos estaban comple- tamente grises, mientras que en mis ojos, cuyas pupilas se ha- blan dilatado enormemente en la oscuridatl, parecía haberse concentrado la vida que había desertado del resto de mi cuerpo. No era pues estraño que es[tantara, y que las criaturas queda- ran petrificadas de horror a! contemplaraie. Al principio no pude balbucear una sola palabra, tal era la ajitacion y la fatiga que me había producido el corto camino que habia hecho. Mr^ Taylor se levantó apresuradamente y me'dijo : i* —«i Qué quiere Vd. señor ?» *^" ¿^ — «Vamos Taylor, le dije, no me conoce Yd.?)^ — «Dios mió! exclamó, temblando ; seri'i Vd. el señor Mas-^ terman?» * Y los ojos se le inundaron de lágrimas al apretarme la mano. En efecto, todos estábamos tan conmovidos que la lástima *- 156 - que les inspiraba parecía hacer inoportunas las felicitaciones^ La noticia de mi libertad cundió rápidamente por el pueblo. El Dr. Rhind á quien faltaban palabras para espresar sa gozo, me llevó á su casa, y el ministro americano, el cónsul francés y un gran número de amigos estranjeros y nacionales vinieron á visitarme ó me mandaron felicitar por tenerme de nuevo entre ellos. Supe que el-Dr. Rhind y elDr. Fox continuaban á pesar suyo al servicio de López, y que el último habla sido enviado á Humaitá. No sabia que partido tomar. Me sentía inclinado á socorrer á los enfermos y á los heridos, pero al mismo tiempo me repugnaba servir á un hombre que me ha- bla tratado tan mal. Creí poder vencer todas las dificultades pidiendo licencia para ejercer mi profesión públicamente ; pero me encarpetaron ó rehusaron la solicitud, y dado este paso, no podia, como es natural, entrar de nuevo al servicio de la República. CAPÍTULO XIV. El cólera — La Carta de Mr. Washburn— ÍjA misión DE Mr. Gould— Estractos de su correspondencia. Supe que debia mi libertad álos buenos oficios del H. Garlos Ai Washburn, ministro de los Estados Unidos, que deseaba estu- viera yo presente cuando madame Washburn saliera de cuidado, y habia solicitado mi perdón con tanta perseverancia; que por fin lo habia obtenido, y cuando estuve libre me ofreció el puesto de cirujano privado, que me cambiaría en el de «cirujano de Legación» dado el caso en que el Gobierno Paraguayo se dispu- siera á molestarme. Acepté su oferta con mucho placer, por- que á pesar de que era solamente honorífico, creía me pusiera en el porvenir, á cubierto de toda persecución y me facilitara pronto alguna oportunidad para abandonar el pais, aun cuan- do no se terminara pronto la guerra como lo esperábamos y creíamos. - 157 - Encontré al ministro alojado en una gran casa en la plaza vieja de la Asunción, lugar bastante espacioso para servir de cuartel ; en efecto hubo época en que cincuenta personas vivían en ella cómodamente y encaso necesario habrían cabido otras tantas en los cuartos que habitábamos yó y el Secretario; ocupaba casi todo un costado de la plaza, tenia un espacioso jardin en el centro, un enorme aljibe, y almacenes capaces do contener inmensos depósitos. Solía andar mucho á caballo, pero dentro del ejido del pue- blo como debe suponerse, seguido y vijilado constantemente por ajentes de la po licía ; concluí también varios cuadros al óleo que habia empezado largo tiempo antes. El tiempo, que so deslizaba agradablemente, me pareció aun mas risueño cuando Mrs. Washburn y su niño necesitando cambiar de aire, se muda- ron á la quinta de Bedoya, en la Trinidad, á dos leguas del pueblo. La casa edificada y amueblada por el finado Presidente para su propia residencia, era hermosa ; después de su muerte tocó en la repartición de bienes á Doña Rafaela, su hija menor, que se casó mas tarde con D. Saturnino Bedoya, Colector General, puesto que significaba una especie de comisión gene- ral de obras, reasumida en solo hombre y almacenero en gefe. Obtuve con cierta dificultad permiso para ir alH á visitar á mis ^enfermos dos veces por semana, porque Mr. Washburn declaró que no aceptaría la invitación para ocupar la quinta sin que so me concediera el permiso. La señora Presidenta deseaba mucho que la ocupara, porque esperándose diariamente que los aliados avanzaran, sabia que su presencia, protegería su personay su propiedad. Resultó pues, que el pobre anciano Yice-Presidente, Sr. Sánchez, dio ordenes á los piquetes bajo su propia responsabilidad para que me dejasen pasar. Deseaba mucho servir ala señora Presidenta, madre del Mariscal, pero al mismo tiempo temblaba ala sola ideado ofen- derle, sabiendo que estaba tani ndígnado deque yó no quisiese volver á entrar al servicio de la República, que el señor Sánchez, que era un verdadero cero á la izquierda, no se atrevía ni á men- cionarle mi nombre ; hago esta insignificante observación sobre piimodo do proceder por la interpretación que se le (íió después. — 158 — Había presentado una solicitud en la debida forma, pidiendo permiso para ejercer mi profesión privadamente, y el Dr. ñhind apoyó calorosamente mi petición. Sin embargo fué recha- zada lo mismo que otra petición de los artesanos Ingleses, rogan- do que se me permitiera prestarles mis servicios profesionales á su propia costa. Debo observar que esta solicitud se firmó sin que yó lo supiera, y que solo tuve conocimiento de ella después de presentada. El Vicepresidente dijo que la recha- zaba porque yo me habia negado á servir á la República y que no habia asistido á Mrs. Washburn, aunque se me habia dado la libertad con este solo ñn. Al oir esto pedí á Mr. Washburn una nota que probara lo contrario, aloque se prestó inmediata- mente. (1) El cólera asiático habia aparecido en el Paraguay en el año de 1867, pero sus estragos se limitaron principalmente al ejer- cito. A principios del año siguiente, que en Sud América es la estación calorosa, estalló en la capital, haciendo horribles estra- gos. Al principio no salvaba ninguno de los atacados ; apenas los llevaban al hospital, se morían; la cuarta parte de la pobla- ción, que entonces consistía principalmente en niños y mujeres, perecía miserablemente. Muy luego lo tuvimos en la Legación; Basilio criado de Mr. Washburn fué atacado, y tuve la oportuídad de tratar un caso de la peor clase de cólera asiático, y la gran satisfacción de sa varíe. (1) Mr. G. T. Masterman. Querido Señor: — En contestación k su nota pidiéndome un certifi- cado que haga constar sus servicios á Mrs. Washburn, declaro que Vd. fué su médico durante toda su enfermedad; no solo digo esto, sino que Vd. se comportó satisfactoriamente, y que el Vice Presidente al declarar lo con- trario, debe haber sido mal informado. ' Muy respetuosamente su humilde servidor: (Firmado) Carlos A. Washburn. Legación de los Estados Unidos, Asunción iO de Mayo de i868: — 159 — Luché con grandes dificultades para llevar á cabo el trata- miento necesario, porque la madre, que era una vieja Payaguá, hizo todo lo que pudo para contrariarme. En el Paraguay hay una sola palabra para designar todas las enfermedades, y esta es la afiebre» , y no tienen sino una manera de tratarla, que es ja dieta, el hambre, los vomitivos y las purgas. Recuerdo to- davía el asombro de la mujer del pobre Mischkoffsky, que era paraguaya, cuando le di á su criatura, que se moria rápidamen- te de fiebre tifus, una copa de vino y le ordené continuara dán- dosele cuanto pudiera tragar, y ademas una dosis de extractum carnis. «Pero señor, me dijo agarrándome la mano, la criatu- ra tiene fiebre.» «La tiene en efecto, pero este es el régimen que debe seguir.» Solo pude inducirla á seguir este tratamien- to, que le pareció tan estraordinario, porque el curandero Ita- liano, que mataba á la criatura con el hambre y las purgas, le había dicho que morirla sin remedio; supe después, que te- nían ya preparado el cajón para el enfermo, porque en el Pa- raguay se entierra antes de las veinte y cuatro horas, y que estaba en el cuarto próximo. Sin embargo no lo ocupó. Si una mujer inteligente y de la mejor clase abrigaba estas ideas, debe imaginarse los obstáculos que me presentó la cabezuda india, que era ademas una vieja horrible, que tenia apenas cuatro pies de alto, arrugada, morena y con cara de bruja. Se subia en una- silla á la cabecera de Basilio, le miraba ansiosamente la cara, que no dejaba de tener un aspecto mortal y lanzaba los mas horrorosos ahullidos que pueden imaginarse. Pobre, le amaba apasionadamente, con ese feroz y celoso amor que las indias tienen por sus chicuelos ; ade- mas era su hijo único, y ella era viuda. Abrigaba, me parece, una vaga idea, de que yo hacia esperimentos en la persona de su hijo, y que mis remedios eran malditos y venenosos, y de ahí provenia su desconfianza. Durante el restablecimiento de Basilio, mi amigo Mr. Las- sere fué atacado por el flajelo. Deseaba mucho asistirle, pero el riesgo era grande porque la policía me vigilaba tan de cerca, que apenas me atrevía á salir de la legación. Sin embar- go debía tanto á él y á su generosa familia, por las atenciones — 160 - que me prestaron cuando esíaba preso, que me creía en el deber de ayudarlo en aquel trance, y lo hice. El caso era también gravísimo y no podía abandonarlo un solo momento. En la tarde del segundo dia me hallaba completamente aniquilado por la falta de reposo y la ansiedad, pues se habían enfermado dos miembros mas de la familia, cuando equivoca- damente vino el Mayor- Manlove á decirme, que les agentes de policía estaban en la calle esperando á que saliera para arrestarme, y que yo no debía dejar la casa hasta que estuvie- ra de vuelta Mr. Washburn, que entonces se bailaba ausente. Madama Lassere, que no comprendía bien lo que pasaba, cre- yó al verme contrariado, que su marido era hombre perdido, se puso casi fuera de si, á pesar de todo lo que le dije para darle ánimo y por último se desmayó. Volvía á la cabecera del enfermo, cuando entró apresura- damente un criado escoces del Sr. Washburn, diciéndome que Basilio estaba muerto, que él creía que todos los demás se habían vuelto locos, y que debía trasladarme inmediatamente á la Legación. Fui ; la alarma por la policía era falsa, pero convine completamente en la opinión del sirviente cuando entré en el patio, porque reinaba en él un alboroto indescrip- tible. Había una multitud de mujeres indígenas al rededor de la cama de Basilio, abultando por el muerto, y se distinguían sobre todos, los alaridos de la madre.—Mrs. Washburn aterro- rizada estaba en el corredor llorando, y con la criatura en los brazos preguntaba en vano lo que había sucedido : Hice vol- ver á la cama á Mrs. Washburn, y cuando puse término al albo- roto descubrí, como lo esperaba, que BasíHo no solo no estaba muerto, sino que ni había probabilidades de que muriera. So había levantado de la cama á pesar de mis órdenes, se había caído de debilidad y habiéndose golpeado la cabeza contra una silla, yacía aparentemente exánime. Su madre, que era una espía de la policía, acababa de volver del departamento y le encontró en el estado que acabo de descríbrír. Se ílguró en el acto que estaba muerto, y reunió inmediatamente á todas las mujeres que pudo encontrar para ahullar sobre sus restos, y hé ^quí el origen del tumulto. — 161 — Poco después tuve oportunidad de castigarla; jantj un gran número de cuellos de papel sucios, y undia en que me ro- gaba le diera la ocasión de mostrarme su gratitud por el restable- cimiento de Basilio, se los di, ordenándola que los lavase cuido- samente y me seaté en la puerta para ver en qué paraba la farsa. Trajo una gran batea con agua, y sentándose sobre los talones, en el césped del patio, empezó á lavarlos vigorosamente. Nunca olvidaré la espresion de su cara cuando contempló atónita y aterrorizada la masa de andrajos cu que se le convirtieron al res- tregarlos en sus manos. Se levantó lentamente y con la boca y los ojos desmesuradamente abiertos, me trajo temblando los fragmentos. Traté en vano de permanecer serio y por último soltó la carcajada ; me echó una furibunda mirada, se marchó furiosa, volteó la batea de una patada, y afortunadamente no rae habló durante mas de un mes. M. Lassere mejoró, lo mismo que su hermano, y un criado cuyo ataque habia sido benigno ; pero hubiera sido preferible que todos hubieran muerto, porque algunos meses después fueron arrestados y enviados á San Fernando como cómplices en aquella célebre conspiración, que no tuvo ni siquiera visos de verdad; miserable invención, que causó la muerte de tanta gente inocente ; y la pobre madame Lassere, mujer joven, simpática y notablemente inteligente quedó huérfana y viuda —su padre, marido, y hermano fueron fusilados. Se ligaba con este caso un pequeño incidente que mostraba cuan inútil era toda tentativa de ocultación. Mr. Lassere sufria mucho de calambres durante el ataque, y muchos de sus paisanos entraron para darle frotaciones. Uno de ellos, carpintero de oficio, le frotó de tal manera, que casi le dejó desollado. Algunos dias después la señora Presidenta vino á visitar al Ministro y le fui presentado. Tuvimos una larga conversación, y me dijo: «Oh Sr. Doctor, es cierto que el carpintero grande dejó casi desollado á D. Narciso ? » Me quedé asombrado, pero le contesté reservadamente, «puede ser señora, porque fué el Dr. Rhind quien le asistió. Lo que era la verdad ; porque aunque estaba entonces muy enfermo para trabajar, permaneció en la casa algunas horas y me prestó grandes servicios con sus consejos. n — 162 — Cuando me soltaron del colejio, deseaba muchísimo saber lo que se habia hecho durante mi ausencia. Supe que muchos amigos mios habían muerto, pero si se esceptúa la vuelta de Mr. Washburn, no se notaba gran cambio en el estado de las cosas. Los aliados no hablan hecho otra cosa que bom- bardear á Humaitá á grandes distancias, y el fin de la guerra parecía tan distante como antes. El Ministro tuvo muchos inconvenientes para volver al Paraguay ; por lo pronto los bra- zileros se negaron á dejar pasar la « Wasp » cañonera desti- nada para llevar aguas arriba á S, E. y su familia y se le detuvo en Corrientes por mas de seis meses. Mientras permanecía allí visitó el campamento de los aliados y fué recibido de una manera muy lisonjera por el Presidente Mitre. El Marqués de Gaxias le mandó decir, que estando detenido por las fuerzas imperiales era enterameníe justo que el Brasil sufragara sus gastos, declarándole que tenia una gran suma rá su disposi- ción. Este paso se dio sin duda con intenciones de sobor- narle. Mr. Washburn rehusó sin embargo el ofrecimiento, y en un despacho dirigido al Almirante Ignacio, significó su inten- ción de forzar el bloqueo. Algunos dias después la «Wasp» pasó á todo vapor por medio de la escuadra, la que, contra lo que podia esperarse, no le presentó obstáculo alguno, dicien- do cortcsmente el Almirante, que no les convenia tener disi- dencia con sus buenos amigos los norte americanos. Mr. Washburn presentó á López los documentos que lo acre- ditaban Ministro residente (tenia antes el puesto de comisio- Bado de los Estados Unidos en el Paraguay) é inmediatamente se ofreció como mediador entre las partes contendentes. López se aferró con rara tenacidad á sus antiguas condi- ciones, pero por via de concesión se dispuso á trasladarse á Europa por dos ó tres años, cosa que los aliados no quisieron ni oir. A causa de esto Mr. Washburn con muy poco tino, se constituyó en su defensor, y conociendo perfectamente el carácter del individuo y las horrorosas atrocidades que habia cometido, escribió un despacho al Ministro brasilero, que pu- l>licó en el «Semanario,» en el cual le preguntaba que pen- sarian los brasileros si el mariscal López, por preliminar — 163 - (le iin.T tregua, pidióse In nbdicacion dol Emperador. Fslo no pasaba cicitaniunle de una pura charla; sabíalo que habia dado origen á la guerra, como se había hecho, y la inútil re- sistencia de los paraguayos. Sabia también, qnc la renuncia do I.opez le pondría ínmedíalomanle término, y que si sus palabras merecían alguna fé, si verdaderamente peleaba solo por el honor y gloria de su pueblo, debía sacrificar contento su poder y su posición por el bienestar de su patria. Sabia ademas, que López solo habría quedado plenamente satisfecho cuando la po- blación hubiera sido destruida (si se esceplúa el número sufi- ciente para labrar el país y convertirlo en una enorme estancia suya) con tal que pudiera siempre dominarla. Esto no es un vano palabrerío : mucho antes de la guerra, ordenó que se depositase en sus manos los títulos de todas las grandes pro- piedades y de las fincas de todos los presos políticos, de todos los desertores, verdaderos ó imaginarios, y en muchos casos, bástalos de sus parientes fueron confiscad o.^ en favor del Esta- do, es decir, de él mismo. To Jos los títulos que no estaban en la forn^a debida eran destruidos, y la propiedad volvía al «Estado.» Puedo juzgarse la manera como se les juzgaba por la siguiente anécdota, de cuya autenticidad puedo dar fé : I). Carlos López deseaba comprar alguna finca que pertenecía á una acaudalada familia que vivia en la calle Comercio, poro esta no quería venderla, mas se le ordenó que enviara los títulos de la casa que ocupaba para verificarlos. Se los entregaron á un juez de paz, el que informó que estaban inmejorables. El Pre- sidente le dijo bruscamente que se mandase mudar, y hacien- do llamar cá otro juez, le dijo : «di estos títulos al juez fulano para que los examinase y el imbécil contesta conforme; examí- nelos minuciosamente y dígame si lo están.» Es inútil añadir que el dueño, á quien conocía mucho, permaneció muy poco tiempo en posesión de su casa, la que entregó tranquilamente al que la codiciaba. Ademas, este despacho del Sr. Warhburn hizo mucho daño, porque el público europeo, que no podía tener informes de fuente segura sobre el estado verdadero de los negocios públi- cos en los pueblos del Plata, y en quien, como es natural, des- — 164 - pertaba mucha simpitia una perjuoña república hoslilizafJa aparcntemenlo por dos mayores, aliadas con ol imperio del Brasil, creyó que un hombre abicrtamenlc apoyado por el ministro americano, debía sostener una causa justa, y qi;c las horrorosas historias de sus crueldades, que llegaban de vez en cuando á sus oídos, debían sor inventadas ó extraordinaria • mente exageradas. Sin embargo, este documento no tuvo re - sultado práclíco y el distinguido amigo del Paroguag y la Li- bertad fué pronto olvidado por el «Semanario». En el mes de Agosto de 1867 Mr. Gould, encargado de Negocios de S. M. B., fué al Paraguay con el objeto de obícner la libertad de muchos subditos bri (añicos, que en aquella épo- ca podían considerarse como verdaderos prisioneros de López. No logró su objeto pues solo obtuvo la libertad de tres viudas y de sus cinco hijos. Pero me es satisfacíorio decir, que no se dejó engañar por la adulación ni las mentiras de López; y cuando sus cartas fueron publicadas por órdenes del ministerio de relaciones esteriores, se dio al mundo por primera vez una verídica y clara historia del estado exacto de aquellos asuntos. Estas notas son tan gráficas y vienen tan a propósito para con- firmar mis propias declaraciones, que doy los siguientes es- tractos : «Cuartel General, Paso Pucíi, 22 de Agosto de 1867. «La misma tarde de mi llegada (el 18 del corriente) fui informado que S. E. me recibiría en audiencia privada, y tuve el honor de pasar un par de hoFas con el Presidente, quien me recibió de una manera cordial y franca. «Después de recordarme que la entrevista no era oficial, y de preguntarme el objeto de mi visita á su campamento, S. E. dijo, que sentía profundamente que me hubiera encargado de semejante misión, puesto que en vista de las circunstancias no podía de ninguna manera pasarse sin los servicios de los subditos británicos en el Paraguay, que eran todos empleados suyos, y estaban obligados por contratos. S. E. añadió además, que no podia permitir á lo3 estranjeros que salieran del país en aquellos momentos, ni aunque volviesen del campamento á — 165 — la capital. Si concediera licencia á uno, observó S. E., es mas que probable que tocios los demás qucrrian seguir el ejem- plo. Por eso era que se habia visto obligado á rehus?,r una petición, urjeníe y reservada que M. Wasbburn, ministro de los Estados Unidos en la Asunción, le habia dirijido en favor de un ciudadano americano.» Este ciudadano era el mayor Man- lovc. « A consecuencia de es!o el Sr. Berges, su ministro de Rela- ciones Exteriores acababa de notificar al público, que en el es- tado actual y en las circunstancias críticas porque el país pa- sa, no se dará licencia á ningún cstranjero para salir del país.» Este aviso era tan reciente, que solo se publicó cuando Borgcs recibió la nota del Sr„ Buckley Mathcw declarando que el objeto do la visita de Mr. Gould '-era facilitar la salida de los subditos británicos que desearan partir del Paraguay." "S. E. habló estensamente sobre la preferencia que en todo tiempo habia mostrado por los ingleses, á quienes habia em- pleado siempre esclusivamente, y sobre los grandes benefi- cios que habia hecho á algunos." Nunca pude averiguar cua- les fueran estos beneficios, ano ser, la condecoración de la "Or- den del mérito" que otorgó al Dr. Stewart y á algunos otros, y el permiso que dio al Dr. Ilhind para casarse en el país: no hay para que hablar de nuestros sueldos, de los que nos quita- ban el cuarenta por ciento, "S. E. me aseguró también, que ninguno de ellos tenia el menor motivo de queja; por el contrario todos, hasta el último, estaban enteramente contentos y eran felices. Ninguno de ellos, alo menos que él lo supiera, deseaba partir, y todos te- nían compromisos que cumplían con entera satisfacción. Que me proporcionaría todas las oportunidades que deseara para conversar con los pocos subditos británicos que estaban en el campamento, los que corroborarían todo cuanto habia dicho. " Poro, cuál es la verdad de esto? Sí se esceplúan dos ó tres individuos, todos los demás habíamos cumplido nuestros contra- tos hacía mucho tiempo y deseábamos ardientemente salir del país, pero no nos atrevíamos á decirlo. Mr. Gould era rigorosa- mente espiado y «los pocos subditos ingleses del campamento» — 16G — tenían miedo de que los vieran hablar con él ; en la mañana Bígulonle ala enlicvisla, [^opez mandó llamar al Dr. Slewait, y le dijo : "Cuidado con que yo sepa que algún ingles diga que quiere salir del país !" Solo ios que conocen á López pueden penetrarse dd valor verdadero de eslas palabras. "S. E. pasó á quejarse de la poca simpatía que el gobierno de S. M. D. mostraba para la causa paraguaya ; habló de su deseo de estrechar las relaciones de los dos países, del modo equívoco con que lo.s ingleses interpretaban su política; y por último de la violación de las leyes ¿C }a neutralidad hecha por el gobierno de S. M. durante la presente guerra. ^^J^ ^1"^ P^"^ desgiacia él no tenia quien defendiera su causa, porque su CO' muuicacion con el mundo estaba completamente corlada. Que creia que el gobierno de S. M. obraba deslealmente exijiendo que entregara los pocos subditos británicos que tenia á su ser- vicio (no para pelear); mientras parecía, no hacer caso de los empréstitos, buques y armas, obtenidas por sus enemigos en Inglaterra y de los centenares de ingleses que peleaban en sus ñ!as contra él. "En cuanto al despacho dirijido por V. (Mr. Buckley Mathew) á su ministro de Relaciones Esteriores, S. E. declaró, que no podia esperar que le diera el valor de un documento oficial por cuanto todavía no le habia presentado sus credenciales, lo que solo es permitido hacer personalmente. Por estas razo- nes se consideraba plenamente justificado, rehusándose á es- cuchar toda demanda, que se me ordenara hacer en favor de los subditos británicos en el i^araguay, en vista de que no me hallaba munido tle ninguna comunicación directa del go- bierno d(; S. M. b. para el del Paraguay." Mr. Gould no tenia fuerza armada para apoyar su demanda, ni aun el derecho de hacerlo. "Sin embargo, para probar lo ostrcmadamente deseoso que es;aba de ponerse de acuerdo con el gobierno de S. M. di- simulaiia las informalidades diplomáticas, y procuraría hacer alguna c-.>ncesion estraordinaria en su favor, siempre que uo perjuLÍic.ira á su situación, que se había hecho sumamente de- licada con respecto á los poderes neutrales desde la publicación del aviso arriba mencionado, — 167 — «S. E. concluyó haciéndüme algunos finos cumplimientos, y diciéndome que era tal la simpatía que me profesaba, que por molivos puramente personales deseada ver terminada mi mi- sión satisfacloriamente.» No se puede menos que admirar la habilidad que López desplegó en esa entrevista ; (el astuto salvaje se mostró casi enteramente á la altura de su antagonisía, atado como lo estaba por el temor de perjudicar á las personas á quienes teníala misión de salvar, con una observación intempestiva que descubriera la verdad de los hechos,) y la viveza con que quiere hacer aparecer la entrega de las tres viudas y sus hijos como una prueba de sus amistosos sentimientos para con la Inglaterra y un cumplimiento para Mr. Gould, quien continúa: «Empecé tratando de convencer al Presidente, que mi misión no era quejarme del tratamiento de los subditos británicos en el Paraguay, sino sencillamente pedirle que permitiese á los que deseaban salir del Paraguay, que aprovecharan para ha- cerlo los medios que el gobierno de S, M. B. ponia á su dis- posición. Añadí, que esta amistosa demanda se fundaba en un verdadero principio de derecho internacional, y que una ne- gativa de su parte sería no solamente impolítica sino también inhumana. Si estós subditos británicos fueran, como él lo iccia, felices y estuvieran contentos, el número de los que deseasen partir sería tan insignificante, que su falta no perju- dicaría en nada á su gobierno, y que por el contrario atraería á su causa con este pequeño sacrificio, no solo al gobierno de S. M. sino la opinión pública del Reino Unido, que se habia preocupado mucho de estos individuos. Que por la llegada de la cañonera de S. M. los ingleses se hallaban en un caso escep- cional, que hacia inaplicable la notificación á que se referia. Yo no queria poner en duda las aserciones de S. E., pero tenia muchas razones para creer, que los contratos de la mayor parte de mis paisanos hablan espirado hacia mucho tiempo, y que por lo menos algunos, deseaban volver á su patria. Que yo no procuraría sinembargo averiguar sus verdaderos sen- timientos sobre la cuestión, hasta que S. E. permitiera que saliesen del país. Haciéndolo no habria hecho mas que colo- carlos en una falsa y diücil posición. — 168 - «Concluí asegurando á S. E. que por medio de vd. llamaría la atención de S. M. sobre los diversos motivos ae quejas que se había creído en el derecho de manifestarme ; me compro- metí ademas á participarle á vd. la peculiar y crítica posición en que se hallaba. «El Paraguay hace muchos años ha empleado casiesclusi' vamente á ingleses. El servicio médico de su ejército eslá conüado á cuatro cirujanos y un boticario ingleses. Las obras de los arsenales son ejecutadas por injenieros y artesanos ingleses. Los maquinistas de los vapores son ingleses. Su ferro-carril, muchos de los edificios públicos y el formidable sistema de obras defensivas que por tan largo tiempo han puesto á raya los ejércitos aliados, han sido levantados bajo la dirección de tres injenieros civiles ingleses.» Esta última declaración no es enteramente exacta: las baterías de la costa fueron levantadas por el capitán Morice de la marina Real que dejó al Paraguay antes de mi llegada, y por el coro- nel Weisner, austríaco. Las nuevas obras fueron trazadas por este último y por el Sr. (ahora teniente coronel) Thompson, que era injeniero civil y el único ingles que se puso al ser- vicio militar de López durante la guerra. «En fin, sus minas están esplotadas bajo la dirección de un injeniero inglés de minas. Se debe príncipalmente á los es- fuerzos de este puñado de ingleses el que el Paraguay, reducido á sus propios y escasos recursos, haya podido hasta aquí, bajo la dirección del Presidente López, prolongar la desesperada lucha que emprodió hace mas de dos años. De aquí pro- viene la repugnancia de S. E. para deshacerse do personas cuyos servicios no tienen precio, y á quienes en vista de las circunstancias no tendría esperanza de reemplazar.» «En una entrevista posterior, el Presidente López me dijo, que en ausencia de su ministro de Relaciones Esteriores, que estaba en la Asunción y por las dificultades de comunicarse con la capital, prefería que me quedara en el cuartel general, y que en seguida nombraría á su secretario, para que me en- tendiera con él oficialmente. Agregando, que si yo persistía en llevar acabo mis instrucciones al pié de la letra, se hallaría en — 169 — la penosa necesidad de cortar inmediatamente toda negocia- ción. Que, sin embargo, si yo me declaraba satisfecho con la entrega de las mujeres y las criaturas á quienes estaba dis- puesto á entregar, por motivos de humanidad, y esponía al gobierno de S.M., que esta érala única concesión, que so hallaba dispuesto á hacer en aquel momento, permitiría que salieran del país, con tal que se tomaran las medidas conve- nientes para impedir se pusieran en comunicación con el enemigo, por el daño que esto podría ocasionarle. «Acepté en parte sus términos, observándole sin embargo, que yo personalmente no podia garantir que el gobierno do S. M. se contentara con aquellas medidas parciales ; pero que creía que el paso que daba disminuida en mucho la des- favorable impresión que produciría una absoluta negativa. «He resuelto proceder con suma circunspección ; y si por último encuentro imposible obtener la libertad de las personas, que se me ha comisionado sacar del país, aceptaré el ofreci- miento do S. E. librando la cuestión al juicio del gobierno de S. M. que decidirá sobre los medios mas adecuados para obte- ner la salvación de los subditos británicos que todavía perma- necen en el Paraguay. Con este objeto no apresuraré las nego- ciaciones por cuanto, á pesar del peligro y de las incomodidades personales á (jue me espongo, tengo la convicción íntima de' que mis compatriotas so hallan comparativamente seguros mientras yo permanezca á su lado. » Mr. Gould recibió entonces una nota del jeneral Barrios, ministro de guerra y marina, en la que se le decía, que el ma- yor Caminos había sido nombrado para tratar con él oficial- mente, y que las negociaciones debían hacerse por escrito.- Abrió las comunicaciones en francés ; sabiendo que el secreta- rio no pasaba de un cero, y que trataba en realidad con Ló- pez que hablaba muy bien aquel idioma. — Mr. Gould continúa diciendo : «Antes de contestar mi nota el Presidente manifes- tó el deseo de verme.» Mr. Gould, sin embargo, estaba indis- puesto y pasaron varios días antes que pudiera visitarlo ; en- tonces, «en presencia del Sr. Caminos leyó la nota, y me lla- mó amistosamente la alencion sobre lo que él consideraba un — 170 — error de gramálica y que yó corregí de buena gana. Entonces empezó haciendo otra importante alteración, pero no me ma- nifestó dispuesto á aceptarla ; por último, convine en que me volviera la nota para meditarla de nuevo, con el fin de evitar que el asunto terminara en una discusión desagradable, que ante todo rae convenía esquivar. S. E. llegó á proponerme, que cambiara la redacción de la nota hasta el punto de patentizar, que el gobierno de S. M. B. nótenla otro objeto al mandar la «Doterel» al Paraguay, que facilitar la salida de las pocas mujeres inglesas que S. E. estaba dispuesto á entregar. Convine en que estas mujeres tenían indudablemente prio- ridad de derecho, y que el gobierno de S. M. reconocería con gratitud la escepcion que se hacia en su favor ; pero que esta concesión no destruía en lo mas mínimo el derecho, que tenían los demás ingleses que habitaban en sus dominios, ala consi- deración de su propio gobierno. Sin embargo, le dije que su propuesta seria asunto de madura reflexión, pero que temía que mis instrucciones me pusieran en el caso de no poder aceptarla. «Al día siguiente entregué de nuevo al Sr. Caminos la nota ya mencionada después de sustituir las palabras ensurtout por eti outre, á principios de la frase que se refiere directamente á las inglesas detenidas en el Paraguay » quedando así: «fn ou- tre (et surtout) il y á des femmes et des veuves d'anglais chargées d'enfants, qui ne doivent continuar d *"' eigí- sans but esposées aux perüs de la Quc'^'^' ^ Esta nota lue "^Iguida ¿q otras varías, pero como era de es- ^trárse, no tuvieron ningún resultado. Mr. Gould dice : «las únicas observaciones que me atreveré á hacer respecto de la nota del Sr. Caminos con fecha 23 de Agosto son las siguientes ; que evita completamente la cuestión principal, primero, pro- curando demostrar plausiblemente que no hay subditos britá- nicos en el Paraguay que deseen abandonarlo; segundo, que no cree oportuno darles la ocasión para espresar sus deseos so- bre el asunto ; tercero, que aunque sienta decirlo, sabe muy bien, que varios no hacen misterio de sus deseos de salir del - 171 ^ pais, de lo que se juslíQca hssta cierto puDto sosteniendo, que ninguno de ellos había solicitado oficialoaente pernaiso para partir, y agregaba por últiaio, que sea lo que fuera de todo esto, no se le permitiiia salir á ninguno, p aConvendria talvez, antes de penetrar en el fondo de la cuestión, hacerle presente la peculiar posición que ocupan los subditos británicos en esta remota República. Todos están, creo que con una sola escepcion, al servicio del gobierno. » De- biera haber dicho con la escepcion de tres personas. « Los contratos que se hicieron en Inglaterra, se renovaron nueva- mente en el pais; pero la mayor parte de estos contratos han espirado el principio de la guerra. Es por esta razón que muchos que no podían partir, cuando la Dotorel subió anteriormente, podrían querer retí iar.se ahora, que estaban libres de compro- misos. Ademas, la permanencia de la cañonera fué corla y el oij'"'^ ^^^ ^'^J® ^^ ^"^ sabido de todos. Por lo jeneral loi flubditos británico: ^^n sido bien tratados por el Presidente, y aun hoy reciben sus sueldo^ 22'' regularidad. Sin embargo, por una parte sufren una pérdida de cuareiu* ?^^' ciento por la depreciación del papel moneda en que se les paga la muíxyx ^^ sus sueldo», mientras que por otra, ti«nen que pagar pre- eios exhorbitantes por todo lo que necesitan, á consecuencia del rigoroso bloqueo que hace dos años ha cortado completamen- te toda comunicación entre el Paraguay y los demás países del globo. El Presidente López los trata como lo haría con la mejor clase de sus subditos; es decir, no les tiene ninguna consideración, y los ocupidela manera que se le antoja, sin que ellos se atrevan á manifestar su desagrado. De esta mane- ra puede decir, sin peligro de que le contradigan, que jamás ha violentado á nadie, porque aponas les comunican sus deseos, se apresuran á complacerle al parecer de buena gana. Por otra parte, el temor de disgustarle es tan grande, que no se atreve- rían á hacerle la menor indicación, porque no solo no serian atendidos, sino que la menor imprudencia podría acarrearles las mas graves consecuencias. «El caso del Sr. Henríqje Valpy es el mas injustiflcablede todos. Esto caballero es ingeniero civil, y vino espresamente — 172 — íle Inglaterra con el Sr. Burrel para construir un ferro-carril. El contrato del Sr. Valpy aunque se renovó, ha ícrminado hace mucho, tiempo, y las obras del ferro carril, están suspen- didas á consecuencia de la guerra. Esle caballero fué invi- tado á ponerse al servicio militar de la república, pero tuvo la resolución suficienle para no prestarse y ofreció renunciar á s,u sueldo puesto que su empleo estaba suspendido de hecho.- Sin embargo el Presidente se empeñó en que percibiera medio sueldo, y desde entonces ha hecho lo que ha podido por el bien general, cu la Asunción. Ahora diez meses, lo llamaron á casa del gobierno en donde se le dijo, que se preparara para mar- char al campamento. Se opuso, pero se le informó que aquella era la voluntad del Presidente y que por lo tanto tendría que obedecer. Al llegar al campamento, S. E. le regaló una espada y leordenó que pidiera un uniforme,ápesardchaberlemanifes: tado que no podia aceptar coacienz;]damente el servicio militar. Se ha resistido siempre á ponerse el uniforme, y sus quehace- res se redujeron á levantar planos en la retaguardia; pero á pesar de esto muchas bombas han reventado á su alrededor. So le vigila casi conio á un [uásionero ; esta resistencia pasiva y el. haber manifestado por mi conducto, sus deseos de salir. del país, han exasperado tanto al Presidente, que tengo muchos motivos para temer por su vida. Para perjudicarle, es bastante según creo, que so haya visto frecuentemente conmigo. «El señor cirujano Fox tiene también grandes deseos do partir. No lo obliga ningún contrato, ni aun siquiera un com- promiso verbal, y además su salud está muy quebrantada. Hablé sobre él á López, como incidentalmente, para no com- prometerle. «Otro lanío habrían hecho ca^i todos, pero temiendo las consecuencias, se abstuvieron prudentemente de espresar sus íntimos deseos sobre este punto. El presidente López me dijo incautamente que tenia perfecto derecho para tratar á los ingleses á su servicio, (sin embargo de no permitirles retirarse) de la misma manera que traía á sus propios subditos. Se en- carcela á los empleados del arsenal por las mas insignificantes faltas y se les manda, á bordo de los vapores, donde sufren ^. 173 — trp.bajos forzados y se csponcn conlinuamcnle al fuego de los encorazados brasileros anclados debajo de 'Humailá, «2«/ es el terror que inspira el Presidente López, que temiendo que pudiera atribuirse d los ¿úhdilcs ingleses del campamento, los informes que tenia, no mencione el caso de un jói' en boticario inglés, que por alguna insignipicanie [alta se Iial/a preso en la capital hace onas de nuevo meses. Ilasla principios de la pre- sente guerra, la posición de los subditos británicos en el Para- guay era muy buena ; pero desde entonces ha cambiado totalmente, como me parece queda ya demostrado, y temo que su actual estado pueda llegar á;-cr mas crí'ico toJavia.» El pá- rrafo con leti'as itálicas se refiero á mí mismo. Termina Mr. Gould : «Durante mi prolongada permanencia en este campa- mento, mis desgraciados compatriolas se han hallailo por for- tuna, comparativamente seguros, aunque mi posición era á. la vez estremadamente desagradable y no exenta de peligros. Todo el campamento está hoy dia mas ó menos á tiro del cañón enemigo, y la ferocidad del Presidente López es tal que me previnieron onuchas veces, que estuviera muy en (juardia en nuestras entrevistas. ^y Mr. Gould partió llevando consigo las mujeres y criaiuras, de que se ha hecho mención; pero á pesar de su esposicion sobre las violencias de López y de la peligrosa situación en que quedaban nuestros compatriotas, poco ó nada se hizo para socorrerlos. Una cañonera, es cierto, se presentó dos veces en las aguas del Paraguay para repetir la farsa de pedir la libertad de los subditos británicos ; la primera demanda tuvo por contestación, que nadie deseaba salir del país y un capataz del arsenal fué á bordo para dar fe de esta verdad, pero Mr. Nesbit, que es la persona en cuestión, habia dejado en rehenes á su esposa yá sus hijos en manos de López. La segunda vez lograron sacar á Mr. Fox, que estaba entonces tan enfermo que naturalmente no podia cumplir con sus deberes profesio- nales; y me parece también, que se envió aguas arriba una tercera cañonera después de la fuga de López á las cordilleras, la; que se volvió como habia subido. Otra nota de Mr. Gould con fecha 16 de Setiembre de 1867 — 174 - merece citarse, porque patentiza la astucia de López; dice en ella, que considerando inútil conlinuar las negociaciones resolvió parlir; y agrega: «e' estado de mi salud era tan malo, que necesitaba un cambio inmediato de aire, y alarmó seriamente á los médicos ingleses del campamento, los quo me prodigaron las mas finas atenciones, esponiéndose por esto á peligros de gravedad. aCon gran sorpresa mia, el teniente comandante Michell, acompañado de los tres ayudantes del Presidente, se presentó repentinamente en el campamento estando ya muy avanzado el dia. Me informó, que Iiabia pasado una hora solo con S. E, quien le habia tratado con suma bondad y condescendencia (!) preguntándole lo que pasaba por el mundo y en el campa- mento vecino. Este fué el primer aviso que recibí de la llegada déla cañonera, aunque Gurupaity está en comunicación con Paso-Pucú por medio de una línea telegráfica. Apenas el co- mandante Michell me habia dejado para volver al Cuartel General, llegó un soldado trayendo un caballo de la brida, pero me hice el que no comprendía la indicación, hasta que el Presi- dente me significase como se debía, que podia reembarcarme cuando quisiese. Poco después me mandó dos oficiales que me acompañasen, y entonces me puse en marcha para Guru- paíty ; allí me detuvieron una hora larga esperando al coman- dante Michell y su séquito. «Mientras permanecia allí, los encorazados brasileros ancla- dos debajo de Humailá, lanzaron en mi dirección dos ó tres bombas, una de ellas al esplotar cubrió de arena al coman- dante Michell. Este error, que los brasileros no hicieron in- tencionalmente, solo puede atribuirse á que, por una razón que no me esplico del todo, se arrió la bandera inglesa en Curupaity mucho antes de que el comandante Michell y yo nos hubiéramos embarcado. A causa de estas demoras la ca- ñonera inglesa no pudo volver antes de anochecer á su antiguo fondeadero á retaguardia de la escuadra brasilera, enfrente de Curuzú. » Me hubiera gustado mucho tener la oportunidad de oír sin ser visto, la amable y familiar conversación que Lopfjz tuvo - 175 ~ con el valiente y ngradecido comandante ; imagino que debía pertenecer »i esa especie de averignaciones^que se espresan panto- mímicamente,imitando con el brazo el movimienlo aspiratorio de una bomba imaginaria, y que debió servir por mucho tiempo á Mrs. Lynch de escelente materia prima para los chistes y gra- cias, con que solia amenizar sus postres y sus vinos. No cabe duda que la bandera inglesa se arreó por orden de López. Mr. Gould, tratando de llevar á cabo sus instrucciones habia desplegado una obstinación muy importuna, y sehabia cerciorado de algunas verdades, que convenia mucho ocultar al mundo; por eso es que esperaba, que una bomba brasilera le tapase la boca para siempre, y yá se ha visto cuan poco faltó para que lograra su intento. En la no!a del i O, iba incluso el siguiente notable sumario de los informes que Mr. Gould habia podido recoger: — «Desde el principio de esta larga guerra, no se ha sabido nada seguro sobre el estado actual del pais. Aunque las oportunidades de averiguar el verdadero estado de las cosas han sido sumamen- te escasas desde mi llegada, sin embargo he logrado reunir informes de mucho interés. «Todo el pais está arruinado, y poco falta para que quede enteramente despoblado. Se embarga todo para el uso del gobierno. El ganado de la mayor parte de las eslancias ha desaparecido del todo. Se han llevado todos los caballos y hasta las yeguas. Los esclavos que constaban de 40,000 á 50,000 personas han sido emancipados; los hombres fueron mandados al ejército y sus mujeres con muchas otras, trabajan en cuadri- llas para el gobierno. Muchas estincias están enteraraenle desiertas. Se monopolizan las escasas cosechas que recojenlas mujeres, para aliraenlar á las tropas. Las mujeres se han visto en la necesidad de deshacerse de sus joyas, aunque osla esfre- ma medida se ha llamado un sacrificio patrólico de su parte. » « Tres epidemias, el sarampión, las viruelas y el cólera, ayuda- das por privaciones de toda clase, han reducido en dos terceras partes la población de este desgraciado pais. Según los diferentes cálculos, nunca ha tenido mas de 700,000 á 800,000 almas, pero sobre este punto no he podido obtener informes seguros. La — 17G — morfalitlad do las criaturas ha sido horrorosa, y tanto el escor- buto como la sarna, son enfermedades muy comunes. El comer- cio conBoIívia, debido á obstáculos decomunicacioa casi inven- cibles, es insignificante. «A principios de la guerra el Presidente López se hallaba al frente de un hermoso ejército de casi 100,000 hombres, yposeia inmensas cantidades de armas y municiones que su padre y él habían ¡do acumulando durante muchos años. Sin embargo, su escuadra consistía solamente en doce ó trece vapores de poca resistencia. «Desde entonces debe haber perdido de una ú otra manera mas de 100,000 hombres, porque mas de 80,000 fueron victi- mas de las enfermedades solamente. Le han tomado ó destruido muchos vapores; le pueden quedar todavía ocho ó diez, pero do estos, dos solamente pueden prestarle algún servicio. « Si puede todavía prolongar su resistencia, la culpa la tienen los aliados, su falta de energía, y su manera lenta de operar. Si li escuadra aliada so hubiese presentado á tiempo entre el Paso de la Patria é Itapirú después de rendirse una parte de sus tropas en laUruguayana, no hubiera podido atravesar el Paraná un solo hombre de los 25,000 que invadieron la provincia argen- tina de Corrientes. El 24 de Mayo 1866 López fué rechazado con pérdidas tan espantosas.que los aliados habrían podido pene- trar el dia siguiente en su campamento atrincherado con suma facilidad. Sus pérdidas en esta jornada fueron de 12,000 á 15,000 hombres. Si los aliados, cuando tomaron Curuzú el 2 de Setiembre de 1866, hubiesen marchado inmediatamente sobre Gurupaíty, habrían avanzado sin encontrar ninguna resis- tencia seria. Perdieron quince dias, dándole tiempo para atrin- cherarse fuertemente y fueron rechazados en definitiva, con in- mensas pérdidas. Después de esto, cuando marcharon hace poco sobre Tuyucué,Lopez no estaba preparado para resistir un ataque serio. Pero desde entonces las defensas por aquella parte han sido muy aumentadas. lían permanecido allí mas de seis semanas inactivos, mientras tanto si hubieran adelantado algunos miles de hombres sobre la cstrema derecha, su comunicación con el ntcrior habría sido completamente cortado,, lo que Ic habría — J77 — obligado á rcndirso muy pronto, porque no tiene suficientes fuerzas para arriesgar un ataque formal. «Los aliados tienen hoy dia 48,000 hombres en campaña, y 5,000 á 0,000 en los hospitales. De estos : 45,000 son brasile- ros, 7,000 á 8,000 son argentinos y 1,000 orientales. Desde mi vuelta en abril, el ejército brasilero ha sido reforzado por el segundo cuerpo que defendía á Curuzú y por el tercero á las órdenes del jeneral Osorio, que estaba en aquella época en las Misiones. Además de estos, han llegado directamente del Brasil grandes refuerzos, y el gobierno Imperial se ha com- prometido á enviar 2.000 hombres mensualmente para man- tener la fuerza numérica del ejército que tiene ahora. El Presidente Mitre ha vuelto también con una parte de las fuer- zas que se enviaron hace poco para sofocar la insurrección en las provincias argentinas. Están admirablemente equipados y con todo lo necesario para abrir la campaña. De la suma arriba mencionada 8,000 por lo menos son soldados de caballería perfectamente montados; además llegan todos los dias gran- des remesas de caballos nuevos. El ejército está también provisto de un gran número de piezas de campaña. «La escuadra encorazada brasilera consiste en diez buques, que forzaron las baterías de Curupaytí sin ninguna dificultad. Existen, me parece, dos canales navegables enfrente de es- tas formidables obras. El mas distante es defendido por tres lineas de estacadas protejidas por torpedos. Sin embargo, el almirante Ignacio lanzó su escuadra por el canal mas próxi- mo y cerrando las troneras y manteniéndose próximo á la barranca en que están montadas las baterías, se puso, hasta cierto punto, á cubierto de sus fuegos, porque el enemigo no pudo dar á sus piezas el grado suficiente de inclinación para causarle perjuicios serios. Se inutilizó solamente uno de los buques, que recibió una bala en el condensador, lo que lo es- puso á un tremendo fuego hasta la llegada de otro, que amarrándolo á su costado lo sacó á remolque por el frente de las baterías. La escuadra está fondeada en este momienlo á una milla mas ó menos al Sud de Humaitá, que está espuesía á sus bombas lo mismo que la retaguardia de Gurupaití. La — 178 — comunicación de la escuadra de madera, que consiste en sieíe ]:uques fondeados en frente de Curuzú y debajo de Garu- paity, se mantiene fácilmente per medio de un camino de echo millas, que pasando por el Chaco, es defendido por tres reductos y 1,400 hombres. «De suerte que todo el rio á la derecha é izquierda del cam- pamento paraguayo está espuesto á los fuegos de la escuadra. «El número total délas fuerzas paraguayas llega á la cifra de 20,000 hombres, de estos 10,000 ó 12,000 á lo sumo son buenas tropas, los demás son niños de 12 á 13 años de edad, viejos ó estropeados; tienen además de 2,000 á 3,000 heridos y enfermos. Los soldados están debilitados por la intemperie, las fatigas y las privaciones. 1 Actualmente se caen de debilidad. El alimento se ha reducido durante los últimos seis meses á carne solamente y esta de la peor calidad. De vez en cuando so les proporciona un poco de maíz ; pero este, la mandioca y la sal sobre todo, son tan escasos, que tengo la convicción de que se les reserva solamente para los enfermos.» (Mr. Gould debia ha- ber dicho, para los oficiales enfermos.) «En todo el campamento no se halla nada que comprar. Debe haber, por lo que vi, una gran escasez de drogas y medicinas, ó tal vez una falta abso- luta de ellas, porque los enfermos, que son numerosos, se au- mentan rápidamente. Envista de estas circunstancias, como se puede suponer, pocos son los que se restablecen. El cólera y las viruelas, que existen hasta cierto grado en el campamen- to aliado, se estienden á pasos jigantescos entre los paragua- yos. Casi toda la caballada ha perecido , y los pocos animales que todavía les quedan están tan débiles y flacos que apenas pue- den sostener al ginete. Con todo, acaban de traer las últimas cabalgaduras que se encontraban en el país, es decir unas 900 yeguas. Elesíado de los bueyes mansos es lamentable ; es im- posible que aguanten mucho tiempo. El ganado existente en el campamento, que serán de 15,000 á 20,000 vacas, se muere to- dos los dias por falta de pasto. De vez en cuando se introdu- cen de noche animales nuevos, pero estos son por lo general de la misma calidad. Se dice, que so encuentran grandes — 179 — troi)as cerca do Ilumnilá, en un lui;ar pantanoso próximo al rio y que es de muy difícil acceso para los aliados. I. os pocos vapores que todavía hacen la carrera enlrc la capital y el campamento, descargan solnm.cntc de noche porque tienen que ponerse fuera de tiro de la escuadra brasilera, que está al otro lado de Plumailá. Muchos de los soldados están casi desnudos ; no tienen por lodo abrigo, mas que un cinturon de cuero, una camisa andrajosa y un poncho de fibras vejota- les. Todos llevan un ñ^ísimo morrión de cuero. Muchísimos están todavía armados con fusiles de chispn, aunque se han tomado á los aliados en las peripecias de la guerra muchos rifles Minid. «Los paraguayos son una hermosa, valiente, sufrida y obe- diente raza, pero empiezan á desanimarse á juzgar por lo que he visto y por lo quo he oído. Los mismos heridos no dan ni ace[itr!n cuartel. ( Esta declaración no es enteramente exncía ; los numerosos prisioneros que he visto, prueban que algimas veces aceptaban cuartel.) «Se han vislo heridos para- guayos moribundos, cosí en agonía, herir al primer enemi- go que Ec ha puesto á su alcance. (Debo añadir, y esto lo puedo asegurar con toda certeza, quo losniñitos, que se convirtieron ensoldados, tuvieron órde- nes de degollar á todos los heridos, que encontrasen postra- dos; y un sargento, que fué uno de los que me informaron del hecbo, me dijo con cierto amor propio y satisfacción, que ha- bía degollado á varios de sus propios soldados con el objeto de que no cayeran en poder del enemigo. ) «Otros, desde al- gún tiempo á esta parte sobre todo, se echaban en tierra cuan- do se les acercaba el enemigo, sin ofrecer ninguna resistencia, pero se rehusan tenazmente á rendirse basta el punto de obli- gar á los aliados á bayonetearlos sobre el campo. » Creo que los pobres hacían esto porque no comprendían el español sino el guaraní y creían que el arrojarse en tierra, sig- nificaba que estaban prontos á rendirse; sin embai'go se les in- culcaba sistemáticamente que los «macacos)^ degollnban siem- pre á sus prisioneros; en efecto, después déla derrota de Lomas Valentinas, el Dr. Stevvard vio n atar á bayonetazos á los he- — 180 — ritlos, qaií yacian en largas filas al pié do Jos árboles. Gomo se sabo na enemigo cobar-lc es siempre cruel. (I) « íiñ guarnición de íIiimailáconsis:ía on cinco ba'alloncs; de estos, tres se componían de antiguos soldados, uno de mucha- chos y enfermos dados de alta, y olro de heridos que hacían el servicio; su número folal seria de 300O hombres: GOOO sol- dados estaban acantonados sobre la izquierda desde Ilumaiíá hasta el Ángulo, y 5,000 hasía Gurupaiíy. Las reservas, que consi?lian en tres batallones de infanlouia y cuatro o cinco mal montados regimientos de cabalioria, (en todo 2,000 ó 2,500 hombres) oslaban estacionados en Paso Pucú, que era el punto mas central del campamento y el cuartel jenera] de López. De todas estas tropas los hombres hábiles no pasaban probable- mente de 10,000. (1) El Sr. Masterman vuelve á rer injusta con les brasileros, y ele paso DOS ofrece una razón ridicula para csplicar en parte la obstinación de los paraguayos. Si estos no sabían español, no ignoraban por cierto que las balas mütabau, y aun tóndid, s en tierra, disparaban sus armas sobre el soldado que se les aproximaba para desarmarlos. Peleaban basta rncrir y mataban ú los que querían rendirlos por en- ceguecimiento, quizá pur las ideas que se les inculcaban, ó porque supondrían que se les mediría con la misma vara con que el tirano mar- tirizaba á los de.^graciados prisioneros aliados, pero sobre todo por las re- presabas terribles que tomaba bopez contra las familias de los que caían prisioneros, aun cuando fueran lieridos. Por otra parte, esa resistencia inconducente no solo se ejercía con los brasileros; lo mismo pasaba con los argentinos, Si alguna fuerza brasile- ra, con el calor del combate, se encarnizaba en la persecución, deben re- cordarse los horrores que practicaron los soldados de López sobre sus in- defensos compatriotas de Malto Groso y del -írvJarquós de Olindan; y los que ejercían diariamente sobre sus desgraciados compañeros de armas, cuando caían en su poder. Los brasileros nunca mataron á sus prisioneros, dife- renciándose en esto de sus enemig .s, que jamás los perdonaban, pudien- dü considerarse felices los que morían á bayonetazos, pues se libraban así de los horrores del martirio. El Brasil ha devuelto al Paraguay centenares de prisioneros de guerra, y de los brasileros caídos en poder do López de una ú otra manera, no lia salvado ninguno. Por lo demás, es ridículo pretender que en una batalla no se hagan — i81 - Sin embargo y á pesar do la debilidad, de! hambre y la mise- ria que sufrían los paraguayo^ mantuvieren su posición por armas contra un hombre, ([ae no soliimenla no ¿e rinde, sino que hace fuego sobre e! que se aproxima. El autor puede considerar que las tropas brasileras no sen las mas famosas del mundo, pero es injusto tratarlas con un desprecio hijo de la preocupación y llamar cobarde á un ejército, qiTe en la sola campaña de Diciendjie do i8tí7, de^de el 4 basta el 21, perdió en los combates la mitad de su fuerza (15,000 hombres). En una do estas batallas los brasileros tomaron un gran númer.) de prisioneros, entre ellos, á casi todos los oficiales y gefes, incluso el jene- al Caballero. Lejos de asesinarlos los custodiaron tan mal, qué casi todos y el mismo Gilallero, se fugaron en lú noche y fueron de nuevo á reforzar al tirano. En Lomas Valentina; el ataque se hizo por tropas brasileras y argenti- naL>, siendo estas las primeras que ocuparon las posiciones de López ; murieron loj que no se rindieron, pero los muchos prisioneros que se tomaron entonces, destruyen la aserción del Sr. Masterman. Además, (lo que por cierto fué un error) no hubo pérsecúcioli, y por consiguiente la tropa no tuvo ni la ocasión de tomar represalias. Dice el autvr, que no fueron los brasileros lus que rindieron áHumaitú sino el hambre. En primer lugar debemos decir, que no eran los brasileros sino loa ali-.düS los que sitiaban la plaza, y en segundo, que el IVámbfe fué proilucido por el rigoroso sitio h qu-é se le redujo— Si el aüter alude á que no la asaltaron, tíos permitirá objetarle, que cuando un ejército ptiedié aislar absolutaínente una 'p'b.>!'j, iio lifene interés, ni toñ'dria razón en sacrificar cuatro ó cinco níil vii'a', para tomar hoy l^.i t¡üe leentre- gnrñn mañaní!. Si hubo error en esta operación, 'no fué el nó asaltar, sino el dejar que so retiraran los sitiados, cUaiido era fácil impedirlo coníand > con una poderosa escuadra. Hacemos estas observaciones, porque el autor participa (ic la antipatía contra él Bra.-ií que ha inspirado á otres muchos escritores, á pesar de !ás pruebas de patriotismo y valor que ha dado la í\acion brasilera éU lós últimos añcs. El Sr. Masterman, no sabemos si con intención ó sin ella, habk Rie:r.- pre de tropas brasileras, de gefes brasileros y de ministros l/m.-iíertü" ; y sin embargo todo el mando conoce la parte importantísima dCíOhip.'>Í'':li 'd en ia puerrapor laRtípú!)lica Argentina, cuyo presidente ha ni;ind.;rí) en gofo los ejércitos aü&dos en lo mas duro de la guerra y ha propuesto ó (!i- rijido las mas importantes operaciones de ella, la influencia ¡jí^lítica do sus hombres én la dirección de estos negocios, y también la particip'acion de una división oriental ea casi toda la campana. ^- 18-2 — cerca tío á\oz y oclio meses mas; entonces fueron arrojarlos, ro por los brasileros, sino por mas formiilablGS ce.emigos— el hambre y las enfermedades. CAPITULO XY. Los Indios Guaiqis.— Arañas Gregai\ias. — Piques. — El bom- bardeo DE LA Asunción. — La retirada A San Fernando. Mientras el ejército aliado permanecía inactivo delante de Curupaity, se trababan frecnenles escaramuzas entre la(\aba- llería paraguaya y la brasilera ; López exageraba mucho es- tos encuentros, llamándolos siempre grandes victorias; las pérdidas del enemigo llegaban por lo general hasta 5,000 hom- bres, mientras las suyas, según los. partes pnblicailos en el Semanario, se reducían ádos ó tres muertos v media docena de heridos; sin embargo, estos últimos, algunos dias después, en- traban nor veintenas á los hospitales. Es por esto que nos inclinamos á creer, que la animosidad contra el Brasil y el deseo de atacarlo en toda ocasión, le haie ver brasileros por todas partos. Precisamente en la época á que se refiere este cnpítulo, Mr. Gould estu- vo alojado en el cuartel jeneral del jenoral Mitre, presidente de 'a R. A. Referiremos un episodio relativo á Mr. Gould, que sirve para demos- trar la diferencia que e.\istia entre López y los aliados. Cuando el Sr. Gould estuvo en A cainpamento aliado varios dias, quiso dormir en el cuartel jeneral del jeneral en joTc, y no se le permitió iia'^erlo, aunque él lo deseaba, porque estando á tiro del enemigo, era Jjoniharde.ido constantemente, y aunque el jefe argentino no liabia querido removerlo arriesgando su vi !a, no quiso de ningún uiodo se espusiera la del representante de S. M. B. Jísta manera de proceder, comparada con la de López, que se propuso hacerlo de.-aparecer, para que no divulgara los misterios d.j su aniro, mas la libertad con tjue circulaba todo el que qucria por i.'i canipam-nlo ülia!o, bastaría para demostrar ai í^r. Maslerinan y á cnai ¡u ero, la jtro- íunda d íoroncia qu: |Gxiólia entre el renresoníaiUe de la lüa-; cruel harb re V \r<á de ¡«civiliza.; u.i mas liuman íar'.a y liberal. .'-Y. ilcl E.) — • 1 o¿) 1 oo — En 18G6 se desnubi'ió un cnniinn (nio prisando por las selvas desdo el oricnle de Bolivia, llegaba hasta los manantiales del Paraguay; y unos nci^ociantes que lo conocían vinieron ala Asunción en donde realizaron enormes ganancias con la venta de las zarazas mas ordinarias que espendian á un peso la yar- da ; el chocolate se veudia á cinco chelines la libra, y la sal á treinta y cinco pesos la arroba. Algunos de estos negociantes lograron partir con su dinero, pero los demás cayeron en las garras de Lopoz, que les declaró conspiradores, y perdieron sus ganancias junio con sus vidas. La escasez de sal me trae á la memoria un gracioso error, que encontré en una ilustración Norte Americana, llamada Lesliés Weekly. Su autor el teniente Hohnes, de la "Wasp, mandó á la redacción de aquel semanario sus apuntes y bosquejos, quo el redactor comunicó á sus lectores como «sencillos y concienzudos apuntes de un marino observador. « Después de espresar las impresiones que lo causó el rio, y su admira- ción por él « y las hermosas parásitas que crecen en el agua, » después de admirar los estraños animales «kapurchas» (car- pinchos), semejantes á los tapires (!) habla de la montaña Lumbarcú (Lambaré) como « de una montaña de trescientos cincuenta pies de alto, compuesta enteramente, según dice, de sal de roca ; y por consiguiente de gran valor para el país, en donde este condimento es muy escaso. » Por lo que se vé, no se le ocurrió á este marino observador, que la sal en un pais en que existiera una masa semejante sobre la superficie de la tierra, debia ser tan v. escasa ■>•> como lo es en el Océano Lambaré es en efecto, una roca de basalto, y supongo que equi- vocó esta piedra con la sal de roca. Sus apuntes sobre los parajes que él cree describir, son tan chistosamente inverosímiles como es posible ira ajinarse. Un boliviano, el Dr. Rocas, fundo un -Semanario llamado «El Centinela » y otro « El Cacique Lambaré» fué publicado por el Gobierno, en Guaraní. Doy en el apéndice una muestra de este asqueroso pasquín. Poco después, algunos Indios llamados losGuaiquis, habitan- es do las grandes selvas al norte del Paraguay, fueron traídos — 184 — ala AsuncioD, y habiendo sido atacados por las viruelas, el Dr. Rhind tuvo oportunidad para observarlos mientras yo estaba todavía preso en el Colegio. Parecían pertenecer al tipo mas ínfimo de la especie humana; su poca estatura, su cutis casi negro, sus ñacos y delgados miembros, me recordaban desa- gradablemente á les monos; su inteligencia parecía ser infe- rior ala de estos animales. No construyen cabanas, ni llevan ropa, ni conocen el uso del facgo ; viven en las selvas y so ali- mentan de frutos y raices, á veces roban las gallinas de los colonos establecidos en su vecindario y las comen crudas; los soldados dijeron al doctor, que si los encorralaban no se les ocurrirían para escaparse otros medios, que los que emplearían las vacas en idéntica situación. No parecen tener un lenguaje articulado y la Señora Lelie-Percira me aseguró, que había teni- do dos de ellos (que tendrían cerca de seis años cuando los lomaron) en su casa, durante muchos años, pero que nunca habia podido enseñarles á hablar. Varios de los hombre», que asistió el Dr. Rhind murieron^ y las mujeres mostraban su pe- sar poniendo sus cabezas entre las rodillas, y dándose vueltas como pelotas^ al rededor de ios cadáveres, gimiendo y lanzando cortos y repentinos chillidos. Cuando estaba preso, vi un hom- bre que permaneció mucho tiempo en frente de la puerta do mi celda, asombrosamente parecido aun mono ; teníala misma quijada saliente de estos animales, su pronunciada curva entre la punta de las narices y la frente, los ojos muy próximos, y los párpados superiores largos y tubulares, que abría y cerraba incesantemente, y cuando so lo hablaba, reía y exhibía sus fuer- tes y compactos dientes como lo hacen los monos domestica- dos. Me inclino á creer que los Guaiquis son cretinos, que provienen del constante y tal vez incestuoso comercio de algunos indios de un tipo mas elevado, perdidos en las selvas. Perola asombrosa inteligencia, la espi'esion triste y las acciones casi humanas del mono, por una parte, y por otra las facciones macacas y la vida puramenteanimal de muchos paraguay os, me impresionaban muy desagradablemente. Nunca pude ma- tar un mono, auíiquc lus Paraguayos tiraban á los Guaiquis sin ningún remordimiento, diciendo que no eran cristianos, y que eran ladrones incurables. — 185 - Mientras estuve en la legación tuve excelentes oporlunida- des de estudiar los hábitos de la araña gregaria, la que ofrece aparentemente una escepcion á la regla de que las arañas son los animales mas insociables y sangrientos. Estas arañas, cuando son mayores de edad, tienen media pulgada de largo ; su color, si so escep'úa una sucesión de manchas encarnadas en la barriga, es negro ; tienen cuatro ojos, mandíbulas nota- blemente fuertes, y gruesas y peladas patas de casi una pul- gadade largo. Gonstrayeo en sociedad inmensas telarañas, que tienen frecuentemente treinta pies de largo y ocho de profundidad ; las colocan por lo jeneral entre dos árboles y á una altura de diez á doce pies. Les gusta mucho tender sus tejidos de un lado al otro de un camino; en este caso, colocan siempre las telarañas á la al- tura suficiente para permitir el tránsito de hombres á caballo y de carretas de bueyes ; sin embargo, podia casi siempre alcanzarlas con mi látigo, porque estando demasiado altas se les hubieran escapado las moscas y mosquitos, que no se elevan á una gran altura sobre la tierra, y constituyen su alimento prin cipal. En el patio de la legación habia un jardincito cuyos bancos de tierra estaban cubiertos de un ladrillo rojizo , y cercado de la misma manera que el de lord Paulet en el reinado de Carlos II, cuya descripción leia ea estos dias. Pocas perso- nas entraban en él, si se esceptúa la vieja jorobada, madre de Basilio ; las arañas hablan estsndido en él seis de sus enormes redes, apoyándose por un lado en un jazmin del cabo y por otro en unos naranjos y duraznos, que estaban, sobre todo estos últimos, cubiertos do una variedad de muérdago, que los pa- raguayos llaman poólieamente la planta huérfana. La distan- cia entre los árboles, que les servían de apoyo, era de cuarenta pies; para formar la marjen de la tela, las arañas hablan estendido de un lado al otro dos fuertes cables tan gruesos como un hüo de sastre; el mas bajo estaba solamente á la altura de cuatro pies y ocupaban el interme;iio finos é irregula- res tejidos imperfectamente divididos en cuadros ó círculos, que tendrían respectivamente cerca de un pié cuadrado do super- — 186 - ficie. Cada una de estas telarañas inferiores osíalia-cusíodiada por una araña, desdo la pucsla hasta un -poco después de la salida del sol, y las seis, contenían tal vez unos diez mil habi- tantes. Pero CíTrabiaban do posición frecuentemente, y se veia pasar y ropa?ar constaníemento los cables, una fila doble de arañas, que parecían fortificarlos en sus idas y venidas ; algunas veces observaba tres ó cuatro en asecho, á poca dis- tancia una de otra ; pero reparé que se ocupaban en dar á los cables un movimiento rápido y casi eléctrico, siempre que una compañera abandonaba las jarcias mayores, que eran los portalones por donde se lanzaban sobro los hilos mas finos. Cuando se encontraban en el ca:rJno, p^'-aban una al lado de otra sin ofrecerse la menor muestra de consideración ó respeto, no haciendo como las cucarachas y las liormig-as, que al en- contrarse se detienen y observan siempre las leyes de la buena crianza. Poco después de amanecer abandonaban las telarañas y retirándose á la som.bra formaban dos ó tres grandes bultos del tamaño de un sombrero, debajo del espeso follaje del jaz- mín ; allí permanecían inmóviles, hasta ponerse el sol, hora en que el bulto negro se derrumbaba, cayendo en pelotones, (este derrumbe vale la pena de ser presenciado) y las arañas se despariomiban tranquilamente; poco después todas ellas ocupaban su puesto de pesca en sus aéreas posiciones. El aire estaba tan lleno de mosquitos, que caian en las redes por do- cenas, pero ellas desdeñaban esta pobre y despreciable caza, que solo permanecían en los hilos hasta que llegaban las caza- doras y los limpiaban á gran prisa para dejarlos invisibles y listos para mas provechosa cosecha. Las moscas grandes y las polillas eran atacadas inmediatamente y devoradas por la que llegaba primero, ó por varias á la vez, porque he visto frecuentemente á media docena de arañas cebarse juntas en el mismo cadáver. Averigüé también, qne no se contciitaban con chupar el jugo de su presa, sino que devoraban todas 'as ¡iar'es blandas hasta dejarlas completamente limpias. Alas poiülas no les dejan mas quo las alas y alas cucarachas solo les economizan - 187 — ]a j-arriga. Tienen las gorras y las quijadas aiuy desarrolla- das, (les he permitido varias veees pií-armc el dedo, pero no sen lia sino el dolor de una lijera punzada en el momenlo en que me herian) y aparentemente constituidas para despedazar y desmenuzar su alimento con gran .facilidad. Tienen además la pceuliariilad de tragar la telaraña que el viento rompe ó destroza. Guando ocurría un accidente de esta natui'aleza, la araña mas cercana recouía los hilos sueltos, los convertía en un rollo y se los comia inraediatannente. Lasho sorprendido en el acto de hacerlo, y he descubierto que antes de tragar la seda, la mojaban con saliba. Me costó mucho ave- riguar como estendian de un árbol á otro, el primer hilo, que tenia frecuentemen'c de sesenta á setenta pies do largo. Los arbustos intermediarios y otros obstáculos del camino, detru- yen la teoría de los Paraguayos, que la esplican diciendo que amarran una punía del cable al primer árbol, descienden con el otro estremo hasta el suelo, cruzan el camino, suben al otro, y una vez arriba, lo estiran y echan el nuílo maestro de costum- bre. Un dia tuve la dicha de ver como lo ejecutaban. El algibe, que teníamos, estaba adornado de un arco de fierro, que servia para sostener la rondana; arriba de este se vela una ara- ña que formaba con mucha actividad un rollito de seda liviano y suelto de un volumen casi igual al del insecto mismo; poco después el viento le arrebató la hebra y su punta fué á parará un árbol vecino; la araña se puso inmediatamente á estirarlo, y cuando estuvo bien tirante lo recorrió con la rapidez y lim- pieza de un acróbata, pasándolo y repasándolo en todas direc- ciones, hasta dejarlo bastante sólido para soportar una telara- ña. Cuando el tiempo estaba malo y húmedo permanecían api- ladas hasta que se despejaba un poco, y al dia siguiente se veían ya reemplazadas las telarañas, que hablan sido arreba- tadas por el vie.ito. Habia en los patios varias otras de estas construcciones, que se habían estendido de un arbola otro, pero todas estaban bastante elevadas para que los caballos pudie- sen pasar \)(y: ahajo : destruí vaiias veces las que estaban en el jai'diu, peco á pesar de esto las construían siempre á la - 188 - misma altura. Estas lelas fueron ocupadas por Jas arañas cerca de dos meses, época en que ío las dosaparcciei^on repejilina- mente ; pero poco después descubrí bijo las hojas do los ár- boles, varios nidos con huevos, que evidentemente hablan sido depositados allí por ellas. lie dicho que eslos rasgos característicos del falansterio do las arañas, es decir, el ti-abajo en común y las asociaciones pacíficas, ó sean reuniones sin reñir á mano armada, no son aparentemente mas que escepciones á la regla jeneral ; porque opino, que el período laborioso en que so entregan á estas faenas, trabajando amisíosamente, es el que precede á la pu- bertad, y que apenas se encuentran desarrolladas, y eníra en función su potencia reproductiva, la ferocidad natural de la raza aparece. En'onces se traba una sangrienta batalla ; las pocas que sobreviven, todas probablemente hembras, devoran á las muertas, hacen preparativos para la futura cria, y mue- ren á su vez. Esta es mi opinión, nonpje todos los habitan- tes de la misma telaraña tienen dimensiones iguales, so reúnen para dormir juntas, como lo hacen ¡.or lo jeneral las chiquitas y desaparecen repentinamente, sin que quede ninguna resagada para decirnos lo que se han hecho sus compañeras. Debo confesarlo, no pude encontrar ni restos de los muertos, pero esto se espüca por la actlviilad de las hormigas, que son los basureros de los cliraastórridos. Hemos observado todos, que las arañas por varios días y aun semanas, después de em- polladas, viven unidas con gran armonía, y que hilan una tela- raña que es de propiedad común. Creo, pues, que el carácter gregario de esta variedad puede considerarse como el resul- tado del desarrollo tardío de los órganos de la jeñeracion ; y si asi no fuera, ¿qué razón habría para que desaparecieran tan repentinamente, y en el momento en que su alimento es mas abundante que de costumbre? Tuve otra duda que quiso aclarar: ¿ por qué el Pique, chi- goe, (piilcx pcnctrans) deposita los huevos debajo del culis de seres animados? « Ge vilain insccte », como lo llama Du Graty es tan diminuto que no pasa de la vijésima quinta parte de una pulgada do largo, hace una abertura debajo del cutis, — 180 -^ (') mas bien entre la epidermis y el verdadero culis, y allí, como se supone jenoralmente, deposita sus hucvoS; produ- cien:lo una hinchazón, que contiene un saco blanco azulado, del diámetro de ía décima parte de una pulgada, que está lleno de ellos. Pero el caso no es tan sencillo ; cl saco no es sinqifementc una vejiguilla de huevos, sino la barriga de la misma pulga desarrollada después, que conserva los principios de su vitalidad, cuando el resto de la madre ha perecido, y en esto momento, los huevos no son mas que jérmcnes, que jeneralmente perecen al mismo tiempo. Sometidas al mi- croscopio, se observa una gran diferencia entre esta pulga y la común (p, domesticus), la cabeza y el tórax están fuertemente unidas, las dos primeras patas son apenas nías robustas que los otras, y del ano se destaca una especie de probóscide armada de un par de fórceps, doblados en las estremidades. Sus instrumentos de disección, consis- ten en dos lancetas en forma de cimitarras, colocadas en una sola vaina ; con estos instrumentos ábrese una guarida debajo del cutis, bastante grande para enterrarse enteramente, se ar- raiga con los ganchos de la probóscide, y muere uno ó dos días después. Pero la sección abdominal sobrevive, absorbe nutrimiento por los costados y crece rápidamente, á costa del suero que despide la irritación del culis en que está alojada ; crece tanto en circuito como en diámetro, se desarrollan en ella fuertes bandas ligamentosas, y lo que es todavía mas curioso, los huevos que la llenan, crecen también, engrande- ciéndose en la misma proporción sus tiesas y membranosas envolturas ; los huevos maduros, tienen por lo menos la mi- tad del tamaño de la misma pulga. Se vé pues la razón porque el pique, no puede depositar los huevos como los demás miembros de su familia ; y creo que es muy probable, que no consuma mas alimento del que lleva consigo, cuando deja el huevo, y que á causado no poder ali- mentarse con otra materia, su desarrollo termina allí mismo. No he podido jamás encontrar á los machos; imajino que mueren tan luego como han ejecutado su parte en la creación. Examiné un gran número do estas pulgas para sentar es- — lÜO ~ tos punios, mientras esperaba, que mo arrestase la policía, y íiivo la dicha de encontrar un asunto, que me interesó muellí- simo. Si no fuera por el interés científico que tienen, serian solo una gran incomodidad; causan muchos padecimientos á las criaturas descuidadas, lo mismo que á los perros, que se bac'jn pedazos las patas para sacárselas, y se les introducen frecuentemente en lo.s labios y narices, de donde, como es natural, no pueden desalojarlas. Nunca me molestaron mu- cho, porque las sacaba fácilmente con la punta de ¡a lanceta y la herida se curaba inmedia'amente. He mencionado scdamentc á unos cuantos de los animales salvajes del Paraguay y a esíos solo de paso ; pero son nume- rosos, variados é interesantes. El tigre paraguayo, (jaguar de los naturalistas,) es un animal muy formidable, tanto por su tamaño como por su indoma- ble ferocidad. Nunca tomé exactamente sus diaiensiones, pero tenia una alfombra rectángula de seis pies largos, hecha de un solo cuero, sin la cabeza. Uno de ellos se mantuvo largo tiempo en la capital, la policía lo alimentaba con los perros que andaban sueltos por la población, f.opez tenia dosen Humaitá, en una jaula colocada cerca de los cabres- tantes ; ambos eran inmensamente grandes. Se dice, que tres brasileros, que se suponían ser espías, les fueron arrojados vivos. La historia tiene muchos visos de verdad ; y una muerte semejante seria muy benigna comparada coii las torturas que sufrieron otros acusados de la misma falta. He visto también una hermosa muestra del león ó puma , como debiera llamarse (Felis Gaguar). Este animal se domes- tica fácilmente y se hace casi tan dócil como un perro. La puma de que hablo solia andar suelta por el campamento. Presencié una noche una escena muy ridicula. Un ami- go mió tenia un miedo casi mórbido á los tigres. Una vez, que deslindaba unos terrenos cerca de la Villa Oliva, tuvo que acampar al aire libre, lejos de toda habitación humana ; mandó á sus criados paraguayos, en busca de alimentos, y acostándose al lado de sus caballos, que estaban atados á las estacas, se durmió; repentinamente le despertaron los ani- — 191 — males que tiraban de los cabrestos para escaparse ; traló en vano de calmarlos, bas(a que por úliimo rompieron las so- gas y partieron á [oda carrera. Sospechó que algún tigre debía haberlos asustado y que podría volver; para ahuyentarlo, se pusu á encender un gran fuego, y aproximándose á su llama, empezó á disparar los tiros de su revolver, como para avisar lo peligroso do su situación. Su posición era por cierío difícil ; sus criados, al parecer, se habían estraviado ; no había ni árboles ni casas en todo el contorno ; al mas insigne caminador no se le ocurriría pasar los esteros á pié, y el peligro de las culebras era verdadera- mente serio, y mucho mayor que el délos tigres, que nunca, al menos que yo lo sepa, atacan á los hombres. Llegó por último la mañana, y sus criador, no tardaron en venir. En efecto, habían oido al tigre bramar a la distancia y quizti lo espantaría el tiroteo; el miedo ahuyentó el sueño de sus ojos durante (oda la noche. Después de esta aventura, el solo nombre del tigre bastaba para perturbar su equanimidad, y todo animal grande, que veía iraporfecíamente, asumía para él la forma de un caguar. Cerca de los cuarteles do López, cercada por dos paredes, se hallaba una callejuela, y por ella caminaba mi amigo una noche, muy tarde, llevando una linterna. A medio camino, su luz se posó en dos ojos do fuego y un bramido inconfun- dible saludó sus oidos. Sin recordar la 'puma, ni otra cosa que la triste noche que pasó en el estero, dejó caer la lin- íerna, lanzó un alarido involuntario, huyó desesperadamente á través del patio, y so arrojó adentro de la habitación del Dr. Steward, casi muerto de miedo y de fatiga. La puma le siguió tranquilamente al trote, contemplando con asombro el singular espectáculo presentado por un caballero corpulento, y de edad mediana, que huía á través del patio iluminado por la luna, sin su linterna, y mas rápidamente que el tra- dicional farolero. Se encuentran en el Paraguay varias clases de galos mon- teses y uQ ocelote, todos hermosamente manchados. Los in- dijenas han cometido un error singular al denominar al — 192 — animal mayor: lo llaman ^/«í/uarc/c, es decir, perro grande, 7/«í7wo?- es la palabra guaraní, que significa perro ; pero llaman muy oorrectaraente á los ocelotes mbardcayá, que es el nom- bre jenérico que dan á los gatos. He visto una vez un hermoso lobo, con una linda melena ne- gra; (canis ruber) los zorros son numerosos. Du Graty, menciona tres clases de monos, uno de los cuales tiene tres pies de alto, pero los que yo he visto son mucho mas pequeños. Sin embargo los animales mas singulares son el hormiguero ■^ q\ carpincho. Aquel, adquiere grandes dimensiones; las niñas emplean su fuerte cerda para abrirse agujeros en las orejas, creyendo que la picadura de esta no se inflama. El último animal es el Capyhyra -paluslris ó [sea lúdrochscrus). Lineo. Es el mas grande de los roedores que existen hoy y es un animal muy estraño. Apenas se puede contemplar sin reir, su paso rápido y su estravagante chata y ridicula cara. Tuve uno por mucho tiempo; le gustaba tanto el calor, que solia chamuscarse el pelo por aproximarse demasiado al fue- go de la cocina, que como es costumbre se encendía en el suelo. Necesita mucho tiempo para masticar su alimento, que consiste en pasto y otras plantas, porque su exófago es tan estrecho, que apenas admite la introducción de una pluma de ganso, aunque el animal es tan grande, que pesa algunas veces mas de dos- cientas libras. Parece que su destino es alimentar tigres, los que viven principalmente de su carne. Hay otro roedor el Tapilí huruchú ó chinchilla,, que se halla muy comunmente en los campos y en los esteros; tuve uno manso que corria por mi cuarto ; pero como todos mis anima- Jes favoritos, tuvo una muerte prematura. Procuré domesti- car toda especie de animales, desde el yacaré hasta los tapuis, desde las bestias mas ciegamente feroces hasta las mas tími- das. Para mí, el Cuatí (Viverra Rasua) era el mas entretenido de todos : inquieto como un mono, pero sin su triste semejan- za al hombre, se entretenía en trepar y saltar todo el dia ; de vez en cuando se hacia el dormido, pero apenas oia el mas »-- 193 — ligero ruido, sus redondos y penetrantes ojitos parecían una brasa ardiente en medio del oscuro pelo que los rodeaba, y como la ardilla, á la que se parece mucho, se despertaba de un brinco. Solía tre|)arse hasta mis hombros, y con mi pescuezo porpun'io de apoyo, que envolvía con su larga y musculosa co- la, introducía rápida y sucesivamente en todos mis bolsillos su agudo y flexible hocico, en busca de algo que comer. Tuve por varías semanas una hermosa muestra de la enor- me grulla llamada en guaraní Tuyuyú es decir, la que anda en el barro. Era casi tan alta como yo ; y su pico tendría mas de un pié de largo. La tenia atada con una soga asegurada á un gran ladrillo. Un día que se asustó, al entrar en el patio un peón al gran galope, se voló con la soga y el ladrillo, el que golpeándose contra la pared, se partió en dos pedazos, que ca- yeron sobre un soldado que estaba dormido y le dejaron casi muerto. Voló en dirección al Gran Chaco, y cruzó el rio lle- vando la soga, que flotaba en el aire como una bandera. El Paraguay, ofrece al cazador mil atractivos, por que la ca- za es abundantísima. Manadas de eramos recorren los valles situados entre los arroyos y los montes. Miles de javalíes, se encuentran en las profundidades de las selvas; en los esteros se ven bandadas de perdices, como las nuestras, y otra ave de la misma clase, pero tan grande como un faisán, el Yñamlúgua- zú ; son también muy numerosas los Miitús ó codornizes, que son todavía mas grandes, lo mismo que las becasinas y las pa- lomas süvestres ; estas últimas tienen un gusto tan esquisito, que no he probado jamás cada mejor. Una persona aficionada á las aventuras encontrará en el Paraguay un magnífico teatro para entretenerse. Visitará por ejemplo las grandes cascadas del Paraná, el salto deGuayrá á los 24° 6' latitud sud, que ningún Europeo ha visitado hace mas de un siglo, y que por su magnificencia debe rivalizar con el mis- mo Niágara. Encontrará las dificultades suficientes para añadir asemejante viage, el sabor del peligro, con montañas, selvas y ríos que ofrecen vistas tan imponentes y salvajes como para dejar satisfecho al mas fastidioso amigo de lo pintoresco. El viaje desde la Asunción hasta Vüla Rica, le seria fácil ; des- 13 - l'Ji — de esto pun!o cl camino le llevarin atravós de las Cordilleras de Gaaguazú y por selvas víri^cnes, hasta las aguas del rio Monday, y entonces su itinerario seria aguas abajo, siguiendo su rápida corriente por la dislancia de cien millas, hasfa lle- gar al pié de la gran cascada, del casi mitolójico Salto de las siete caídas. En su camino podiia encontrarse con algunos in- dios Ginjracuis, los que son poseedores, de unos rabos cortos de una tiesura tal y tan incomoda, que obligan á sus portadores á llevar unos palos puntiagudos, con el ohjcío de abrir un agujero en el suelo para poder sentarse cómodamente [1] Pero sea de eslo lo que fuera, deberá llevar un buen rifle, y hacerse acom- pañar de algunas personas armadas de la misma manera ; por- que otras tribus,, que encontraria inevitriblemente, son muy diestras y bastantes listas en el uso de las flechas envenenadas. De noche podria ver ese pájaro maravilloso, el Ypegtétá, pasar cual un meteoro, sobre los mas allos árboles, é iluminarlos con su luz mas brillante que la de la luna llena ; (!) ¿por qué no dirian los naturales que este pájaro se alimentaba con luciérna- gas, y exhibía su asombrosa brillantes de una manera mas in- tensa todavía? Encontraria las innumerables islas del Paraná, llenas de ti- gres de las mas soberbias dimensiones; y si encontraba tapizes tan grandes como los que yo he visto, podria hacer una caza ca- paz de excitar la envidia de Gordon CaniTiing. Los Paraguayos dicen que se encuentran en los yerbales armadillos de un tamaño estraordinario, pero yo no he visto ninguno. Hay uno que tiene cada escama de su armadura bor- dada de fuertes cerdas. He mencionado ya la:- culebras, poro los paraguayos exajeran su peligro; encontré que varias de lasque me dieron como muy venenosas, no tenian absolutamente colmillos ponzoñosos. Sin embargo, rae han asegurado, que es peligroso procurar coger la vainilla, que crece silvestre en las márjenes del alto Paraguay, porque su aroma atrae las culebras de cascabel. (1) Mi auíor te reB'.rc á los mitos indígenas. - 10'. - I,oi lag.irtüs so!i muy n'imui'osos y a'¿,iinos muy gfandcs. riescLibrí que sus pulmones son muy dignos do rsludio, presen- tando como se sabe, una forma muy simple de órganos resj)i- raderos, íioenas mas desarrollada, que la de los insectos. I, a /í/wa;ia por ejemplo, tiene dos sacos membranosos completa- menle unidos, en cuya superficie interna se ramifican las arterias ^¡ absorben por sus delgadas paredes el oxígeno del aire, que penetra por la traquea mayor. En realidad se le puede conside- rar como una sola celda del pulmón humano pero muy aumen- tada. Los paraguayos las uli izan de una manera muy singu- lar Meten adenti-o de ellos el liigado del ropül, que es suma- mente gordo, y lo cuelgan al sol lip.sla que destilan el aceüe que contiene. Eslc, les parece un remedio soberano para las lorccdurasy contucioncs; los paisanos en Inglaterra tienen el mismísimo res[)elo por la grasa del ganso (1). La cola do la iguana, asada como carne con cuero, es según los paraguayos, un riquísimo plato. Pero no soy partidario Uo los esperiinen- tos gastronómicos y nunca la probé. Los paraguayos desplegan estraordinario valor cuando so encuentran contigresdel mayor tamaño, y no se sirven de otras armas, que del cuchillo y un poncho. Por lojcneral viajan de á dos, acompañados de algunos porros para contener al animal. Uno de ellos envuelve su brazo izquierdo en el pon- cho y con un largo y afilado cuchillo en la derecha, recibe el asalto del tigre, y por lo jcneral le hunde el puñal, con admi- rable destreza, en las vértebras de su pescuezo. Si hierra el golpe, su compañero viene en su auxilio, y en un momento, la enorme bestia cae rendida á sus pies. Pero tienen otro modo mas común para destruirlos; les ponen trampas, que consis'en en jaulas de madera con puertas escurridisas, parecidas á las de las antiguas ratoneras, y después los matan á lanzasos. El Sr. Washburn y su familia volvieron de la Trinidad á prin- (1) No es de Cí^trnñfirsc que In gente ignoranlo crea en semejantes absur- do?, cuando el capitán Poge, de la marina de Ks E. U. alribuye, laí pr> piedadcs medicinales y el color del rio Fegro, ú lu gran cantidad de zarzaparrilla, que crece en suá aguas. (N. de A< — 196 — cipios de Febrero 1860; pero entonces ya no era el favorilo do otro tiempo. Supongo que López estaba contrariado porque su oferta de mediación habia fracasado, y que odiaba á Mr. Warhburn por haberse empeñado tanto en su favor; pues López tenia entre otras rarezas la de desconQar de todos aquellos que se cnforzaban en serle útiles, y trataba peor á las personas á quienes mas debia. Sinembargo, los negocios públicos seguían siempre la mis- ma ruliiia. Mi estimado amigt) Mr. Gochelet, cónsul francés, habla logrado sacar á su familia del país salva y sana, aun- que López, que le detestaba, puso en práctica para matarle, el mismo proyecto de que se habia servido para con Mr. Gould, y con mayor pertinacia todavía, porque le detuvo mas de una semana, á él, ásu esposa y sus cuatro hijos, en Humailá, es- puestos á todo el fuego de las líneas enemigas. Solia reirse á dos carrillos en las horas de comer del «gran susto» que que les «pegaba» antes de su partida. Me complazco en decir, que ninguna persona de la familia fué herida^apesar de que las bombas reventaban frecuentemente á su alrededor. Su sucesor, que era un hombre de muy diversa estofa, no ahorraba medios para hacerse popular en el sentido que daban á la palabra laa pindongas de la Capital. Siento no hallarme con la libertad suficiente para hablar de él como lo exije la justi- cia, pero espero llegará dia en que podré decirlo todo. Poco después de su llegada dedicó una bandera de seda á Santo To- mas, de un lado tenia las armas de la Francia y del otro el nombre y los títulos de López y la colocó con grandes cere- monias en la gruta de aquel santo. Creo también que «asistió» como lo decia, á una visita que hizo Mrs. Lynch á la Vírjen de los Milagros en Cáácupé. Esta Vírjen merece mencionarse al correr de la pluma. Es una imájen de madera, que existe en la iglesia de aquel pueblo y que inclina la cabeza de una manera benévola, y lo diré, sobre natural, cuando la petición que se le hace ha de ser concedida. Pero para no molestar á la vírjen (no sé si se habla de la vírjen celeste ó de la de madera) con ruegos inconducentes, el suplicante debe someter previamente — 197 — á ]a consideración del cura el favor que pide y pagar la suma do un peso ; entonces, si obtiene su asentimiento van juntos á la iglesia y hacen su petición en el templo de Dios, al lujoso y favorito ídolo, y como debe suponerse la cabeza se inclina oportunamente. Olvidé mencionar en el lugar debido una desesperada ten- tativa que se hizo el 3 de Noviembre del año anterior para destruir los depósitos y almacenes de los aliados. Una fuerza de 8,000 paraguayos cayó repentinamente sobre el campamento, por un lugar llamado Paso Ghanár ; llevaron elalaque con ianto aidor, que los ociosos centinelas fueron sorprendidos y muertos en el acto, y hablan ya pendrado espada en mano en los depósitos de los arjentinos, que incendiaron antes que es- tos comprendieran lo peligroso de su situación. Afortunada- njente para los aliados, los paraguayos estaban muertos de ham- bre, de suerte que se detuvieron para saquear los comeslibles ; esto dio tiempo para que llegaran los brasileros, que acuchi4« liaron á los merodeadores dorrolándolos con inmensas pérdi- das. Los paraguayos dejaron 3,000 muertos sobre el campo de batalla, pero apcsar de ser derrotados lograron tomar á los reconquistadores varias piezasde campaña. El Hon. Mr. Pakcn- hám escribe á Lord Stanley: «En el combate arriba mencio- nado ocurrió un curioso incidente; — los vencidos se apodera- ron de varias piezas y lograron llevarlas consigo ; cosa desco- nocida en los anales militares de la historia moderna ». (1) (1) KI ataque del 3 de Noviembre fuó una \crclacicra derrota para López. Rl objeto del etaqne era principalmente arrebatar algunos cañones, y distraer al ejército aliado de sus operaciones de fla'nco. López ordenó á sus Jefes, que remitieran inmediatamente todo cañón que tomaran, y lo que es inaudito, que perniilier;in á fus tropas cotregarse al snqueo del campo aliado. La primer orden fuó la causa porque consiguieren llevar artiiieria; la segunda, el principio de su espantosa dorrota. Las posiciones estaban tan próximas, que aun cuando los centinelas liubieran dado aviso, babria sido difícil contener el ímpetu del primer ataque. La primer fuerza que se presentó á combatir á lus paragu lyos y que restableció el combate inmediatamente, fuó la caballería arjcntina man- dada por el Jencral Hornos ; entonces salieron las fuerzas brasileras do — IOS - Á principios de esto año (18G8) so formaron efeclivamente varios rejimientos de mujcros. Sus servicios eran porsupueslo vo'untarios, pero no se necesita recordar al lector lo que esto si¿^nificabn en el Paragaay; hubo momentos en que se espe- raba verlas marchar al ejércilo, pero después de adiestrarse por algunas semanas en los ejerciciv)s militares, la idea fué abandonada. Este hecho ha sido objeto de muchos comenta- rios y ha sido negado igual número de veces, pero yo doy fó de su verdad. Tengo en mi poder una lista impresa con los nombres, sesenta por toJo, empezando con el do Juana Tomasa Frutos, y terminando con el de Brígida Chaves y encabezada «Lista nominal de las señoritas, que se ofrecen para tomar las armas». Doña Carolina Gilí, antigua amiga mia, era ccapitana» de una compañía. Durante los meses de DiíMcmbre y Enero el rio habia crecido estraordinariameqle, los encorajados brasileros se atrevieron á ponerse al frente de Ilumailá, porque los torpedos que los tenían á raya esíaban á veinte pies debajo de la superficie ; y on la mañana del 19 de Febrero, se vio que una de las boyas, q. e sostenía la cadena se había volcado y que por consiguiente estos impcdimienlos ya no existían. El enemigo mostró tai- vez por la primera vez durante la guerra alguna audacia, y tres monitores forzaron las baterías de la ribera sin recibir serios perjuicios y anclaron al norte del fuerte. (I) Estas nolicias lie- la Ciudadela, Jy el efímero triunfo del enemigo, 83 convirtió en una espan- tusí de I rola. Un cuanto al asombro del Honorjble Mr. rakenlnn, debe convenirse en que ese señor era demasiado as nibradiso, porque no es tan estraño tomar prisioneros y arrebatar algunos ca"iones en un primer encuentro, óon un triunfo parcial, y sin e;nb;~trgo perder coinplolaniente una batalla. El único liccho inespücab e do estedia, fnú el del cafiou Wliiwortli. Sobre este acontecimientuv- aso la iiuerosante relación del Sr. Thomp- son yn tas, píjiíias 249 y 2"G. iN.del K ) (1) Los motivos que el autor supone delerminarun el pas. je de IIu- ni itá por la escuadra, no son serios ni exactos, las caucas que csponc, quizñ concurrieron, pci'O de ninguna manera determinaron el lieclio — Véanse notas á la Guerra del Paraguay por Thompson, p jiña 26i— Apén- dice al mismo libro, pnjina CXXIll. f'.V. del E.) - J90 - garon á la Asunción el 21 y se ordenó la evacuación déla ciu- dad en 24 horas. Apenas puedo decir cual fué mayor, si la consternación ó la alegría con que fueron recibidas. Si se esceptúa la policía y una pequeña guarnición, no que- daban de la población nativa, masque mujeres, niños y al gunos centenares do eslranjeros. Aquellas es!aban horroriza' das á la idea de abandonar sus casas, pero al mismo tiempo se imajinaban que al ñn terminarla esta fastidiosa guerra. Don José Berges, ministro de Relaciones Exteriores dio parto á Mr. Washburn de la orden que habia recibido, y que la capi- tal seria removida á Luque hasta nueva orden; este pueblo dis- taba doce millas de la Asunción. Este, sin embargo, se negó á partir, porque esperaba ver ocupar la ciudad inmediatamente por los brasileros y que todos escaparíamos. Pero se equivocó grandemente. El mismo dia, el Doctor Don Antonio de las Carreras ex-ministro de Montevideo y el señor Rodríguez ex- secretario de la Legación Oriental, pidieron permiso para que- darse con él ; y habiéndole pedido hospitalidad y protección un número de artesanos ingleses cuyos contratos habían ter- minado, les dijo, que si el Vice-PresidenLe les daba licencia para permanecer, podrían ocupar algunos cuartos vacíos del edificio. Fueron á casa de Gobierno y se vieron con el coro- nel Fernandez, que era el factótum de la ciudad, el que les dijo, que podrían quedarse en la Legación con tal que no salie- sen temerariamente á las calles; de modo que seis ú ocho hom- bres, con sus esposas é hijos, veinte y dos personas en todo, so alojaron con nosotros. Al día siguiente la ciudad quedó completamente desierta, y cuando se presentaron el 24 dos monitores, si se esceptúa un porro vagabundo, la población no daba señales de vida. Mr. Washburn, el cóuluI francos(l)y yo, los contemplábamos acer- carse docde la azotea del consulado, con mucho interés, esp^ rando verlos tomar posición en frente á la ciudad, porque 1 1 (l) Ce?puos del primer tiro esto caliallero so rctiri'i, diciciv.'.o que «■! sol liaciu ni;d á .a y simpática, era paraguaya, habiaatraveza- do el Atlántico y vivido algunos finos en Lisboa después de ca- sarse. Era una escelen le muestra de lo que seria una para- guaya bien educada. El 12 de Junio á medio dia nos despedimos de ellos para siempre. Apenas habían salido de la casa fueron sorprendi- dos por los vijilantes que dia y noche habían estado^espián- donos por mas de un raes y conducidos inmediatamente á la Policía. Allí les pusieron grillos y los mandaron en seguida aguas abajo á San Fernando. Partieron también el mismo dia todos los ingleses, escepto yo. El coronel Fernandez prometió á Mr. Washburn, que no permitiría que los moles- tasen : pero fueron presos y detenidos algún tiempo en la estación del ferrocarril, y enviados después tierra :idenlio. Dos por lo menos, fueron arrestados, y uno, Mr. Watts, fuó fusilado, dejando una esposa y varias criaturas. En una de las noches que pei'manecian en la estación, llegó un tren cargado de presos. No pudieron ver á aquellos infelices, porque era prohibido encender luces, pero oían sus jemidos, sus suspiros y el crujido de sus fierros. Eran casi toda la población masculina de Luqné. En efecto, quedaron solamente tres oficiales, Sanabria, jefe de la Policía, el coro- nel Fernán lez y Benüez. P^uerc-n tomados cerca de ochenta italianos, veinte franceses, lodos los bolivianos y varios otros de diferentes nacionalidades. l']l 13 del mismo mes vino otro pedido. So exijia mí es- pu!siün y la de Mr. B'iss, y, al decir el ministro que éramos miembros de su séquito y por lo tanto con derecho á sus mismas inmunidiidcs, tres dias después se acusó á bliss de los mismos crímenes que al Dr. G nueras, y á mí. « por haber com.'íido otros igualmente graves.» Apenas acababa Mr. — 21i — Wa>hburn de confcsíar esta demanda, cuando llegó o!ro dos- pacho, do treinta pajinas de papel de oficio, que contenia las confesiones de Carreras, Berges, y d;.'l capitán Fidanza ; este último ora italiano y amigo íntimo de Mr. Wasliburn. Acu- saban á Mr. Washburn de ser el jcíe de un comité revolucio- nario, de que ellos formaban parte, y que trab;ijaba por la destrucción do López y la rendición del país á los aliados. Le acusaban de haber recibido una gran suma de dinero de D. Benigno López (hermano del Presidente), para distribuirla entre él, y los demás conspiradores, y decían que tenia de- positado en una caja de fierro en su escritorio, las acias de sus reuniones, con varias carias enviadas por Gaxias, con- teniendo un plan fie cooperación y alianza mutua, Mr. Wash- burn, y digo esto con el debido respeto, cometió el gran error en contesiav scriatim á los cargos que se le imputaban, argu- yendo todos sus puntos, ó injuriando al Dr. Carreras y al Sr. Bodriguez, á quienes llamaba embusteros, perjuros ó ingratos. '' Miraba con gran pesar su modo de proceder y me atreví á aconsejarle una manera de obrar mas digna y un estilo de re- dacción menos familiar. Sin embirgo, mis insinuaciones fueron tan mal recibidas, que no me fué posible ofrecerle de nuevo mi continjente de luces; y redactó ñolas, cuya lectura debe avergonzar al mundo diplomático, y que, no tengo la menor duda, le rebajai^on en la opinión del mismo López. Se recibian cada diez ó doce dias voluminosos despachos del señor Benitez ; su redacción era cortés, so protestaba siempre el mayor res[)cto por el señor Washburn, á menu¡!o, su conca- tenación era aílmirable, y su redacción joncralnrjnte correcta; sin embargo, es'aban repletos de los mas serios cargos contra él, tan bien argumentados, tan claramente sostenidos, y apoyados en una masa tal de pruebas, que me mortificaba el cerebro horas seguidas, leyendo y releyendo estos papales, y apenas podia convencerme de que todo cuanto decían, desJe el princi- pio hasta el fin eran falsas, vergonzosas y viles invenciones. El Señor Benitez, no se contentó con escribir, vino en per- sona una noche muy tarde c insistió en que Mr. Washburn en- --• 215 (rogáramos popeles de Berges, suministraüdoosí una irrecusable prueba contra los conspiradores, que todavía no babian caldo. Su Exelencia tenia por desgracia un conocimiento muy imper- fecto del español, y como estuvieron solos, no se sabrá jamís la importancia de lodo loque le dijo el ministro Bcniíez. Yi momentáneamente la cara do Mr. Washburn cuando pasó de la sala á su Escritorio; estaba mortalmente pálido, y toda su persona sumamenje agitada — no porque fuera criminal^ sino porque temia que el asunto terminara con su prisión. Beni- lez le dijo, «todo está descubierto, — debe usted pues confesar- lo todo»; palabras, que como se verá luego, ocasionaron su pro- pio arresto y ejecución. Cerca de una semana después vino Madame Lyncb con el mismo üu. Le dijo también, que te- nia que confesarlo todo; que Berges babia declarado positi- vamente, que los papeles babiansido depositados en su poder; que debia enlregarlos, y «tener fe en la piedad y generosi- dad del Mariscal, que se complacía en perdonar pecadores ar- repentidos.» En la nota subsiguiente, el ministro repetía la frase, que Be- nitez babia usado, y que babia mencionado también en ua despacho anterior, diciendo que la conspiración debia esfallar en el diadel santo del Presidente. Benitez negaba en el despa- cho en que le contestó, haberse servido de aquellas palabras; y agregaba, «no fui yo señor ministro quien dijo, que la revolución estallarla en el dia que V. E. menciona, con todo le agradezco á Y. E. el informo. -k) Mr, Washbura se puso furioso y [tor mu- chos dias repetía continuamente. «No fui yo, Sr. Ministro, quien dije etc. etc.» Podría sin embargo haber aguanlado el Insulto con paciencia; porque, esta fué la última nota que escribió el Ministro: pocos dias después le engrillaron, le torturaron, y su declaración fué á aumentar el volumen de las que él citaba constantemente! Me tocó también mi parte en las injurias. Me describían como un pordiosero, que habla venido al Paraguay para mendigar mi pan. ¡Mi contrato fué firmado en Londres! «Se me acusaba también de haber estado conspirando muchos me- ses antes de entrar en la Legación.» Indudablemente tendría por cómplices á mis amigaslas arañas. Se agregaba que so — 216 — me habia dado de bnja y echado vergonzosamonte del ejérci- to; sin embargo tengo las pruebas de que me negué á lomar servicio nuevamente. Apesar de esto lo. aguanté todo y con gran serenidad. Como Mr. Washburn no quevia que lo ayudase, me dedique al estudio del francés y del español, leyendo un gran número de novelas — á propósito de estas, el que representa en ellas el papel de hipócrita ruin, ó el de brutal bandolero, según lo exije el argun)ento, es siempre un inglés! Me hizo suma gracia una, que decia, que un miembro del Parlamento fué honrado, por sus colegas con varias esta- tuas de diferentes tamaños por haber presentado un proyeclo de ley proponiendo la destrucción do los católicos. Aprincipios de Agosto, toda la correspondencia fué publi- cada en el Semanario, si seesceptúan dos notas de Mr, AVasli- burn, que perjudicaban mucho la causa de sus enemigos. En una se hablaba de mi y de Mr. Bliss en términos altamente fa- vorables; de él como literato de gran talento, y do mi, como de un «hermitaño dedicado cá las ciencias'^» siendo según él, la persona menos á propósito para entrometerse en conspi- raciones y revoluciones. Benitez replicó con mucha ingenuidad: «V. E. formaba los mismos favorables conceptos de Carreras, Rodríguez y otros reos confesos, antes de que estuvieran presos y hoy los llama embusteros y perjuros ; » lo que demuestra el gran error en que el Sr. Washburn habia incurrido, cuando creyó que es- tos señores podrian haberse prestado voluntariamente á do- clarar contra él, debiendo comprender perfectamente, que no era posible que lo hicieran. Era evidente que se les habia aplicado Ja tortura, ó quese hablan supuesto las declaraciones. Uno délos documentos, que se decia ser la declaración de D. Benigno Ló- pez, era una verdadera curiosidad. Describía con una minu- ciosidad, asombrosa una visita que habia hecho á Mr. Wash- burn, loque conversaron, donde se sentaron, coñio fueron in- terrumpidas sus péríidas conferencias por la entrada de «Cali» (Kate, mucama cié Mr. Washburn) con una bandeja de vasos con cognac y agua, comj lo [)agó entonces una gran cantidad (1¡3 oro, y de la remesa que le hizo después do dos cnnasíos He- .— 217 — DOS de papel moneda. Todo, si so esceptúa el pago del dine- ro y una parte de la conversación era indudablemente verdade- ro, porque Mr. Washbuiii era sumamente indiscreto en su con- versación. Entre nosotros nada importaba loque decia sobre la guerra y el carácter de López; perobablaba muchas cosas con los Paraguayos, con el mismo D. Benigno, con Berges, con muchos otros y sobretodo con un italiano adulón llamado Ta- rodi quien con llamarle «Exelencia»le arrancaba las mas peli- grosas confídencias que revelaba inmediatamente á Mada- me Lynch. Estas opiniones particulares no tcniari nada de malo consideradas en sí mismas, pero dada la situación, se con- vertían en conspiraciones y traiciones. Por otra parte se había colocado en una falsa posición des- de el principio. Nadie conocía el carácter de López mejor que é!, sabia, que era un tirano, cruel, egoísta y despiadado, que (arde ó temprano ocasionaría gradualmente, 6 por una grave y repentina calamidad, indecibles miserias al pueblo que goberna- ba, puesto que se ocupaba en escribir un libro sobre el Paraguay que Itaria cslremccer al mundo llenándole de asombro. Y apesar de esto, tuvo la audacia de escribir al roinislro brasile- ro la nota que he citado, volvió al Paraguay después de ha- ber salido de él sano y salvo, y con su presencia prestó á López un apoyo moral, que le valió mas de lo que puede imajinarse. Además, empeoró su posición con la publicación de aquellas desgraciadas notas, que no tuvieron ningún resultado útil. Nuestro arresto no so hubiera anticipado, un solo día, aun cuando no hubiera escrito ninguna de ellas. Estaba complela- mente inocente de haber conspirado contra López como es natu- ral suponerlo, ponjue no había, ni hubo jamás, semejante conspiración: peio su falta de dignidad y de ir.dcpcndencia, el desconocimiento do aquellas delicadas leyes, llamadas oíos hábitos de la buena sociedad vque los Paraguayos con su carác- te)" grave y urbanidad española esliman lanío, fueron en rea- lidad, la causa de todas sus tlesgracias; el error cuyo castigo sufrió fué el apoyo que prestó á un hombre que no podía con- cienzudamente sostener. No podía darme cuenti del [emor que — 218 - tenia de que le examinaran sus pápelos, hasta que descrubrí quo el manuscrito de su «Historia» era el verdadero peligro. Hasta los mismos fiscales, en vista de sus maneras y trepidaciones empezaron por último, á convencerse de que la historia in- ventada por ellos mismos, era verdadera y que los «papeles de Berges» que no hablan existido jamás, estaban verdaderamen- te escondidos en la caja de fierro. La guerra no se habla interrumpido apesar de estas luchas diplomáticas. López encontrando mala su posición do San Fernando, so puso en retirada, costeando el rio aguas arriba, por una distancia de cuarenta leguas hasta llegar á Villeta y levantó balerías, dos leguas mas abajo de este punto en un lugar llamado Angostura, con el fin de dominar el lio; este es el mismísimo paraje en que Sebastian Gaboto tuvo su pri- mer encuentro con los indios paraguayos en 15C8. Los brasileros le siguieron la pista, desembarcaron en la márjen derecha al Sud de i^ngosturo y después de practicarse un camino por el Chaco, marcharon con una parte de sus fuerzas hasta ponerse á su retaguardia, quedándose el principal cuerpo do ejército en Palmas, paraje situado algunas Icguüs mas abajo. Podíamos oir distintamente desde la Asunción el cañoneo, y esperábamos, pero en vano, que por último los aliados des- plegaran alguna enerjía y nos sacaran de nuestra peligrosa situación. La legación, como lo he dicho, quedó completamente blo- queada desde el dia en que se arrestó á Carreras; pero los cria- dos indíjenas solian conversar con los vijilantes, y sabíamos por su conducto lo quo pasaba en el csterior de nuestro pequeño mundo. Un dia supimos que una cañonera ameri- cana había llegado; y en efecto Mr. Washburn recibió el 29 de Agosto una carta del comandante de la Wasp, cañonera Norte Americana. Mr. Washburn so puso loco de contento y á fé mia que tenia razón, porque abrigaba serios temores de quemas tarde ó mas temprano la emprendiesen con él personalmente; pidió pues inmediatamente sus pasaportes, los que no le fueron sin em- bargo enviados hasta el 8 de Setiembre, y entonces supimos - 219 — q\e nnosfra suerte estaba decretada: «los criminales Büss y Masterman deben quedarse para ser juzgados por los tribuna- les del pais, decia la nota que acompañaba los pasaportes para los demás. Ocupé el intervalo que me quedaba, escribiendo cartas á mis amigos de Inglaterra (ponjuo aunque tenia un gran pre- sfíníimion'o de escapar con vida, sabia sin embargo que la situación era desesperante) y ocultando un poco de quinina y opio en las costuras de mi casaca. Por la tarde, la señora Leüe Pereira, á quien se le permitió quedarse después del arresto de su marido, partió para vol- ver á la casa de su ¡na Iré, situada á algunas millas del pue- blo. Este fué para mí un momento muy penoso porque la es- timaba mucho; no he sabido después que ha sido de ella. Nos acostamos temprano. No dormí mucho, me puse de pié al amanecer; en seguida tomó un vaso de leche, con un biscocho, y aguardé mi destino. Los cónsules de Francia é Italia llegaron temprano, Mr. Washburn confió á este úlíimo Ja inmensa cantidad de valores pertenecientes á estrangeros que hablan sido depositados en su poder, buscando mayor seguridad para ellos, pero que por el contrario cayó con mayor facilidad en poder de López. Gomo es natural de suponerse todo fué una farsa. Mr. Cuvervillo, me hab'ó do sus propios temores; diciendo que su canciller Mr. de Libertad, habia sido denunciado y que esperaba verse arrestado de un momento á otro, y me con- firmó la noticia de que todos los estrangeros de Luque habían sido arrestados. Para ahorrar áM" Washburn la pena y los disgustos de los úl- tinios momentos, se convino en que dejase la Legación acom- pañado del Secretario Mr. Meinke, su niño, mi enfermito de ojos celestes, y dos de sus criadas inglesas, y que los demás no partiesen' hasta que se perdieran de vista. Al acompañarlos hasta la puerta cochera los policianos se arrojaron sobre mi, pero los eludí por el momento. Di la mano á todos los criados paraguayos, sin olvidarme de mi amiga favo ita, la madre de Basilio, quien me dio su ben — no — dicion, y do una tonta y lolüza cocinera que lloraba como una desesperadci; dospups de esto aguanló, h.isla q\ic Mr. Wasli- huin estuviera listo. Eq el último momento, merepitió lo quemo habia dicho mas detalladamente la noche anterior, «que estábamos en plena li- bertad para acusarle délo ios los ci-ímenes, si con esto podíamos salvar nuesira vida, porque habia sabido por los criados, que lodos los presos habían sido torturados, y esperaba que nos- otros tendríamos que pasar por la misma prueba.» Mr. Blíss deseaba mucho que nos trazásemos algún plan de acción, ó que inventásemos alguna historia para apoyarnos mutuamente; pero yo opinaba que convenia, ante iodo, decir la pura verdad; él, justo es decirlo, se hallaba en una posición muy diferente déla min, porque pasaba la runyor parte de su tiempo en compañía del Dr. Carreras y del Sr. Rodríguez, y por lo mismo, en caso de q^ie hubieran hablado de conspira' ciofjes (sabía que se ocupaban siempre de política) debía es- tar al cabo de todo; pero yo huí cuÍL¡adosamenle de su so- ciedad, desde el dia en que eníraron en la Legación. Estaba convencido por esta razón, que era inútil tratar de salvarnos por medio de alguna invención nuestra, si López se había re- suello á sacríOcarnos, rehusé aun entonces aprovecharme de la licencia tiuQ Mr. Washburn nos ofreció. CAPÍTULO XVIL Er. víAjF. Á VinLKTA. - Sr: me apíjcv l\ T.tnruRA.. La ejf- CUCION DE CAnnF.RAS Y BkmTKZ. Salimos de casa todos juntos, pero Mr. Washijnrn caaúnaba lan líjero que loscó:¡sues y nosolro.s apenas podi:unos seguirle, y cuanilo llegamos hasta el íénnino del peiislilo ya se nos había adelantado algunas yardas. Alií losvijilanles, (jue ibane.-ínchan- do el cerco poco á poco, dtS(,'nvaínaron sinudt;íncanien;e sus espadas, se lanzaron al ataque, y nos separaron bruta'uicnto de los cónsules. Levaníé nu sondjrero y dijt'íucríe y ;i¡('¿,rfnieide, -~ 2i>l - «adiós Mr. Washburn; iio nos olvide.» Dio media vuelta, su cara oslaba moríalmenle pálida, hizo un movimiento desprc dativo con la mano y continuó marcliando rápidamente. Nos- otros, es decir.. Mr. Bliss, el negro Baltazar, y yo, fuimos ro- deados por cerca de treinta vigilantes (los demás tomaron posesión de la Legación), los que nos ordenaron á gritos, que marcliásemos á la Policía. Yo iba cargado con una pequeña balija llena de ropa limpia, una capa impermeable, y un col- chón liviano; pero podia haberme ahorrado esla molestia, por- que me quitaron todo, y no he vuelto á ver mis efectos desde entonces. Cuando llegamos al despacho, nos hicieron parar en la calle, donde nos detuvieron cerca de una hora; al cabo de ésla introdujeron al negro, un poco después á Mr. Bliss y por último á mí. Encontré al jefe de Policía sentado en el corredor, rodeado de un grupo salvaje de individuos; me miró un rato sin pronunciar una sílaba, y entonces con un gesto ordenó que me desnudasen. Mi ropa fué prolija y sistemá- ticamente registrada, el forro fué arrancado, y todo pliegue abierto; se descubrieron, como es de suponer, mis pequeños atados de opio y de quinina, se apoderaron de ellos con gri- tos de triunfo, y fueron cuidadosamente colocados aparte. Me quitaron el pañuelo, la corbata y el dinero, y me volvieron lo demás. La puerta estaba asegurada, y como el cuarto carecía de ventanas, me hallé sumergido en una completa oscuridad, víctima de las mas acerbas reflexiones. Habiendo convertido mi poncho en almohada, me acosté en el suelo, porque no habia ni un banco en el calabozo, y procu- ré dormir; pero todo fué en vano: pasé pues el tiempo revol- viendo cuidadosamente en la mente los acontecimientos de los úlmimosseis meses, para tenerlos bien fijos en la memoria, y hice lo mismo sistemáticamente en los dias siguientes, porque tenia el firme presentimiento de que, por mas grandes y largos que fuesen mis sufrimientos, escaldarla con vida, y que algún dia podría narrar, como lo hago ahora, la historia de mis sufri- mientos. A las siete mas ó menos de la noche se abrió la puerla; un sargento y dos soldados entraron llevando una literna; uno O")--) /V -w -^ li'uia un marlillo y ua pequeño yunguo; el otro cargaba un par de grillos. Me puso do pié cuando entraron, pero el sargento orJc'nú fpio me scniasc o'ra vez. Mo quilaron los grillos que tenia, y se mo remachó en su lugar la barra de fierro maciso que traia el soldailo. Primero me pusieron en los lobillüs dos anillos de fierro con pequeñas aberturas en las cstremida- des, luego mci¡eron por cslas aberturas la barra, que tenia diez y ocho pulgadas de largo, y dos de diámetro; en uñado las estremidadcs remacliaron á maitillazos una chaveta de fierro, mieníras un tornillo aseguraba la o'ra. Asi engrillado mo le- vanté con la mayor dificultaJ, pero 'uve que volverme á sentar, pues apenas podía aguantar el peso. Anícs habia oido ya remachar estos fierros en los miembros de mis compañeros. Poco después el sargento volvió áentrar y mo hizo seña de que le siguiera. Lo hice. Me sacó al frente de la policía, en donde merced a la luz de la linterna, vi á Mr. Bliss y á Bal ta- zar montados en muías y un tercer animal reservado para mi. Me pusieron en la silla porque no podía levantar un pié del suelo, me lo impedían las treinta y pico de libras que llevaba. Aquel grupo de brutales policianos, nos deseó con grandes riso- tadas, buenas noches y placentero viaje, y partimos custo- diados por un sargento y dos soldados armados hasta los dientes. Reconocí al primero por haber sido an!es uno de misenfermos; y debe haber sido un individuo de buen cora- zón, porque apenas perdimos de vísía la policía hizo alto, bajó de su muía, y ató las barras de fierro á las jergas de nuestras sillas, lo que nos permitía sostenerlas con las manos; pero antes de llegar al fin de nuestro viaje tenia las muñecas casi disloca- das por el peso. Pensaba al principio por !a dirección que lle- vábamos que íbamos ala estación del ferro- carril solamente; pero pronto supe con gran pesar, que nuestro destino craá YíUe- la— punto que dislaba treinta millas. " Este viaje, aun haciendo abstracción del dolor que sufría, me ocasionaba una tristeza indecible, porque aquel camino cercado por hermosos cedros y naranjos, era mi paseo diario cuando salía á caballo, para estudiar la bolánica ó sacar bos- quejos del pai§. No habia luna, pero las estrellas chispeaban en g1 cielo, que estaba claro y despejado, y todo arbusto, lodo valle en donde crecían los elachos y los al(os aruuies eran visibles, á su amarillento reflejo. Las blanqueadas quintas adornadas con parras y multiflores, en donde habla pasado tan fülices horas, me traían á la memoria escenas y re- cuerdos, que hubiera deseado mucho olvidar, hasta alcanzar mas felices tiempos. Las casas estaban vacías, muchas esta- ban va en decadencia, sus dueños habían muerto ó estaban presos como yo; los cercos estaban destruidos, y los jardines estropeados por los animales eslraviados. La destrucción, la desolación, la guerra, la peste y el hambre habían bor- rado de la faz de la tierra todo rastro de alegría ; solo sobre- vivían la amargura de los recuerdos y la esterilidad del sentimiento. Rogué al sárjenlo, que nos dejase marchar lo mas lenta- mente posible, porque la inmensa barra se columpiaba á cada paso, y un tro[iezon cualquiera nos causaba dolores angus- tiosos. Accedió á mi petición ; pero una vez que bajábamos una escarpada pendiente, las muías tomaron el trote, y tra- tando de asegurar la barra, perdí el equilibrio, y caí en tierra. Estando asegurado á las cinchas no pude desenredarme y fui arrastrado boca abajo por alguna disíancia ; la muía mien- tras me arrastraba, se daba maña para cocearme. Afortuna- damente no me hice mas herida, que una profunda en el tobillo y algunas contusiones en otras partes del cuerpo. El sárjenlo fué bastante bueno para permitirme descansar un rato en tierra y en seguida continuamos nuestro viaje. Poco después, el camino se hizo malísimo ; y mis dos compañeros fueron arrojados del caballo en una profunda y fangosa que- brada, pero no sofrieron mucho en la caída. Nos parábamos unos minutos en cada guardia, y lograba, á veces, obtener un vaso de agua para apagar la ardiente sed que me devoraba, porque el fierro, á causa de su aspereza, pronto penetró por los pantalones, las bolas y las medias, y se columpiaba sobre mi carne viva, siempre que mis cansados brazos me obligaban á soltarlo. El dolor me acarreó la fiebre ; en efecto, era á veces — 224 — íaii intenso, que solo el temor de fraclurarmc una pierna me impedia desmayarme. El camino nos llevaba frecueníemonte cerca del rio y vi disUníamenle las luces de la cañonera norte-americana, que conducia á Mr. Washburn y á su familia, aguas abajo, en dirección a Angostura. Algunas veces encontrábamos bás- tanle dificultad para atravesar las profundas aberturas de los tórrenos pantanosos; pero teníamos luz suficiente para divi- sar las sendas, porque Ja noche, como he dicho, era hermosa, serena y calorosa, el aire estaba impregnado por el perfume de los azahares y délas flores do los orquidcs, que cubrían de guirnaldas á los árboles que cercaban el camino, é iluminado por las luciérnagas que salpicaban chispas de fuego en sus correrías por las ramas. Pasó por último esa larga noche; las estrellas desaparecie- ron una por una tras de las colinas del oeste, el aire se hizo fresco y el manto gris del alba se estendió á nuestra vista cuando nos acerramos á la colina basáltica de Ipané; pero nos faltaba todavía muchas millas para llegar al lugar de nuestro desfii"). Algunos hombres y muchachas pasaban casualmente por el camino ; llevaban canastos en las cabezas y se dirijian al campamento ; algunos no apartaban la vista de Ja tierra, otros nos miraban con mucha compasión ; pero el espectáculo de cuadrillas de presos era muy común para que les llamase la atención ó escitase su sorpresa ó sus comentarios. Me hallaba aniquilado por el dolor y el hambre^ y viendo una muchacha con un canasto, le rogué al Sargento que nos diese un boca- do de cualquier cosa ; compró humanamente un viscochito de casava y dándose vuelta cautelosamente para asegurarse de que nadie nos miraba, lo partió entre nosotros ; no era mas que un bocado, pero lo recibí con gusto porque en todo el dia anterior no habia tomado masque un vaso de leche. Nos habia tratado con suma consideración en todo el tránsito ; pero ya no se atrevía á mostrarnos mas atenciones porque nos encontrábamos con gente, y un oficial podría pasar cuando menos lo esperásemos; noshablaba, empero con aspereza, y nos instaba para que aprasurásemos el paso. Cruzamos una — 225 - colina li-as o(ra, ó mas bien varias cuchillas, cubiertas de un paslo ordinario y de pequeños arbustos, y por último trepamos la que dominaba la aldea de Villcla; allí hicimos alto en presencia de un grupo de oficiales; me soltaron las piernas y cai en tierra aniquilado y casi exánime. Un alférez me ordenó bruscamente que me parase ; quise hacerlo pero el peso de los fierros me volteó boca abajo ; haciendo por último un esfuerzo supremo logré ponerme do pié. A cuatro pasos de allí se hallaba un terrenito cuadrado cercado de huascas; se me mandó que entrase en él, me hallaba demasiado fatigado para observar como se trataba á mis desgraciados compañeros de prisión ; me tiré en tierra y en el acto me quedé profundamente dormido. A la oración me despertaron á palos, y se me ordenó que me levantara y marchara á un montecito de naranjos, que distaba cerca de media milla. Me dolian todos los miembros, pero obedece inmediatamente, y sosteniendo mis grillos con una huas qui- ta, salí con gran dolor y dificultad en la dirección indicada^ tan apresuradamente como meló permitían mis ensangrenta- dos y machucados pies. Un cabo, armado de una bayoneta y de un palo me seguía « ¡ camine mas lijero ! » gritaba á cadains. tante ; quise hacerlo, pero en vano ; me apaleaba tan brutal- mente por los hombros y los brazos que me derribó ; entonces me pegó mas cruelmente todavía; por haberme caído. Llegué por último contuso y casi exánime i\ un grupo de tolditos he- chos con ramas y cañas, colocados en líneas rectas. Yíllegar á parte y separadamente á Mr. Bliss y áBaltazar. Yo pasé al otro lado, y entré en la cabana mas distante. Encontré sentado dentro de ella á un viejo capitán y á un sacerdote, quien, por lo que supe después, llenaba el oficio de secretario. Aquel me hizo señal para que entrara, y después de escudriñarme al- gunos minutos, dijo : — ¡ Ah ! por finio tenemos, ahora confie- se vd. que Mr. Washburn es el gefe de los conspiradores y que vd. se refugió en la Legación con el objeto de conspirar contra el gobierno. Contesté que no tenia nada que confesar, que nunca había conspirado contra el gobierno, que por e^ contrario había hecho cuanto me había sido posible para ser- 13 virales Paragiinyos : (jiio estaba ciciio que Mr. "Wiishbum cr;i onloramento inoconlc de los ciímencs que se le impula- ii;in, y cspliqnó en pocns palabras las circiinslancias por las cuales habia enfrado á su servicio. Me escuchó hasta el íin con iníhcios do gran impaciencin, y cuando concluí me dijo: — «No quiere confesar?» — «No tengo nada que confesar.» — ((Conricse, le repilo, porque me veré obligado á hacerlo con- fesar.» Entonces dirigiéndose al sacerdo!e, le dijo, que me sacara y que me aplicara el ;ioíro. Me llevó tras dci rancho, pero ían cerca de éi, que Falcon podiaoir desde donde estaba todo lo que pasaba. Imploré silenciosamente rá Dios, me diera fuerzas para soporíar esta terrible pruebn, y después miré á mi ^alrededor en bus^^a de los instrumentos de la tor- tura; pero encontré que estos salvajes, como los de «El últi- mo délos Mohicnnos» podian lamentar lo atrasado de sus instrumentos para inílijir el dolor. El sacerdote rae instó de nuevo para que confesara, pero contesté como antes, que no era conspirador, y que no tenia nada que confesar. Enton- ces dijo algo al cabo en Guaraní, y este gritó: ¡Traigan aquí la Urur/uaijana ! A su llamamiento se adelantaron dos solda- dos trayendo varios fusiles y muchas huascas. Me dijeron que rae sentase en el suelo con las rodillas levantadas, lo hice, y rae preguntaron de nuevo — ¿Quiere confesar? — No, soy iuo- conle. Entonces uno de los soldados me aseguró bien los brazos sobre las espaldas, el otro pasó un fusil por rais corvas y apoyando después su pié, en medio de mis espaldas, dobló violentamente mi cabeza hasta que mi garganta tocó en el fusil inferior, me colocaron un segundo fusil sobre la nuca y los ataron con tanta fuerza, que me dejaron enteramente in- móvil. Permanecí asi por un buen rato, pero de cuando en cuando daban martillazos en la culata del fusil;, el sacerdote entretanto, convoy monotonía, como si repitiera una fórmula, que hubiera ya pronunciado muchas veces, se empeñaba en ha- cerme confesar y aceptar la piedad del bondadoso y generoso Mariscal López. No contesté nada, sufriendo en silencio el in- tenso dolor que me infligían. Por último me desataron, y me 997 progunlaron una vez mas : —«Quiere vd. confesar» GonLeslé negativamente. Me alaron nuevamente como antes, pero agre- gando dos fusiles mas sobre la nuca. Mientras estiraban las cuerdas ectié la cabeza hacia adelante para evitar la presión sobre la garganta y golpeándome contra el mosquete superior me ocasionó fuertes heridas en los labios; la sangre casi me ahogó; por fin, no pudiendo aguantar aquellos atroces dolo- res, me desmayé. Guando recuperé mis sentidos, estaba tendido en el paslo, y tancompleíameníe estropeado, que comprendí que ya no podria sufrirmas y que seria mucho mejor, hacer una pretendida con- fesión y ser fusilado, antes que ser torturado nuevamente, üo suerte, que cuando se me iba á aplicar de nuevo la Uniguayana, como se lellamaba, dije— «Soy culpable; confesaré:» entonces me desataron inmediatamente — El sacerdote me dijo: ¿Porqué ha sido vd. tan imbécil y tan cabezudo ? A su compañero Bliss no se hizo mas que amenazarlo y confesó inmediatamente. Esta era la verdad, como él mismo me lo dijo después. Ilabia oido varias veces al pobre Ballazar pidiendo piedad á gritos, y en aquel mismo momento el sonido de pesa- dos golpes, seguidos cada uno de tremendos alaridos, pro- baba hasta donde llevarían su crueldad para con nosotros; le azotaron sin compasión y después le aplaslaron los dedos á marlillazos. Le tenia mucha lástima^ porque no sabiaabso- lulamente nada, ni de la pretendida conspiración, ni de las acu- saciones contra su amo, y no podia salvarse aun cuando pro- testase que era culpable. Bebí un poco de agua y procuré comer la poca carne que me ofrecieron, pero no pude. Yolviendo en seguida al rancho repetí, como me fué posible recordarla, parte de la misma historia que se habia arrancado á Carreras, Berges, Benigno López, y á los demás, cuyas declaraciones habia leido con Mr. Washburn. No pude remediarlo, pero Dios sabe con cuanto dolor y vergüenza rccilé aquel miserable tejido de fá- bulas y mentiras. Pero debe recordarse, que habia vivido tres meses en la mayor ansiedad esperando diariamente ser arrestado, que sabíala manera feroz como habían sido mal- tratadas las personas qiio roliusaban confesar antes de ser eje- cutadas; que había liechj un largo y penoso vinjc y (|ue lia- bia carecido de alimento por casi dos dias. Por otra parte no podia hacer á los acusados mucho mal. Mr. Washburn esta- ba salvo y sano á bordo de la « Wasp ; » hablan sido fusilados ó habian muerto ya, Rodríguez, Gómez (el ex-mayor de plaza) jjedoya, Barrios y González ; en cuanto á los demás, solo podia mencionar como conspiradores á los que decían serlo por sus propias declaraciones. Tenia además el permiso espreso de Mr. Washburn, para de- cir contra él, todo cuanto pudiera. En su declaración ante el comité del Congreso, dice contestando á Mr. Willar. « Dije á Bliss y Masterman; podéis decir sobre mi todo loque creáis pueda saloaros. Podéis decir, que me visleis robar carne- ros ó asallar casas, si con esto eréis poder prolongar vuestras VIDAS.» ( \Vashington, E. U. 30 de Marzo, 1869.) Estaba convencido desde el principio, que solo me necesita- ban como declarante, y en realidad tal era el caso ; y si no hu- biese dado el falso testimonio que me exijian, este hubiera sido falsificado, y yo habría sido fusilado para que no lo contradije- se. Sin embargo, hice una declaración muy imperfecta aunque no tenia dificultad alguna para repetir las palabras y hasta gestos de Mr. Washburn, demostrando de una manera patente que sus opiniones no eran sino verdaderos actos de conspira- ción. (!) En cuanto a los demás declaré con toda verdad, que nunca me habian hablado sobro el asunto. Falcon y especial- mente el sacerdote, perdieron enteramente la paciencia con- migo; me amenazaron veinte veces con aplicarme c/y^oíro por segunda vez y estuvieron dos veces al punto de hacerlo, cuan- do afortunadamente recordé algo que Mr. Washburn había di- cho contra López. Creo que el viejo capitán no era mal suje- to, me ayudaba siempre que le era posible, con preguntas há- biles ó insinuantes, y logró convertir mi escasa declaración eri (1) Eiilas tleclaracioiiesnose había dicho una sola palabra contra mi, y esto aumentaba mis dificultados porque no sal)ia de (pie querían que rae acusase, .^- 529 - una imponcnto esposicion ; pero, como es de suponerlo, él mismo estaba al bordo del precipicio. y si me hubiese manifes- tado alguna simpatía real, ninguna sociedad de seguros habría asegurado su vida por dos horas. El sacerdote por el contrarío, mo mostraba el mas ponzoñoso rencor, se rola de mis «medias revelaciones» é instaba á Falcon á cada momento para «que pusiera á ese obstinado diablo en la Uniguayana, y acabara con él de una vez. w Durante mi interrogatorio entraron varios oficiales, el ma- yor Avoiro, el ca[)itan Jara, el Coronel Serrano y otros. Jara era hijo y heredero de D. Luis Jara, dueño hacia poco déla ca- sa que ocupaba Mr. Washburn, y por la cual este último, muy imprudentemente, se rehusó á pagar alquiler, fundándose en que los ministros gozaban de este privilegio ; Jara deseaba mu- cho saber lo que se habia dicho sobre esto. Se lo dije, y contesté á los demás do la manera mas vaga posible. Por la conversación de estos hombres adquirí algunas ideas muy buenas sobre el mejor modo de proceder, y averigüé también íncidcntalmento, que Mr, Washburn estaba entonces abordo de la « Wasp, » y que por consiguonteno podía ponerle on jioligro todo loque dijera contra él. A una hora muy avanzada de la noche entró un sacerdote llamado Román y [¡idió que le entregaran mis declaraciones. Falcon que le tenia evidentemente un gran miedo, se Ins entregó. Las leyó de cabo arabo; estaba por hacerlas peda- zos, cuando se contuvo y las arrojó despreciativamente sobre la mesa diciendo— « qué miserables disparates!» Entonces dándose vuelta hacia á mí, dijo :— « Son estas sus declaracio- nes? Mire, escúcheme, voy á dar nn corto paseo á caba- llo, y si á mi vuelta encuonlro que vd. no ha confesado sin reserva ninguna que la r/ran bcwlia úq llr.Waíihbuvn, es el conspirador en geíe, que estaba en relaciones con Gaxias, y que recibió dinero, y correspondencia del enemigo, y ((vr vd. lo miña, le pondré on la Vruf¡uoyana y le dejaré en ella hasta ([lie lü haga.» El capitán Falcon respinj libremente, cuan- do su terrible colega se retiró. Rogué que me diesen tiempo para reíloccionar, prometiendo decirles después todo lu (jue -. no — fiipícra. Tenia sobrado motivo para pedirlo, me hablan inter- rogado seis horas, y me hallaba enteramente agotado. ¡ Hoy mismo cuando me detengo á pensar en lo que dije, la esce- na se me presenta en toda su realidad! Un pequeño rancho de diez pies do largo y tres de ancho, con paredes de mimbres y techo do cañas, iluminado por las inseguras y caprichosas llamas do dos velas de sebo, espuesías á la corriente del aire, constituía la sala del Tribunal. En el centro se hallaba una mesa con solamente tres patas enteras, la cuarta estaba rota, y un buen pedazo de caña de azúcar asegurado con una huas- ca, suplía la que le faltaba. Las velas que ardían formaban depósitos de sebo en los candeleros de barro, y su luz ponía en un fuerte relieve el rostro y la estrecha y señuda frente dal sacerdote; su cara baja, astuta y profundamente arrugada, le hacia aparecer mucho mas viejo de lo que era, sin que me- jorara su aspecto el rastrojo que cubria su descarnada y angu- losa quijada,que haria como una semana no se habría afeitado; la tonsura parecía un monte recién derribado por el leñador. Se ocupaba en morderse las asquerosas uñas y contemplaba la cara del capitán con aburridas é impacientes miradas, que se convertían en ojeadas humildes y adulonas cuondo sus ojos se encontraban. Su compañero me concedió con gusto el tiempo que le pedí, él mismo estaba cansado y perplejo; fumando su cigarro sin saborearlo, mas bien lo masticaba que lo fumaba. Era un hom- bre bajo, grueso y calvo; cuando se quitaba sus enormes anteojos tenia un aire de honhomia, que hacia un estraño contraste con su ocupación. Estaba sentado en un cajón lleno de atados de manuscritos, que eran las declaraciones de los acusados; lal vez jamás se haya visto en la historia del mun- do tantas mentiras enfardeladas en tan pequeño esjacio! Algo mas alia estaba su cama, que consistía en un cuero y unos fardos de pasto; no tenía cobijas, al poco rato se envolvió en su poncho y se durmió vestido tal como estaba. Sobre su cabeza pendíala espada, ima pistola y la montura, y es!,o era {o:lo cuanto tenia. Yo estaba ñi'nlado en un banquiío cerca d'.' la puorta, cuyo asien- to tenia una foima empozada. En la parte do afuera los tres ^3i •«s hombres de guardia, estaban acostados en el suelo; uno da ellos tenia el fusil bien asegurado en su fuerte y tostada aia-» no, los de los otros dos estaban apoyados contra el rancho^ El crujido de mis hierros, al estremecernie nerviogamente en la silla, llamó la atención del fiscal, sobro el .negocio qm tenia entre manos. — « Vamos MasterroaU;)) dijo con cierta ter^ nura, « cuéntenos toda la historia ; díganos como era que la gran bestia pensaba concluir con todos nosotros.» So puso los anteojos y apuntó y condensó mis contestaciones, en un pedazo de papel, porque le gustaba amplificarlas él migmo, sin prestar mucha atención á lo que se le decia ; pero yo estaba demasiado cansado para objetar ó proteslar como lo hacia al principio, y casi estaba cierto de que era mejor dejarle hacer lo que le diera la gana, a Habiendo el criminal confesado libre y voluntaria- mente su crimen,» empezaba á dictar al secretario echando en olvido mi tortura, « y habiendo sido solemnemente amo- nestado por los Señores fiscales á que dijera toda la verdad, á fin de descargar su conciencia, depone, que Mr. Wasbburn era el inventor y el gefe de la conspiración.» Y llenó dos plie- gos de papel de oficio menudamente escritos, con cstrava- gancias de este género. Todo iba muy bien hasta que rae pre- guntó cuanto dinero me habia pagado Mr. Washburn. — «Ni un real» contesté enérgicamente y con toda verdad. — « ¿ Y cuan- to le ofrecieron?» — «Nada, nunca me ofreció dinero, porque yo no podría haberlo aceptado.»— «Señor Capitán, dijo, dirigién- dose impacieníemento á su compañero y señalándome con dedo trémulo, « ponga ese añariú, (ese hijo del demonio) en e\ potro, aplástele de una vez; nos está haciendo pender el tiempo con sus mentiras. » Protestó con enerjia^ que decia la verdad, y mientras habla- ba me devanaba los sesos procurando inventar algo, que re- conciliara mi participación en el crimen, con la declaración que habia hecho, de que nunca habia sido de los conspiradores, porque lo que me preocupaba mas, era que me pidiesen decla- raciones contra los Ballesteros, Lasserres y otros—amigos ínti- mos mios algunos, otros conocidos de nombre solamente — á quienes se habia arreglado al¿junofc meses antes, pero que po- — 232 ~ (lian estar aun vivos ; antes que hacerlo hubiera preferido mo- rir atormentado. Concebí inmediatamente un plan, que sirvió á mis propósitos y que me habilitó para esquivar las terribles interrogaciones que me hacían. Por ejemplo : habia tenido mu- chas disputas con Mr. Washburn sobre asuntos políticos y li- terarios ; él, era demócrata ultra-rojo-republicano por princi- pios, y cstremadamenLe dispuesto á olvidar, en el calor de la discusión, las formas de la sociedad culta, y detestando cor- dialraente á la Inglaterra, no era persona para convenir con- migo en estas cuestiones y tuvimos muchos altercados de esta clase. Exajeré nuestras discusiones hasta hacerlas pasar por verdaderas querellas; y les preguntó si como hombres raciona- les, creían probable, que una persona que me miraba como enemigo y que me retenia en su casa solo porque necesitaba de mis servicios profesionales, arriesgarla su vida confíándome plenamente lodos sus secretos? Y agregué, que opinaba, que me habia iniciado solamente, en una parte de su crimen, por- que temia que por algún accidente descubriera lo que pasaba y que me vengara acusándole. Mientras que comunicándome una parte de sus proyectos, aseguraba mi silencio poj* ser cómplice, y además, porque yo consideraría una cuestión de honor, guardar un secreto que tan generosamente me habia revelado un hombre que me detestaba y que me habia maltra- tado. Mi historia bastante plausible por sí misma, llevaba consigo suficientes visos de verdad para que la tragasen in- mediatamente. Falcon me escuchó sumamente complacido ; y por ser casi media noche, me dijo, que podía acostarme en la arena y dor- mir ; me acosté á corla distancia de la cabana mientras ponían mis declaraciones en limpio. No podía dormir, y permanecí en la oscuridad repasando en la mente los aconlecimientosdeldia; la noche era borrascosa ; oscuras y fugitivas nubes atraveza- banen rápida sucesión la iracunda faz del cielo. Trascurrió mas de una hora; me llamaron de nuevo, y me leyeron «la primera eclaracion» á la que puse mi firma. A! salir del rancho, el viejo capitán me dio la mitad de un pan de chipa, que se lo agra- decí fervorosamente y me prometió que al día siguiente haría — 233 — cambiar mis grillos por otros mas livianos. Llamaron á los sol- dados y estos me condujeron de nuevo á la guardia y me ata- ron de los pies con una huasca. Me envolví en mi poncho, y á los pocos minutos estaba profundamente dormido. Guando desperté al dia siguiente, me encontré comple- tamente mojado y casi sumerjidoen un pantano (habia llovido mucho durante la noche y hacia un frió espantoso) y rae con- vencí, cuan verdadero es que la desgracia nos proporciona estraños compañeros de dormitorio. Atado á un lado yacia el Dr. Carreras, que dormía todavía, y del otro el cadáver del Teniente Coronel Campos. Este murió durante la noche de- samparado y abandonado, no hubo una alma caritativa que lo atendiera; allí yacíü con los ojos abiertos mirando fijamente, aunque en vano, los primeros rayos del sol naciente. A las siete de la mañana desataron una estremidad de la huasca; los presos fueron despertados con una lluvia de palos y cuando nos tocó el turno nos libramios de los lazos que nos aseguraban por los tobillos. El oficial de dia preguntó— -¿Qué no hay mas que uno es(a mañana? El cadáver fué en seguida arrojado sobre un cuero, y sacándolo á la rastra lo tiraron al rio. Entonces nos colocaron á la distanciada diez pies uno de otro y se me previno, que no hablara á mis compañeros ; me senté pues, en el lugar mas seco que pude encontrar á mi al- cance y eché una fatigada mirada á mi alrededor. ¡Qué horri- ble espectáculo ! Sobre aquella suave pendienie, en un espacio de menos de cien pies cuadrados, y que se habia desmontado apresuradamien- te al efecto, yacían cuarenta presos; y por todos lados hasta donde alcanzaba mi vista, había otros cuadros ocupadosde la misma manera que el nuestro. El mas próximo tenia ciertas pretenciones al lujo, porque cada preso tenía una perrera con paja para acostarse; vi allí á D. Venancio, hermano mayor del Presidente, y al Capitán Fidanza, antiguo amigo de Mr. Washburn; los demás eran oficíales, y algunos de alto rango. He dicho que el Dr. Carreras dormía á mi lado durante la no- che; en la mañana siguiente le llevaron un poco mas adelante, pero tuvo tiempo para decirme en voz baja:- -«Se ha ido Mr. w 234 - \Vashbarn!)> «Sí» conleslé. Ibaá hacerme raaspr(^gun(Qs, cuando nos sorprendió un ceniinelo, y refunfuñó: acállense la boca.» Carreras presentaba un aspecto lamentable ; en efecto, habia cambiado tanto que apenas pude reconocerlo. Descarnado, manchado do barro y de sangre, lo era sino la sombra de lo que habia sido; durante dos mese» habia estado acostado déla misma manura que lo vi, ai aire libre y sin mas abrigo con- tra las lluvias y el calor del sol, que una raída frazada